viernes, 6 de marzo de 2009

Capìtulo VII 1ª Parte

CAPITULO VII

Salvando al Bolchevismo.
(1941-1942)

Brazos israelitas en Auxilio de la URSS.
La Coalición más Grande de la Historia.
No Existió el Eje Roma-Berlín-Tokio.
Guerra a Muerte entre Nazis y Judíos.
Diluvio de Fuego Sobre Alemania.
Los 6 Frentes Contra Alemania en 1942.
La Batalla del Atlántico (1942).
Un Lastre y no un Aliado.
Occidente, al Servicio de la URSS.
De Kertsch a Sebastopol y de Sebastopol a Leningrado.
De Crimea a las Montañas del Caucase.
700 Kilómetros de Avance hasta Kalatsch.
El 6o. Ejército Alemán se Abre Paso Hacia su Tumba.

BRAZOS ISRAELITAS
EN AUXILIO DE LA URSS


Un año antes de que se iniciara la guerra germano-soviética Hitler ha­bía extirpado ya la influencia desmo­ralizadora que el movimiento político judío ejercía en Alemania sobre el teatro, el cine, la prensa, la literatura, etc. (I).

Esta tarea depura­dora fue presentada en el extranjero como excéntrica y "salvaje per­secución". Pero el movimiento secreto judío no estaba vencido del todo en Alemania. Al iniciarse el auge del nacionalsocialismo,

(1) Esa influencia disolvente en el cine también la ejercen los produc­tores israelitas de Estados Unidos, e igualmente es palpable en México des­de que el cine mexicano cayó en sus manos (los Wallerstein, Kogan, Ma-touk, Mier, Brooks, Ripstein, Wishñack, etc.).

las grandes Logias Masónicas ofrecieron romper sus nexos internacionales, pero Hitler no creyó en eso y las disolvió en 1934. Aunque perdido ese eficaz brazo, el movimiento político judío tenía ocultos colaboradores suyos en la maquinaria oficial, incluso en el Servicio Secreto Alemán. Esto último suena a fantástico, pero abundan pruebas de que así fue. Como antecedente histórico de esa increíble habilidad, ya en 1485 el movimiento judío se había apoderado en Zaragoza, España, "hasta del tribunal de Justicia y de los principales cargos, pues' gran parte de los abogados de aquella ciudad eran judíos en su, vida privada, y cristianos sólo en apariencia... En 1799 la ter­cera parte del Episcopado español estaba bajo el control de francmasones y jansenistas. Llórente, secretario del Santo Ofi­cio, al lado del Inquisidor General, estableció una Logia en el edificio mismo de la Suprema en 1809". (I)

Apenas Hitler Terminó el plan para la invasión de la URSS, un informe secreto llegó a manos de Roosevelt y de su grupo de israelitas. Así lo revela un documento oficial de la Casa Blanca: "En el invierno de 1940-1941 este Gobierno recibió informes de que Alemania se disponía a atacar a la Unión Soviética. El señor Welles, Subse­cretario de Estado, hizo llegar esta información al embajador ruso.

El 20 de marzo de 1941 el señor Welles informó al embajador ruso que este Gobierno tenía nuevos informes que confirmaban los anteriores" ("Paz y Guerra", Departamento de Estado de Estados Unidos. Cordell Hull).

Sin embargo, ese valioso informe de que Hitler marcharía sobre el bolchevismo y no contra las naciones occidentales fue ocultado a la opinión pública norteamericana. Además, se le sustituyó por la mentira de que Estados Unidos se hallaba en inminente peligro y de que era ineludible que los americanos participaran en la lucha contra Alemania, cosa que se resistían a hacer.

Nervioso ante esa resistencia, el 6 de enero de 1941 Roosevelt trató una vez más de alarmar y desorientar al pueblo: '"Nunca como hoy —dijo— se vio tan gravemente amenazada desde el exterior la segundad de los Estados Unidos", y se cuidó de revelar (cosa que ya sabía) que Alemania agrupaba todos sus recursos contra el bolche­vismo. A continuación agregó: "Aspiramos a un mundo que se funde en cuatro libertades humanas esenciales: libertad de palabra y de 'expresión; libertad de todo hombre para adorar a Dios a su manera; libertad para vivir exento de miseria y libertad para vivir exento de temor".

(1) Historia de las Sociedades Secretas.—Vicente de la Fuente (1817-1889).

Sólo la primera y la última de esas cuatro libertades habían sido coartadas en Alemania, específicamente en perjuicio.de los marxístas y de las organizaciones masónicas, pero las cuatro habían sido sangrientamente proscritas en la URSS. Si Roosevelt en realidad hu­biera estado al servicio de la libertad, no habría solapado y defen­dido al imperio bolchevique, donde no existía, por ejemplo, la liber­tad de "adorar a Dios", que sí se ejercía públicamente en Alema­nia. (I)

En cuanto a miseria, había más en Rusia que en Alemania; y respecto a libertades personales y de expresión, eran más bárbara­mente suprimidas por Stalin que por Hitler.

Como preámbulo de la ayuda armada para Rusia, el 6 de enero de 1941 Rooseve!t pidió al Congreso I 1,000 millones de dólares más para armamento. Cuatro días- después envió a Londres a su conse­jero Hopkins para alentar a Churchill a no aceptar la paz que Hitler seguía ofreciendo en vísperas de invadir a la URSS.

Y a fin de estrechar más el frente bolchevique judío, el 20 de junio de 1941 el embajador americano en Londres se entrevistó con el Pri­mer Ministro Inglés. "Me trajo —dice Churchill en sus Memorias—, la seguridad del Presidente Roosevelt de que si Hitler atacaba a Rusia él me ayudaría en cualquier gestión, dando la bienve­nida a Rusia como aliada. Mi secretario particular, Mr. Colville, me preguntó el 21 de junio que si para mí, archianticomunista, el apoyo a Rusia no equivalía a inclinarme en la Casa de Rimón; yo contesté: de ninguna manera; sólo persigo un fin, que es la destrucción de Hitler, y mi vida se ha simplificado mucho de esta manera. Si Hitler invadiera el infierno, haría yo por lo menos una referencia favorable al diablo en la Cámara de los Comunes".
En efecto, así fue. La invasión de Rusia comenzó el 22 de junio y Churchill le abrió públicamente los brazos a la URSS, en su histórica declaración ante la Cámara de los Comunes. En esa fecha quedó ple­namente demostrado que el Imperio Británico no combatía por ideales de libertad, puesto que se unía a la más sangrienta tiranía de la His­toria, y precisamente a una tiranía que proclama como meta la im­posición mundial de su dictadura marxista.


Ese mismo día Roosevelt ordenó al Subsecretario de Estado, Mr. Welles, que anunciara —sin ninguna autorización de la opinión pú­blica ni del Congreso— que Estados Unidos apoyaba a la URSS por­que era una "democracia agredida". Al mismo tiempo Hopkins, asesor de Roosevelt, fue el 30 de junio al Kremlin a ofrecer el incondicional apoyo de Estados Unidos, para lo cual el pueblo norteamericano ni siquiera había sido consultado. En el juego de los compromisos ju­daicos sólo se le reservó a ese pueblo un sitio prominente en el sacrificio de trabajo y sangre. William C. Bullit, ex embajador de Washington en Moscú, dice en La Amenaza Mundial" que "Hopkins no pidió nada a cambio de tal ayuda, ni hizo referencia al interés vital que tienen los Es­tados Unidos en que Europa sea libre.

Una segunda y esplén­dida oportunidad para servir a nuestros intereses y a los de Euro­pa y de la paz se presentó mientras prestábamos ayuda a Rusia cuando M. Averell Harriman y Lord Beaverbrock conferenciaron con Stalin entre el 26 de septiembre y el lo. de octubre de 1941. Pero tampoco se aprovechó. Sólo se pidió que Rusia amainara a propaganda antirreligiosa porque esto provocaba crítica en la prensa americana. Y Stalin suspendió la revista El Ateo".

Fue ésa una de las maniobras más sucias contra el pueblo norte­americano; no se pedía a Stalin que rectificara su política antirreli­giosa, sino simplemente que la ocultara un poco y contribuyera así al engaño de la opinión pública estadounidense, lo cual era indispen­sable para proseguir la ayuda americana a la URSS. El escritor Sherwood refiere (I) que Hopkigns se quejaba de que "toda la población católica" de Estados Unidos se oponía a ayudar a los bolcheviques. Y por eso, precisamente, se le pedía a Stalin que contribuyera a en ganar a los católicos haciéndoles creer que el marxismo prescindía súbitamente de su esencia antirreligiosa.

(1) Simbólicamente las fuerzas armadas alemanas ostentaban la cruz ne­gra que los Caballeros de la Orden Teutónica habían llevado al Oriente pagano cuando predicaban el cristianismo. Y el ejército rojo ostentaba la estrella judia, aunque todavía carente del sexto pico, que significa Go­bierno Mundial.

Roosevelt y sus asesores judíos sabían perfectamente que esa "con­versión" era falsa, tanto así que Mr. Harriman (hebreo) informó con­fidencialmente a la Casa Blanca que el culto religioso seguía siendo, perseguido en Rusia y que nadie menor de 30 años podía practicarlo. "Desde luego —decía su informe— incurre en delito grave cual­quiera que imbuye ideas religiosas a los menores de 16 años... Las prácticas religiosas sólo se toleran bajo una estrecha vigi­lancia de la GPU, a fin de mantenerlas sometidas a una rigurosa fiscalización, como un fuego que se deja arder mientras es fácil aplastarlo de un pisotón... es incuestionable que los comunistas proseguirán la educación antirreligiosa de los jóvenes hasta los 16 años". Sin embargo, de todo esto se guardaba silencio, y en cambio el cierre de la revista "El Ateo" se presentaba como la con­versión de la URSS. Era el contubernio de los judíos del Kremlin y de la Casa Blanca para engañar al pueblo norteamericano.

El mismo contubernio que realizó el milagro de que los norteamericanos, esen­cialmente enemigos de la tiranía bolchevique/fueran insensiblemente empujados a combatir por ella.

Nervioso ante el ataque alemán a la URSS, Roosevelt burló las le­yes de neutralidad y ordenó congelar los créditos de Alemania en Es­tados Unidos y cerrar consulados. En septiembre el Canadá fue for­zado a entrar en la guerra contra los alemanes. Y más nervioso aún con las primeras derrotas soviéticas, Roosevelt ordenó ocupar Islandia para usarla como base antisubmarina y el 17 de noviembre dispuso que los mercantes americanos fueran artillados, que llevaran armas a la URSS y que abrieran el fuego contra los submarinos germanos.

Seis meses antes la Marina había querido eliminar de sus filas a los comunistas y Roosevelt había dicho al Secretario Frank Knox y al contraalmirante Adolphus Staton: "Los Estados Unidos están obli­gados a no oponerse a las actividades del Partido Comunista en Norte­américa". (2) Este partido había sido fundado en Estados Unidos por los judíos Harold E. Ware, Warl Recht, Sidney Hollman, Josif Schloss-berg, Abraham Schiplacoff y otros también originarios de Rusia.

En realidad, el israelita Roosevelt comenzó a ayudar a la URSS des­de que tomó posesión como presidente de Estados Unidos, pues in­mediatamente restableció las relaciones con Moscú y propició el en­vío de ingenieros americanos para impulsar la industria soviética, en particular la electrificación. Más de diez millones de judíos-rusos su­pieron desde 1932 que sus hermanos de Norteamérica estaban prestos a defender al marxismo.

(1) Roosevelt y Hopkins, Roberth E. Sherwood.
(2) Declaración del Contraalmirante Staton ante el Subcomité de Se­guridad Interna del Senado, el 2 de marzo de 1954.

LA COALICIÓN MÁS GRANDE
DE LA HISTORIA


Rusia con la sexta parte de la tierra del planeta, con 202 millones de habitantes, con un segundo lugar mundial como productor de trigo, de hierro, de oro y de energía eléctrica, quedó colocada en el frente principal de Alemania. Inmediatamente después, como arsenal soviético, fueron lanzados a la lucha los inmensos recursos de Estados Unidos, con sus 150 millones de habitantes y el 40% de la riqueza mundial. Sirviendo de puente entre la URSS y Roosevelt, el Imperio Británico contribuía con el esfuerzo de sus 45 millones de habitantes y sus 30 millones de súbditos distribuidos en colonias que totalizaban 36 millones de kiló­metros cuadrados.

Tan sólo esas tres potencias representaban un conglomerado de 397 millones de habitantes (sin incluir los 300 millones de subditos in­gleses), con los recursos territoriales de 67 millones de kilómetros cua­drados. Alemania, con 80 .millones de habitantes y medio millón de kilómetros cuadrados, era la meta de esa coalición. Mas poseía una fuerza dinámica tan grande, debido al movimiento antibolchevique creado por Hitler, que para aniquilarla iban a necesitarse cinco años: de desproporcionada lucha.

Al iniciarse la guerra germanosoviética Roosevelt movilizó todos los recursos de la nación para ponerlos incondicionalmente al servicio de la URSS. El 25 de agosto de 1941, ingleses y soviéticos invadieron a Irán, país neutral, a fin de asegurar una ruta de abastecimiento para la URSS. Entretanto, Roosevelt ordenaba cargar armas en vein­tenas de barcos y enviarlas al Ejército Rojo, parte por Irán y parte por el Mar del Norte. Hopkins conferenciaba en el Kremlin sobre los abastecimientos más urgentes y al mismo tiempo otro judío, Bernard M. Baruch, trazaba en Washington el plan de movilización industrial. En ese entonces Estados Unidos y Alemania no se hallaban en guerra; Alemania no había ofendido en lo más mínimo al pueblo norteame­ricano ni le había hecho la menor demanda que pudiera inquietarlo, y en cambio Roosevelt no cesaba de empujar al país a la contienda, sin la anuencia del Congreso ni de la opinión pública.

Conocedor de la inconcebible conjura judía, Henry Ford se resistía a cumplimentar los pedidos de armamentos. 21 años antes había escrito en El Judío Internacional: "Bernard M. Baruch, judío, ha sidollamado el procónsul de Judá, el Disraeli americano. (I) Súbita­mente surgió del anonimato en 1915 y formó parte en la Junta de Asesores consejeros de la Casa Blanca. Entonces el Presiden­ te Wilson preparaba su reelección mediante la mentira de que mantendría a Estados Unidos alejado de la guerra. Baruch formó también parte del Comité de Defensa Nacional (1915) y de la Junta Industrial de Guerra...

Ni en la guerra ni en la paz el Pre­sidente Wilson procedió por su propia cuenta. Tras de él estaba incesantemente Baruch, quien lo acompañó a París, a la Junta de la Paz. 30,000 millones de dólares costó a Estados Unidos la guerra, de los cuales 10,000 fueron prestados a los aliados. Toda esta fortuna la manejó Baruch. La organización del empleo de los capitales incumbió nominalmente a la Junta de Inversión de Capitales, a cuya cabeza figuró el judío Eugenio Meyer, hijo...

Lo referente al vestuario del ejército estuvo controlado por Eisenmann, judío. El abasto del cobre, por Gudgenheim, también judío".

Y la historia se repitió en 1941. El plan de movilización fue tra­zado por el judío Baruch, y el Presidente de la Junta de Distribución de Municiones fue Hopkins, el protector de las maniobras judías. Mu­chos norteamericanos advertían esa sospechosa ingerencia hebrea y el escritor Hugh S. Johnson denunció que nadie había elegido a Hop­kins para cargo alguno, no obstante lo cual su influencia era decisiva en el destino de Estados Unidos. El representante popular John W.Taber censuró acremente el 16 de marzo de 1942 la tortuosa política de Hopkins, pero éste continuó desamparando a los contingen­tes de McArthur en el Pacífico y encauzando todo el material bélico americano hacia la URSS.

Naturalmente eso se hacía con aprobación de Roosevelt. Mark S. Watson refiere (2) que Roosevelt se hallaba preocupado por las vic­torias alemanas en Minsk, Smolensk y Kiev, y se mostraba "impaciente" por acrecentar la ayuda al ejército rojo. En este sentido apremiaba constantemente al Secretario de la Defensa.

El pueblo americano no había aprobado esa guerra no declarada contra Alemania, a favor del comunismo, pero Roosevelt y su cama­rilla judía ya la habían desencadenado. Para dorar la píldora Roo­sevelt y Churchill proclamaron el 15 de agosto (1941) la famosa Carta del Atlántico, cuyos puntos básicos de libertad no eran ciertamente respetados por la URSS. Redondeando la sarcástica burla a los pue-

(1) Disraeli, escritor judío-inglés y Primer Ministro, tuvo decisiva in­fluencia política en Inglaterra desde 1868 hasta 1881.

(2) Cómo se originó el Programa de la Victoria de 1941. Mark S Watson, División Histórica del Ejército de Estados Unidos.

blos occidentales, Stalin se adhirió a esa Carta. El diplomático americano WHIiam C. Bullit escribió al respecto: "Se hizo creer entonces que Rusia se había reformado. Esta campaña sistemática para engañar al pueblo de los Estados Unidos en lo referente al ca­rácter y a los fines del gobierno soviético tuvo éxito" ("La Ame­naza Mundial"). .

Detrás de los falsos cantos de libertad y democracia se agigantaba la ayuda a la peor tiranía conocida en la historia. Convoyes enteros .^:, con armas zarpaban para apuntalar al ejército rojo. Y el II de sep­tiembre (1941) Roosevelt se quejaba sin sonrojo de que los submarinos nazis hundían algunos de sus barcos. Describía tal cosa como un acto de barbarie y anunciaba que a partir de esa fecha la flota ame­ricana escoltaría los convoyes.

Bullit afirma que esos envíos de armas costaron diez mil millones de dólares y hace la observación de que Rusia seguía siendo una dic­tadura que se diferenciaba de la de Hitler por el hecho de que éste perseguía a los judíos, en tanto que "Stalin no mataba más que a los nobles y ricos y a los que habían provocado su disgusto".

¡Era ésa una diferencia fundamental! Tanto así que ahí residía la clave de la alianza entre los judíos que rodeaban a Roosevelt y el régimen marxista-judío de la URSS. El movimiento .israelita interna­cional acudía a luchar contra Hitler y socorría presurosamente anti régimen bolchevique, creación brillante del judaismo representado; por Marx, Engels y Lenin.

Cuando todavía el sortilegio de la propaganda no adormecía a la opinión pública, para todo el mundo resultaba inconcebible cómo Es­tados Unidos —sede de enormes capitales-— podía defender tan deci­didamente a una potencia enemiga del capital, como la URSS. La expli­cación es tan sencilla como increíble a primera vista: tanto el supercapialismo forjado en Wall Street como el bolchevismo forjado en Rusia son instrumentos del judaismo. Tan judíos los magnates de las grandes espe­culaciones financieras de la Bolsa de Valores de Nueva York como Marx el padre intelectual del bolchevismo, y como Lenin, Trotsky, Kamenev, Zinoviev y Ouritsky, implantadores de la tiranía soviética en Rusia. Entre esas dos ramas del judaismo puede haber grandes diferencias incluso enemistades, pero toda discrepancia desaparece en cuanto surge un enemigo exterior, como fue Hitler.

El establecimiento del comunismo en un país no afecta en nada al capitalismo judío. Al que aniquila es al capitalismo no judío. Por lo demás, el movimiento judío-marxista se Convierte en el dueño abso­luto del Estado y de la economía. Es decir, todo el capital y todo el poder pasa a manos judías.

Ya en 1911 los influyentes judíos norteamericanos Jacob Schiff, Jacob Furth, Luis Marshall, Adolfo Kraus y Enrique Soldfogle habían impulsado al Presidente Taft a que presionara al régimen zarista de Rusia, en pro de los judíos revolucionarios de Leningrado. Y en 1917 los capitalistas ¡udíos de Nueva York acudieron en auxilio de la na­ciente revolución rusa. Khun Loeb, Félix Warburg, Otto Kahn, Mortimer Schiff y Olef Asxhberg ayudaron entonces económicamente a los revolucionarios soviéticos.

No era, pues, en 1941, la primera vez que el núcleo super capita­lista judío de Estados Unidos (que de ninguna manera debe ser iden­tificado ni confundido cqn el pueblo norteamericano) acudía en auxi­lio del grupo bolchevique judío. Entre ambos extremos han existido siempre profundos lazos de hermandad.

Otro síntoma de lo anterior es el convenio que la organización is­raelita norteamericana llamada Consejo de Relaciones Exteriores ce­lebró con Rusia en 1926. El Consejo está dominado por el multimillo­nario judío Rockefeller, que oficialmente es protestante. El escritor americano Emmanuel M. Josephson reveló que dicho pacto financiero era un "Eje Rockefeller-Unión Soviética".

Así se integró una especie de yunque y martillo, gigantescos sis­temas ideológicos (uno supercapitalista y otro bolchevique) entre los cuales los pueblos no judíos .han venido siendo debilitados o destro­zados en su economía o su cultura, y de tiempo en tiempo devastados por contiendas artificialmente provocadas. Aunque el judío repudia al no judío tan frenéticamente corno repudia el hecho de mezclar su sangre con él, sabe utilizarlo con maravillosa agilidad para sus propios fines. "Una aptitud magistral del judío —dice Henry Ford— es la de concitar odios contra las personas a quienes trata de hostilizar; es uno de los medios de combate orientales más rastreros, y que só­lo puede esgrimirse por personas de determinada predisposición". Realmente se trata de una aptitud que se lleva en la sangre; quie­nes carecen de ella a duras penas pueden siquiera comprenderla. Esa habilidad judaica se puso premiosamente en juego para lanzar al pue­blo norteamericano a una guerra de la que saldría en peores condi­ciones que antes de la "victoria".

Los americanos fueron arrojados mañosamente al abismo de una lucha contraria a sus propios intereses. Precisamente cuando las tropas alemanas se lanzaban a la batalla de Vyazma y Bryansk, el judío ame­ricano Averell Harriman anunciaba que Norteamérica daría a Rusia toda la ayuda militar posible hasta derrotar a Alemania. En ese en­tonces el pueblo americano se oponía inútilmente a la ayuda a Stalin. El 8 de octubre (1941) Roosevelt y su camarilla judía lograban que se destinaran 5,985 millones de dólares para ayudar particularmente al ejército rojo. Y el 9 de diciembre Roosevelt anunció por radio, 48 horas después del ataque ¡apones a Pearl Harbor, que "aunque Ale­mania e Italia no habían hecho declaración de guerra, se consideran en estos momentos tan en guerra con los Estados Unidos como pue­dan estarlo con Inglaterra y Rusia".

Era ésa una declaración de guerra, después de varios años de una guerra no declarada. Alemania se vio atacada por Roosevelt en los precisos momentos en que el frente alemán en Rusia se cimbraba bajo la contraofensiva soviética de invierno. Un mes más tarde 27 países en guerra contra Alemania se comprometieron a no hacer la paz por separado. Prácticamente todo el mundo quedaba así alineado en la más gigantesca coalición de la Historia para salvar al marxismo israelita.

NO EXISTIO EL EJE
ROMA-BERLIN-TOKIO

Frente a la gran coalición de la URSS y el Occidente, el Eje Roma-Berlín-Tokio sólo existió en teoría. Por el extremo de Italia casi todo era vano exhibicionismo. Y por el otro extremo, en Japón privaba el egoísmo. Además, Japón adolecía de tremen­das debilidades (como falta de combustibles naturales y sintéticos) y estaba muy lejos de ser una potencia de primer orden.

Antes de la guerra, el 30 de enero de 1939, Hitler precisó cuál era el objeto de su alianza con Japón: "Nuestra relación con el Japón está determinada por el conocimiento y por la resolución de ata­jar con toda energía el bolchevismo que amenaza a un mundo que parece ciego. El derrumbamiento del Japón sólo significaría la bolchevización del Extremo Oriente. Prescindiendo del judaismo internacional, no hay pueblo que pueda desear tal cosa". Cuando empezó la guerra en Europa, Japón guardó discreto si­lencio para ver cómo se desarrollaban los sucesos. Cuando en 1941 los alemanes pusieron fuera de combate a más de 300 divisiones so­viéticas, cuando los ingleses concentraron casi todos sus recursos en el territorio metropolitano y en el1 frente contra Rommel, y cuando Roosevelt destinó la mayor parte de su producción bélica a ayudar a ingleses y soviéticos, los japoneses creyeron llegado el momento de aprovechar la situación apoderándose de las posesiones asiáticas de Inglaterra, Estados Unidos y Holanda.

En vez de atacar a la URSS y cumplir así su alianza antibolchevi­que, Japón obró egoístamente y prefirió ocupar posesiones norteame­ricanas, británicas y holandesas que se hallaban casi desguarnecidas. En vista de los preparativos nipones para esa aventura, Stalin pudo retirar la mayor parte de sus tropas de Siberia y enviarlas en no­viembre de 1941 al frente de Moscú.

Entretanto, Japón realizó un fácil recorrido a través de 5,000 kiló­metros, brincando de una a otra isla.

Según lo estableció posteriormente el Almirantazgo británico, des­pués de examinar documentos alemanes e Jnterrogar a altos jefes, "el ataque Japones a Pearl Harbor el 7'de diciembre de 1941 fue una sorpresa completa para los jefes políticos y militares alemanes", quie­nes a principios de 1941 —según lo confirma Churchill— habían re­comendado al Japón que no atacara a los~ norteamericanos. El Ministro de Relaciones Matsuoka visitó a Hitler y ambos llegaron al acuerdo de que el Eje debería combatir contra la URSS. Sin embargo, luego sobrevino una grave división entre los altos jefes nipones y se aprobó lanzarse mejor sobre las posesiones angloamericanas que se hallaban poco guarnecidas. Matsuoka se opuso y fue destituido.

El investigador norteamericano Emmanuel M. Josephson revela que ese inesperado cambio de frente japonés fue inducido y alentado por el Consejo de Relaciones Exteriores, poderosa organización israelita que funciona en Estados Unidos bajo el patrocinio de Rockefeller. Co­mo Alemania no atacaba a Norteamérica, ni le hacía ninguna deman­da, ni le dañaba ninguno de sus intereses, Roosevelt seguía tropezando con dificultades para intervenir íntegramente en la guerra, a favor de la URSS. Entonces se hicieron esfuerzos secretos a fin de persuadir al Japón de que E. U. tenía puntos débiles en el Pacífico y que le sería más fácil ganar allí que en Rusia.

Cuarenta y ocho horas después de la invasión alemana de la URSS, Roosevelt había pedido al Japón que "en bien de la paz" diera garantías de no atacar a los soviéticos. Y mes y medio después, sin motivo alguno, Roosevelt lanzaba contra los japoneses la grave provocación de con­gelarles todos sus valores depositados en Estados Unidos. Automá­ticamente los suministros de petróleo quedaron suspendidos y esto provocó una grave crisis en Japón. Además, en noviembre (1941) Roosevelt expidió un ultimátum poniendo fin a las negociaciones di­plomáticas americano-japonesas.

Por un lado Roosevelt cercaba económicamente a los japoneses, los dejaba sin petróleo y los humillaba, y por el otro les presentaba el cebo de la flota inerme en Pearl Harbor. La ambición y el amor pro­pio herido acabaron por cegar a los jefes nipones y cayeron en la trampa al atacar Pearl Harbor el domingo 7 de diciembre de 1941. Automáticamente ese ataque enardeció al pueblo americano y creó la situación que Roosevelt necesitaba para anunciar, por fin, que "aun­que Alemania e Italia no han hecho declaración de guerra, se consi­deran en estos momentos tan en guerra con los Estados Unidos como puedan estarlo con Inglaterra y Rusia". Y así el pueblo norteameri­cano se vio forzosamente mezclado en la guerra que jamás había que­rido. Los instigadores hebreos de la contienda europea se ocultaban tras la sangre de los 3,303 norteamericanos muertos en Pearl Harbor.

Josephson dice textualmente: "Las pruebas que aparecen en los debates del Congreso demuestran que el Consejo de Rela­ciones Exteriores apoyó económicamente por intermedio de su subsidiario, el Instituto de Relaciones en el Pacífico, la red co­munista de espías de Richard Sorge que operó en Japón y que indujo a los nipones a atacar la base norteamericana de Pearl Harbor en lugar de seguir su plan original de atacar a Rusia. . En esa forma precipitaron otra cruzada de Rockefeller, la Guerra de Roosevelt. Pero tan grande es el poder de los amos del CRE que el Congreso nunca se ha atrevido a denunciarlos ni a perse­guirlos por su alta traición". (I)

Esta revelación coincide con el testimonio del mayor general Char­les A. Willoughby, jefe del Servicio Aliado de Inteligencia en Tokio, quien declaró que el Instituto de Relaciones en el Pacífico, (de Rocke­feller) empleó la red de espionaje de Richard Sorge para hacer que Japón desistiera de su ataque a Rusia y se lanzara contra Pearl Har­bor, cuya guarnición se hallaba sorprendentemente desprevenida. Afir­ma que los agentes secretos conocían hasta la fecha y la hora en que se produciría el ataque. La obra de los agentes de Rockefeller fue un fantástico "quite" que el poder israelita de Estados Unidos le hizo al toro japonés, en beneficio del marxismo israelita de la URSS. Si ese 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacan a Rusia en vez de atacar a Pearl Harbor, el Kremlin no hubiera podido lanzar su contra­ofensiva de invierno a las puertas de Moscú. Esto habría sido sencilla­mente mortal para el ejército rojo.

Las fuerzas japonesas eran insuficientes para una campaña en los vastos espacios del Pacífico, dispersadas a 5,000 kilómetros de sus bases terrestres, pero en Siberia hubieran ganado mayor concentra­ción de fuego —con abastecimientos seguros— para atraer y derro­tar porto menos a 50 divisiones soviéticas. Su esfuerzo se habría co­ordinado ahí con el del ejército alemán. Precisamente por eso el Con­sejo de Relaciones Exteriores (de Rockefeller) pugnó por evitarlo. Ya en 1926 este magnate había concertado una especie de convenio con la URSS para ayudarla económicamente. El investigador norteamericano Josephson llamó a ese convenio el "Eje Rockefeller-Unión Soviética".

El almirante norteamericano Robert A. Theobald afirma que la flota del Pacífico fue intencionalmente debilitada y anclada en Pearl Har­bor, en ostensible pasividad y desprevención, para servir de anzuelo y atraer un ataque de sorpresa por parte de Japón. Dice que Roo­sevelt sacrificó a los 4,575 norteamericanos muertos o heridos en Pearl Harbor, además de las 18 unidades navales hundidas o dañadas y los 177 aviones destruidos.
(1) "Rockefeller Intemacionalista".—Pot Emmanuel M. Josephson.

Agrega el Almirante Theobald que "Washington sabía que la avia­ción atacaría Pearl Harbor a las 8 a. m. Lo supo con suficiente certeza al menos cuatro horas antes... Fue una hora antes cuan­do se envió un mensaje de alarma a Hawaii... pero por vía ordinaría de radiotelégrafo, teniendo a mano el teléfono transpa­cífico. Dicho mensaje llegó al general Short seis horas más tarde y al almirante Kimmel ocho horas ¡después del ataque!" Theobald considera que Roosevelt buscó el ataque "deliberadamente" por constarle que sólo de ese modo el pueblo norteamericano apo­yaría de todo corazón la guerra contra Alemania". (I) El Almi­rante de cinco estrellas William F. Halsey y el contralmirante Husband E. Kimmel ratificaron todo lo anterior. El almirante William H. Standley reafirmó que Roosevelt pudo haber dado la señal de alerta en Pearl Harbor antes del 7 de diciembre".

El escritor americano John T. Flynn refiere que diez días antes del ataque japonés, "Roosevelt dijo al Secretario.de Guerra, Stimson, que la mejor táctica era obligar a los japoneses a que atacasen primero. Esto conduciría automáticamente a la guerra, y el problema queda­ría resuelto... Roosevelt consiguió lo que deseaba. Naturalmente, el traidor ataque unió a la nación alrededor del Gobierno". (2) Parece increíble, pero los planes del ataque japonés eran más del dominio de Roosevelt que de Hitler. El 27 de enero de 1941, once meses antes del asalto, el Embajador Grew comunicó a la Secretaría de Estado que el Japón preparaba un ataque contra bases norteame­ricanas.

Todavía 20 días antes de la agresión el Embajador Grew ca­blegrafió desde Tokio que había que estar alerta contra un repentino ataque japonés. (3) Sin embargo, Roosevelt no envió refuerzos ni orde­nó ninguna precaución que pudiera hacer desistir a los japoneses de su ataque a Pearl Harbor y Filipinas. Necesitaba ese golpe japonés pa­ra lanzar al pueblo americano a la guerra de Europa y salvar así al marxismo judío. Es significativo que el ¡efe de la banda de espías que alentó a los japoneses al ataque fuera el judío Richard Sorge, ayudado por el judío "Makov", del Ejército Rojo.

Roosevelt conoció todos los movimientos secretos japoneses y los preparativos contra Pearl Harbor. El "código secreto" de los nipo­nes, llamado "código púrpura", había sido descifrado. Incluso se cons­truyeron en Washington cinco máquinas "Magia" para realizar ese complicado trabajo. De esta manera estuvieron siendo captados los mensajes que Tokio enviaba a sus diplomáticos o a sus espías, el 24 de septiembre, el 22 y el 30 de noviembre y el 7 de diciembre, antes del bombardeo a Pearl Harbor.

(1) "El Ultimo Secreto de Pearl Harbor". Almirante Robert A. Theo­bald. Publicado por United States News and World Report.
(2) El Mito de Roosevelt. John T. Flynn.
(3) Paz y Guerra. Departamento de Estado Americano.

Sin embargo, Roosevelt y Marshall mantuvieron criminalmente en la ignorancia del golpe japonés a los comandantes de dicha base. Hasta el último momento temieron que cualquier movimiento defen­sivo oportuno disuadiera a los japoneses y se frustrara así la maniobra cuidadosamente tejida para empujar al pueblo americano á la guerra que se empeñaba en rehuir.

En cambio, Alemania estuvo totalmente ignorante de los verda­deros planes japoneses. Al iniciarse en junio de 1941 la invasión ale­mana de la URSS, Berlín le pidió a Tokio que de acuerdo con la alianza anticomunista atacara a Rusia por Siberia. Japón dio largas al asunto y hasta el 6 de diciembre, víspera del ataque a Pearl Harbor, le comunicó a Alemania que no podía atacar a la URSS. (Esto fue estableci­do por el historiador inglés Hinsley revisando los archivos alemanes).

Contando con Japón como aliado contra el marxismo, Hitler le había entregado secretos sobre los bombarderos de picada y hasta le envió a un grupo de instructores, a las órdenes de Von Gronau, para adiestrar pilotos japoneses. Pero el Mikado usó a sus aviadores per­feccionados, no para atacar a Rusia, sino a Pearl Harbor. Mediante este golpe una parte de la flota norteamericana del" Pacífico quedó fuera de combate, pero los-portaaviones se "hallaban a salvo en otros sitios y habrían de lanzar ataques demoledores en un futuro inmediato. De momento Japón inició su fácil marcha a través de 5,000 kilómetros de mar y de islas y. ocupó las casi desguarnecidas posesiones de Filipinas/Indochina, las Indias Orientales Holandesas, Nueva Guinea y parte de Borneo.

Contrariamente a lo que entonces parecía, Japón no era una po­tencia de primer orden y no disponía de grandes contingentes. Toda la campaña la realizó con 400,000 hombres (aproximadamente 26 divisiones) y 3,000 aeroplanos de segunda categoría. En la mayor dé sus ofensivas, en. Malaya, utilizaron 150 tanques-y 600 aviones, y en las Filipinas usaron 300 aviones, 400 en Birmania y 400 en Java.

Una de las .batallas más espectaculares de la ofensiva japonesa fue la del Corregidor, en Filipinas, donde fueron capturados 11,500 pri­sioneros norteamericanos. Junto a los gigantescos combates del frente ruso, las operaciones en el Pacífico eran relativamente insignificantes. Los efectivos más numerosos de Japón se hallaban inmovilizados en Manchuria y China. Eran 128 "divisiones (1.930,000 hombres), pero no se trataba de un ejército moderno mecanizado y blindado, sino de tropas de infantería de segunda clase. Riley Sunderland y Jacqueline Perry coinciden (en "La Operación Japonesa de la China) en que el Japón sólo utilizó 23 divisiones y 20 brigadas mixtas en toda su ofensiva del Pacífico.

(1) En su libro "Pearl Harbor", Mauricio Carlavilla hace un relato -minucioso y documentado acerca de esta fantástica traición de Roosevelt.

De por sí risibles para una gran lucha, esas 23 divisiones quedaron atomizadas y dispersas en docenas de islas, a 2,000, 3,000 y hasta 5,000 kilómetros del Japón. Y por eso fue que en cuanto McArthur tuvo 4 divisiones norteamericanas y 6 australianas, con apoyo de 150 bombarderos, pudo ir batiendo en detalle a las disgregadas guarni­ciones niponas.

La ofensiva japonesa fue una enorme llamarada, pero sin consis­tencia, y sin coordinación con las operaciones alemanas. De todas las batallas terrestres libradas en Asia durante la fase del ataque japo­nés, la mayor fue la de Singapur, y aun ésa resultó un melodrama. Inglaterra había montado numerosos cañones, pero todos eran efi­caces contra una invasión por mar y no por tierra. La base inglesa sé . hallaba defendida por fuerzas equivalentes a 2 divisiones británicas (33,000 hombres) y 4 divisiones de tropas coloniales.

Churchill hizo una patética exhortación a sus comandantes de Sin­gapur para que combatieran hasta morir, antes que rendirse, pero la moral de las tropas coloniales era muy baja y la resistencia se desplomó al quinto día de iniciado el ataque.
En realidad Hitler simpatizaba más con Inglaterra que con Japón. El 18 de diciembre de 1941 comentaba.con Himmler: "Lo que pasa en Orienté, yo no lo he querido. Desde hace años he venido di­ciendo a los ingleses que perderían Extremo Oriente si se com­prometían en una guerra en Europa".

Y así fue. A la postre Inglaterra ha perdido su influencia en Asia a manos del bolchevismo.

GUERRA A MUERTE
ENTRE NAZIS Y JUDIOS

Hasta el momento en que esa gran coalición organizó todos sus inmensos recursos en la lucha contra el nacio­nalsocialismo, los ¡udíos residentes en Alemania no habían sido dañados en sus personas, aunque sí en sus intereses políticos y económicos. Por ejemplo, se les impidió que mediante la pintura estrambótica, la música sensualista, los bailes vulgares, la pornografía y las teorías disolven­tes y debilitadoras de los valores morales eternos, relajaran el medio ambiente de la población alemana. Y no es que el judío carezca de moral; todo lo contrario, es un pueblo de admirables costumbres, sobrio y disciplinado, pero sus líderes utilizan todas las corrientes im­puras que puedan dañar o debilitar a los no judíos. No consumen ve­nenos, pero propician la popularización de ellos.

Cuando a los líderes hebreos se les impidió seguir realizando esa hábil política, sus monopolios de propaganda gritaron mundialmente que eran objeto de persecución. Las quejas subieron de tono cuando Hitler barrió asimismo con las organizaciones masónicas, que escu­dándose en la ciencia y el estudio se infiltra en las altas esferas ofi­ciales y refuerzan la influencia del movimiento secreto judío. (I)

Giovanni Papini hizo una notable síntesis de la habilidad de los jefes israelitas para alentar o esparcir tendencias corrosivas entre la po­blación no judía. "¿De qué manera —dice— el hebreo pisoteado y escupido podía vengarse de sus enemigos? Rebajando, envile­ciendo, desenmascarando, disolviendo los ideales del Goim. Des­truyendo los valores sobre los cuales dice vivir la Cristiandad... La inteligencia hebrea, de un siglo a esta parte, no ha hecho otra cosa que socavar y ensuciar vuestras más caras creencias; las columnas que sostenían vuestro pensamiento. Desde el mo­mento en que los hebreos han podido vivir libremente, todo vues­tro andamiaje espiritual amenaza caerse.

"El Romanticismo alemán había creado el idealismo y reha­bilitado el Catolicismo; viene un pequeño hebreo de Dusseldorf Heine, y con su genio alegre y maligno se burla de los román­ticos, de los idealistas y de los católicos.

"Los hombres han creído siempre que política, moral, religión, arte, son manifestaciones superiores del espíritu y que no tie­nen nada que ver con la bolsa y con el vientre; llega-un hebreo de Tréveri, Marx y demuestra que todas aquellas idealísimas cosas vienen del barro y del estiércol de la baja economía. "Todos se imaginan al hombre de genio como un ser divino y al delincuente como un monstruo; llega un hebreo de Verona, Lombroso, y nos hace tocar con la mano que el genio es un semiloco epiléptico y que los delincuentes no son otra cosa que nues­tros antepasados sobrevivientes, es decir, nuestros primos carnales.

"A fines del ochocientos, la Europa de Tolstoi, de Ibsen, de Nietzsche, de Verlaine, se hacía la ilusión de ser una de las grandes épocas de la humanidad; aparece un hebreo de Budapest, Marx Nordau, y se divierte explicando que vuestros famosos poetas son unos degenerados y que vuestra civilización está fundada sobre mentiras.

(1) La Masonería es una especie de religión, con ritos, dogmas y cier­tos conocimientos ocultistas para darle un barniz "científico". En los grados avanzados practica el fanatismo anticristiano. Tiende a la reconstrucción del templo judío de Salomón. Por eso Eckert dice que la francmasonería "es una conjuración contra el altar, el trono y la propiedad, con el fin de establecer sobre toda la faz de la tierra un reino social y teocrático, cuyo gobierno religioso y político tendrá su sede en Jerusalén".

Que la masonería persigue un fin político queda de manifiesto por el empeño que muestra en monopolizar los puestos oficiales más importantes. Y que ese fin político es inconfesable lo demuestra el secreto de que lo rodea, aun para la inmensa mayoría de sus prosélitos.

"Cada uno de nosotros está persuadido de ser, en el conjunto, hombre normal y moral; se presenta un hebreo de Freiberg, un en Moravia, Sigmund Freud, y descubre que en el más virtuoso y distinguido caballero se halla escondido un invertido, un inces­tuoso, un asesino en potencia.

"Desde el tiempo de las Cortes de Amor y del Dulce Estilo Nuevo estamos habituados a considerar a la mujer como un ídolo, como un vaso de perfecciones; interviene un hebreo de Viena, Weinninger, y demuestra científica y dialécticamente que la mu­jer es un ser innoble y repugnante, un abismó de porquería y de inferioridad.

"Los intelectuales, filósofos y otros han considerado siempre que la inteligencia es el medio único para llegar a la verdad, la mayor gloria del hombre; surge un hebreo de París, Bergson, y con sus análisis sutiles y geniales abate la supremacía de la in­teligencia, derroca el edificio milenario del pilatonismo y deduce que el pensamiento conceptual es incapaz de captar la realidad. "Las religiones son consideradas por casi todos como una ad­mirable colaboración entre Dios y el espíritu más alto del hom­bre; y he aquí que un hebreo de Saint Germain de Laye, Salomón Reinach, se ingenia para demostrar que son simplemente un resto de los viejos tabúes salvajes, sistema de prohibición con super­estructuras ideológicas variables... Esta propinación^ secular de venenos disolventes es la gran venganza hebraica contra el mun­do griego, latino y cristiano".

Hitler barrió con todos esos magos de la disolución social. Freud, Ludwig, Remarque, Tomás Mann, Zweig y otros personajes judíos emi­graron a diversos países a seguirse haciendo adorarcomo benefactores de la humanidad a la que estaban envenenando o desorientando. Y un coro de protestas extranjeras acompañó a esos adalides en su des­airada huida. Utilizando sus vastos recursos publicitarios y sus secretos tentáculos, la judería mundial clamó plañideramente que era víctima de persecuciones en Alemania.

Nada dijo, sin embargo, de los orígenes del conflicto. Y es que "invariablemente —observa Ford— los judíos señalan como antisemitas a quienes revelan sus conspiraciones y explican ese antise­mitismo mediante tres razones: prejuicios religiosos, envidia eco­nómica, aversión social. Pero ningún judío menciona, los motivos políticos de la cuestión ni discute sobre ellos, o bien lo hace en forma fragmentaria y parcial". Así por ejemplo, se abstuvieron de confesar que "la campaña con- tra la natalidad fue realizada (en Alemania) por tres médicos judíos: Max Hodman, la doctora Rubén Woíf y, sobre todo, la nauseabunda obra de Magnus Hirschfeld. Bajo un aparente dis­fraz científico, la mercancía homosexual judía abrumaba de ver­güenza la infeliz existencia de la Alemania de 1918. Una oleada de fango miserable amenazaba con ahogar toda la antigua mo­ralidad germana". (I)

Cuando el nacionalsocialismo barrió con esas alimañas, simplemente impidiéndoles que siguieran adelante en su criminal tarea, se queja­ron de salvajismo e intolerancia. La realidad es que todavía en abril de 1942 Hitler había respetado la vida de los judíos residentes en Alemania. En el Diario de Goebbels figura una anotación el 27 de abril de ese año que dice: "Hablé una vez más de la cuestión judía con el Fuehrer. Su actitud no ha variado. Está decidido a expul­sar a los judíos de Europa. Tiene razón. Los judíos han traído tantas desgracias a nuestro continente que el castigo más severo que pueda imaginarse será aún demasiado benigno para lo que se merecen".

Entretanto, no sólo la población judía de los territorios ocupados por Hitler, sino también los judíos residentes en Alemania — millares de los cuales eran nacidos ahí y se ostentaban como alemanes — organizaron y vigorizaron un movimiento de resistencia, de conspiración y de sabotaje contra el ejército alemán.

En estas tareas ocultas los dirigentes israelitas son sencillamente in­superables. Lo han sido desde la antigüedad. Mil cien años antes de nuestra era el judío Ahod logró infiltrarse hasta el rey moabíta Eglón para asesinarlo. 886 años antes de J. C., el judío Jehú fingió amis­tad a los jefes babilonios, caldeos y fenicios, a quienes les, tendió una mortal trampa en el templo de Baal, que luego hizo quemar.

En el año 67 de nuestra era la judía Berenice fascinó a Tito, hijo de Vespasiano, para sabotear la batalla de éste contra los judíos levantados en armas. En el año 548 a. de C. Nehemías consiguió situarse como copero del rey persa Artajerjes a fin de ayudar a su tribu. En 622 la judía Zeinab se ganó en parte la confianza de Mahoma y trató de envenenarlo. En 71 I los judíos nacidos en España ayudaron a los in­vasores musulmanes, tanto que Toledo fue entregada por ellos al árabe Tarilc.

En 1391 muchos judíos de España se fingieron católicos para infiltrarse en puestos importantes. En 1399 los médicos judíos Manuelo y Angelo se infiltraron hasta el Vaticano bajo la máscara de be­nefactores de los pobres. En 1492 el judío Isaac Abrabanel se colocó como ministro de finanzas en España para ayudar a los suyos. (2)

(1) Europa a Oscuras.—Ismael Herráiz.
(2) Manual de la Historia Judia. Simón Dubnow.—Editorial Judaica.

Ejemplos semejantes son interminables.

Por eso cuando Von Ribbentrop, ministro de Relaciones Exteriores, propuso a Hitler suspender la guerra ideológica contra el judaismo y el marxismo, para simplificar la lucha militar, Hitler le repuso: "Eso es un desconocimiento total del problema y un inocente punto de vista. Esta guerra es una guerra ideológica entre los judíos bolcheviques por una parte y el mundo nacionalista por la otra, y esta guerra no puede resolverse por compromisos diplomáti­cos". (I) Y acerca del mismo tema Hitler agregaba:

"El judío debe salir de Europa o no hay acuerdo posible entre los europeos. El judío es quien lo enreda todo. Cuando pienso en ellos, me apercibo de que soy extraordinariamente humano. En otras épocaslos judíos eran maltratados en Roma. Hasta 1830, se paseaba una vez al año, por las calles de Roma, a ocho judíos montados en asnos. Yo me limito a decirles que deben marcharse.

La etapa siguiente es cuando se vuelven filántropos y crean fundaciones. Cuando un judío hace esto, el hecho se nota especialmente por­ que todo el mundo conoce su poca honradez. En general son sólo los más astutos los que se conducen así. Y entonces oís a esos mentecatos de arios diciendo: ¿No lo están ustedes viendo?

¡Hay judíos buenos!... El judío vistió sencillamente de religión su doctrina racial. Todo lo que emprende está basado en la men­tira. .. La mentira es su fuerza, su arma en la lucha... Este papel destructor del judío, ¿tiene una razón en cierto modo providen­cial?

Quizá la Naturaleza ha querido que el judío sea el fermento que provoca la descomposición de los pueblos, procurando así a esos mismos pueblos la ocasión de una reacción saludable. Por el hecho de su presencia provocan la reacción de defensa del organismo atacado". (2)

Con habilidad perfeccionada a través de siglos y milenios, los ju­díos europeos lograron relacionarse secretamente con los más diver­sos círculos y mantener una gigantesca labor de zapa. El Ministro Goebbels escribió en su Diario: "El problema judío vuelve a darnos dolores de cabeza porque no avanzamos lo suficiente". Y páginas más adelante: "Por desdicha nuestros círculos mejores, especialmente los intelectuales, no han comprendido aún la política que seguimos con los israelitas, y en varias ocasiones han tomado el bando de éstos". Funcionarios en tan altos cargos como el Gran Almirante Raeder, jefe de la Armada, consideraban demasiado severas las le- yes de Nuremberg tendientes a limitar la influencia de los judíos en la vida de la nación. Opinaba que tales leyes eran discriminatorias y admite que siempre protegió a los judíos que trabajaban en la Ar­mada y evitó su licenciamiento.

(1) Memorias de Ribbentrop. Este reconocía los nexos judíos entre el Kremlin y Occidente, pero dudaba que pudiera haber una acción común indisoluble.

(2) Conversaciones Sobre la Guerra y la Paz.—Pláticas de Hitler en su Cuartel General, recogidas por Martín Bormann.

Por esos mismos días (mayo de 1942) Hitler comentó en su Cuartel General: "No admito, pues, más que la siguiente alternativa: el sol­dado del frente puede morir, el granuja de la retaguardia debe morir... Tengo el deber de impedir que pueda formarse en la retaguardia, tal como sucedió en 1918, un ejército de crimina­les, mientras nuestros héroes caen en los campos de batalla. Desde el momento en que en el frente debe reinar una disciplina férrea constituicíauna injusticia hacia nuestros soldados practicar la con­descendencia en el interior".

Fue entonces cuando se comenzó a tratar a los judíos conspiradores con la dureza que las leyes de todos los países prescriben para aquellos que sin ser soldados regulares realizan actividades bélicas contra un pueblo en guerra. Entonces sí pudo hablarse cabalmente de "perse­cución", aunque las condiciones ya eran tales que en realidad se trataba de una persecución de agentes emboscados de resistencia, deconspiración y de sabotaje. Es decir, era una persecución de indivi­duos colocados al margen de la ley. (Posteriormente, al enardecerse los ánimos, ocurrieron abusos con los rehenes). .

La propaganda que otros israelitas manejaban en el extranjero pre­sentó el hecho como algo absolutamente injustificado y sin prece­dente. En realidad, el hecho no era nuevo en la. historia e inclusa tenía más justificaciones legales que los movimientos antisemitas de otras épocas.

¿Por qué en fechas tan distantes, separadas por siglos; por qué en regiones tan opuestas, por qué entre pueblos tan diversos, el judío ha sufrido represiones violentas? ¿No es acaso que él mismo lleva en su sangre escrupulosamente mantenida sin mezcla, los elementos esenciales que de cuando en cuando atraen sobre sí mismo la indig­nada reacción de otros pueblos? ¿No es él mismo el causante de las tragedias que de tiempo en tiempo lo agobian?

Manuel Serra Moret, en "Los Fundamentos de la Historia y la Filo­sofía", dice que el pueblo hebreo, amante de las ideas absolutas, "ni un solo, instante de su azarosa historia ha-podido abandonar la propensión de ser el pueblo escogido y de encontrarse a título exclusivo en posesión de la verdad, dentro de un mundo de gente condenada a la que hay que convertir a la fe única o exterminar sin-piedad". Desde Cristo hasta ahora, lo mismo que desde Abraham a Cristo, "la doctrina de la intransigencia ha sido predicada sin haber perdido nunca su rigor y aspereza primitivos caracte­rísticos del pueblo de Israel".

No cabe duda que el judío mismo, en su milenario anhelo de gran­deza, en su intransigencia que crucificó a Jesús porque no le daba el dominio del mundo; en esa intransigencia que lo ha mantenido casi sin mezcla de sangre a pesar de su constante peregrinar y que le impide asimilarse a ningún otro pueblo, aunque resida en él durante siglos, lleva los gérmenes de las persecuciones periódicas de que es víctima. Y ¡amas podrá evitar definitivamente esas reacciones en con­tra suya mientras él mismo no se reconcilie con los "goim" (cristianos) y deje de verlos como enemigos a los que es necesario corromper, de­bilitar y sojuzgar por medio del Reino del Oro. de los venenos ideo­lógicos y del poder masón y político.

El antisemitismo de Hitler, el antisemitismo del nacionalsocialismo alemán, no fue una causa, sino un efecto; una reacción fanática ante el fanatismo del movimiento político judío; y es evidente que el fenómeno no desaparece suprimiendo simplemente el efecto. Las causas primarias del antisemitismo anidan en la conducta misma del hebreo, y mientras él no se modifique, llevará latentes consigo los gérmenes de nuevos mo­vimientos en contra suya. Ni el gigantesco poder que ha alcanzado lo librará de esa desgracia inherente a su empecinada manera de ser.

Esas reacciones antisemitas no son nuevas ni las inventó una mono-maníaca predisposición de Hitler. 2,500 años antes de que Hitler crea­ra el nacionalsocialismo, los judíos atraían sobre sí la ira de Nabucodonosor; 2,000 años antes de que Alemania fuera acusada de intransi­gencia racial, la intransigencia judía ya había crucificado a Jesucristo porque no consagraba al hebreo como dominador del mundo.

Inglaterra en 1290, Francia en 1390, España en 1492, Portugal en 1497, Praga en 1561, etc., etc., sintieron también la enguantada garra del judaísmo y temporalmente la sacudieron. Rusia trató de hacerlo a fines del siglo XIX y a principios del XX, pero sucumbió bajo la Revolución bolchevique inspirada por Marx. Y cuando Hitler se dis­ponía a lanzarse contra esa creación judía que es la URSS, se le acusó precisamente de lo que el pueblo judío ha venido tratando de lograr en los últimos cuatro mil años, o sea la hegemonía mundial. ¡Con cuán­ta razón Henry Ford escribió que "la desfiguración hábil de los hechos es una de las armas predilectas del judío"!

No hay comentarios: