viernes, 24 de julio de 2009

Capítulo IX 3ª Parte

TRANSFORMACIÓN DE LA FLOTA SUBMARINA

Mientras que en los bombardeados astilleros se trabajaba afanosamente en la construcción de una nueva flota submarina con naves de inusitada eficacia, los modelos antiguos se consumían en el Atlántico luchando contra las flotas aliadas.

Las armas antisubmarinas se habían perfeccionado, entretanto, y los aliados pusieron en acción los siguientes recursos: I) Detectores que flotaban en las olas y delataban la proximidad de los sumergibles para que los bombarderos se dirigieran contra ellos. 2) Minas a di­versas profundidades, cerca de la costa inglesa, que estallaban al aproximarse el sumergible. 3) Cargas de profundidad más potentes, cuya explosión podía causar graves daños a 50 metros de distancia. 4) Boyas acústicas que emitían ruidos de hélices y ondas de detecto­res para que los submarinos creyeran que se aproximaban muchos barcos (esto como guerra de nervios). Todo esto a la vez que mil quinientos aviones y tres mil embarca­ciones continuaban a caza de sumergibles.

Las pérdidas de submarinos alemanes fueron en 1944 más altas que el año anterior. Definitivamente había pasado ya la época de las na­ves lentas bajo el agua que en poco tiempo necesitaban subir a la superficie para que trabajaran sus motores diesel y se volvieran a car­gar sus acumuladores eléctricos.

La Batalla del Atlántico se volvió tan difícil para los sumergibles que en abril se dio el siguiente hecho: el U-66 del subcapitán Seehausen buscaba al petrolero-submarino U-488 para ser abastecido, pero en ese momento éste era bombardeado y hundido; el Mando Naval ordenó entonces al U-515 del comandante Henke que acudiera a dar­le petróleo al U-66, pero en el camino fue destrozado por otro bom­bardee cerca de las islas Azores. Luego se radiaron órdenes al U-68 del capitán Lauzemis a fin de que diera petróleo al U-66, pero Lauzemis ya no contestaba. Por último, se hizo contacto con el U-188 del comandante Luedden a efecto de que auxiliara al submarino sin combustible del subcapitán Seehausen, pero para entonces éste ya había, sido hundido por el enemigo... Entretanto el comandante Hen­ke, del U-515 hundido cerca de las Azores portador de la Cruz de Hierro y de las Hojas de Encina, fue hecho prisionero y luego ejecuta­do, bajo la acusación de haber intentado fugarse.

Inexorablemente iba descendiendo el número de barcos aliados hun­didos y aumentando el de submarinos que no regresaban.

Para agravar las cosas, la invasión aliada de Francia privó a la flota submarina de sus bases en el Golfo de Vizcaya y en el Canal de la Mancha y la obligó a retroceder a los lejanos puertos alemanes. Al­gunos tipos .de sumergibles unipersonales, de corto radio de acción, ya no pudieron ponerse en servicio.

La invasión aliada de Francia se realizó con poderosísima escolta y Doenitz pidió a sus hombres que corrieran los más graves riesgos pero que trataran de hundir naves de desembarco. "El submarino que con­tribuya a aumentar las pérdida», del enemigo en el desembarco ha cumplido su misión más alta y justificado su existencia aunque él también haya de quedarse allí". Y en efecto, de 45 sumergi­bles empeñados en esa desigual batalla en las costas francesas se perdieron 20, a cambio de la destrucción de 21 barcos aliados.

Según el instructivo de la aviación americana, cada nave de desembarco podía llevar en promedio 14 tanques, 3 obuses, 42 cañones, 8 carros de combate, 18 ametralladoras pesadas, 142 toneladas de re­facciones, 670 toneladas de víveres y 33 recipientes de gasolina.

A mediados de año se probó con éxito el "Schnorchel" o "ronca­dor", mediante el cual el submarino ya no necesitaría salir a la superficie para cargar acumuladores. Premiosamente se comenzó a ins­talar este "roncador" o pulmón acuático en los sumergibles que re­gresaban, y se le agregó una .capa de caucho espumoso que absorbía los rayos detectores enemigos y un receptor que brindaba al submarino —durante la carga de la batería;— la seguridad de bajar a gran profundidad antes de que se acercara el enemigo. Un nuevo torpedo, acústico, que seguía a los barcos por el ruido de sus hélices, comenzó a probarse y hundió muchas corbetas y destructores de escolta. Con estos adelantos se vio desde luego que se reducían vertiginosamente las pérdidas de sumergibles. La aporreada arma de Doenitz estaba ya resucitando.

Y algo más decisivo, o sea la renovación total de la flota subma­rina, estaba realizándose penosa y angustiosamente en los bombar­deados astilleros. En medio de ruinas, en túneles o en refugios sub­terráneos, la organización del ministro Speer empezó anhelosamente en mayo de 1944 la construcción de los nuevos sumergibles tipo XXI, XXjll y XXVI. Los tipo XXVI desplazaban 850 toneladas y desarrolla-rí^n 32 kilómetros por hora bajo el agua, en vez de 10 que desarrolla­ban los modelos en uso; podían ir de Europa a Asia sin emerger; ten­drían motores eléctricos silenciosos; hélices sin ruido; un ojo eléctrico para disparar a 40 metros bajo el agua, con 100% de exactitud, y 20 torpedos. Asimismo se les estaba equipando con un nuevo receptor lla­mado "mosquito", que detectaba los silbidos de las detecciones ene­migas de alta frecuencia y las gamas más bajas de las ondas decimétricas. (I)

(1) Los submarinos atómicos de 1960 apenas superaron en 6 kilómetros por hora la velocidad del tipo XXVI.

Mancha y la obligó a retroceder a los lejanos puertos alemanes. Al­gunos tipos .de sumergibles unipersonales, de corto radio de acción, ya no pudieron ponerse en servicio.

La invasión aliada de Francia se realizó con poderosísima escolta y Doenitz pidió a sus hombres que corrieran los más graves riesgos pero que trataran de hundir naves de desembarco. "El submarino que con­tribuya a aumentar las pérdida», del enemigo en el desembarco ha cumplido su misión más alta y justificado su existencia aunque él también haya de quedarse allí". Y en efecto, de 45 sumergi­bles empeñados en esa desigual batalla en las costas francesas se perdieron 20, a cambio de la destrucción de 21 barcos aliados.

Según el instructivo de la aviación americana, cada nave de desembarco podía llevar en promedio 14 tanques, 3 obuses, 42 cañones, 8 carros de combate, 18 ametralladoras pesadas, 142 toneladas de re­facciones, 670 toneladas de víveres y 33 recipientes de gasolina.

A mediados de año se probó con' éxito el "Schnorchel" o "ronca­dor", mediante el cual el submarino ya no necesitaría salir a la superficie para cargar acumuladores. Premiosamente se comenzó a ins­talar este "roncador" o pulmón acuático en los sumergibles que re­gresaban, y se le agregó una .capa de caucho espumoso que absorbía los rayos detectores enemigos y un receptor que brindaba al submarino —durante la carga de la batería;— la seguridad de bajar a gran profundidad antes de que se acercara el enemigo. Un nuevo torpedo, acústico, que seguía a los barcos por el ruido de sus hélices, comenzó a probarse y hundió muchas corbetas y destructores de escolta. Con estos adelantos se vio desde luego que se reducían vertiginosamente las pérdidas de sumergibles. La aporreada arma de Doenitz estaba ya resucitando.

Y algo más decisivo, o sea la renovación total de la flota subma­rina, estaba realizándose penosa y angustiosamente en los bombar­deados astilleros. En medio de ruinas, en túneles o en refugios sub­terráneos, la organización del ministro Speer empezó anhelosamente en mayo de 1944 la construcción de los nuevos sumergibles tipo XXI, XXIll y XXVI. Los tipo XXVI desplazaban 850 toneladas y desarrollarían 32 kilómetros por hora bajo el agua, en vez de 10 que desarrolla­ban los modelos en uso; podían ir de Europa a Asia sin emerger; ten­drían motores eléctricos silenciosos; hélices sin ruido; un ojo eléctrico para disparar a 40 metros bajo el agua, con 100% de exactitud, y 20 torpedos. Asimismo se les estaba equipando con un nuevo receptor lla­mado "mosquito", que detectaba los silbidos de las detecciones ene­migas de alta frecuencia y las gamas más bajas de las ondas decimétricas. (I)

(1) Los submarinos atómicos de 1960 apenas superaron en 6 kilómetros por hora la velocidad del tipo XXVI.

Mediante esos adelantos los nuevos sumergibles iban a revolucionar la guerra en el mar. Se podría conocer la proximidad de barcos a 80 kilómetros de distancia y precisar si se trataba de destructores, cru­ceros o mercantes. Con marcaciones acústicas el submarino podría acercarse a los barcos y hacer funcionar su equipo electrónico "S", que aportaría datos sobre el rumbo y velocidad del objetivo. Y esos datos se transmitían al nuevo dispositivo "Tek" para graduar auto­máticamente el disparo de los torpedos. Por último, los torpedos mo­dernizados "Lut" zigzaguearían para alcanzar el objetivo con una exac­titud del 95 al 99%.

Los comandantes del submarino que visitaban las nuevas construc­ciones quedaban maravillados. Los más optimistas no habían soñado nunca con algo tan perfecto. Y ante sus graves pérdidas no cesaban nunca de exclamar: "¡Cuando tengamos los XXVI!...

Pero mientras éstos eran terminados, 243 sumergibles de la vieja guardia y sus nueve mil tripulantes se inmolaban durante 1944. (El total de bajas ascendía a 617 naves y 24,000 submarineros en los 5 años de guerra).

Por su parte, las flotas aliadas llevaban perdidas 20 millones 527,000 toneladas de barcos. Un equivalente a 3,421 naves de seis mil tone­ladas cada una. De ese total, los submarinos habían hundido más de 14 millones de toneladas y el resto los aviones y las minas.

Las bajas submarinas de 1944 fueron afrontadas con la esperanza de un devastador desquite para 1945. Los constructores de los nue­vos sumergibles habían dicho que terminarían trescientos de ellos para el otoño de J 945, pero el ministro Speer aceleró los trabajos y aseguró que los entregaría para la primavera. En los astilleros se trabajaba con desesperado empeño en la seguridad de que la nueva arma cau­saría un cataclismo jamás visto en las flotas aliadas. Doenitz armaba lobos más feroces para 1945.


SUPREMO ESFUERZO DE SOVIÉTICOS Y ALEMANES

Reafirmando a Berdiaeff, el filóso­fo Walter Schubart dice que el gozo de quemarse a sí mismo es una característica nacional rusa, y cita el casó de los "propios incen­diarios" moscovitas que en el siglo XVII buscaban la muerte por medio del fuego como un acto de consagración religiosa. "Igual placer de quemarse a sí mismos surgió en 1812 —dice— y en 1918 se desmandó orgiásticamente. El ruso se complace en ver perecer, incluso a sí mismo. Se goza con las ruinas y añicos. Conocida es la costumbre rusa de arrojar en las orgías copas contra la pa­red".
Algo semejante observó también el ex Secretario de Defensa de Estados Unidos, James V. Forrestal, quien anotó en su Diario que para limpiar los campos de minas los rusos utilizaban hombres en vez de máquinas. "En su conducta de guerra —afirmó— los guiaba una total y despiadada falta de respeto a la vida de sus soldados".

Coincidiendo con todo lo anterior el periodista americano William L White relata el azoro y temor de varios pilotos compatriotas suyos cuando los aviadores rusos que los conducían se elevaron sin ninguna ,: precaución, sin haber calentado siquiera los motores y haciendo es­calofriantes piruetas. Dice que el piloto ruso les preguntó sorprendido: "¿Qué les pasa? ¿Tienen miedo de morir?"...

En fin, sería interminable la relación de hechos históricos y anéc­dotas que pintan la ancestral indiferencia del ruso hacia la muerta Esta característica tuvo una amplia y macabra comprobación durante la última guerra. Ya por el otoño de 1943 las bajas soviéticas ascen­dían a 16 millones de hombres, entre muertos, prisioneros y heridos.

En 1944 Moscú hizo un supremo esfuerzo para extraer más reservas de todos los confínes del país y echó mano de todo el que pudiera cargar un fusil. El general español Valentín González presenció hasta la movilización de niños de las escuelas para sustituir a los adultos que eran reclamados por el ejército.

Pese a que entonces el, frente alemán iba retrocediendo y esto daba una apariencia de desahogo para las armas soviéticas, la situación de la URSS era desesperada. Nunca nación alguna había sufrido bajas tan enormes. Sólo la firme mano de Stalin, la implacabilidad de la NKVD y la insólita capacidad de sufrimiento del pueblo ruso podían realizar el milagro de mantener a la nación en pie de guerra.

El propio periodista White refiere al respecto que las mujeres cubrían del 50 al 65% de las plazas en las fábricas, y el resto era desem­peñado por ancianos, muchachitos o enfermos. "En el avance hacia Prusia y Varsovia (1944) ninguno puede afirmar—agrega— que ellos no hayan mantenido la fe, arañando hasta el fondo del barril de su potencial humano, arrojando a sus mutilados de guerra, semi-inválidos y niños casi, a la batalla. Su sacrificio, desde el punto de vista del potencial humano, fue fantástico. En la re­taguardia no se ve ningún joven que no lleve uniforme con señales evidentes de haber participado en la lucha. Y, absolutamente, es imposible ver hombres de 16 a 40 años en los bancos de las fá­bricas...
Cuando la invasión en Francia, de los angloamericanos, los rusos cumplieron su compromiso de lanzar una ofensiva en el Este, y estuvieron enviando hombres que previamente habían sido retirados por heridas, y otros previamente rehusados por defec­tos físicos: la escoria del material humano de cualquier nación".(l) El doctor y capitán Dimitri Konstantinov da una versión que con­cuerda con la anterior. Dice que las unidades soviéticas sufrían enor­mes bajas en 1944 debido a su deficiente entrenamiento, al grado de que numerosas divisiones tuvieron que ser totalmente reequipadas y entonces se les hizo la siguiente exhortación:

(1) "Mi Informe Sobre los Rusos".—Por William L. White.

"Constituyen ustedes las últimas reservas disponibles en el país a las cuales corresponderá poner término a la guerra victoriosa izando la bandera de la Unión Soviética sobre la Gudadela del fascismo alemán en Berlín... Pero, camaradas, con la termina­ción de la guerra no se habrán resuelto, ni mucho menos, algunos problemas de orden internacional derivados del presente conflicto. El tratado de paz que habremos de firmar juntamente con Inglaterra y los Estados Unidos llevará en sí el germen de una nueva guerra... Estamos luchando por la victoria del comunis­mo en el mundo entero y, en consecuencia, por la total aboli­ción del sistema capitalista". (I)

(1) "Yo Combatí en el Ejército Rojo"—Por Dimitri Konstantinov.

Los comisarios que hacían esa excitativa desempeñaban una fun­ción vital. Eran los encargados de apuntalar la moral de las tropas de exterminar cualquier-brote de rebeldía y de conminar a las unidades a que entraran en batalla 'aun ba]o las condiciones más difíciles. , Durante el primer año de lucha la gran mayoría de estos comisarios eran judíos. Luego fueron relevados por jóvenes fanáticos del movi­miento ateísta "komsomol" y pasaron a ocupar otros puestos a reta­guardia del frente. Hasta el primero de octubre de 1944 Stalin había concedido condecoraciones a 55,767 judíos que se distinguieron en el, ejército rojo. Este ejército había sido creado por los hebreos bolche­viques de 1917 (entre cuyos caudillos figuró Bronstein) y era natural que los judíos de" 1941 lucharan desesperadamente por salvarlo.

Mediante la ayuda de Roosevelt y Churchill los soviéticos conta­ban en 1944 con una superioridad de 6 a I en tanques y de 10 a I en artillería, y 500 divisiones soviéticas embestían sangrientamente a 176 divisiones alemanas. Sin embargo, lo mejor del ejército rojo había perecido y las nuevas y heterogéneas reservas no explotaban al má­ximo su abrumadora superioridad. En algunos sectores los rojos conta­ban hasta con 300 piezas de artillería por kilómetro de frente. En la primera guerra se consideraba que 160 cañones por kilómetro era ya algo formidable.

El desplome de Italia en 1943 y la invasión de Europa Occidental en 1944 forzaron a Alemania a disminuir sus efectivos en el frente antibolchevique. Tres millones y medio de hombres —que podían haber dado el tiró de gracia a la URSS— luchaban lejos del frente ruso (1.995,000 en el ejército y 1.500,000 en las defensas antiaéreas y otros servicios).

El 22 de junio 146 divisiones de infantería y 43 brigadas blindadas soviéticas embistieron sobre el grupo de ejercitas alemanes del ma­riscal Busch, en el sector central del frente. Cuando una ola de ata­cantes era diezmada y quedaba exhausta, otra marchaba inmediata­mente atrás y la ofensiva no se interrumpía ni de día ni de noche. El mando bolchevique pagó un elevado precio de sangre, pero abrió grandes boquetes y penetró hasta los vastos bosques del oriente de Minsk, donde los alemanes habían copado a varios ejércitos rusos al iniciar su ofensiva de 1941.

Al avanzar profundamente las cuñas soviéticas, parte de los ejér­citos alemanes 4° y 3* se mantuvieron firmes en Bobruisk, Orscha y Witebsk tratando de desarticular la ofensiva soviética. Seis divisiones, quedaron cercadas, rechazaron frecuentes intimaciones de rendición y causaron crecidas bajas a los rojos. Cuando al fin capitularon, su suerte fue particularmente desventurada porque los bolcheviques se hallaban frenéticos por las bajas padecidas y celebraron su triunfo eje­cutando a millares de prisioneros. Los restantes fueron destinados a jor­nadas de trabajo tan duras que no podrían sobrevivir por mucho tiempo.

Todo el sector central del frente alemán fue prácticamente destrui­do. Veinticinco divisiones (cerca de 300,000 hombres) se consumieron arraigadas al terreno que ocupaban. Hitler echó mano de unidades en formación y de restos de divisiones, que puso en manos del ma­riscal Walter Model, sucesor del mariscal Busch. Model tenía fama de irradiar "energía y valentía". Desde que era comandante de división se le veía en los sitios más peligrosos. "Ahí donde hacía acto de pre­sencia actuaba como una batería que cargaba de energía a los ago­tados comandantes". Era uno de los pocos generales adictos a Hitler y en el invierno de 1941 ya había salvado al 9o. ejército de ser cercado por los soviéticos. La comisión que se le encomendó en 1944 era todavía más grave. Se trataba de salvar todo el sector central del frente anticomunista. Model hizo filigranas de combinaciones tácticas y logró suturar el frente, aunque sacrificando el terreno que práctica­mente ya se había perdido.

Esa fue una de las más venturosas ofensivas bolcheviques durante 1944. En otras ocasiones los soviéticos abrían brechas y sus coman­dantes se lanzaban entusiasmados a intentar el copamiento de fuerzas enemigas, pero sufrían costosos descalabros. La hazaña que habían logrado en Stalingrado no pudieron volverla a repetir.

En enero (1944), cuando los rusos penetraron profundamente entre los ejércitos 4° y I°, del sector sur, no tardó en caer sobre ellos un medido contraataque en el que perdieron 8,000 hombres, muertos; 5,500 prisioneros, 700 tanques, 200 cañones y 500 antitanques. Ca­torce divisiones bolcheviques de infantería y 5 cuerpos blindados omotorizados quedaron deshechos y. sus restos huyeron por la brecha donde habían penetrado.

En los dos primeros meses de 1944 los bolcheviques perdieron en el sector sur del frente 25,353 prisioneros, 3,928 tanques, 788 cañones y 3,336 armas antitanque. 'Este era un índice de la gran cantidad de pertrechos que el Ejército 'Rojo seguía recibiendo de Roosevelt, de Churchill y de las fábricas soviéticas.

Muchos de los combates librados en el frente ruso durante 1944 han quedado como ejemplo en la ciencia militar. El teniente coronel Henry D. Lond, instructor de artillería del Ejército Americano, cita algunos de ellos en "La Ruptura del Envolvimiento". Estudia el caso de dos cuerpos de ejército alemán que por no ceder terreno fueron copados en Tscherkassy, en el sector sur del frente. Ambos cuerpos, integrados por 7 divisiones, eran mandados por los generales Stem-mermann y Lieb. Una fuerza de rescate alemana trató de liberarlos y en su embestida destruyó 700 tanques, 150 piezas de artillería y 600 cañones antitanque, pero la resistencia enemiga y la nieve la dejaron paralizada a 13 kilómetros de los copados.

El general Von Seydlitz, que junto con Von Paulus había sido cap­turado por los rusos en Stalingrado, exhortó por radio al general Sternmermann para que capitulara, haciéndole ver que lo sitiaban 35 di­visiones soviéticas y que no tendría salvación. Stemmermann se negó a rendirse, informó a sus tropas de la gravedad de la situación y pla- neo el rompimiento del cerco sin fuego de artillería, para no delatar la dirección del ataque.

La noche del 16 de febrero, durante una tormenta de nieve que cu­bría el suelo en más de un metro, y con una temperatura de 10° a 20° bajo cero, se inició el ataque a bayoneta calada, con objeto de hacer el menor ruido posible. En la madrugada del día siguiente los alema­nes consiguieron romper el cerco y reintegrarse al frente común. En Ia acción pereció el general Stemmermann y fue inevitable abandonar a todos los heridos al desventurado destinó que les esperaba en manos de los bolcheviques. Estos no tenían compasión para los enemigos heridos, ni la pedían para los propios.

Aunque retrocediendo, cayendo y levantando, el frente alemán en Rusia seguía en pie. Y aun era frecuente que se defendiera con duros zarpazos. El poder ofensivo de las fuerzas soviéticas había descendido visiblemente, en particular el de su ya improvisada infantería, y sólo así se explicaba que no hiciera trizas al frente alemán. Tan sólo en el sector sur operaban 206 divisiones bolcheviques contra 60 divisiones de-los ejércitos alemanes 6o., 8o., lo., y 4o., que desde 1942 lucha­ban sin descanso y que iban dejando jirones de sí mismo en sus obli­gados repliegues de río en río. Del Don al Donetz; del Donetz al Dnié­per, y del Dniéper al Bug.

Hitler reunió a los comandantes del frénate oriental y les habló de la necesidad de inculcar en el ejército la doctrina nacionalsocialista y de la importancia de acerar la fe en la victoria. En una parte de su discurso lanzó una indirecta a los más altos jefes, diciéndoles: "Porque si hubiera de suceder que un día nos viésemos en el último ex­tremo,, parece que en rigor deberían ser los mariscales y los ge­nerales los que al instante supremo formasen el cuadro en torno a la bandera".
Entretanto, continuaban las perturbaciones en el Alto Mando Ale­mán. Hitler se quejaba de que Von Manstein no sacaba todo el pro­vecho debido a los 221, 893 soldados de refuerzo que le había enviado, en tanto que aquél respondía que los refuerzos le llegaban a gotas. Von Manstein proponía un repliegue muy profundo para ahorrar tro­pas y Hitler alegaba que eso alentaría a Turquía y a Bulgaria a aliarse con la URSS. Von Manstein se entrevistó con Hitler y le insinuó que la dirección de la guerra era errónea y que dejara las operaciones en manos de un Jefe de Estado Mayor responsable. Refiriéndose a esa entrevista dice textualmente:

"Los rasgos faciales de Hitler se endurecieron súbitamente y sus ojos se clavaron en los míos con tan enérgica expresión, que en mi fuero interno me dije: ahora pretende aherrojar tu volun­tad y anular tu decisión de seguir por este camino. Porque yo no recuerdo haber observado en mi vida, mirada más penetrada del poder de la propia voluntad... Como un relámpago cruzó por mi mente la evocación del hindú domador de serpientes..Fue la nuestra una lucha sorda de sólo unos segundos; pero yo compren­dí que aquellos ojos estaban acostumbrados a quebrantar resis­tencias, a "meter en cintura" a muchos discrepantes. Con todo, seguí mi exhortación".

Sin embargo, no llegaron a ninguna conclusión. Posteriormente Von Manstein volvió a quejarse de que Hitler quería clavar a las, tropas como rocas, en vez de acceder a que operaran, y Hitler alegó que sus generales tenían "la manía de operar", y que siempre que lo hacían era para retirarse. Finalmente, el 30 de marzo Hitler relevó a Von Manstein y a Von Kleist del sector sur, poniendo en su lugar al mariscal Model y al general Schoerner. A los relevados les dio la ex­plicación de que ellos eran aptos para grandes operaciones de es­trategia, pero que dada la fase actual de la guerra se'requerían co­mandantes que se afianzaran1 al terreno. Model lo había hecho así en el sector norte. (I)

(1) Erich von Manstein llevaba este apellido por su padre adoptivo; su verdadero nombre era Lewinski. Al terminar la guerra fue procesado por los aliados, pero Churchill dio dinero para defenderlo y logró que fuera absuelto. Entre los veteranos rumanos de la guerra se le hacen graves cargos por su dirección de las operaciones en el sector sur.

Durante todo 1944 el frente alemán en Rusia siguió siendo desga­rrado y suturado. La actividad de los saboteadpres alcanzó su auge detrás de las líneas alemanas. Llegaron a operar grupos hasta de diez mil guerrilleros y hubo una noche en que se consumaron 10,500 actos de sabotaje a espaldas de los combatientes. (I)

(1) Muchos viejos combatientes están acordes en que las autoridades alemanas de ocupación de los territorios soviéticos fueron las causantes, por su falta de tacto y su torpe racismo, de que "cambiáramos en irreductible hos­tilidad la innegable germanofilia que nuestras tropas habían encontrado en el país", según palabras del mariscal Kesselring. En su libro "Gobierno Ale­mán en Rusia". Alexander Dallin dice que el aumento de los guerrilleros "pue­de ser más atribuido al odio contra Erich Koch —comisario del Reich en Ucrania— que el amor hacia José Stalin".

Ya muy tarde se vio que hubiera sido %n acierto diferenciar entre mar­xismo judío y rusos tiranizados, pues éstos habrían ayudado entusiastamen­te en la lucha anticomunista.

Hasta el 30 de noviembre de 1944 las bajas alemanas en todos los frentes ascendían a 4.836,000 combatientes. Esta cantidad se des­componía de la siguiente manera: muertos, 1.911,000; perdidos o in­ternados (o muertos en poder del enemigo), 1.435,000; prisioneros, .278.000; mutilados que no podían volver a combatir, 438,000; hospitalizados, 774,000.

Para reponer parte de las grandes bajas, 300,000 obreros fueron retirados de la industria, con gran disgusto del Ministro Speer, que en esas caóticas circunstancias seguía aumentando la producción de armamento. Hitler hacía malabarismos para llevar fuerzas de uno a otro punto crítico de la batalla. El teniente corone Skorzeny refiere que el 10 de septiembre (1944) lo vio en su Cuartel General durante uno de sus acuerdos y se quedó profundamente alarmado porque el Fueh­rer daba muestras de un terrible cansancio.

"¿Era una consecuencia del atentado del 20 de julio? ¿O era que el Fuehrer estaba hundido bajo el peso terrible de las responsabilidades que había asumido y que prácticamente guardaba él solo desde hacía años?... Desfilaban interminables divisiones, cuerpos de ejército, regimientos acorazados. Aquí, los rusos han atacado, pero hemos podido contestarles. Allí, han conseguido formar una profunda bolsa que tratamos de reducir por contra­ataques. Yo estaba asombrado de ver cuántos detalles sabía el Fuehrer de memoria: el número de carros disponibles en tal o cual lugar, las reservas de carburantes, la importancia de los refuerzos enviados, etc. Sin cesar citaba nuevas cifras y ordenaba, sobre el mapa, los movimientos de tropas". Dentro de todos los desfavo­rables informes sólo había para él la buena noticia de que acababa de iniciarse la construcción de los nuevos aviones de propulsión a chorro, que daban la posibilidad de reconquistar el dominio del aire.

La firmeza del Fuehrer era insensiblemente transmitida a las más remotas posiciones de combate. Por ejemplo, en Monguilev el general Tippelsldrch rechazó durante mucho tiempo el empuje de 1O divisiones que atacaban un sector defendido por 3 divisiones. En los bosques al norte de Minsk el teniente coronel Sherhorn, con dos mil hombres, quedó aislado del frente, y con precario abastecimiento por aire luchó durante un año tratando de alcanzar a las fuerzas alemanas que combatían en Lifuania, hasta que finalmente sucumbió. Cerca de la población rumana de Jassy la división panzer "Gross Deutschland", comandada por el general Manteuffel derrotó a una masa de 500 tanques soviéticos de los tipos más pesados, que trataban de capturar los pozos petroleros.

La creencia de que el comunismo judío y el pueblo ruso se hallaban tan mezclados que no podía negociarse con éste separadamente, frustro la oportunidad de que la invasión alemana de la URSS contara en 1941 con el apoyo de grandes masas rusas. Fue hasta finales de 1944 cuando se hicieron algunos intentos de formar gobiernos estonianos y letones, y de llevar al frente pequeños contingentes de rusos antibolcheviques. En los servicios auxiliares de sanidad y abastecimien­to trabajaban cientos de miles de voluntarios rusos, llamados "hiwis", y su lealtad fue una prueba de lo bien dispuestos que se hallaban a cooperar contra el comunismo. A finales de la guerra un batallón ruso lanzado contra el Ejército Rojo logró que dos regimientos se pasaran a su lado. Pero ya era demasiado tarde. Esos experimentos sólo demos­traron lo mucho que habría podido lograrse por ese camino, de haberse seguido desde 1941.

En agosto de 1944, cuando las masas bolcheviques golpearon sangrientamente a las puertas de la Europa Central, ocurrió un hecho que favoreció incalculablemente a la URSS. El rey Miguel de Rumania se comprometió en secreto a traicionar la alianza que su país tenía con Alemania. El Primer Ministro Ion Antonescu, fue advertido por los alemanes de que algo se gestaba y trató de impedirlo, pero cándidamentee se presentó en el Palacio Real a solicitar facultades especiales y el rey lo hizo aprehender.

(Hitler tenía una gran estimación por. Antonescu y sólo le reprocha­ba que no obrara con mayor energía para dirigir los asuntos inte­riores de su país. En una ocasión le pidió que los judíos que vivían en Rumania fueran conducidos al Reich, donde se ejercería mayor vigi­lancia sobre ellos, pero Antonescu se negó. Posteriormente, cuando los rojos entraron en Rumania, llevando como lideresa a la judía Ana Pauker, los israelitas rumanos pasaron a ocupar los principales puestos de gobierno, desde los cuales pudieran ejecutar, encarcelar y de­portar a Siberia a los rumanos anticomunistas. El propio Antonescu fue ejecutado en la prisión de Jilava, en Bucarest).

Con el derrocamiento de Antonescu, 385,000 soldados rumanos fue­ron puestos bajo el control de comisarios judíos y lanzados contra los alemanes. La primera misión que se encorsendó a estos, contingentes fue la de interceptar los abastecimientos de los ejércitos alemanes 6o. y 8o., que luchando aún en suelo ruso impedían el desbordamiento de los soviéticos sobre Rumania.

Aunque varias divisiones rumanas se negaron a atacar a su antiguo aliado, e\ grueso del Ejército Rumano abrió las puertas de su país a los soviéticos (por orden del Rey) bloqueó la retaguardia de los ejér­citos alemanes 8o. y 6o. (Este último había sido formado nuevamente después del desastre de Stalingrado) La situación de esos dos ejércitos empeoró 17 días más tarde debido a que Bulgaria rompió su neu­tralidad, le declaró la guerra al Reich y envió su ejército a reforzar la traición del rey rumano.

En un alarde de sangre fría el mando alemán y sus soldados mantu­vieron el frente. Fue una lucha casi sin esperanza contra los bolche­viques procedentes de Ucrania y contra los nuevos enemigos que ha­bían brotado por la espalda. Algunas unidades lograron abrirse paso a través de una retaguardia hostil y reintegrarse al frente general, en tanto que otras quedaron totalmente incomunicadas. Estas fuer­zas se batieron viendo cómo escaseaban más y más sus granadas, su combustible, sus víveres y hasta sus cartuchos de fusil. De cuando en cuando, algunos aviones de la Luftwaffe se aventuraban profunda­mente en territorio enemigo para ayudar momentáneamente a los co­pados. Uno de los supervivientes de tales incursiones aéreas, el coro­nel Rudel, refiere así aquellos momentos:

"Es un aspecto que inspira desolación al ver cómo estos com­batientes experimentados del frente ruso se defienden con un desinterés y un valor indescriptible, ofreciendo frente a las arre­metidas de los soviets que atacan con una mayoría impresionan­te en hombres y material, estos últimos focos de la resistencia europea en suelo ruso... En cada incursión que realizo hacia esos parajes tengo que obligarme a no pensar más allá. El único narcótico es atacar y atacar. Un pequeño Stalingrado se está desarrollando ante nuestros ojos..."

Y lentamente los contingentes sitiados iban extinguiéndose sobre los últimos palmos de tierra soviética ocupada. La defección de Ru- manía determinó que Bulgaria se aliara con la URSS, que el sector sur del frente alemán en Rusia quedara cortado en su retaguardia por sus antiguos aliados y que se perdieran total o parcialmente 16 divisiones alemanas, o sea todo el 6o. ejército (número que desde Stalingrado parecía llevar un maleficio) y parte del 8o. Asimismo se perdió la flotilla de submarinos del Mar Negro y como 200 embar­caciones auxiliares que quedaron privadas de sus bajes. En ese mar los soviéticos tenían un acorazado, 6 cruceros, 12 destructores, 56 cañoneros, 30 submarinos y 3 flotillas de lanchas rápidas.

Pero sobre todo, se perdieron los pozos petroleros rumanos y se agravó la crisis de combustible. Gran parte del equipo blindado y de la Luftwaffe1 fue paralizándose. La traición del rey rumano, que torpemente creyó tal vez que así salvaría a su país, fue un cataclismo para el Reich. (Posteriormente los bolcheviques no tuvieron contemplaciones con Rumania y la sometieron a su dominio).

Mientras esa emergencia desgarraba el extremo sur del frente alemán contra el comunismo, Roosevelt lograba que Finlandia hiciera la paz con la URSS, y en esta forma se abría también un boquete en el extremo norte de ese frente.

El gobierno húngaro resolvió traicionar a su aliada Alemania y el 11 de octubre concertó con Moscú una alianza secreta, pero las tropas húngaras de los Cárpatos se negaron a atacar a. los alemanes y éstos pudieron dominar la situación. Sin embargo, parte del primer ejército húngaro sí fue puesto al servicio de la URSS. Desde 1942 los gobernantes de Hungría se negaban a que su ejército combatiera contra los soviéticos y sólo prestaba servicios de policía en la retaguardia. Al aproximarse los rojos a suelo húngaro, los alemanes pidie­ron una cooperación más directa, pero el general Lakatos dio la fútil excusa de que los soldados húngaros aún no se hallaban suficientemen­te entrenados. Y es que en Hungría también se pensaba que podía haber transacciones con el marxismo, tanto que al aproximarse los soviéticos no faltaron quienes salieran a darles las bienvenida, muy ajenos a lo que esperaba al país. (I)

(1) El pueblo húngaro tuvo que conocer el bolchevismo cara a cara para que 12 años después, desesperado, tratara ilusoriamente de liberarse con su levantamiento de Budapest en 1956. El temor o el egoísmo de los jefes húngaros que durante la campaña alemana contra la URSS no quisie­ron prestar decidida ayuda, ha costado á Hungría más lágrimas y sangre —ahora sin fruto alguno— que el sacrificio que hubiera hecho en el frente cuando era más factible la victoria.

El segundo semestre de 1944 fue particularmente desastroso para los alemanes en Rusia, debido a la traición del rey rumano y a la en­trada de Bulgaria en la guerra, a favor del bolchevismo. Los cre­cientes ataques angloamericanos en Italia y Francia impidieron el envio de refuerzos al este y Hitler tuvo que acceder a un amplio replie­gue. El Ejército Rojo pudo entonces recuperar todo el territorio que había perdido tres años antes, aunque no le cupo la gloria de lograr­lo por sí solo, sino mediante la conjunción de abrumadoras fuerzas extranjeras que acudían en su auxilio.
En esa gran retirada de 1944 las fuerzas alemanas del frente ruso realizaron repliegues al parecer imposibles. La retirada de Jenofonte y sus 10,000 guerreros tuvo muchos ignorados parangones.


MÁS FUERTE QUE NUNCA, LA LUFTWAFFE AGONIZA

Durante 1944 y principios de 1945 las fuerzas aéreas aliadas alcanzaron el epogeo de su poderío. Tan sólo los bombarderos norteamericanos hicieron un total de 1.440,000 salidas y los cazas 2.680,000. Durante todas las operaciones arrojaron sobre metas alemanas 2.700,000 toneladas de bombas. Sus pérdidas totales ascendían a 18,000 aviones y 79,265 tripulantes. En 1944 la aviación de Roosevelt consumió 23,700 millones de dólares, o sea un equivalente de 296,250 millones dé pesos. (El presupuesto de México en 50 años). En un segundo lugar, la aviación inglesa arrojó un total de 995,000 toneladas de bombas. En 1944 las aviaciones aliadas, hicieron su más titánico esfuerzo por destrozar la resistencia alemana.

La Luftwaffe combatió ese año con desesperada obstinación. El Ministro Speer, de producción de armamentos, logró el milagro de producir más aviones, pese a los devastadores bombardeos y a la escasez de mano de obra. En 1939 se produjeron 8,295 aviones en Alemania, en tanto que en 1944 la suma ascendió a 38,000.

Durante el primer semestre de 1944 las aviaciones aliadas trataron de aniquilar a la aviación alemana, tanto en combates aéreos como arrasándole sus veinte principales fábricas. La ofensiva produjo mu­chas bajas, pero la Luftwaffe volvía una y otra vez como el ave Fé­nix, a resurgir de sus cenizas. Speer dispersó la fabricación de aviones en 729 pequeñas plantas en las aldeas, en. los bosques, en las minas, en los desfiladeros, y la producción aumentó pese al huracán de fuego. Al descargarse la invasión aliada en Normandía, sólo cien cazas ale­manes guarnecían esa región, contra 12,837 aviones angloamericanos. Pero en los siguientes días comenzaron a salir de las fábricas cientos de nuevos cazas, que se empeñaron inmediatamente en la lucha. En un mes de rabiosos combates cayeron 1,000 aviones alemanes, que una semana más tarde habían sido ya repuestos.

En el frente soviético, una parte de la Luftwaffe luchaba tan re­sueltamente en el .aire como el ejército lo hacía en tierra. Hubo pilotos que alcanzaron marcas increíbles de victorias, como el teniente Har-mann, comandante de Ala de una Escuadra de Cazas, que en agosto completó su victoria 301. El capitán Barkhorn llegó a 300. El récord más alto de la primera guerra mundial correspondió a Von Richthofen con 81 aviones derribados.

En el segundo semestre de 1944 la aviación soviética contaba ya con impresionantes cantidades de aviones norteamericanos, rusos e ingleses, pero su capacidad operativa seguía siendo deficiente. En realidad nunca pudo recobrarse cabalmente de la mortal herida que la aviación alemana le infirió en el primer año de lucha, al destruirle 20,058 aviones y eliminar a miles de peritos. También los labora­torios en que los soviéticos experimentaban la construcción de equipos de radar, en Leningrado, fueron volados en 1941 por la Luftwaffe. Posteriormente llegaron radares norteamericanos e ingleses, pero la desorganización era ya tan grande en las fuerzas aéreas rusas que no mejoró considerablemente la situación. La superioridad cualita­tiva de la aviación alemana se mantuvo casí hasta el final. Así, porejemplo, pudo dar uno de sus últimos golpes en el frente ruso el 22 de junio de 1944.

El día 21 una gran flota de 69 tetramotores de Roosevelt atravesó Europa volando a gran altura y aterrizó en la base soviética de Poltava, en Ucrania. La base aérea alemana más próxima se hallaba a mil kilómetros de distancia, en el aeródromo de Brest Litovks. El 4o. Cuerpo Aéreo Alemán recibió entonces instrucciones de llevar inme­diatamente aviones a Minsk para cargar bombas y lanzar un ataque* a las 12 de la noche. La estación alemana de radar en Minsk y la estación giratoria de gran alcance de Varsovia dirigían la operación. Doscientos aviones, con mayor carga de gasolina que de bombas, se elevaron a las 9 de la noche. Lo que ocurrió entonces en Poltava, visto desde el lado soviético por el periodista americano William L. Whists, testigo de la escena, fue narrado así:

"Llegaron 69 tetramotores. Se consideraban ahí seguros, a 640 kilómetros de las líneas alemanas. Ningún bombardero germano podrá llegar hasta aquí... Por la noche oímos ruido de moto­res; creíamos que eran cazas soviéticos. De pronto, se iluminó el cielo. Corrimos a los refugios. Luego empezó el bombardeo. .Pa­recía una página arrancada de un .libro de texto diciendo cómo se debía bombardear. Dudo que algo pueda ser más parecido a esa lección. Los alemanes parecían no prestar la menor atención al fuego antiaéreo. Muchos de los que después trataban de sofocar el incendio de las fortalezas perecieron al pisar 'mariposas'. Los alemanes habían arrojado pequeñas minas suspendidas por dos alas de metal. No explotaban al tocar tierra, sino al ser pisadas. Los aviones que no ardieron quedaron inutilizados.

"No pude menos que admirar el extraordinario trabajo que los alemanes habían cumplido. El comandante de escuadrilla había primero iluminado el campo y tomado fotografías. Las bombas incendiarias fueron lanzadas sobre las fortalezas agrupadas. Don­de los aviones no se hallaban muy ¡untos dejaron caer bombas de fragmentación. Sobre las pistas de despegue bombas de mil libras, para abrir grandes agujeros e inutilizarlas. Y para hacer difícil combatir los incendios o poder entrar en el aeródromo al día siguiente, arrojaron 'mariposas'. Después de este preciso y cuidadoso trabajo nocturno habían tomado la fotografía final y regresado a su campo. Sólo dos aparatos soviéticos quedaron utilizables". Pero este fue el último bombardeo de largo alcance realizado por la Luftwaffe en el frente oriental. Las reservas de combustible tocaban a su fin y los cuerpos de bombardeo tuvieron que ser disueltos. En los restantes diez meses de guerra los aviones se utilizaron sólo como apo­yo directo en los sectores más amenazados.

Alemania producía anualmente seis millones de toneladas, de com­bustible sintético. Obtenía otros dos millones de toneladas de los pozos petroleros de Rumania. Pero el mes de junio de 1944 (aprovechando un debilitamiento de los cazas alemanes, así como la concentración de éstos en el frente de la invasión) los aliados lanzaron 4,400 tetra­motores contra las plantas alemanas de gasolina sintética y contra la planta atómica de Leuna. Esa operación fue desastrosa para la Luft­waffe porque la privó de combustible precisamente cuando más aviones iba a recibir de manos de Speer, ministro de la producción de armamento.

De 91 plantas de gasolina sintética, sólo 3 siguieron trabajando a toda capacidad y 28 parcialmente. Speer movilizó 300,000 obreros para restaurar los daños y montar nuevas plantas pequeñas en sitie; poco visibles desde el aire. Inmediatamente, olas de bombarderos alia­dos se dirigían a los puntos clave, como si estuvieran siendo informados de los lugares en donde tales obras iban más adelantadas. Y en efecto, así era. Los judíos que bajo la apariencia de alemanes se habían infil­trado en la industria alemana eran más eficaces que los espías y que la observación aérea. El rabino Stephen Wise refiere en su libro "Años de Lucha" que en Estados Unidos recibía informes de un industrial "que ocupaba una de las más importantes posiciones en la industria de guerra alemana".

En septiembre de 1944 la Luftwaffe sólo recibió 30,000 toneladas de combustible, o sea la sexta parte de su consumo normal. Los bom­barderos dejaron prácticamente de volar y los cazas comenzaron a quedarse en sus aeródromos. En agosto Speer ordenó que cesara la construcción de bombarderos, en tanto que muchos de los ya cons­truidos fueron convertidos en chatarra.' Entre los nuevos modelos fi­guraba el Me-109-K, de 720 kilómetros por hora, que subía 7,000 metros en 6 minutos, y el bombardero de chorro Arado 234, que des­arrollaba 756 kilómetros por hora.

De junio a octubre de 1944, la Luftwaffe vivió un doble drama: lu­chaba en el aire por detener la aviación aliada, cosa que le costó 13,000 hombres durante ese período, y al mismo tiempo sufría en tierra el desesperante racionamiento de combustible. Muchas veces tenía que quedarse en sus aeródromos viendo pasar los bombarderos ene­migos. Hasta entonces el total de sus bajas en 5 años de guerra, as­cendía a 44,000 tripulantes.
En septiembre, Speer había entregado 3,013 aviones de caza y 1,090 bombarderos. Era la máxima producción alemana de un mes durante toda la guerra, pero ya no se podía aprovechar íntegramente.

Sin embargo, todavía fueron abatidas 105 superfortalezas aéreas en dos incursiones aliadas. El general norteamericano Doolittle se alarmó.

La moral de los pilotos aliados había descendido considerablemente en el segundo semestre de 1944 al ver que la Luftwaffe no podía ser aniquilada definitivamente. La 8a. Fuerza Aérea Norteamericana tuvo que formar dos tripulaciones por cada avión, a fin de turnarlas, y a los que habían realizado 25 vuelos los enviaba a estancias de descanso. El panorama era muy distinto para los pilotos alemanes, que en oca­siones tenían hasta tres y cuatro combates al día. Los heridos regre­saban a filas no repuestos del todo.

El jefe del departamento técnico de la 8a. Fuerza Aérea Norteame­ricana, Samuel W. Taylor, rindió un informe diciendo que posiblemente la Luftwaffe había perdido desde 1939 el 99% de sus mejores pilotos," pero que seguía siendo "un adversario muy peligroso y técnicamente superior".

En agosto se había formado una reserva de 800 cazas diurnos y Hitler ordenó emplearlos desde luego en el frente occidental, en tanto que Speer y.Galland se empeñaban en que protegieran al Reich. Esto último hubiera sido lo mejor, pues en el frente ocurría entonces un re­pliegue general y más de 400 aparatos se perdieron en los aeródromos o en ataques de apoyo a la infantería.

Sin embargo, a costa de sacrificios indecibles, para noviembre ya se había formado otra reserva de 18 regimientos de caza, con 3,700 aviones y pilotos. Era la mayor fuerza operativa que había tenido la Luftwaffe. El general Galiana, inspector de cazas, soñaba con el "gran golpe" contra la aviación aliada. Muchos pilotos veteranos contaban con dar una sangrienta sorpresa a las flotas aliadas derribándoles más de cuatrocientos aviones de un solo golpe. Ávidamente estuvo aho­rrándose gasolina, de la poca que salía de la maltrecha industria de combustibles sintéticos.

Pero en diciembre la Luftwaffe recibió órdenes de apoyar la ofen­siva de las Ardenas, que fue la última embestida del Ejército Alemán. El "gran golpe" contra los bombarderos aliados, tal como había sido soñado por los pilotos de caza, no iba a ser posible. La reserva se utilizaría como arma de apoyo de la infantería y de los tanques. Ahí comenzó nuevamente otra sangría de la Luftwaffe, que habría de cul­minar con la Operación Baldosa del primero de enero de 1945.

Ese día 750 aviones alemanes se lanzaron contra 26 aeródromos poderosamente protegidos de la aviación aliada en Francia y Bél­gica. Los pilotos alemanes habían visto cosas espantosas en sus ciu­dades bombardeadas: civiles convertidos en antorchas vivientes por­que los aviones aliados arrojaban fósforo líquido para extender los incendios; mujeres y niños que se escondían en las alcantarillas y que morían materialmente asados por el recalentamiento de la atmósfera, o bien, asfixiados porque las llamaradas consumían el oxígeno. Y con estas escenas en la mente, los pilotos alemanes de caza se decían al iniciar la Operación Baldosa: "No tenemos derecho a errar contra un bombardero"... Fue un ataque furioso. Guenther Bloemertz refiere así la acción de su grupo de cazas sobre el aeropuerto de Bruselas:

"Nuestras ráfagas estallaron en medio de los aviones. Algunos Spitfíres trataban de elevarse en el mismo instante, pero pasaron bajo la lluvia de fuego y cayeron envueltos en llamas. Nuestros obuses y balas estallaban en las pistas de cemento. La torre de control tenía un cañón de tiro rápido en el techo y escupía fuego. Uno de los nuestros no tardó en caer. Al cabo de algunos segun­dos yo había recorrido toda la longitud del campo y cuando di vuelta vi a un piloto que con loca temeridad se lanzaba sobre el cañón de la torre. Disparaba al mismo tiempo que el adver­sario. Nunca había visto un ataque semejante, tan furioso. Las ráfagas saltaron en medio de los sirvientes del cañón hasta que el arma fue silenciada... Los primeros incendios estallaron luego entre los aviones de tierra. Los soldados corrían a través del aeródromo nevado en busca de un abrigo... Sin descanso nos lanzábamos sobre los bombarderos. Espesas nubes de humo se ele­vaban de una cuarentena de aviones en llamas...

Repentina­mente surgieron las insignias británicas en el aire; eran Spitfires que debían haberse elevado de otros aeródromos. Una confusión se produjo. Por pequeños grupos o por escuadrillas los aviones se lanzaban sobre el agresor, y fue el comienzo de una caza in­fernal. Las balas trazadoras se cruzaban, en todos los sentidos, los aviones caían arrastrando un negro penacho o una fulgurante cola de cometa, y chocaban contra el suelo haciendo saltar enor­mes columnas de humo”.

Además del violento fuego antiaéreo, los aliados respondieron ese día atacando con 4,200 aviones. En la descomunal pelea sé inmolaron 200 pilotos alemanes y los aliados perdieron 500 aviones, la mayor parte en tierra. Pero relativamente las bajas resultaron más sensibles para la Luftwaffe debido a su carencia de reemplazos. En esa batalla cayeron 59 comandantes alemanes veteranos de las campañas de Francia, del Mediterráneo y de Rusia.

Los pilotos aliados quedaron sorprendidos del alto espíritu de com­bate que todavía mostraba la aviación alemana. Pero era aquello la agonía, porque a la pérdida de pilotos experimentados se unía la escasez de combustible. Sólo esporádicamente se disponía de exiguas raciones. Ya no podía haber continuidad en ningún plan ofensivo o defensivo.

Entretanto, después de incontables tropiezos, entraba por fin en producción en serie el avión de chorro Me-262. Posteriormente el avia­dor francés Closterman declaró que ese aparato era el más sensacional, "el rey de los aviones de caza... era el avión que hubiese podido revolucionar la guerra en tierra". (I)

Pero en cierto sentido esta joya de la industria aeronáutica alemana, que llevaba una ventaja de año y medio a la industria de los aliados, nació con mala suerte. Cuando en 1940 ya iba muy adelantada su planeación, el Alto Mando ordenó suspender los ensayos de armas que no pudieran ser empleadas dentro del término de doce meses. Dos años después se permitió reanudar las investigaciones, en 1943 el Me-262 realizó sus primeros vuelos de prueba. Hitler se empeñó entonces en que los primeros aparatos se adaptaran como bombar­deros, a fin de rechazar la invasión angloamericana. El Me-262 había-sido diseñado como caza y su conversión ocasionó gran pérdida de tiempo. Luego sobrevinieron los bombardeos aliados a la industria aeronáutica y la producción se interrumpió temporalmente. Fue así como llegó la invasión aliada en Normandía y el Me-262 no estaba listo ni como caza ni como bombardero.

(1) El teniente Pierre Clostermann fue uno de los más notables pilotos aliados. Combatió en la Real Fuerza Aérea Británica y se le acreditaron 33 aviones alemanes derribados. En su libro "El Gran Circo" dice -acerca del Me-262: "Era una máquina espléndida cuyas cualidades aerodinámicas aún no han sido igualadas, ni siquiera en los productos más recientes de la téc­nica anglo-amencana de 1946-1947".

Por fin en octubre Hitler accedió de mala gana a que se formara un grupo de cazas con el Me-262..EI capitán Walter Nowotny, con 250 vic­torias aéreas, se puso al frente de la naciente unidad, que inmediata-mente demostró sus grandes posibilidades ofensivas. El general Spaatz, comandante de las fuerzas aéreas estratégicas americanas, informó a Washington que tanto él como el general Eisénhower coincidían en que "los mortales cazas o reacción alemanes, en un futuro inmediato, podrán convertir en intolerables las pérdidas que las formaciones de bombarderos aliados sufren en sus ataques". Simultáneamente con los esfuerzos para aumentar la producción de los Me-262, en dos meses y medio se construyó el primer Heinkél 162, también de propulsión de chorro. Y como requería menos materiales y menos mano de obra, se planeó darle preferencia sobre aquél. Existía la idea de que este avión "popular' podría ser tripulado " por pilotos novicios y que en tres meses (para marzo de 1945 se cons­truirían varios miles, que desquiciarían la ofensiva aérea aliada.

En la práctica, el apresurado cambio de planes debilitó la incipiente producción del Me-262, sin que por otra parte se lograra aumentar la del Heinkél-162 como se había pensado. En total se construyeron 1,041 aviones de chorro a finales de 1944 y 947 más a principios de 1945, pero la mayoría no pudo usarse ya porque se perdían aeropuer­tos o faltaba combustible o tripulaciones. Con las posibilidades más brillantes de su historia —que por estrecho margen no llegaban a cris­talizar— la Luftwaffe se precipitaba en un crepúsculo de esfuerzo y sangre.

jueves, 28 de mayo de 2009

Capítulo IX 2ª Parte

ABREN LAS PUERTAS DEL MUNDO AL BOLCHEVISMO

El 28 de noviembre de 1943 los "tres grandes" se habían reuni­do en Teherán y Stalin había pre­ndo a Roosevelt y a Churchill que "el ejército rojo estaba atenido al buen éxito de la invasión angloamericana de Europa Oxiden tal. Si esa invasión no ocurría, recalcó Stalin, sería muy difícil para los rusos continuar la lucha. Estaban ya fatigados a causa de la guerra. Temía que un sentimiento de aislamiento pudiera surgir en el ejército rojo". (Memorias de Churchill). El Premier británico repuso que la invasión se iniciaría siempre que los alemanes no tuvieran en Francia más de 12 divisiones móviles en la zona de desembarque y que no dispusieran de más de 15 para lanzarlas al combate antes de 60 días. Para conseguir esto se reque­ría que el ejército rojo vigorizara su ofensiva y mantuviera ocupadas las reservas estratégicas de Hitler. En ese momento de vida o muer­te para el régimen bolchevique las potencias occidentales podían ha­ber impuesto condiciones que aseguraran la paz futura.

Churchill intentó débilmente que se garantizara la independencia e integridad de Polonia; alegó que la guerra se había iniciado pre­cisamente con esa bandera, pero Stalin interpuso inmediatamente el apoyo de Roosevelt y logró que la garantía no se otorgara. Con la manifiesta anuencia del Presidente, "Stalin insistió en que Rusia debía incorporar a su territorio toda la Polonia Oriental... se mostró inflexible y Churchill tuvo que aceptar finalmente sus demandas, dando Roosevelt su asentimiento a este acuerdo". ("La Ame­naza Mundial", William C. Bullit).

Esta inaudita traición a Polonia y a Estados Unidos (pues Roosevelt no sometió sus compromisos a la aprobación del Congreso ameri­cano, como era de ley) fue después denunciada por el embajador norteamericano Arthur Bliss Lane, quien dejó su cargo en Varsovia a fin de poder revelar libremente la increíble complicidad de Roose­velt con la URSS.

Otro de los puntos que se trataron en la conferencia de Teherán fue el plan del judío Morghentau —secretario del Tesoro en el ré­gimen de Roosevelt— para desmantelar a Alemania después de que ocurriera su rendición. Churchill pidió un trato menos duro para las provincias alemanas del sur, alegando que la población era allí me­nos belicosa y por tanto más fácil de ser absorbida.

Según añade el propio Churchill en sus Memorias. Stalin apoyó el plan Morghentau. "Cuando tiene uno que enfrentarse con grandes masas de tropas alemanas —dijo— las encuentra a todas com­batiendo como diablos, como pronto habrán de aprenderlo los británicos y los americanos... Fundamentalmente no había nin­guna diferencia entre los alemanes septentrionales y los alemanes meridionales, porque todos los alemanes combatían como bes­tias feroces... El presidente Roosevelt se declaró calurosamente por el acuerdo. No había diferencia entre los alemanes. Los bávaros no tenían una casta de oficiales, pero por lo demás, eran exactamente como los prusianos, y esto ya lo habían descubierto las tropas americanas".

En esa junta quedó asimismo de manifiesto que Stalin se proponía subyugar y comunizar a Polonia, Rumania, Hungría, y Checoslovakia. (I) A pesar de esa evidente amenaza, dice el diplomático norteamericano William C. Bullit: "el Departamento de Estado empleó su influencia con los corresponsales y columnistas de Washington para dar nuevos toques de color rosa al cuadro soviético en Estados Unidos; todos los comunistas y sus simpatizadores secun­daron, felices, la campaña para engañar al pueblo norteameri­cano acerca de la índole y metas de la dictadura soviética.

"Los jóvenes sensatos que conocían la verdad, pero que se preocupaban más por sus carreras que por su Patria, y que es­taban prestos a declarar que Stalin había cambiado, fueron as­cendidos rápidamente y se convirtieron en los explotadores des­preciables del desastre norteamericano. El Departamento de Es­tado, el Departamento de Hacienda y muchas otras dependen­cias de épocas de guerra aceptaron en sus oficinas a los simpa­tizadores de los .soviéticos. El Departamento de Guerra comenzó a admitir partidarios del comunismo y a permitir que los comu­nistas declarados sirviesen como oficiales con derecho a examinar la información confidencial. Se estableció en Washington una red de simpatizadores de los bolcheviques y se enviaron al go­bierno chino y a la América Latina apologistas de los métodos soviéticos. (2)

"Así, la mayor parte de los norteamericanos, prefirieron la mentira agradable a la verdad desagradable; y mientras nues­tros soldados ganaban la guerra, nuestro gobierno perdía la paz". ("Cómo los EE. UU. Ganaron la Guerra y Cómo están a Punto de Perder la Paz".—William C. Bullit).

Esta extraña política contraria a los intereses del pueblo nortéamericano y de todo el mundo occidental, pero favorable a la camarilla judía que había tendido un puente entre la Casa Blanca y el Kremlin, fue también percibida por el Secretario de la Defensa de los Estados Unidos, James V. Forrestal, quien anotó en su diario el 2 de septiem­bre de 1944: "Veo que cuando cualquier norteamericano sugiere que actuemos de acuerdo con las necesidades de nuestra propia se­guridad, con frecuencia se le llama un maldito fascista o impe­rialista, en tanto que si el Tío Pepe sugiere que necesita las pro­vincias del Báltico, la mitad de Polonia, toda la Besarabia y un acceso al Mediterráneo, todo el mundo está de acuerdo en que él es un individuo excelente, franco, sincero y generalmente de­licioso".

(1) Churchill dice en sus Memorias que en octubre de 1944, en media loja de papel, le propuso a Stalin que la URSS se quedara con el 90% ie Rumania, con el 50% de Yugoslavia, con el 50% de Hungría, con el 75% de Bulgaria y con el 10% de Grecia. Stalin puso un signo de aprobación con su lápiz azul, y Churchill comenta sin sonrojos: "Todo había quedado arreglado en menos tiempo del que nos tomó sentarnos".

(2) Sin el apoyo de Rooseveit y de sus herederos sería imposible el sostenimiento de los cuadros comunistas en Latinoamérica, como imposible fue que se sostuvieran consulados y hasta simples comercios alemanes en casi todo el Continente cuando Rooseveit así lo determinó.

Actualmente el marxismo sigue ganando terreno en Iberoamérica debido al apoyo secreto que le brindan los gobiernos masónicos. A su vez, éstos son apoyados por el movimiento político israelita que tan decisivamente influye en el Gobierno de Washington. Para no provocar alarma hay un comunismo de mampara, ineficaz y risible, y otro detrás, que es el efectivo, y que trabaja con fineza y discreción.

La traición de Roosevelt al pueblo norteamericano y al mundo oc­cidental se inició en 1933 con su insidiosa fórmula de que el nacio­nalsocialismo alemán —y no el marxismo judío— era una amenaza para Occidente. Congruente con esa traición, Roosevelt protegió la propagación del comunismo en E. U. y en Latinoamérica. Luego en 1939 alentó a Polonia, Francia y la Gran Bretaña para que prefirieran la guerra antes que la amistad con Alemania, y en 1940 se esforzó por que no se realizara un armisticio germano-británico.

En 1944 Mr. George H. Earle, representante personal de Roose­velt en Turquía, fue a tratarle al Presidente la posibilidad de obtener una rendición alemana en el Occidente, si se impedía que el bolche­vismo penetrara en Europa. Roosevelt rechazó el plan. Mr. Earle insistió en que el comunismo era un peligro mundial y manifestó su propósito de denunciarlo así, pero Rooseveit se lo prohibió, lo destituyó de su cargo en Turquía y lo envió a Samoa como segundo gobernador de 16,000 nativos.

Es asimismo evidente que Roosevelt logró sus reelecciones con dinero del Erario —encauzado a través del Nuevo Trato— y mediante falsa promesa de que no llevaría al país a la guerra, pero una vez consumada su reelección lo empujó a la contienda. En 1940 era tan grande el número de cesantes en Estados Unidos que las dádivas oficiales del régimen (costeadas por el "Nuevo Trato") le aseguraban a Roosevelt los votos de una gran masa de ciudadanos. Y con esta maniobra genial, creando por un lado la crisis y por el otro una especie de beneficencia pública con dinero del contribuyente, se burló en esencia el libre juego de la democracia, aunque en la forma se la respetaba escrupulosamen­te. El régimen rooseveltista pudo así perpetuarse en el poder. En todo esto debe reconocerse el genio político de los consejeros judíos de Roosevelt.

La traición de este último tuvo otra evidencia cuando puso todos los recursos norteamericanos al servicio del bolchevismo, sin exigir ninguna garantía para la paz futura; pero esta traición se tornó todavía más monstruosa cuando en la conferencia de Teherán dio carta blanca a la URSS para que se desbordara sobre la Europa Oriental y sojuzgara.

LA INVASIÓN ALIADA DE EUROPA OCCIDENTAL

Después de la conferencia de Te­herán, en la que Stalin le dijo a Roosevelt que el ejército rojo se aliaba exhausto y que no podría sostenerse si no se abría un frente más contra Alemania, Roosevelt y Churchill activaron los preparativos le la invasión angloamericana de Francia. Esta operación se denominado "segundo frente", pero en realidad había ya seis frentes terrestres contra Alemania: el de Rusia, el de los Balcanes, el de Italia y el de guerrilleros y saboteadores en las zonas ocupadas, más los frentes aéreos y navales.

Roosevelt quería que la invasión se realizara en 1943, pero Churchill logró frenarlo porque entonces había en Francia más de 12 divisiones alemanas móviles. Se decidió que para iniciar el desembarque ¡e requería que Hitler no pudiera llevar de otro» frentes más de 15 divisiones en un plazo de dos meses. Los acontecimientos posteriores demostraron que ese cálculo era correcto. En el momento del desem­barque las fuerzas aliadas sólo podían hacer frente a un máximo de 12 divisiones alemanas de maniobra, y a no más de 27 en los meses siguientes. Churchill dice que si la operación se hubiera intentado en 1943, como Roosevelt quería, "nos habría llevado a una sangrienta derrota de primera magnitud, con incalculables reacciones sobre el re­sultado de la guerra".

Las fuerzas angloamericanas de invasión agrupaban en 1944 todo el poderío armado de que disponían las potencias occidentales con­sistente en 91 divisiones (60 norteamericanas, 14 británicas, 5 cana­dienses, I I francesas en el exilio y una polaca). Quince de las 60 di­visiones norteamericanas eran blindadas y contaban con 4,155 tanques. Las 91 divisiones aliadas disponían en total de 12,000 cañones. Y lle­vaban para su abastecimiento y transporte a través de Francia cuarenta mil vehículos, mil locomotoras nuevas y veinte mil furgones y carrostanque. Dos puertos prefabricados, con rompeolas artificiales, fueron remolcados hasta la costa francesa.

Es un hecho poco conocido que no obstante los cinco años que Ale­mania llevaba en guerra, se requirió que Roosevelt y Churchill lanzaran todos los recursos que movilizaron y que transcurrieran ocho meses de combate para anular los avances que el ejército alemán logró en 42 días durante la campaña de 1940 en el frente occidental. El es­fuerzo aliado fue tan grande que el teniente coronel Cari T. Schmidt dice que: "en Estados Unidos no quedaban tropas de reserva como tales, sólo reemplazos". (I) Y el coronel Richard E. Weber, instructor norteamericano de artillería, afirma que "al terminar la guerra mundial segunda habíamos .llegado hasta el tope en busca de recursos huma­nos". (2)

El ¡efe del Estado Mayor General norteamericano, general George C. Marshall, dice asimismo: "A pesar de que dos tercios del ejército alemán estaban comprometidos en la lucha del frente ruso, nues­tro país tuvo que emplear todos sus hombres idóneos a fin de hacer la parte que le tocaba". (3)

A primera vista puede parecer inexplicable por qué Alemania (con 80 millones de habitantes) sostenía 176 divisiones en el frente ruso y 133 en otros frentes, y en cambio Estados Unidos (con 140 millones de habitantes) agotaba su potencial bélico empleando 60 divisiones en la invasión de Europa. (4) Y la Gran Bretaña (con 40 millones de ingleses) sólo aportaba 14 divisiones para ese frente primordial. La explicación de este desproporcionado esfuerzo consiste en que los pue­blos occidentales no querían la guerra ajena a la cual se les empujaba para salvar a la URSS. Y como la oposición era latente, fue necesario hacer una selección rigurosa, garantizar un bienestar muy alto a los enrolados y sobrecargar en exceso los abastecimientos. Es natural que todo esto impidiera que el número de combatientes fuera mayor.

En la primera guerra mundial el soldado norteamericano disponía de una ración diaria de 1.9 kilogramos; en la segunda, de 3.1 kilogra­mos, En la primera guerra, por cada cien norteamericanos en el frente había 274 en los servicios de apoyo; en la segunda, por cada 100 com­batientes había 400 hombres suministrándoles equipo y confort (Es­tados Unidos movilizó un total de 12 millones trescientos mil hombres).

(1) La Proporción Divisionaria de Tropas de Apoyo en las dos Gue­rras Mundiales.—Teniente Coronel Cari T. Schmidt, instructor del Ejér­cito Norteamericano.

(2) La Economía de los Recursos Humanos.—Coronel Richard E. We­ber. del Ejército Norteamericano.

(3) La Victoria en Europa.—General George C. Marshall.

(4) En 1943 sólo operaban 4 divisiones norteamericanas contra los japo­neses, reforzadas con 6 divisiones australianas.

El Tte. Coronel Schmidt dice significativamente: "Parecíamos sentir que la lealtad no podía ganarse a no ser que el Ejército actuara paternalmente hacia ellos y pusiera su comodidad personal sobre todo lo demás".

Cuando la división SS "Das Reich" capturó unas cocinas americanas, los soldados alemanes se quedaron sorprendidos. "Ignoraban —dice uno de ellos— que pudieran existir comidas tan de ensueño para soldados en el frente".

Roosevelt otorgó 2.800,818 condecoraciones para alentar la moral de las tropas, o sea más del doble que el número de los soldados 3 participaron en acciones de guerra. Y a fin de hacer menos duras condiciones del combate, a cada división se le asignaron 700 toneladas diarias de abastecimiento, equivalentes a tres veces y medio el abastecimiento de cada división alemana en tiempos normales. En consecuencia, el esfuerzo logístico en el frente aliado de invasión ascendía a la enorme suma de 63,000 toneladas diarias. Todo esto era apoyo para la moral, pero aun así el soldado sentía estar librando a guerra innecesaria y frecuentemente ocurrió que un 25% de las fueran ocasionadas por neurosis. Los hospitales atendieron un millón de casos neurosiquiátricos.

Como jefe de las 91 divisiones aliadas se hallaba el general Dwight ivid Eisenhower, descendiente de una familia que en el siglo XVIII había emigrado de Alemania debido a la hostilidad que los judíos sufrían por parte de los nacionalistas alemanes. Jacobo Eisenhower y la pequeña Rebeca crecieron y se casaron en Estados Unidos y fueron los abuelos de Dwight David, que en el siglo XX habría de regresar a Alemania como vengador de sus antepasados.

Esas 91 divisiones contaban además con una poderosa quinta columna en Francia para facilitarles el avance. Los franceses comunistas, degaullistas y giraudistas se unificaron poco antes de la invasión y organizaron 900 grupos de saboteadores, espías y guerrilleros. Desde 1942 los aviones aliados arrojaban equipo bélico a ese movimiento de resistencia, que para 1944 ya tenía de sesenta mil a noventa mil enrolados. Recién iniciada la invasión, los alemanes capturaron el puesto 5 mando de un Cuerpo Americano y se quedaron sorprendidos al encontrar ahí un mapa en el que figuraban todos los dispositivos alemanes de defensa, con líneas de comunicaciones, cuarteles, etc. El propio general Eisenhower escribió:

"Los hombres de Francia libre ha­bían sido de valor inestimable en la campaña en toda Francia. Estuvieron particularmente activos en Bretaña; pero en cada por­ción del frente obtuvimos la ayuda de ellos en múltiples formas. Sin ella, la liberación de Francia y la derrota del enemigo en el Occi­dente de Europa habría costado muchísimo más". La noche del 5 al 6 de junio de 1944 llovieron 11,000 toneladas de bombas sobre los contingentes alemanes en la costa francesa de Normandía, en tanto que las flotas inglesa y norteamericana se aproxima­ban a la costa y con el fuego de sus cañones protegían el desembarque de los atacantes. Había un total de 4,266 naves, incluyendo las de guerra y los transportes. Los alemanes disponían en la zona de invasión de 42 pequeñas embarcaciones torpederas y de algunos submarinos que se consumieron en los primeros seis días de lucha. Contribuyeron a hundir 64 barcos aliados y a averiar 106.

Con las primeras luces de la madrugada una flota de más de mil pla­neadores y transportes condujeron hasta la retaguardia del frente ale­mán, a 20,000 soldados y paracaidistas, provistos de armas automá­ticas, cañones ligeros y unidades blindadas. La operación se realizó bajo un techo de 2,000 aviones de caza y coordinadamente miles de saboteadores franceses volaban puentes y cortaban comunicaciones entré 35 puestos alemanes de mando.

Los aliados utilizaron en la invasión un total de 12,837 aviones, 7,428 eran bombarderos y 5,409 eran cazas). La Luftwaffe disponía entonces de un total de 3,222 aparatos, pero en el sector de la invasión sólo había 100 cazas y 219 de otros tipos. Por cada avión alemán n el aire había 20 de los aliados.

Las aviaciones de Roosevelt y Churchill hicieron un derroche de fuego y concentraron ataques en masa hasta sobre pequeños contingentes enemigos; por ejemplo, en Noiy le Sec el bombardeo fue tan vasto que resultaron destruidas 3,800 viviendas y hubo 15,000 víctimas francesas, de un total de 23,000 habitantes.

De entre los bosques y las ruinas surgieron las diezmadas unidades alemanas, primero para limpiar su retaguardia de paracaidistas y saboteadores y luego para lanzarse contra los contingentes de invasión. EI centro de gravedad de las 14 divisiones británicas se descargó hacia eI empalme de Caen. Churchill anunció gozosamente que la vanguardia e sus tropas blindadas había entrado ya en la población, pero poco después fueron arrojadas hacia la costa durante una terrífica batalla que se trabó al llegar la 12a. división panzer de tropas dé asalto "Hiter Jugend", al mando del general Kurt Meyer, de 34 años de edad.

En la batalla de Caen los muchachos SS. del movimiento "Juventud Hitlerista" se lanzaban "como lobos" sobre los tanques, según dijo n comandante británico al general inglés Desmond Young. "Nos veíamos obligados a matarlos contra nuestra voluntad", confesó. Tal era el fin de esa juventud que vivía los primeros y últimos días de su existencia rodeada de enemigos porque su patria había tenido la osadía e atacar al marxismo israelita del Oriente.

Y al sur de Caen comenzaban a irrumpir las 60 divisiones norteamericanas. Sus embestidas hacia el interior de Francia también eran sangrientamente detenidas en la cabeza de playa. Veintenas de millares de jóvenes estadounidenses cambiaban su vida por palmos de terreno, todos los protagonistas de la batalla eran en realidad víctimas de un mismo drama de esfuerzo y sangre a lo largo de la costa francesa.

Entre los muchachos alemanes que perecían en Francia frenando la invasión y los muchachos norteamericanos que morían por darle impulso había un punto de contacto y un común denominador de sus destinos: unos y otros caían por culpa del movimiento político judío.

Y la diferencia sólo consistía en que mientras los alemanes sabían esto, los norteamericanos lo ignoraban y creían estar luchando por la democracia y la libertad; una libertad que Roosevelt, Stalin y Churchill ya habían convenido suprimir en Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania y toda la Europa Oriental. El único beneficiario de esa lucha contra el marxismo israelita.

El drama de los jóvenes norteamericanos que perecían en Normandía era una sarcástica paradoja. Muchos años antes el noble pueblo estadounidense había abierto los brazos de su hospitalidad a millares de hebreos; éstos habían prosperado en las ricas tierras de Norteamé­rica, pero usando de su astucia, aguzada en siglos de ejercicio, y abu­sando de la sencillez sin malicia del americano, le habían arrebatado ya el timón de su destino. Con Roosevelt en la Casa Blanca, el poder del judaísmo era tan grande que podía derramar pródigamente la san­gre de los hijos de sus benefactores. Con vidas ajenas el judaísmo político realizaba sus afanes de venganza y de hegemonía mundial.

LOS RECURSOS DE HITLER CONTRA LA INVASIÓN

Desde el norte de Alemania hasta el sur de Francia, 4,800 kilómetros de costa se hallaban amenazados de in­vasión. Los atacantes podían escoger diversos puntos para aplicar el golpe y era humanamente imposible erigir una muralla impenetrable.

De acuerdo con los principios generales de la ciencia militar se re­ quiere como mínimo una división por cada 11 kilómetros de frente amenazado; en consecuencia, una verdadera muralla fija habría requerido 436 divisiones desplegadas a lo largo de los 4,800 kilómetros de costas, lo cual era absurdo e imposible, supuesto que sólo se dis­ponía de 58 divisiones —muchas de ellas incompletas y con personal enfermo o bisoño.
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Parte de esas divisiones usaban cañones franceses, polacos, checos y rusos. La 70a. división se componía de soldados enfermos del estó­mago y de oficiales mutilados, y el 30 por ciento de la infantería del 7o. ejército estaba formado por voluntarios rusos.

La única alternativa viable era dejar grandes extensiones de costas apenas vigiladas por guarniciones y reconcentrar los mejores elementos en los puntos que se juzgaban más amenazados. Una reserva estratégica móvil de 15 divisiones podía poner en grave peligro la invasión (según cálculos de Churchill y sus peritos), pero Hitler carecía ya de tropas para formar esa reserva.

Según la ciencia militar ortodoxa, el punto más amenazado era la parte angosta del Canal de la Mancha, o sea la región de Boloña, Calais y Dunkerque. En esa zona el mariscal Rundstedt congregó 15 divisiones. Por razones logísticas estaba seguro de que allí ocurriría la invasión. Hitler creyó esto sólo temporalmente.

Desde marzo, tres meses antes del ataque, Hitler tuvo la idea de que la invasión ocurriría en Normandía, o sea exactamente donde ocurrió. Los generales Warlimont y Blumentritt, el mariscal Rundsted y varios de los ayudantes de Rommel así lo testificaron ante el historiador bri­tánico Liddell Hart. "Por todas partes —declaró el general Warli­mont— Hitler buscaba reservas para mandarlas a Normandía. Alegaba que de no rechazar la invasión inmediatamente el frente se ampliaría y sería imposible contenerlo".

Meses antes del ataque Rommel había sido nombrado comandante de las tropas del frente occidental, bajo las órdenes del mariscal Von Rundstedt, quien lo consideraba "un comandante de división muy ca­paz" pero carente de estudios de Estado Mayor. Por su parte, Rommel se sorprendió de que en los tres años anteriores sólo se hubieran sem­brado dos millones de minas, como defensas auxiliares. Haciendo un supremo esfuerzo él logró completar un total de seis millones, pero ya no tuvo tiempo de alcanzar su meta de 50 millones. Tampoco pudo clavar estacas en los campos propicios para el descenso de planeadores enemigos. De ese descuido en la defensa parece responsable Von Rundstedt, de quien el general Von Geyr Schweppenburg, coman­dante del grupo panzer de Occidente, declaró que era "un caballero sabio y diestro” pero que en 1944 ya estaba avejentado y padecía de "resignación psíquica". El general Guenther Blumentritt agrega que Von Rundstedt sustentó siempre la opinión de que la guerra es­taba perdida desde el comienzo. Todo su Estadp Mayor conocía esta manera de pensar, lo cual ciertamente no era nada favorable para la eficacia de su tarea.

Rommel se sorprendió también de que se careciera totalmente de informes acerca de los preparativos aliados de invasión. La tarea de averiguar algo acerca de esos preparativos había estado en manos del Almirante Canaris, quien al ser removido por su aparente ineficacia dejó en ese puesto clave a su cómplice el coronel de Estado Mayor George Hansen. ¡La traición seguía su curso!... (Fue hasta la víspera dé la invasión cuando se tuvo un indicio de que iba a empezar porque fue interceptado un mensaje aliado, en clave, alertando al movimiento de resistencia en Francia).

Los generales Von Geyr y Guderian querían concentrar las fuerzas móviles blindadas (que eran el núcleo de la defensa contra la inva­sión) a considerable distancia de la costa. Rommel alegaba que la aviación aliada las inmovilizaría y las quebrantaría antes de que par­ticiparan en la lucha, y quería que la costa fuera la principal línea de concentración y de combate. Hitler coincidía en esto con Rom­mel, pero Rommel no coincidía con Hitler en cuanto al punto probable de invasión. Mientras el Fuehrer veía hacia Normandía, Rommel tenía fijos los ojos bastante más al norte, en la parte angosta del Canal de la Mancha, lo mismo que Von Rundstedt, que Jodl y que el general Von Salmutch, jefe del 15o. ejército.

Von Kluge decía que Rommel era osado, pero que ante los reve­ses se volvía mentalmente inestable. El Alto Mando lo consideraba un táctico excelente, pero no un estratega. El general Geyr insistía en que los tanques no debían dispersarse en las costas, como barri­cada, sino concentrarse bastante atrás para acudir al punto peligroso, pero Hitler alegó que no quería interferir la táctica de Rommel. Y en estas circunstancias, nada satisfactorias para la defensa, ocurrió la apertura del nuevo frente. (Ya demasiado tarde Rommel reconoció que había sido un error dispersar los tanques cerca de la costa, según dice el general Geyr). Para colmo, en el momento de la invasión Rommel se hallaba celebrando un bautizo y no estaba en su puesto de mando. Esa misma noche una célula encabezada por el escritor Ernst Jünger había reunido en una velada a varios oficiales del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos "B" para seducirlos hacia un plan de conspiración contra Hitler, a la vez que el jefe del 7o. ejército y otros comandantes se transladaban a Rennes "para un ejercicio de cuadros".

Entretanto, la invasión se iniciaba. En el Cuartel General de Hitler hubo un respiro de alivio, pues al fin se había disipado la gran incóg­nita. Eva Braun refiere ese momento: "Cuando anunciaron el comienzo de la invasión yo estaba en el Cuartel General. Me sentí aterrada, pero bien pronto noté que todos parecían aliviados. El (Hitler) dijo: 'Por fin sabemos dónde se produce la operación. Hitler me man­dó inmediatamente a casa. En realidad quería que fuese a Suiza o Suecia. Quiero quedarme en Alemania, y como él está dis­puesto a mantenerse hasta el fin, ¡que suceda lo que suceda!"

En los 320 kilómetros de la costa de Normandía donde se produjo el ataque aliado, había sólo 4 divisiones fijas de defensa costera y dos divisiones móviles, de reserva, o sean las SS Panzer 2a. "Das Reich" y la la. "Leibstandarte Adolfo Hitler", que llevaron el peso del pri­mer impacto. Luego llegaron precipitadamente la 9a. "Hohenstaufen" y la 10a. "Frundsberg", que habían sido retiradas poco antes del frente ruso. La ausencia temporal de los mandos ocasionó que se per­dieran valiosísimas horas en enviar, de la región de París a la costa de invasión, a la 21a. división blindada, a la "Lehr" y a la 12a. SS de ca­rros de combate "Hitlerjugend". Hubiera sido de grandes consecuen­cias su participación en el combate, ocho horas antes, en el sector donde embestían 14 divisiones británicas y 5 canadienses.

El acierto de Hitler para prever el punto de la invasión no fue ex­plotado al máximo por sus generales. "Parecía que la tan ridiculizada intuición del Fuehrer —dice Liddell Hart— estaba más cerca de la marca que los cálculos de los hábiles soldados profesionales". Aunque Hitler había previsto que la invasión sería por Normandía, luego aceptó el punto de vista de Von Rundstedt y de Rommel, de tal manera que accedió a inmovilizar 15 divisiones de primera clase en la región más angosta del Canal de la Mancha. Cuando final­mente fueron llevadas a Normandía, ya era demasiado tarde.

Y nuevamente en horas críticas iba a surgir la vieja pugna entre Hitler —que sólo había sido cabo en la primera guerra— y muchos de los viejos generales académicos, quienes se sentían celóse? de que les diera directivas en la ciencia de la guerra —que seguía siendo tam­bién un arte cuyo secreto se escabulle de las manos del científico—.Esta escisión interior del Alto Mando fue otro factor que contribuyó incalculablemente al desplome de Alemania.

Así ocurrió la paradójica situación de que mientras Hitler acerta­ba en prever la invasión por el punto donde iba a llegar, y mientras las tropas iban a lanzarse fanáticamente contra el alud de fuego de un enemigo superior en número y en elementos de combate, muchos generales manejaban con una mano el frente y con la otra se aliaban a la vieja y vasta conspiración para derrocar al Fuehrer.

En las sombras se movían el general Ludwig Beck (conspirador desde 1933), el Almirante Canaris y el doctor Stroling, alcalde de Stuttgart, quien para ganarse a Rommel comenzó por minar la moral de su esposa: "Rommel se hallaba en posición extraordinaria —dice el general británico Young—. Por un lado era el defensor del frente occidental y por el otro creía que esa defensa era imposible, y formaba parte de una conspiración para hacer la paz. Si tenemos la bomba atómica —dijo Rommel al Almirante Ruge— creo que es nuestro deber continuar". Pero ya el escepticismo había prendido en él. En el momento de la invasión, dice el general Von Geyr, Rommel retuvo la 2a. división blindada, con vistas al derroca­miento de Hitler, y cuando se vio forzado a enviarla al frente retuvo la I 16 división acorazada.

Hitler fue invitado a visitar el frente de invasión. Para, el efecto, se trasladó a Margival, Francia. Los conspiradores contaban con que el .19 de junio llegaría a La Roche-Guyon, donde Rommel lo haría prisionero. Pero mientras tanto una bomba V-l cayó cerca de Mar­gival, después de haber desviado extrañamente su curso. Hitler re­celó, tuvo raros presentimientos y ya no fue a la ¡unta. Cuando estaba .amenazada su vida "hacía gala de un instinto realmente animal", dice Von Schramm.

(El 13 de marzo de 1943 ya había fallado otro atentado cuando el general Trechkow mandó colocar una bomba de tiempo en el avión de Hitler, durante una visita que éste hizo al frente de Smolensk. La bomba no estalló).

Por otra parte, los bombardeos, la traición de Italia en 1943, la escasez de materias primas y e! movimiento de resistencia demoraron en varias ocasiones el proceso de fabricación en serie de las diver­sas armas que ya estaban concluidas y probadas. La V-l llegó con algunas semanas de atraso al momento crítico en que podría haber rendido el máximo resultado. De 100 a 150 bombas de este tipo co­menzaron a ser lanzadas diariamente sobre Inglaterra a partir del 13 de junio, desde 607 rampas situadas en la costa de Francia y de Bél­gica, pero ya una semana antes las fuerzas aliadas habían desembar­cado en Normandía.

Como la V-l no era suficientemente precisa, no podía usarse sobre la zona de invasión; en cambio, hubiera sido de valor táctico y de enorme valor psicológico si hubiera podido lanzarse poco antes sobre las concentraciones de tropas del sur de Inglaterra. Esa oportunidad se había perdido por escasísimo margen.

Sin embargo, la V-2 (mucho más precisa, devastadora e invulnera­ble que la V-l) estaba siendo ya producida en serie, y asimismo se hallaban en vías de quedar listas otras armas que podían desquiciar el sistema de abastecimientos militares y violentar al pueblo inglés para que forzara a su gobierno a aceptar la paz. Por otra parte, una pila atómica había sido concluida en Heiderloch y se trabajaba fe­brilmente en el mecanismo de detonación. Precisamente por todo esto Hitler se empeñaba en prolongar la resistencia para dar tiempo a que esas y otras armas pudieran entrar en acción.

Entretanto, numerosos generales no compartían esas esperanzas, y la conjura años atrás iniciada estalló el 20 de julio (1944) cuando el aristócrata coronel conde Von Stauffenberg —jefe del Estado Ma­yor del Ejército del Interior— colocó una bomba debajo del escri­torio de Hitler en su Cuartel General. La explosión mató inmediata­mente al taquígrafo Berger que se hallaba sentado frente a Hitler. El general Korten (al lado de Hitler) murió poco después con las dos piernas voladas. El coronel Brandt y el general Schmund perecieron días más tarde a consecuencia de las heridas. Hitler- resultó con un brazo lesionado, que posteriormente le quedó casi paralítico, y con el tímpano derecho dañado.

Von Stauffenberg divisó saltar en pedazos la sala de conferencias, dio por muerto a Hitler y poco después fue a comunicárselo por te­léfono al Almirante Canaris. Las líneas telefónicas se hallaban ya cen­suradas y hasta entonces la Gestapo comprobó la traición que tan diestramente había desempeñado Canaris, jefe del servicio militar de contraespionaje desde antes de la guerra. En su casa se le descu­brieron documentos que comprobaban plenamente su culpabilidad y la de otros muchos cómplices, y después de 9 meses de prisión se le ejecutó. (Dos años antes se había salvado mediante el asesinato de Heydrich).

El mismo día del atentado el coronel Von Stauffenberg fue dete­nido. Por unos momentos el general Olbricht trató de seguir adelante con el plan "Valkiria" de conspiración, pero su cómplice, el general Fromm —comandante del Ejército del Interior— volvió a titubear y consideró que ya no era posible. Von Hase insistió en la conjura y ordenó al comandante Remer que con su Regimiento de Vigilancia de Berlín sitiara todos los Ministerios. Pero para entonces ya el Mi­nistro Goebbels se había percatado de la situación, dio la voz de alarma a la división SS "Leibstandarte Adolfo Hitler" y llamó a su despacho al comandante Remer. Luego puso a éste en comunicación telefónica con Hitler, para que se cerciorara de que estaba vivo. Al escuchar Remer la voz del Fuehrer le protestó su lealtad y recibió órdenes de volverse contra los conspiradores, que se quedaron sin tro­pas que los secundaran.

Entonces el general Fromm quiso cubrir su culpabilidad y mandó fusilar precipitadamente a Von Stauffenberg y a Olbricht. Al mismo tiempo le dijo al general Ludwig Beck —pretendido sucesor de Hitler— que se suicidara. Beck se vio perdido después de once años de conspiración, se hizo un disparo y erró el tiro, se hizo otro disparo y sólo se causó una herida leve; entonces el general Fromm ordenó a uno de sus ayudantes que lo rematara. A continuación el propio Fromm no pudo borrar su participación en el complot y fue ejecutado.

Otro de los conjurados, el mariscal Von Witzleben, comenzó a dar órdenes como jefe de la Wehrsmacht, pero no tardó en ser detenido y fusilado. Igual suerte corrieron los generales Paul von Hase, coman­dante de Berlín, y Helmut Stieff, jefe de la Sección de Organización del Estado Mayor del Ejército.

El general Erich Hoeppner, a quien el ex banquero Schacht había alentado a la conspiración, también fue fusilado. El general Lindémann (asimismo alentado por Schacht) se suicidó después de ser cap­turado. El propio Schacht fue detenido, pero no se encontró ninguna prueba contra él; los documentos comprometedores los había ente­rrado en el jardín de su casa. (Aún vive y tiene un banco).

La vasta trama iba descubriéndose por las declaraciones de algu­nos reos o por los documentos capturados. Los generales Wagner y Von Trechkow se suicidaron cuando iban a ser detenidos.


El general Von Stuelpnagel, comandante de la guarnición alemana de Francia detuvo a los jefes de la Gestapo y de las SS (tropas selec-. tas de Hitler) "que se hallaban en París. Luego fue a entrevistarse con «I mariscal Von Kluge, comandante del frente occidental, de quien esperaba que se uniera a la conspiración. Pero Von Kluge ya había recibido noticias de que Hitler vivía y le repuso a Von Stuelpnagel: "jConsidérese relevado de su cargo!... ¡Vístase de paisano y desapa­rezca usted!"... Sin embargo, Stuelpnagel regresó a París, estuvo va­cilante algunas horas y por fin puso en libertad a los detenidos, a quie­nes había pensado fusilar a la mañana siguiente. Más tarde fue llamado a Berlín para que informara de su extraña conducta. Durante el via­je se detuvo en los campos de Verdún, donde había combatido en la - primera guerra mundial, y se dio un tiro, pero sobrevivió, quedó cie­go y días después fue ejecutado.

En la conspiración figuraban 150 miembros del Estado Mayor Ge­neral, allegados a sus antiguos jefes, los generales Ludwig Beck y Franz Halder. Algunos de ellos, como el general Trechkow y el coronel Stauffenberg, pensaban en matar a Hitler desde los días en que la guerra parecía ganada por Alemania, al ser derrotada Francia. (I)

(1) El Estado Mayor Alemán Visto por Halder.—Por Peter Bor. El propio Halder. que llamaba "cabo" y "tamborilero" a Hitler; se carteaba con el Dr. Goerdeler, máximo coordinador de los conspiradores. Sin embargo, Halder nunca llegó a actuar directamente en la conjura porque decía que no era compatible con el honor militar.

Al parecer, el mariscal Von Kluge (comandante del frente occidental . contra la invasión) tuvo momentos de duda, pero al fin decidió no unirse a los conjurados. Confidencialmente refirió que desde 1943 lo habían visitado en Smolensk (Rusia) unos emisarios de los conspirado­res general Beck y mariscal Witzleben. "En realidad —dijo después del fallido atentado— hubiésemos debido dar parte de lo que se planeaba desde entonces. Pero ¿quién hace una cosa así?"

Quebrantado por esos acontecimientos, Von Kluge trató inútilmen­te de realizar un plan de Hitler para cortar los abastecimientos de las fuerzas aliadas de invasión. Luego recayeron sospechas sobre él y se le ordenó que entregara el mando al mariscal Model. Decepcionado, Von Kluge escribió una carta a Hitler y luego se envenenó con cianuro. "No puedo resistir —le decía— el reproche de que he sellado la suerte del Occidente a través de medidas defectuosas y no tengo medios con qué defenderme a mí mismo. Saqué una con­clusión de todo esto y me estoy despachando hacia donde ya se encuentran miles de mis carneradas. No le he tenido miedo a la muerte. La vida ya no tiene significación para mí... Deben existir medios y caminos para llegar al fin de la guerra e impe­dir sobre todo que el Reich caiga en manos de los bolcheviques...

Mi Fuehrer: yo siempre he admirado su grandeza y su actitud en esta lucha gigantesca y su férrea voluntad de afirmarse usted mismo y el nacionalsocialismo. Si los hechos son más fuertes que su voluntad y su genio, se debe esto a la fuerza del Destino. Ha luchado usted con honor en una gran batalla. Este es el certi­ficado que le extenderá la posteridad. Muéstrese usted ahora a la misma altura si es necesario poner fin a esta guerra sin espe­ranza. Parto de aquí, mi Fuehrer, como uno que conscientemente ha cumplido con su deber hasta lo humanamente posible y que le ha correspondido a usted mucho más de lo que usted tal vez haya reconocido.^-Viva mi Fuehrer.—Mariscal Von Kluge'.

Rommel —hasta quien los hilos de la conspiración habían llegado maño­samente a través de su esposa— nun­ca estuvo de acuerdo en que Hitler fuera asesinado, mas se le había in­miscuido en la conspiración y su nom­bre figuraba como uno de los pro­bables sucesores del Fuehrer, como Ministro Presidente. Cuando estos do­cumentos cayeron en poder de Himmler la culpabilidad de Rommel no tenía defensa alguna. Hitler le envió dos generales que lo pusieron a esco­ger entre ir a un tribunal a correr el riesgo del deshonor o suicidarse.

Rom­mel se decidió por esto último; instan­tes después se puso su abrigo, cogió su bastón de mariscal, refirió lo ante­rior a su hijo Manfred, de 16 años, del servicio antiaéreo, y se despidió de su esposa. "Dentro de 25 minutos estaré muerto", dijo segundos antes de partir. Horas después se le rendían honores militares a su cadáver con la Marcha Fúnebre de Sigfrido. El que varias veces resistió el embate do fuerzas superiores en el desierto; el que tres veces des­manteló al octavo ejército británico, había caído víctima de un mo­mento de debilidad en el que el doctor Stroling lo envolvió en reti­centes circunloquios de conspiración. La causa de su muerte se guardo en secreto para no desmoralizar a las tropas alemanas que fanáti­camente seguían luchando en el frente.

En momentos en que el frente reclamaba toda la atención del Alto Mando, Hitler tuvo que realizar una reorganización general,y reiteró:

"No retrocederé en la lucha... Cualesquiera que sean los golpes que nos dé el Destino, yo estaré siempre en mi lugar para mantener en alto la bandera".

Refiriéndose al atentado, dijo Hitler: "H Estado Mayor General es la última de las logias masónicas que desgraciadamente he olvi­dado disolver". Añadió que la conjura causaría muy desfavorables .repercusiones entre los aliados de Alemania. (En efecto, semanas des­pués Rumania y Finlandia rompían su alianza con Berlín). v El día del atentado Guderian fue llamado por Hitler para que se hiciera cargo del desmantelado Estado Mayor General: "Producía —dice Guderian— una impresión de agotamiento; una oreja sangraba algo; el brazo derecho había quedado casi sin movi­miento y estaba vendado. Espiritualmente estaba asombrosamen-.. te tranqgilb'TAgrega que a partir de entonces la desconfianza de Hitler hacia el Estado Mayor General se transformó en odio; ya no creía en nadie; y se volvió muy difícil tratar con él.

"Cierto que sus heridas apenas ofrecían peligro —dice el co­ronel Skorzeny—, pero un hombre abrumado por una responsa­bilidad tan aplastante, soporta peor cualquier malestar, por ligero que sea, que un individuo común y corriente. Moralmente, jamás llegó a reponerse del golpe —mes doloroso que las llagas abier­tas en su carne— que le producía la revelación siguiente: que había, en el mismo seno del ejército, oficiales —e incluso grupos-capaces de traicionar a su Caudillo y a su causa". Martín Bórmann, secretario del Partido Nazi, escribía a su muer "Imagínate: el atentado criminal contra el Fuehrer fue planeado ya en el año de 1939 por Goerdeler, Canaris, Oster, Beck y los demás. Hemos encontrado en una caja fuerte pruebas concretas sobre este hecho... Todos nuestros planes referentes al ataque en el Oeste fueron traicionados y entregados al enemigo, tal como queda ahora demostrado por las pruebas _ que tenemos en nuestras manos. ¡Parece imposible creer que exista gente tan maligna y perversa!"

En realidad, había dos clases de conspiradores: en primer lugar los que servían intereses internacionales masónico-judíos. Desde antes de la guerra comenzaron su encubierta conjura. Estaban encabezados por el Almirante Canaris, el general Ludwig Beck, el banquero Schacht, el masón Goerdeler y otros de menos categoría. Y en un segun­do lugar-figuraban los generales que por falta de conveniente prepa­ración política creían que Alemania podía hacer la paz con Occidente o con la URSS, separadamente. Llegaron a suponer que Httler era el único obstáculo, y ni la fórmula clara de "rendición incondicional", acu­ñada por Roosevelt, los persuadía de esa ficción.

Estos generales no podían comprender (porque era una idea nueva, y por tanto extraña) que los gobernantes de Oriente y Occidente eran la misma cosa, aunque sus pueblos fueran muy distintos. No po­dían creer que tanto el bolchevismo salvaje del Oriente como la "rendición incondicional" de Roosevelt eran tenazas del judaísmo político. Muchos de ellos soñaban que Alemania podía hacer la paz con Occidente y continuar la lucha contra el comunismo oriental, que al fin y al cabo también era enemigo de los pueblos occidentales. .Pero estaban redondamente equivocados porque no tomaban en cuenta que Roosevelt, Baruch, Morgenthau y los demás judíos de Occi­dente jamás permitirían que el marxismo israelita fuera derrotado. , Para ayudarlo habían empujado a la guerra a los pueblos occidentales mediante el engaño de la propaganda y mediante maniobras tan fan­tásticas como la de Pearl Harbor.

Y así, mientras el frente occidental alemán se conmocionaba, y mientras la mayoría de los generales conspiraban, eran ejecutados o se ocultaban, los soldados seguían combatiendo con una disciplina y una lealtad que algunos mariscales no alcanzaron jamás. Una de las... desgracias de Hitler fue que (contando con el pueblo) en los altos mandos había profundas lagunas; sus generales eran maestros en el oficio, pero muchos carecían de la llama del ideal que es tan difícil encender y contagiar. Pertenecían a esa clase de la que Nietzsche dijo:

"..Guardaos también de los doctos; os odian porque son estériles! Tienen ojos fríos y secos, ante los cuales todo pájaro apa­rece desplumado. La falta de fiebre dista mucho de ser conoci­miento. Yo no creo en los espíritus refrigerados". A esos espíritus refrigerados no había llegado la llama del nacio­nalsocialismo; Hitler logró prenderla en el pueblo, particularmente en las juventudes que llevaron su nombre, mas no pudo transmitirla a un grupo de conservadores ni a viejos y aristócratas generales. De ha­ber tenido en el alto comando militar a hombres de su propio ardor, la resistencia podría haberse prolongado hasta la llegada de las nue­vas armas.

En la tropa había materia prima para realizar ese milagro, mas los generales no creían en milagros, pese a que muchos de éstos (en pequeña escala) se daban diariamente a lo largo de todo el frente. Por ejemplo, el 18 de julio los británicos lanzaron en Saint Lo un ata­que concentrado de 1,950 bombarderos, en tal forma que una co­lumna de aviones iba abriendo brecha en la ruta del avance y otras dos columnas laterales iban sembrando de explosivos un amplio mar­gen para liquidar las armas antitanques alemanas. El éxito parecía seguro y todo cálculo científico así lo comprobaba, mas los supervi­vientes del terrorífico bombardeo se mantuvieron firmes entre sus compañeros muertos, dieron cuenta de 200 .tanques británicos y frustraron gran parte de la embestida. Cuando intervienen factores psicológicos hay imponderables reacciones que la ciencia no logra aquilatar. El 25 de julio 2,446 bombarderos repitieron el ataque y un 70% de las tropas de ese angosto sector quedó fuera de combate. Pero no cesó la resistencia, contra lo que el mando aliado esperaba.

El general Elfeldt, comandante del 84o. Cuerpo del Ejército, vio cómo sus hombres disminuían 'hasta quedar 200, con dos tanques, y seguían combatiendo con igual ardor. No era nazi (al igual que casi todos los generales) y sin embargo reconoció que la moral de los soldados fue mucho más alta en la guerra mundial segunda: "el nacional­ socialismo —dijo— fortificó la moral de las tropas; las hacía fa­náticas y mejoraron las relaciones con los oficíales; los soldados demostraron más iniciativa y usaron mejor la cabeza, especialmente cuando se encontraban combatiendo aislados". Agregó que le "asombraban tales reacciones" y las atribuyó a la juventud hitlerista. El historiador Liddell Hart afirma que el criterio de los co­mandantes británicos coincide con el del, general Elfeldt y que los genérales Rohritch, Bechtolsheim y otros muchos lo refrendaron también.

Debido a esa resuelta resistencia, el desembarque en Normandía progresaba muy lentamente y con costosas bajas. El 15 de -agosto los alia­dos empeñaron todas las reservas que les quedaban lanzando otra invasión por el Mediterráneo, sobre la costa sur de Francia. En ese punto utilizaron 14 divisiones (210,000 hombres) contra una fuerza ale­mana de 77,500.

Ya para entonces los recursos alemanes se hallaban tan menguados que el 11 de agosto Hitler ordenó más drásticas economías de gaso­lina, al grado de que la Luftwaffe sólo quedó autorizada para realizar aislados vuelos defensivos. A fin de contrarrestar en parte esta debili­dad se inició apresuradamente el lanzamiento de la V-2 el 8 de sep­tiembre, mas ya para este día se había perdido la oportunidad primordial de destruir los trampolines de la invasión, y asimismo la opor­tunidad secundaria de atacar las congestionadas cabezas de puente.

Los ejércitos aliados se desplegaban hacia el norte de Francia, habíancapturado muchas de las posiciones de lanzamiento y en consecuencia la V-2 sólo pudo ser dirigida contra la zona de Londres. Cerca de mil V-2 estaban siendo construidas mensualmente, en un esfuerzo de téc­nica y de mano de obra, pero ¡nuevamente era demasiado tarde por un estrecho margen de semanas!... Otros modelos más terribles de V-2 se hallaban en vías de producción, como uno que era atraído por las fuentes de calor (altos hornos, fábricas, etc.), y otro que era atraído por los centros luminosos.

De 8,000 bombas V-1 lanzadas contra Inglaterra, 2,000 llegaron a la zona del blanco. Y de 1,027 V-2 lanzadas desde La Haya 600 fueron efectivas.

La marcha de los ejércitos aliados a través de Francia fue lenta y di­fícil. Los generales alemanes no se explicaban a veces por qué Eisenhower no explotaba la abrumadora superioridad de sus fuerzas. El 7o. ejército alemán, al mando del general Von Gersdorff, estuvo a punto de ser copado y destruido totalmente en Falaise por los efectivos de dos y medio ejércitos aliados, pero al costo de diez mil muertos y 40,000 desaparecidos logró escapar, auxiliado por la 9a. división SS "Hohenstaufen".

El 5o. ejército alemán retrocedió combatiendo y evitó que el 15o. fuera copado. Seis meses tardaron los ocho ejércitos aliados en alcanzar la frontera alemana y esto revela en parte la índole de la resis­tencia, pues igual distancia había sido recorrida en 42 días por las tropas alemanas en 1940, cuando los defensores de ese terreno no eran contingentes agotados, sino los ejércitos intactos de Inglaterra, Francia y Bélgica.

El argumento de que Hitler no movió el 15o. ejército de la zona de Calais y que esto impidió a Alemania frustrar la invasión es un simple sofisma. Si alguien atinó en prever que el desembarque aliado se efec­tuaría por Normandía, fue Hitler, en tanto que sus generales creían que se realizaría por Calais, conforme a las reglas militares de Academia. Ahora bien, si a última hora Hitler accedió a que Rundstedt conservara en Calais el 15o. ejército, eso se debía a la necesidad de " proteger la zona contra un posible segundo desembarco (antes de que todos los contingentes aliados se empeñaran en Normandía). Además, cerca de Calais se hallaban las bases desde las cuales iban a lanzarse la V-l, la V-2 y la V-3. Proteger el punto era una necesidad indiscutible. El historiador inglés Liddell Hart reconoce que abandonar las bases de la V-l y la V-2 podía haber evitado descalabros a los alemanes en Normandía, pero eso hubiera significado abandonar toda posibilidad de victoria y simplemente buscar un final más ordenado conforme a los principios clásicos de la estrategia. "El colapso final de los alemanes —concluye— aparece menos sorprendente que el hecho de que se haya podido detener a los invasores por tanto tiempo".

Cuando los jirones del frente alemán se replegaron desde Norman­día hacia el noreste de París, sus bajas en este solo sector, en menos de tres meses, ascendían a 400,000 hombres, 30,000 vehículos, 3,500 aviones, 2,300 cañones y 1,300 tanques.

(Por cierto que con motivo de la recaptura de París se escribió una' novela, según la cual Hitler ordenó que toda la ciudad fuera incen­diada antes de evacuarla, y luego habló por teléfono preguntando: "¿Arde París?" Últimamente se hizo una película con el mismo tema, retocado como "historia". El general Walter Warlimont, subjefe del Estado Mayor General alemán en 1944 dice que Hitler jamás ordenó incendiar París y que esto puede comprobarse en los archivos capturados por los aliados. Sus directivas se referían sólo a la destrucción de puentes de uso militar, cosa que no configuraba ningún acto te­rrorista).