miércoles, 11 de marzo de 2009

Capítulo VII 2ª Parte

DILUVIO DE FUEGO SOBRE ALEMANIA

Desde junio de 1941 en que se inició la lucha germanosoviética, pero muy parti­cularmente a partir de 1942, una vez que la movilización bélica de Roosevélt entró en su apogeo, la mayor parte de los recursos de Occidente fueron lanzados contra las espaldas del ejército alemán para salvar a la URSS.
La Luftwaffe había desplegado en 1941 una descomunal pelea con­tra la aviación soviética, que era la más grande del mundo, aunque no la mejor. Los rusos carecían de material electrónico y de equipos de radar para proteger convenientemente sus aeródromos; y esa de­bilidad fue explotada por los alemanes, que en 1941 destruyeron 22,000 aparatos, incluyendo gran cantidad de transportes.

Al sobrevenir en el invierno la contraofensiva soviética, la Luftwaffe hizo un supremo esfuerzo para cooperar en el abastecimiento y pro­tección del ejército. Esto le impuso ua grave desgaste precisamente cuando más necesitaba restañar sus heridas. El veterano general Udet, con 62 victorias en la primera guerra mundial, fungía en 1941 como director del material de la Luftwaffe y no pudiendo sobreponerse a la crisis que veía venír>se suicidó. El coronel Werner Moelders, ins­pector de cazas, iba a los funerales de Udet y pereció en un acci­dente aéreo. Tenía acreditados 115 aviones enemigos derribados.

Malos vientos soplaban para la Luftwaffe. En diversos sectores ocu­rrían accidentes cuyo origen podía ser el descuido o el sabotaje. La Gestapo (policía de seguridad dirigida por Reinhardt Heydrich) des­cubrió una vasta red de espionaje soviético, llamada "Capilla Roja", que tenía espías alemanes (comunistas) en todos los ministerios. El coronel Becker, de los servicios de aviones de combate y bombardeo, .fue descubierto y ejecutado. Cinco cómplices suyos operaban en él Estado Mayor de la Luftwaffe. Siguiendo la pista se sorprendió a un tal Harnack, encargado nada menos que del aprovisionamiento y re­parto de materias primas en el Ministerio de Economía. Quedaron así al descubierto muchas traiciones inconcebibles, pero lógicas en co­munistas fanáticos para los cuales no hay nacionalidad ni patria.

Los servicios secretos de la Gestapo (de la cual Heydrich era sub­jefe) alcanzaron en 1942 un alto grado de eficacia y localizaron 64 puestos de espionaje, con sus correspondientes radiotransmisoras, las cuales fueron ocupadas con gran sigilo para que no sospecharan nada los puestos-escucha de la URSS. De esta manera las transmisoras pu­dieron ser temporalmente utilizadas para enviar informes falsos a los soviéticos, como si los remitieran los espías rojos, ya capturados.

Entretanto —no repuesta aún del extraordinario desgaste padecido el año anterior— la aviación alemana se vio en 1942 gravemente ame­nazada por las crecientes fuerzas aéreas de Churchill y Roosevélt. El nuevo año trajo, sin embargo, un nuevo aparato: el Foke Wulf 190 con motor enfriado por aire, de 14 cilindros y de 1,875 caballos de fuerza, capaz de volar a 680 kilómetros por hora. En diez minutos re­montaba 8,000 metros. Sus 4 cañones de 2 centímetros de diámetro de tiro rápido, y sus dos ametralladoras pesadas de 13 milímetros su­peraban el poder de fuego del caza inglés "Spitfire IX". También era superior a éste en velocidad de ascenso y picada.
Asimismo la técnica de las defensas antiaéreas había mejorado. Ya para abril de 1942 el radar alemán captaba los aviones enemigos desde que se aproximaban a Alemania, de tal manera que había bas­tante tiempo para acosarlos antes de que llegaran a sus metas. El radar inglés no le iba a la zaga, pues desde la costa británica podía seguir a los aviones alemanes que volaban sobre París.

En los "centros de información y control" alemanes, sobre una pan­talla de vidrio opalino de 10 metros de largo, se seguía el vuelo de los aviones enemigos y propios, tan sólo con una diferencia de sesenta segundos. Esa representación aérea se integraba eléctricamente gra­cias a las instalaciones de radar, a los puestos radiogoniométricos, a los puestos de escucha, a los aviones de observación y a los propios cazas combatientes. Mil peritos trabajaban en cada uno de estos "ce­rebros" que eran el sistema más moderno del mundo para controlar operaciones aéreas.

Un nuevo dispositivo de defensa antiaérea determinaba la distan­cia y posición de cualquier aparato que se aproximara, lo cual hacía cada vez más difíciles los ataques británicos. La Real Fuerza Aérea necesitaba averiguar urgentemente cómo funcionaba la defensa alema­na. Y un día un comando inglés desembarcó en la costa francesa, fue derecho hacia donde se hallaba uno de los secretos dispositivos alemanes de defensa y capturó valiosos datos para que Inglaterra pudiera reor­ganizar sus ataques.

Heydrich, (foto derecha) de los servicios secretos de la Gestapo, tuvo sospechas de una traición y de que andaba de por medio la mano de su colega el Al­mirante Canaris, ¡efe del servicio secreto militar. Primero casi intuitiva­mente, y después con base en una serie de pequeños detalles extraños que había observado, Heydrich suponía que Canaris era traidor desde 1939, pero como carecía de pruebas quiso observarlo un tiempo más.

Sensible y astuto como pocos traidores de la historia, Canaris ad­virtió que Heydrich recelaba de él y trató de ganarse su confianza, pero no lo consiguió. Heydrich (de quien Hitler decía que era "hom­bre de corazón de hierro") se mantenía alerta y prevenía a sus cola­boradores para que "no se dejaran aletargar." por Canaris. Era un duelo entre dos colosos de la astucia.

Entretanto, la guerra continuaba. Hasta septiembre de 1942 los cazas nocturnos alemanes abatieron mil aviones, de los cuales 800 eran bombarderos. Pero si bien la Luftwaffe tenía superioridad cualitativa en diversos aspectos, precisamente en 1942 comenzó a lanzarse con­tra ella una gran superioridad numérica. A la aviación británica se agregó una corriente ininterrumpida de aviones y pilotos norteame­ricanos. A principios de ese año Alemania disponía de 5,000 avio­nes de combate, de los cuales 1,700 operaban en el frente soviético, pe­ro al aproximarse las nuevas operaciones en la URSS se transfirieron más aparatos al frente oriental. Divididos así sus efectivos, la Luftwaffe no podía concentrarse en ningún sitio contra el enemigo, y en cambio la aviación aliada agrupaba todos sus efectivos sobre una meta común.

En 1941 Roosevelt había enviado de refuerzo numerosas fortalezas aéreas a la aviación británica, pero aun así no lograban perforar las defensas alemanas en ataques diurnos.

La industria bélica alemana y otras metas militares estaban siendo eficazmente protegidas pero nada semejante podía hacerse con las vastas zonas residenciales de la población civil. Por tanto, los bom­bardeos de terror que inició Churchill el 11 de mayo de 1940 (al día siguiente de tomar posesión como Primer Ministro), se cuadruplicaron en 1941 y se septuplicaron en 1942, tan sólo por lo que se refiere a la aviación británica. Stalin pidió que esos ataques fueran más inten­sos, y Churchill y Roosevelt le dieron gusto. El artículo 25 del Con­venio de La Haya, firmado por Inglaterra, dice que se prohíbe bom­bardear "pueblos, viviendas o edificios" que no sean metas militares. Naturalmente, esa limitación fue desechada por Roosevelt y Churchill, tan celosos defensores del "derecho internacional".

El 28 de abril de 1942 las siete décimas partes de la zona residen­cial de Rostock quedaron arrasadas por uno de los primeros bombar­deos con mil aviones. Soebbels anotó en su diario: "La vida colec­tiva ha terminado prácticamente allí".

El 31 de mayo Colonia recibió un diluvio de bombas. Hubo 460 muertos y quedaron sin hogar 45,000 personas. ^El general inglés J. F. C. Fuller, en "Historia de la Guerra Mundial II", cita el caso de la destrucción de Hildesheim, Alemania, y dice que la aviación aliada acabó con "uno de los ejemplos más perfectos de ciudades medievales europeas sin la menor significación militar", pues hasta el empalme ferroviario se hallaba fuera de la ciudad.

Hasta qué punto irreconocible la propaganda falseó la historia, lo revelan numerosos documentos de origen británico, (I) según los cua­les Hitler —representado como un monstruo ajeno a toda considera­ción humanitaria— se opuso al terrorismo aéreo, en tanto que Chur­chill y Roosevelt —presentados como campeones del humanitarismo y la legalidad— practicaron los bombardeos terroristas desde 1940 y 1942, hasta que Alemania fue aniquilada en 1945. "Durante 1942, el diluvio de bombas fue haciéndose cada vez más frecuente, a cuenta de un total de 2.700,000 toneladas que Roosevelt mandaría arrojar sobre Alemania.
(1) "Reivindicación de los Bombardeos". J. M. Spaight, ex Secretario del Ministerio del Aire. Londres.

"El Crimen de Nuremberg".—Por F. J. P. Véale, Británico.
"Ofensiva de Bombardeos".—Por el Mariscal del Aire Sir Arthur Harris. Londres.
"El Fantasma dé Douhet".—J. M. Spaight.

La devastación de hogares y la matanza de civiles en masa fue un terrorífico intento para minar la retaguardia del Ejército Alemán, que en el frente ruso estaba apunto de derribar el imperio del marxismo israelita.

Los cazas alemanes de la Europa Occidental (debilitados siempre por las sangrías en el frente soviético y en África), apenas tenían des­canso tratando de interceptar a los bombarderos. Muchos pilotos alcanzaron marcas increíbles, como el capitán Osterman, que murió en combate el 13 de agosto, después de una carrera en que había logradocien victorias.

Ante el abrumador acoso, Hitler comentó que la guerra sólo podía terminar con una catástrofe para el Imperio Británico. "Su coalición con Rusia es inmoral y antinatural... Estos estados que se han aliado al bolchevismo, probablemente se convertirán muy pron­to en víctimas del mismo".

Por otra parte, en el Alto Mando Alemán habían surgido diferencias de criterio respecto a la forma de habilitar a la Luftwaffe para las nuevas cargas que le iban acumulando. Goering, que la había creado de la nada, se echó a dormir en sus laureles. Con los primeros triunfos comenzó a volverse apático. En 1940 ordenó casi suspender las inves­tigaciones acerca de los aviones de chorro, alegando que "no confiaba en fantasías". En 1941 juzgó suficiente la producción de 500 aviones mensuales y apoyó a los peritos que dictaminaron que no podían fa­bricarse más. (Tres años después, bajo condiciones peores, Speer iba a producir 3,300 por mes). Por último, en 1942 Goering se hacía el des­entendido ante el aumento de los aviones ingleses y norteamericanos.

Por su parte, Hitler intervenía más y más en la discusión de detalles técnicos. Contra la opinión de los expertos, dijo que el acoplamiento de los motores en el He-177 era defectuoso. Y también modificó las refor­mas proyectadas para el armamento del Me-109. Como los hechos le' dieron luego la razón (según dice el general aviador Galland fue per­diéndoles confianza a los expertos y luego impuso sus particulares pun­tos de vista, no siempre acertados como aquéllos. Los generales Milch, director de material, y Galland, inspector de cazas; pedían a toda cos­ta que se diera prioridad a la construcción de cazas, pero Hitler se em­peñaba en tener más bombarderos para lanzar ataques de represalia.

Todo lo anterior originó fricciones y la pérdida de un tiempo precioso para vigorizar las defensas aéreas. Hitler, que llevó al extremo el principio de que "la mejor defensa es el ataque", acabó por im­poner la divisa de que "la Luftwaffe ataca, no se defiende".

LOS 6 FRENTES CONTRA ALEMANIA EN 1942
Stalin, amo de un país 42 veces más grande que Alemania, con una po­blación casi tres veces mayor que la alemana, pudo concentrar desde el primer momento de las opera-
clones todos sus efectivos en un solo frente. Aun así, pronto comenzó a clamar la ayuda de un segundo frente.
Con la mañosa denominación de "segundo frente" la propaganda soslayaba que en realidad ya existían seis frentes contra Alemania, a lo'largo de los cuales se dispersaban sus recursos. Y esos seis frentes en 1942 eran los siguientes:

1o.—Frente ruso. Absorbía la mayor parte del ejército alemán y el 34 % de la aviación de combate.

2o.—Frente Occidental, parcialmente activo. Inmovilizaba en Norue­ga, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia 43 divisiones alema­nas y la mayor parte de la aviación, o sean 1,800 aparatos.

3o.—Frente balcánico. Parcialmente activo con los guerrilleros ser­vios movilizados" por los comunistas. Absorbía 20 divisiones alemanas y 200 aviones.

4o.—Italia y África: frente activo. Absorbía más de 10 divisiones alemanas, una sensible parte de la producción de guerra (de­bido "a las pérdidas en el mar por la falta de eficaz escolta italiana) y 1,300 aviones de la Luftwaffe.

5o.— Frente aéreo de Alemania: activo. Los ataques aliados de terro­rismo dislocaban la vida civil en la retaguardia y minaban la re­sistencia. Más de 2 millones de hombres atendían las defensas antiaéreas.

6o.—Guerra en el mar. Los aviones de gran radio de acción y la flota de submarinos eran pesada carga para el esfuerzo bélico alemán.

Por consiguiente, fuera del frente soviético —cosa que significaba en 1942 una enorme ayuda para el ejército rojo— luchaban o estaban inmovilizadas 73 divisiones alemanas (1.095,000 combatientes); 3,300 aviones de guerra; más de 2 millones de personas en las defensas anti­aéreas y otros cientos de miles de peritos en diversos servicios, tales como la Marina, el abastecimiento de las tropas, el contraespionaje, etc. Esto demuestra que era impropio hablar de un "segundo frente". En realidad, Moscú estaba clamando angustiosamente por un séptimo frente que disminuyera todavía más los contingentes alemanes que operaban contra el ejército bolchevique.

Mucho se habló del esfuerzo soviético, del esfuerzo británico y del esfuerzo de otros beligerantes. Mas ¿qué podría decirse del esfuerzo .alemán que con una tremenda inferioridad numérica y de elementos hacía tan penosa la lucha para esa gigantesca coalición aliada?

En tierra, en el aire y bajo el mar, la lucha sobrepasaba todo cuanto se había visto en la primera guerra mundial.

LA BATALLA DEL ATLANTICO: 7 MILLONES DE
TONELADAS DE BARCOS A PIQUE EN 1942

El frente marítimo alcanzó en 1942 una dramática intensi­dad. Inglaterra estuvo enton­ces a un paso del desplome. Si permaneció en pie fue exclusivamente por la ayuda de Roosevelt. Ni siquiera el frente comunista, con el enorme consumo de recur­sos alemanes que hizo durante 1941, fue suficiente respiro para que. Inglaterra restañara sus heridas y prosiguiera la lucha por sí misma.

Así lo sentía Churchill el 7 de diciembre de 1941, cuando sólo la en­trada cabal de Estados Unidos en la guerra lo hizo sentirse tranquilo. "Ningún americano pensará mal de mí —escribe en sus Me­morias— si proclamo que el tener a los Estados Unidos al lado nuestro, era para mí la alegría más grande... Estando saturado y saciado con la emoción y con la sensación (el día del ataque japonés a Pearl Harbor), me fui a la cama y dormí el sueño de quien se encuentra salvado y agradecido".

Desde la época de paz Roosevelt se había esforzado por lograr que Occidente entrara en guerra con Alemania- antes que ésta atacara a la URSS. Su animosidad subió de punto en vísperas de la invasión alemana a Rusia y ordenó que los barcos de guerra norteamericanos acecharan a los submarinos alemanes para delatarlos a la flota britá­nica. Y días más tarde, en cuanto se inició el ataque alemán contra la URSS, Roosevelt ordenó a su flota que atacara a los submarinos.

La guerra no declarada, en favor del marxismo, se volvía así más evidente. Cuando el 7 de diciembre de 1941 Roosevelt aprovechó el momen­to psicológico de Pearl Harbor para meter oficialmente a Estados Unidos en la guerra contra Alemania (que nada le había hecho en Pearl Harbor), los comandantes de submarinos alemanes se vieron li­bres de la prohibición de atacar a los barcos de Roosevelt. El 1.3 de enero (1942) se les autorizó para iniciar la operación "mazazo" en todos los mares. Y se lanzaron a una cacería que abarcó el Atlántico Occidental, el Atlántico del Sur y el Mar Caribe.

Hubo entonces submarinos, como el U-161, que recorrieron más de 15,000 kilómetros en una misión de guerra. Para que duraran más tiempo en alta mar, el almirante Doenitz estableció en abril el primer submarino nodriza, el U-459 de 1,700 toneladas, que a mitad del Atlántico abastecía de combustible y torpedos a los "lobos grises", como eraíi llamados los discípulos del almirante.

Más tarde hubo hasta cinco "submarinos-lecheros" que a la vez llevaban refacciones y peritos para reparar en alta mar a los subma­rinos averiados.

En poco más de seis meses fueron .hundidos en la zona occidental del Atlántico, correspondiente a Roosevelt, 495 barcos aliados, con un total de dos millones y medio de toneladas.

En ese año de 1942 nuevos sumergibles entraron en acción, algunos de más de mil toneladas de desplazamiento. El total de unidades su­bió a 250, de las cuales aproximadamente 75 operaban a la vez en los frentes de guerra, desde Terra nova en el Norte hasta las cercanías de Cabo Buena Esperanza en el sur de África. El almirante Von Friedeburg, encargado del entrenamiento de las nuevas tripulaciones, lo­gró reponer las bajas sufridas hasta entonces.

Esos nuevos submarinos tenían las máquinas y otras partes esencia­les montadas sobre metales oscilantes y sobre, guarniciones de goma que absorbían las sacudidas de las explosiones. Esto les daba mayor resistencia. También se hallaban dotados de una sustancia química (equipo "Bold") que al ser derramada bajo la superficie del agua re­flejaba los rayos del detector inglés "Asdic" y hacía aparecer al submarino en un lugar algo distante de donde realmente se hallaba.

Para burlar el bloqueo naval inglés en el Mar del Norte y en el Ca­nal de la Mancha —que dañaba particularmente a los corsarios ale­manes de superficie y a los submarinos— los alemanés operaban equi­pos especiales de descifradores de las claves británicas. Los ingleses se dieron cuenta de que sus claves no duraban mucho tiempo en se­creto y optaron, por cambiarlas diariamente, a media noche, pero entonces la habilidad de los descifradores se perfeccionó tanto que llegaron a lograr su cometido en una hora.

En general, la Batalla del Atlántico iba siendo perdida por Ingla­terra, pese a la ayuda total de Roosevelt. En esos días ocurrió el hecho de que los cruceros alemanes Scharnhorst, Gneisenau y Príncipe Eu­genio burlaran a la flota británica en una espectacular escapada. Desde el año anterior los-tres barcos se hallaban prácticamente cerca­dos en el puerto francés de Brest, donde la aviación británica había lanzado sobre ellos 299 ataques.

A las 11 de la noche del 11 de febrero, el Scharnhorst, el Gneisenau y el Príncipe Eugenio, bajo el mando del almirante Ciliax, zarparon de Brest y se lanzaron a atravesar el Canal inglés. En las primeras horas los británicos no advirtieron la escapatoria porque su radar sufría extrañas interferencias. El almirante Maertens, ¡efe del Servicio Naval Alemán de Inteligencia inalámbrica, había introducido un nuevo pro­cedimiento de interferencias. Dice Churchill que como eso se hizo gradualmente "nadie sospechó que hubiese cosa alguna poco usual. Para el 12 de febrero la interferencia se había hecho tan fuerte que nuestro radar que vigilaba el mar era de hecho inútil".

Además, los ingleses pensaban que si los barcos alemanes tratasen . de romper el bloqueo, aparecerían en el punto más expuesto —o sea el Paso de Calais— al amparo de la noche, pero resultó que aparecie­ron precisamente al medio día. La noticia se conoció en Londres hasta las 11 de la mañana del día 12, por el aviso de un caza británico. In­mediatamente comenzaron a elevarse escuadrillas para atacarlos. Por su parte, desde que la Luftwaffe se había ido al frente soviético, los alemanes sólo disponían en el frente occidental de 250 aviones. El ge­neral Galland se encargó de dirigirlos y de hacer malabarismos para proteger a los cruceros.

Frenéticamente 250 bombarderos ingleses, escoltados por cientos de cazas, trataron de caer sobre los barcos alemanes, en la más en­carnizada batalla aérea de 1942, que duró todo el dia 11. Sucumbieron 60 aviones británicos y 17 alemanes.

Sobre las aguas agitadas del Canal, torpederos, destructores y lanchas rápidas británicas trataron infructuosamente de acercarse a los navíos fugitivos. Los ingleses habían colocado más de mil minas magnéticas en la probable ruta de los cruceros. Él Scharnhorst chocó a intervalos con dos de ellas y sufrió tan graves daños que por momentos se le consideró perdido. Sin embargo tres cruceros lograron llegar a Alemania. El control británico sobre el Canal de la Mancha había sido violado por primera vez desde el siglo XVIII.

Entretanto, la flota submarina alemana tuvo un presagio alarmante en febrero, cuando el U-82 del capitán Rollmann desapareció al per­seguir en el golfo de Vizcaya a un convoy poco protegido. En marzo ocurrió otro caso igual con el U-587 del comandante Borcherdt, cosa que se repitió en abril con el U-252 del capitán Lerchen, no obstante que se le había advertido que procediera con sumo cuidado en esa zona peligrosa.

Doenitz volvió a pensar que los ingleses tenían una nueva arma, tal vez un sistema desconocido de detección desde el aire, pero los téc­nicos en electrónica insistieron en negarlo. Doenitz pidió entonces a los submarinos que radiaran pormenorizados informes de todo lo que vieran, no obstante que esas radiaciones delataran su posición.

Los informes eran indispensables para saber qué estaba ocurriendo con los sumergibles que desaparecían en forma extraña. Se sabía ya que las nuevas bombas británicas de profundidad eran efectivas a 170 metros bajo el agua y que las lanzaba a 240 metros de distancia un perfeccionado "erizo" de varios cañones, pero nada de esto explicaba la desaparición súbita de submarinos que se dirigían hacia los convoyes.
Mientras se averiguaba cuál era la nueva arma inglesa, la lucha pro­seguía en todos los mares. El Almirantazgo Británico admitió haber perdido 145 buques durante ¡unió y Churchill reconoce que esas pér­didas "de hecho casi nos llevaron al desastre de una indefinida pro­longación de la guerra". El 14 de ¡unió le cablegrafió a Roosevelt que en los últimos 7 días había perdido 400,000 toneladas de barcos, "ci­fra sin paralelo en esta guerra ni en la anterior". (Operaban entonces 121 sumergibles).

La situación era tan grave para Inglaterra que las flotas de Chur­chill y Roosevelt se combinaron y dedicaron aproximadamente dos mil naves de todos los tipos y mil aviones para combatir a los submarinos. Los aviones aliados comenzaron a aparecer por todas partes, desde sus bases de Inglaterra, Irlanda, Islandia, Gíbraltar, las Bermudas, Terranova y desde varios portaaviones. Las escoltas de convoyes se re­forzaron más.

Barcos poderosamente artillados aparecían a veces dis­frazados de inofensivos cargueros. Los sumergibles se veían cada» día obligados a navegar más y más bajo el agua, donde su velocidad se reducía a 13 kilómetros por hora. Ante la proximidad de un avión, el submarino ya no podía sumergirse porque esta maniobra lo volvía inerme y era fácil blanco de las bombas.

En auxilio de los submarinos, los "crucigramómanos" alemanes es­taban siempre alerta para escuchar; y descifrar los mensajes en clave de los aliados, a fin de averiguar la formación y curso de los convoyes. , Luego guiaban hacia ellos a los sumergibles, frecuentemente mediante señales radiogomométricas.

Los más extraños combates se trabaron entre submarinos y barcos ingleses de escolta, como el del U-210, sorprendido en superficie (agos­to 6} por el destructor "Assiniboine"; ya no había tiempo de sumergirse y el U-210 le hizo frente con su pequeño cañón de popa. Las dos naves se causaron daños, pero como los cañones del destructor eran varios y más grandes, el submarino se acercó decididamente al barco y éste ya no pudo utilizar su artillería porque los disparos más bajos que era capaz de hacer pasaban por encima del sumergible. Entonces andu­vieron sacándose vueltas: el U-210 trató de sumergirse, el destructor lo embistió y lo averió, hasta que finalmente logró destruirlo con car­gas de profundidad..

Operando en "manadas" hasta de diez o veinte unidades, los "lo­bos" de Doenitz seguían aplicando muy duros golpes pese a las enor­mes fuerzas desplegadas contra ellos. Roosevelt, furioso, ordenó que la lucha se realizara sin atender ninguna de las limitaciones humanitarias reconocidas hasta entonces. Esto fue lo que produjo la "guerra total" en el mar.

Ocurrió que el 17 de septiembre el submarino alemán U-156, bajo el mando del teniente Hartenstein, operando 500 millas al sur de las Azores hundió al barco inglés "Laconia", de 19,605 toneladas. Al ver que eran muchos los náufragos (pues llevaba 811 tripulantes y civiles ingleses y 1,800 prisioneros italianos) y que no bastaban las lanchas salvavidas, el U-156 comenzó a auxiliarlos y reportó al Alto Mando de la Marina lo que estaba ocurriendo. A su vez el Alto Mando ordenó a los submarinos 156, 506 y 507 qué suspendieran sus acciones de guerra y acudieran también a salvar náufragos. Asimismo autorizó al U-156 a radiar en inglés el siguiente mensaje: "no atacaré a ningún barco que acuda en auxilio de la tripulación del 'Laconia' a con­dición de que yo tampoco sea atacado por mar o por aire".

Atraídos por el mensaje, que indicaba la posición del submarino, poco después aparecieron varios bombarderos "Liberator". El U-156 había puesto sobre su cubierta la bandera de la Cruz-Roja y mediante cables remolcaba varias lanchas salvavidas llenas de náufragos, incluso civiles ingleses. Pero nada de esto fue tomado en cuenta; los bombar­deros tenían orden de atacar y lanzaron sus bombas contra el submarino, que llevaba 260 náufragos apiñados en su interior. Avenado, el U-156 soltó los cables de las 4 lanchas que remolcaba con más náufra­gos y logró escabullirse sumergiéndose. La mayoría de los rescatados eran ingleses, quienes antes de abandonar el barco que se hundía en­cerraron con llave a los italianos en las galeras prisión.

También el U-506, que había rescatado a 142 personas, en su ma­yoría británicos, fue atacado por los bombarderos. De los 811 ingleses del barco hundido fueron salvados 800, y de los 1,800 italianos, sólo 450. Pero este esfuerzo había recibido pago tan amargo que el almi­rante Doenitz ordenó a sus submarinos que ya no trataran de salvar náufragos en otras ocasiones. Churchill y Roosevelt acababan de arro­jar por la borda los más elementales principios de humanidad vigentes hasta, entonces en la guerra del mar.

En el segundo semestre de 1942 las bajas de los submarinos co­menzaron a subir. De un promedio de 3 mensuales, llegaron a 17 en julio, 10 en agosto, 12 en septiembre, 13 en octubre y. 15 en noviem­bre. Otro hecho ominoso ocurrió cuando un submarino fue atacado de noche, bajo un cielo nublado, por un avión que repentinamente en­cendió un reflector desde dos mil metros dé altura y ametralló y bom­bardeó con súbita precisión. La oscuridad ya no era, pues, un abrigo suficiente. Los sumergibles navegaban bajo el agua con los motores eléctricos, pero después de una hora necesitaban salir a la superficie para que trabajaran los motores Diesel y se cargaran de nuevo los acumuladores eléctricos. ¿Ahora iban a ser localizados aun de noche,cuando emergieran en busca de oxígeno?

En esas circunstancias la lucha se hizo más difícil. Los submarinos tenían que aproximarse hasta 250 metros de su presa antes de dis­parar sus torpedos y luego tratar de huir sumergiéndose a más de 150 metros. Durante muchas horas no podían subir a la superficie. El in­geniero de a bordo sudaba la gota gorda vigilando la cantidad de ácido carbónico dentro de la nave y aportando de tiempo en tiempo nuevas raciones de oxígeno, en tanto que el fuego enemigo estremecía la nave.

A veces ocurrían desesperadas luchas a gran profundidad. Por ejemplo, el U-126, del teniente Bauer, fue dañado en el Atlántico del Sur y se precipitó sin control hasta 240 metros bajo la superficie. Cuando ya todos esperaban que la terrible presión resquebrajara a la nave, la caída pudo ser detenida, se reparo la avería y lentamente volvieron a emerger. En otra ocasión el U-333, del teniente Cremer, fue averiado y se desplomó a pique frente a la costa de Florida, hasta que llegó al fondo, no demasiado profundo para que la presión aplastara al sumergible. En esas condiciones se trabajó durante horas para reparar la avería y salir a flote.

La moral, sin embargo, no decaía. Sintomático del espíritu de los submarinistas fue la nota-testamento que había dejado a sus compa­ñeros el comandante Rolf Muetzelburg, uno de los "ases" muertos en septiembre. "Dimos gustosamente nuestras vidas por la grandeza de Alemania, por los que nos sustituyen y. por vosotros que vivís"...
Ante las crecientes bajas, Doenitz apremiaba a los inventores. El nuevo torpedo Pi-2, más eficaz para destrozar las quillas de los bu­ques, y otro que corría en zigzag, fueron, puestos en acción. El pro­fesor Walter experimentaba un nuevo combustible de superóxido de hidrógeno y planeaba nuevos sumergibles que corrieran 38 kilómetros por hora bajo el agua, en vez de 13, pero se quejaba de no haber contado con todo lo necesario para terminarlos en 1942.

Bajo el apremio de Doenitz, el mismo profesor Walter inventó el . "Schnorlcel", un tubo con válvula automática que permitiría a los mo­tores Diesel respirar bajo el agua. Esto aliviaría la situación en un futuro próximo. Pero a la vez urgían nuevos submarinos más rápidos, -que pudieran escapar a sus perseguidores, y algo que contrarrestara el misterioso sistema británico de detección. A este respecto algunos técnicos propusieron un receptor llamado "Metox11, para que los su­mergibles escucharan las señales del detector británico y pudieran su­mergirse oportunamente. Aseguraban que el "Metox" no emitía ondas que pudieran delatar la posición del propio submarino. A gran prisa, pues, comenzó a hacerse esta nueva-instalación. Y como las primeras pruebas parecieron satisfactorias, fue dotándose de "Metox" a todas las naves, sin sospechar el peligro mortal que eso entrañaba.

Doenitz lamentaba una vez más que el esfuerzo para acrecentar la flota submarina hubiera sido tardío; él había propuesto que para 1939 hubiera 300 submarinos, en vez de 27, pero el ¡efe de la Armada, Raeder, tenía cierta inclinación por las grandes unidades de superficie, en tanto que Hitler estaba empeñado en evitar toda disputa con la Gran Bretaña y en dedicar la mayor parte de sus recursos a la lucha contra el bolchevismo. En 1942 había ocasiones en que sólo 19 su­mergibles se hallaban en combate porque los demás estaban siendo reparados o se hallaban en tránsito a sus bases.

El capitán de navio Miles R. Browning, de la marina de guerra de Estados Unidos, dice en "La Guerra de Submarinos": "Es evidente que de no haber sido por la ayuda y los esfuerzos de los Estados Uni­dos en el momento oportuno, Alemania hubiese derrotado a In­glaterra en 1917 y otra vez en 1941-1942... La Gran Bretaña estuvo tan cerca del desastre que en cierta época de 1942 sólo disponía de una reserva de comestibles para tres semanas". (Ne­cesitaba importar diariamente cincuenta mil toneladas de víveres). El capitán Browning se extraña de que al principiar la guerra en 1939 Alemania tuviera tan pocos submarinos; dice que de haber con­cedido más importancia a esta arma "cabe poca duda de que hubiera ganado la guerra europea antes de finalizar el año de 1941".

El des­concierto de Browning se debe a que no toma en cuenta que Hitler nopreparaba ni deseaba una guerra contra la Gran Bretaña. Y por tan­ to sus preparativos en el mar eran casi nulos, comparados con los es­fuerzos que realizaba para erigir un ejército que pudiera combatir con­tra las masas soviéticas. .

Las afirmaciones del capitán de navio Browning se basan en que las pérdidas de barcos aliados siguieron excediendo a las construccio­nes en un 250 por ciento, durante 1942. Mensualmente más de cien buques eran hundidos: 108 en agosto, 98 en septiembre, 93 en octu­bre, 117 en noviembre. Además de las enormes bajas padecidas por !a flota mercante, la flota de guerra inglesa llevaba perdidos hasta 1942 un total de 5 acorazados, 4 portaaviones, 15 cruceros, 68 des­tructores y 37 submarinos, aparte de otras muchas unidades averiadas. Inglaterra pudo sostenerse a duras penas gracias a los centenares de barcos y a los cien millones de toneladas de municiones, comestibles y materias primas que le había comenzado a enviar Roosevelt desde dos años atrás.

1942 fue el año en que más combates ganaron los submarinos. Echa­ron a pique cientos de naves aliadas que conducían tanques, cañones, proyectiles, bombas y aviones para todos los frentes. Se apuntaron el hundimiento de barcos que desplazaban en conjunto seis millones 250,000 toneladas, o sea el triple que el año anterior. Los tetramotores de la Luftwaffe, las minas y los barcos corsarios echaron a pique un millón 456,000 toneladas más. El total de hundimientos en 1942 ascen­dió a la catastrófica cantidad de 7.706,000 toneladas.

Y el gran total desde el principio de la guerra subía a 16 millones 644,000 toneladas. Alemania estaba a punto de ganar la Batalla del Atlántico. (I)

(Al principiar la guerra la flota mercante inglesa era de 25 millones de toneladas y luego logró 9 millones más de barcos aliados).

(1) Todos los barcos de altura, de cabotaje y petroleros que hay en México desplazan 265,000 toneladas Incluyendo las naves pequeñas, hasta lanchones, el total es de 450,000 toneladas en 1963.

UN LASTRE Y NO UN ALIADO

Alemania no tuvo suerte con sus aliados. Cuando ya no había duda de que el ejército alemán estaba consumando en el Oeste la de­rrota de los ejércitos francés, belga y británico, Italia se apresuró a declarar la guerra, únicamente para exigir el botín. Y con la entrada de Italia automáticamente se abrió el frente de Noráfrica, en donde colindaban colonias inglesas e italianas. Lo menos que podía esperar Hitler era que Mussolini atendiera por sí solo su único frente norafricano, máxime que los ingleses se hallaban allí en inferioridad numérica respecto a los italianos.


El 13 de septiembre de ese año de 1940 Mussolini ordenó la ofen­siva contra el octavo ejército inglés de Egipto, que entonces sólo constaba de 50,000 hombres. Mussolini disponía de 100,000 para esa operación, sin incluir las reservas. En la frontera de Libia y Egipto sólo había puestos británicos de observación y los italianos iniciaron el "ataque" como si se tratara de un desfile. Pero una vez que avanzaron 50 kilómetros y avistaron al grueso del ejército británico, se detuvieron y no volvieron a atacar.

Tres meses más tarde los ingleses iniciaron una exploración para averiguar qué ocurría con aquella masa de italianos inmóviles. A los primeros disparos el escenario se vino abajo y hubo tal confusión y desconcierto en las filas italianas, que los ingleses siguieron empujando, pese a que su "raid" de exploración sólo preveía 5 días de actividades. El vistoso frente italiano se desmoronó y el general Bergonzoli se apre­suró a rendirse. El comandante en jefe, general Graziani, se pasabatodo el día oculto en una caverna, a gran distancia del frente, y al enterarse de los progresos ingleses huyó a Roma, según dice su com­pañero el Mariscal Badoglio. Mussolini trató de procesarlo, pero el rey Víctor Manuel lo impidió.

Los ingleses avanzaron y avanzaron, a través de 800 kilómetros y en su recorrido hicieron 130,000 prisioneros y capturaron o destruyeron, 400 tanques y 1,290 cañones. Jamás habían soñado que su "raid de exploración iba a convertirse en una victoria.

Acudiendo en auxilió de su aliado, Hitler envió al general Stumpff a la isla italiana de Sicilia, con 250 aviones alemanes, bajo cuya pro­tección el general Erwin Rommel transportó a Noráfrica un cuerpo dé ejército alemán de 2 divisiones blindadas y una de infantería, el cual (aún incompleto) entró en combate el 31 de marzo de 1941. El ejér­cito británico comenzó entonces a desandar el terreno que había ga­nado. .. Rommel se hallaba en inferioridad numérica, mas decía que los soldados no deben contarse sino pesarse. En sus primeros encuen­tros se valió de argucias para ocultar su debilidad; hizo que los ca­miones de transporte se mezclaran entre los tanques para levantar polvaredas y aparentar más contingentes, y tendió trampas de caño­nes 88, hacia los cuales algunos tanques "cebo" conducían a los tanques británicos para destrozarlos.

Las tretas de Rommel y la decisión de sus tropas se impusieron en la primera semana de combate. Los británicos se vieron pronto su­perados en habilidad operativa y en recursos tácticos y cayeron en una emboscada que les costó la destrucción de su segunda división blin­dada y de su tercera brigada motorizada, con lo cual prácticamente desapareció la superioridad numérica que inicialmente tenían. Esta fue una derrota abrumadora y Rommel los arrolló a través de 700 kilóme- tros de, desierto. Los recientemente ascendidos y condecorados generales Sir Richard O'Connor, Neame y Combe, fueron vencidos tan súbitamente como ellos habían vencido a los italianos.

Los restos del Octavo Ejército inglés se replegaron desordenadamente hasta la fron­tera de Egipto, donde nuevos refuerzos y equipo formaron práctica­mente otro octavo ejército. Con excepción del puerto de Tobruk los británicos perdieron todo el terreno que habían arrebatado poco antes a los italianos.

Rommel pidió a los jefes italianos los planos de las defensas de Tobruk, para atacar a los ingleses que se habían fortificado ahí, pero se negaron a dárselos. Tales eran la envidia y el despecho que comenzaban a anidar en ellos. El escritor español Ismael Herráiz dice en "Italia Fuera de Combate" que la increíble ineptitud del mando italiano fue el pun­to de partida de la animadversión italiana contra el ejército alemán. Al ver que los alemanes triunfaban rápidamente —afirma— los italianos se sintieron envidiosos.

"Del complejo de inferioridad se pasa a la en­vidia invencible, y de aquí al abandono de todos los deberes, con tal de ver hundido a un gigante que humilla con su sola presencia". La flota italiana de 140 barcos incluía siete poderosos acorazados, 19 cruceros y 60 destructores. Era más fuerte que la flota inglesa del Mediterráneo oriental y diariamente se la elogiaba en Italia, pero si acaso salía de sus bases su principal preocupación era eludir el encuentro con la flota británica. Inconcebiblemente fue la única flota, de todos los países en guerra, que no llegó a participar en ninguna opera­ción de importancia.

Entre tanto, los transportes que llevaban abaste­cimientos a Rommel eran hundidos tranquilamente por los ingleses. El Cuerpo Africano alemán llegó a la frontera de Egipto exhausto y casi sin abastecimientos. Así no podía explotar su triunfo relámpago sobre el 8o. Ejército inglés.

Hitler volvió a intervenir en favor de Italia y ordenó que el Almirante Doenitz, contra su voluntad, pasara 25 submarinos alemanes del Atlán­tico al Mediterráneo para apuntalar las débiles comunicaciones que abastecían a Rommel.

"Nuestro intervalo de inmunidad y de ventaja llegó a su fin —dice Churchill—. Los submarinos alemanes se presentaron en escena. El 12 de noviembre el portaaviones Ark Royal (27,000 to­neladas) fue torpedeado y hundido. Este fue el comienzo de una serie de dolorosas pérdidas para nuestra escuadra en el Medite­rráneo y de una debilidad que nunca habíamos conocido antes". El "Ark Royal" llevaba 70 aviones al ser hundido por el submarino U-81 del capitán Suggenberger. Poco después el submarino U-331, del teniente Von Tiesenhausen, avistó al medio día a una flota de tres aco­razados y 12 destructores ingleses.
Haciendo acopio de sangre fría tuvo la suerte de pasar por debajo del cinturón defensivo de los destructores y luego emergió el periscopio y esperó hasta situarse, a cua­trocientos metros del acorazado "Barham", de 31,000 toneladas, tri­pulado por 860 marinos. Entonces disparó 4 torpedos, 3 de los cuales hicieron volar al acorazado, que era seguido por el "Queen Elizabeth" y el "Valiant". En 5 minutos no quedó nada del "Barham" sobre el agua, pero entretanto el submarino vivía una aventura extraordinaria.

Ocurrió que al lanzar los 4 torpedos falló.el mecanismo que introduce agua al sumergible para compensar la pérdida del peso de los proyecti­les, y bruscamente subió a la superficie frente al acorazado "Valiant", que inmediatamente empezó a hacerle fuego con sus cañones de proa. Pero el U-331 se hallaba tan cerca del "Vaíiant" que por más que éste inclinó sus cañones, los disparos le pasaban al sumergible por encima de la torre. El teniente von Tiesenhausen mandó inundar todos los tanques de agua y concentró a los tripulantes en la proa, con lo cual logró su­mergirse violentamente, pero en forma tan irregular que se desplomó 260 metros bajo el agua hasta que a duras penas logró controlar la nave, eludir las cargas de profundidad y salvarse por estrecho margen.

Días más tarde el "Valiant" y el "Queen Elizabeth" fueron averiados gravemente por marinos italianos que con escafandras y materialmente montados en torpedos sumergidos se acercaron hasta el casco de los acorazados y colocaron los torpedos para que estallaran minutos des­pués. Este inusitado golpe italiano fue dirigido por el teniente Luigi Durand, que por cierto fue capturado y accedió a combatir a favor de los ingleses.

Por esos mismos días el submarino alemán U-73 del te­niente Rosenbaum hundió al portaaviones británico "Eagle" y la situa­ción fue particularmente favorable para que la flota italiana se uniera a la flota submarina alemana y conquistara el dominio del Mediterrá­neo, con lo cual quedaría asegurado el abastecimiento de las fuerzas de Rommel en Noráfrica. Pero la flota italiana no quiso salir de sus ba­ses. Los submarinos alemanes padecieron graves bajas (36 durante 1941) y se quedaron solos librando la batalla del Mediterráneo, que era virtualmente una batalla de Italia. Mussolini no quiso correr ningún riesgo y los ingleses siguieron soportando las bajas que les infligían los submarinos, con tal de interceptar los abastecimientos a Rommel.

Por si ésa inactividad fuera poca cosa, hasta hubo italianos traidores que comunicaban a los aliados la salida de convoyes del Eje, a efecto de que los hundieran más fácilmente. "Hoy sabemos —dice Kesselring— que el almirante italiano Maugeri se hizo responsable por su traición del hundimiento de muchos barcos y de la pérdida de muchas vidas humanas". (I)

También posteriormente se supo que el almirante Canaris, ¡efe del servicio secreto militar alemán, pudo haber frenado el sabotaje italiano, pero no lo hizo por complicidad.
(1) "Memorias".—Mariscal Kesselring, comandante supremo del frente alemán en el Mediterráneo.
La salida de transportes aéreos o navales era oportunamente comunicada desde Italia a los ingleses para que los atacaran.

Galeazzo Gano, Ministro de Relaciones Exteriores de Italia, apuntó displicentemente en su Diario, el 2 de septiembre de 1941: "Rommel se ha quedado detenido en Libia por falta de combustibfe. Tres de nuestros barcos-tanque —que llevaban combustible para Rommel— han sido hundidos en dos días". Esta indiferencia de Ciano era re­presentativa de la actitud mental del mando italiano.

Por su parte, los ingleses rehacían su 8o. ejército y acumulaban nue­vamente una considerable superioridad numérica sobre el África Korps. Todo lo hecho por Rommel estaba a punto de perderse. El general. Auchinleck, jefe británico del Medio Oriente, advirtió a sus tropas que, Rommel se estaba convirtiendo "en una especie de mago o coco" porque se hablaba mucho de él, y pidió a sus comandantes que ex­pulsaran por todos los medios posibles, la idea de que Rommel representaba otra cosa que un general común y corriente. Sin embargo, el i general inglés Desmond Young dice que las tropas británicas, seguían;" refiriéndose a Rommel medio afectuosamente, como "ese... Rom­mel", y hasta los soldados veteranos "tenían la tendencia a explicar: chocamos con alemanes, como si esa explicación fuera suficiente para disculpar los fracasos".
"En aquel entonces —añade el general Young-— creíamos que el África Korps era un cuerpo selecto, formado por voluntarios entrenados especialmente para el desierto. No era así. El África Korps estaba formado por el tipo común y corriente de los ale­manes. Es más, difícilmente podía adaptarse a la vida del desierto; estaban en desventaja respecto a las tropas coloniales bri­tánicas.

Fue Rommel quien desde el primer momento, con su in­fluencia personal, su ejemplo, la fuerza de su carácter, el arries­garse más que sus tropas, lo convirtió en esa fuerza ruda, truculenta, endurecida que conocimos... Fue él quien los enseñó a sacar hasta la última onza de sus energías y nunca admitir que estaban vencidos... Aun cuando eran tomados prisioneros mar­chaban por los muelles de Suez con la cabeza erguida...

En 1949 aún llevan su insignia con la "palma" en sus carteras. Si usted les pregunta si estuvieron en Noráfrica se enorgullecen al con­testar: "Sí, yo estuve en el África Korps, yo peleé con Rommel". Que tengan suerte porque pelearon bien, y como dicen los ale­manes, lo mejor después de un buen amigo es un buen enemigo". El 8o. ejército reunió fuerzas hindúes, sudafricanas, neozelandesas, australianas e inglesas —además de las polacas que ya operaban en Tobruk—. Sus efectivos ascendieron a 118,000 hombres y 455 tanques.

Rommel disponía de 96,000 hombres, de los cuales 32,000 eran alema­nes y el resto italianos. Las divisiones alemanas blindadas 15 y 21 (con un total de 260 tanques) y la 90 de ipfantería ligera, eran realmente las que sostenían la situación. Tanto fue así que Rommel dio a sus oficiales la siguiente orden secreta: "Los alemanes han sido siempre buenos soldados; por tanto, no deben vanagloriarse. Y menos aún deben empequeñecer los hechos de los de otras naciones.

El ita­liano no es, naturalmente, como el alemán, y tiene sus peculiari­dades propias. Es un ser distinto. Por tanto, sería injusto medirle con el rasero alemán. Pelea lo mejor que puede y esto es digno de tenerse en cuenta. Sería indigno burlarnos de nuestro aliado y ha­blar de su blandura. Hemos de procurar ver sus buenas cuali­dades".

En el aire, la superioridad británica era mayor: 1,100 aviones contra 120 alemanes y 200 italianos. (Poco después Hitler retiró aparatos del frente soviético para enviarlos al África).

En vísperas de su nueva ofensiva, los ingleses trataron de matar a Rommel en su cuartel de Veda Littoria, para lo cual transportaron en submarino a 52 voluntarios, detrás de las líneas alemanas. Pero Rommel no se hallaba en su cuartel la noche del ataque y la mayoría de los asaltantes perecieron.

El 18 de noviembre (1941) el rehecho 8o. ejército inglés se lanzó a la ofensiva. "Fue una batalla digna de soldados, una pelea de perros —dice el general inglés Desmond Young, que participó en ella— Fue peleada a tal velocidad, con cambios tan bruscos en las si­tuaciones, bajo tal nube de tanques ardiendo y de granadas estallando entre el polvo de vehículos que derrapan, entre tal con­fusión e informes contradictorios, que nadie sabía lo que estaba sucediendo a una milla de distancia...

Hay centenares de hom­bres cuyas hazañas pasaron inadvertidas. ¿Cuántos hay que hayan oído de cómo el mayor general Dennis Reíd, Comandante delgrupo de brigadas de la India, tomó Gialo él solo y rindió con su pistola a 60 oficiales italianos que estaban comiendo?" Las numéricamente superiores fuerzas aliadas de Cunningham—en las cuales ya figuraban considerables pertrechos enviados por Roosevelt— perforaron profundamente el frente de Rommel y alcanzaron Sidi Rezegh, a 70 kilómetros de donde se inició la lucha, 39,000 ita­lianos se desplomaron y fueron capturados. Churchill habló entonces de una gran victoria en vías de consumación.

Rommel, que según el general inglés Desmond Young, "tenía un don maravilloso para aparecer en los puntos vítales y dar ímpetu decisivo a la acción en los momentos cruciales", tuvo entonces una de sus más arriesgadas y brillantes inspiraciones. Saliendo de las normas ortodoxas de la guerra se desentendió casi por completo del centro de gravedad de la batalla, impuesto por Cunningham, y ordenó a sus divisiones 15 y 21 que dieran un rodeo al frente y se lanzaran sobre la retaguardia del enemigo.

Eso equivalía a ir a incendiar la casa del enemigo antes de apagar el fuego en la propia, pero el arrojo y la decisión se impusieron a las frías leyes académicas de prudencia y orden, y Rommel arrebató la victoria a Cunningham del bolsillo. Una vez más se demostraba que sobre las cifras incontrovertibles de superioridad de hombres, de tan­ques, de cañones y de aviones hay imponderables fuerzas del espíritu capaces de obrar milagros.

"Para el 23 —dice Churchill— habíamos perdido dos terceras partes de los tanques. Rommel se abrió camino hacia el este y causó tal caos y alarma, que nuestros jefes abandonaron la lucha y se retiraron... Ante este grave tropiezo Auchinleck sustituyó a Cunningham con el general Ritchie, pues aquél se hallaba per­turbado acerca de la situación".

El 8o. ejército, descalabrado y desorientado, suspendió la ofen­siva. Las fuerzas de Rommel, por su parte, también habían sufrido una terrífica sangría. Además de los 39,000 italianos capturados, las bajas alemanas ascendían a 21,000 hombres, entre muertos, heridos y pri­sioneros, pues nuevamente habían sobrellevado todo el peso de la lucha.

En los meses siguientes se libró la batalla de los abastecimientos. Rommel también hizo sus demandas, pero... la flota italiana seguía "heroicamente" en sus escondrijos. El 13 de diciembre de ese mismo año de 1941, Ciano anotaba en su diario: "Los contratiempos navales acostumbrados... hemos perdido dos barcos grandes con tanques para Libia"... Cuando menos, a Mussolini le correspondía hacer que su flota escoltara los pertrechos que Alemania seguía restando al fren­te ruso con tal de ayudar a Italia, pero Mussolini buscó la línea del menor esfuerzo y en vez de obligar a su marina a combatir, pidió a Hitler que obligara a Francia a ceder bases en Bizerta. Hitler se opu­so —aunque tenía a Francia a su merced— porque le había ofrecido respetarle su Imperio Colonial y porque seguía soñando en la recon­ciliación germano-francesa.

La inactividad de la flota italiana de guerra ocasionó que en agosto de 1941 se perdiera el 35% de los pertrechos; en octubre, el 63% y en diciembre el 75%. Rommel tuvo que acortar su frente y ceder terreno. Los ingleses trataron nuevamente de atraparlo y se les esca­bulló. Aunque entonces se libraba la encarnizada lucha a las puertas de Moscú, Hitler retiró de Rusia el segundo Cuerpo del Aire, con el mariscal Kesselring y su Estado Mayor, y lo envió a Italia para realizar el trabajo de escolta que no hacían los italianos. Rommel pudo así rehacer sus bajas.

Poco después Rommel preparó un contraataque; el general italiano Bástico no era de la misma opinión y amenazó con retirar sus tropas del frente. "Me da lo mismo", repuso Rommel. Finalmente llegaron a un acuerdo y la operación se inició la tarde del 26 de mayo (1942).

Según el plan, los italianos quedarían en la línea ya estabilizada y los alemanes tratarían de envolver por el flanco y la retaguardia a los británicos. Pero en la práctica éstos se desentendieron del frente cu­bierto por los italianos y concentraron sus fuerzas contra Rommel, al que casi llegaron a cercar. El comodoro británico del aire L. McLean dice a propósito de¡ esta batalla:
"La campaña del desierto en Egipto Occidental y en Libia, donde los alemanes siempre fueron inferiores en número, posi­blemente ilustre mejor la técnica alemana. De entre muchos ejem­plos, creo que el más brillante fue cuando las fuerzas blindadas de Rommel escaparon de la trampa en el Caldero, donde estaban rodeadas por minas antitanque al sur, este y oeste y fuerzas bri­tánicas poderosas por el norte... Cercada y aislada de sus ba­ses, y con pocas municiones, combustibles y alimentos, la fuerza blindada era, al parecer, el blanco ideal para los bombarderos. Pero sucedió todo lo contrario. Rommel logró abrir una brecha a través de los campos de minas del oeste, pasó sus fuerzas a través de ella y después de reaprovisionarse lanzó un impetuoso contraataque contra el Caldero. Como consecuencia, el 8o. ejér­cito se replegó de la línea Gazala dejando en peligro a Tobrulc.

Entonces Rommel atacó a Tobrulc y lo capturó". El nuevo 8o. ejército quedó destrozado por segunda vez en una re­tirada de más de 500 kilómetros.

Churchill había pedido al general Auchinleck que Tobruk fuera re­tenido a cualquier precio: "Por tanto —dice— fue una sorpresa que el 20 de junio, en Washington, llegara la noticia de que Tobruk se había rendido con 35,000 hombres, ante una fuerza que tal vez no llegaba ni a la mitad de ese número... Esto era tan sorpren­dente que no podía yo creerlo... Fue uno de los más fuertes golpes que puedo recordar".

Del 26 de mayo al 30 de julio Rommel capturó sesenta mil prisio­neros y destruyó 2,000 tanques y vehículos acorazados. Prácticamente se volvió a perder todo el 8o. ejército inglés.

Los restos de las fuerzas británicas fueron perseguidos hasta El Alamein, donde tropas y pertrechos llegaron apresuradamente a inte­grar un nuevo octavo ejército. Era ya el tercero que se reorganizaba desde la llegada de Rommel a Noráfrica. Roosevelt ordenó inmedia­tamente que el ejército americano cediera 300 tanques y 100 cañones para enviarlos a Egipto. Otros pertrechos fueron embarcados días des­pués y el octavo ejército resucitó por tercera vez, incluso con un nuevo ¡efe.

"Rommel había demostrado una vez más —dice Churchill— ser un maestro de la táctica en el desierto... Rommel había re­cibido aviones retirados del frente ruso y contaba con 120 tan­ques alemanes... Nuestra primera división blindada contaba con 150. Sin embargo, el uso ineficaz que se hizo de dicha división no ha sido explicado todavía... La primera división blindada era una de las mejores que teníamos. La integraban principal­mente hombres que contaban con más de dos años de prepara­ción y representaban tan alto grado de eficiencia como cual­quiera que pudiera encontrarse en nuestras fuerzas regulares...

Esta magnífica división perdió más de cien de sus tanques". Aunque el general británico Young dice que "los tanques alemanes eran de una inmensa superioridad en calidad, aun sobre los nuevos tanques americanos General Grant", la superioridad numérica de los aliados era bastante para anular la superioridad cualitativa. Si las tropas alemanas seguían sosteniéndose en África, era seguramente por factores imponderables del espíritu. Los abastecimientos escasea­ban en el frente alemán y todo iba de mal en peor.

Un signo desfavo­rable fue la muerte de Marselle, conceptuado como el "as" de los pi­lotos germanos. Hans Joachim Marselle, de 22 años de edad, había derribado 158 aviones y Rommel decía que sus esfuerzos en el aire equivalían al rendimiento de una división. Pese a tal récord su deseo era derribar aviones, pero no matar á sus adversarios, según lo revela una carta en que decía a su madre: "Esperé ver los paracaídas. ¿Por qué no saltan ios ingleses? Quedé horrorizado cuando el avión se es­trelló contra el agua"... Su 158a. victoria fue la más difícil y acerca de ella escribió: "Era un combate parejo. También fue un combate muy corto, pero por primera vez no tuve la certeza de que yo .iba a ganar". En su siguiente vuelo sobre el frente aliado se le incendió el aceite, retrasó el salto en paracaídas para regresar hasta "las líneas alemanas, pero cuando al fin saltó, el paracaídas se atoró en la cola del avión, que se precipitó envuelto en llamas.

El mariscal Kesselring dijo en su sepelio: "Murió en el aire, como hubieran sido sus deseos. Capitán Marselle, de 22 años de edad, .odavía invicto, todavía el mejor piloto.
El ejército de Rommel había superado varias crisis. Sin embargo, todo tiene su límite, y el África Korps alemán alcanzó el suyo en El Alamein a cien kilómetros de su meta, que era Alejandría.

Ahí se puso el sol para Rommel. Su contrincante era entonces el general Montgomery, británico, a quien se le atribuyó el triunfo y se le ensalzó como el realizador de lo que ni Cunningham ni Ritchie ha­bían podido lograr. La realidad, sin embargo, era bastante más sim­ple. En la batalla de El Alamein, Montgomery disponía de 1,114 tan­ques nuevos contra 219 tanques alemanes y 339 italianos; disponía de 150,000 hombres contra 32,000 alemanes y 60,000 italianos, y de más de mil aviones contra menos de cien. Propiamente la batalla la , ganó la producción de guerra aliada. Ante esa gran superioridad nu­mérica de elementos el factor comandante y el factor soldado eran ya secundarios.

Así lo reconoce en su libro "Rommel" el general británico Young, quien afirma: "Según dice la leyenda, llegó el general Montgomery enviado del cielo, y habiendo reorganizado o mejor dicho organi­zado el 8o. ejército, tornó la derrota en victoria. "Esta leyenda es injusta al 8o. ejército. Es también contraria a los hechos. Los ge­nerales Montgomery y Alexander tomaron el mando el 15 de agosto de 1942. Para entonces, el 8o. ejército tenía dos divisio­nes inglesas extra y una masa de tanques como el 8o. ejército jamás había visto antes".

Por su parte, Rommel anotó en sus apuntes: "Mis números se ha­cían menores, mientras los del enemigo aumentaban. Siempre los mismos tanques que entraban a. la batalla y los mismos arti­lleros. Lo que esos oficiales y soldados realizaron en esa semana toca los límites de la eficacia humana... De hecho, los ingleses no intentaron nada que pudiera llamarse una operación, sino que confiaron absolutamente en los efectos de su artillería y avia ción. Con sólo la mitad de sus fuerzas podían haber destruido todas las nuestras".

La batalla de El Alamein principió el 23 de octubre de 1942. Rom­mel, agotado, disfrutaba de una licencia en Berlín. Su sustituto, el general Stumme, procedente del frente antisoviético, tuvo que or­denar que no se contestara el fuego en varios sectores porque era necesario ahorrar municiones. Ese mismo día Stumme murió de un ata­que al corazón y Rommel —aún en convalecencia— regresó apresu­radamente. Los días 26, 27 y 28, tres barcos tanque italianos que llevaban combustible y que no iban suficientemente protegidos por­que la flota de Mussolini seguía oculta, fueron hundidos por la aviación aliada. El combustible para los tanques se racionó al máximo, la situación se hizo más crítica y a los ocho días de combate el frente era ya insostenible. De 219 tanques quedaban ya sólo 106.

El 3 de noviembre Rommel recibió una orden de Hitler: "No será la primera vez en la historia que la voluntad más fuerte prevalecerá sobre los más poderosos batallones enemigos. Solamente puede mos­trar a sus tropas el camino que conduce a la victoria o a la muerte". El mariscal Kesselring dice que al llegar la orden las tropas ya no se encontraban acantonadas, sino en el desierto, y que él le telegrafió al Fuehrer explicándole que ya no era aplicable su disposición. Enton­ces Hitler autorizó que las operaciones se dirigieran según las nece­sidades, y el repliegue se generalizó.

Refiriéndose a esta retirada de 2,400 kilómetros a través del de­sierto, el coronel norteamericano John K. Boles (I) dice que "en vez de considerarse como el pináculo de la persecución, puede conside­rarse con más exactitud como un ejemplo notable de la evasión con' éxito de una fuerza perseguida".

Mientras Rommel eludía a Montgomery por el oriente y se reple­gaba a través de Libia, en el extremo opuesto de África desembar­caban el 8 de noviembre (1942) tropas americanas e inglesas, ayu­dadas secretamente por el gobierno francés del mariscal Petain. Ese fue el pago que recibió Hitler por fiaber respetado el Imperio Colonial de Francia y haber soñado en la reconciliación.

Para el África Korps ya no había salvación posible.

En esos días Rommel había perdido ya la moral, según dice el mariscal Kesselring, quien revela que no quisó darle dos divisiones motorizadas que aquél le pedía porque supuso que "esto sólo serviría para que pudiera retirarse todavía más 'rápidamente". Hitler volvió a intervenir en este frente de Mussolini y envió a Túnez al 5o. ejér­cito al mando del general Von Arnim.

En un supremo esfuerzo la 2 la. división panzer fue retirada del frente que detenía al 8o. ejército británico, en el este, y lanzada al oeste contra la primera división blindada norteamericana y las fuerzas in­glesas y francesas que la acompañaban. Del 14 al 23 de febrero (1943) los aliados pasaron horas difíciles en el Paso Kaserine, donde sus lí­neas fueron perforadas y los restos de la 21a. división alemana ga­naron terreno peligrosamente. La primera división norteamericana per­dió un tercio de sus efectivos, incluyendo 2,459 prisioneros. El general Alexander tuvo que pedir al general Montgomery que le ayudara a restablecer la situación mediante un ataque por el este, y así se logró que la 21a. división panzer soltara a su presa. Posteriormente Alexan­der escribió en su-informe: "La batalla de Kaserine me dio muchos momentos de ansiedad".
(1) El Blindaje en la Persecución. Coronel John Boles, hijo, instruc­tor del Ejército Norteamericano.

A su turno, Eisenhower dijo en "Cruzada en Europa" que "en el Paso Kaserine fuimos hasta el fondo del barril al enviar reservas para contener el ataque alemán".

Fue ese el último zarpazo de Rommel en África. Luego lo llamó Hitler, para encomendarle la defensa de Italia, y en su lugar se quedó el general Von Arnim, que cayó prisionero con los restos de sus tropas. Antes ya había sido capturado el general Von Thoma, segundo de Rommel. El general Montgomery, comandante del 8o. ejército inglés, lo invitó a comer y ambos discutieron el desarrollo .de la batalla. Otro general alemán, Von Ravenstein, comandante de la 21a. división pan­zer, también fue capturado por los ingleses y envió la siguiente carta a su contrincante, el general Campbell: "Su séptimo grupo de arti­llería de apoyo nos hizo el combate muy penoso y aún recuerdo el mucho hierro que voló cerca de nuestras orejas ¡unto al aeró­dromo. Los camaradas alemanes lo felicitan por habérsele confe­rido la Cruz de la Victoria. Durante la guerra su enemigo, pero muy respetuosamente. —Von Ravenstein".

Esta tradicional caballerosidad entre combatientes sólo pudo ser practicada entre algunos alemanes y británicos. Donde la influencia israelita era más cercana, el odio hacía imposibles esas cortesías que ciertamente no restan valor a los contendientes. Por ejemplo, el ge­neral Dwight David Eisenhower, nieto de los israelitas Jacobo y Re­beca, emigrados de Alemania a Estados Unidos en el siglo XVIII, se negó a hablar con el capturado general Von Arnim y dio la siguiente orden: "A ninguno de ellos debe permitírsele visitarme".

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