jueves, 28 de mayo de 2009

Capítulo IX 2ª Parte

ABREN LAS PUERTAS DEL MUNDO AL BOLCHEVISMO

El 28 de noviembre de 1943 los "tres grandes" se habían reuni­do en Teherán y Stalin había pre­ndo a Roosevelt y a Churchill que "el ejército rojo estaba atenido al buen éxito de la invasión angloamericana de Europa Oxiden tal. Si esa invasión no ocurría, recalcó Stalin, sería muy difícil para los rusos continuar la lucha. Estaban ya fatigados a causa de la guerra. Temía que un sentimiento de aislamiento pudiera surgir en el ejército rojo". (Memorias de Churchill). El Premier británico repuso que la invasión se iniciaría siempre que los alemanes no tuvieran en Francia más de 12 divisiones móviles en la zona de desembarque y que no dispusieran de más de 15 para lanzarlas al combate antes de 60 días. Para conseguir esto se reque­ría que el ejército rojo vigorizara su ofensiva y mantuviera ocupadas las reservas estratégicas de Hitler. En ese momento de vida o muer­te para el régimen bolchevique las potencias occidentales podían ha­ber impuesto condiciones que aseguraran la paz futura.

Churchill intentó débilmente que se garantizara la independencia e integridad de Polonia; alegó que la guerra se había iniciado pre­cisamente con esa bandera, pero Stalin interpuso inmediatamente el apoyo de Roosevelt y logró que la garantía no se otorgara. Con la manifiesta anuencia del Presidente, "Stalin insistió en que Rusia debía incorporar a su territorio toda la Polonia Oriental... se mostró inflexible y Churchill tuvo que aceptar finalmente sus demandas, dando Roosevelt su asentimiento a este acuerdo". ("La Ame­naza Mundial", William C. Bullit).

Esta inaudita traición a Polonia y a Estados Unidos (pues Roosevelt no sometió sus compromisos a la aprobación del Congreso ameri­cano, como era de ley) fue después denunciada por el embajador norteamericano Arthur Bliss Lane, quien dejó su cargo en Varsovia a fin de poder revelar libremente la increíble complicidad de Roose­velt con la URSS.

Otro de los puntos que se trataron en la conferencia de Teherán fue el plan del judío Morghentau —secretario del Tesoro en el ré­gimen de Roosevelt— para desmantelar a Alemania después de que ocurriera su rendición. Churchill pidió un trato menos duro para las provincias alemanas del sur, alegando que la población era allí me­nos belicosa y por tanto más fácil de ser absorbida.

Según añade el propio Churchill en sus Memorias. Stalin apoyó el plan Morghentau. "Cuando tiene uno que enfrentarse con grandes masas de tropas alemanas —dijo— las encuentra a todas com­batiendo como diablos, como pronto habrán de aprenderlo los británicos y los americanos... Fundamentalmente no había nin­guna diferencia entre los alemanes septentrionales y los alemanes meridionales, porque todos los alemanes combatían como bes­tias feroces... El presidente Roosevelt se declaró calurosamente por el acuerdo. No había diferencia entre los alemanes. Los bávaros no tenían una casta de oficiales, pero por lo demás, eran exactamente como los prusianos, y esto ya lo habían descubierto las tropas americanas".

En esa junta quedó asimismo de manifiesto que Stalin se proponía subyugar y comunizar a Polonia, Rumania, Hungría, y Checoslovakia. (I) A pesar de esa evidente amenaza, dice el diplomático norteamericano William C. Bullit: "el Departamento de Estado empleó su influencia con los corresponsales y columnistas de Washington para dar nuevos toques de color rosa al cuadro soviético en Estados Unidos; todos los comunistas y sus simpatizadores secun­daron, felices, la campaña para engañar al pueblo norteameri­cano acerca de la índole y metas de la dictadura soviética.

"Los jóvenes sensatos que conocían la verdad, pero que se preocupaban más por sus carreras que por su Patria, y que es­taban prestos a declarar que Stalin había cambiado, fueron as­cendidos rápidamente y se convirtieron en los explotadores des­preciables del desastre norteamericano. El Departamento de Es­tado, el Departamento de Hacienda y muchas otras dependen­cias de épocas de guerra aceptaron en sus oficinas a los simpa­tizadores de los .soviéticos. El Departamento de Guerra comenzó a admitir partidarios del comunismo y a permitir que los comu­nistas declarados sirviesen como oficiales con derecho a examinar la información confidencial. Se estableció en Washington una red de simpatizadores de los bolcheviques y se enviaron al go­bierno chino y a la América Latina apologistas de los métodos soviéticos. (2)

"Así, la mayor parte de los norteamericanos, prefirieron la mentira agradable a la verdad desagradable; y mientras nues­tros soldados ganaban la guerra, nuestro gobierno perdía la paz". ("Cómo los EE. UU. Ganaron la Guerra y Cómo están a Punto de Perder la Paz".—William C. Bullit).

Esta extraña política contraria a los intereses del pueblo nortéamericano y de todo el mundo occidental, pero favorable a la camarilla judía que había tendido un puente entre la Casa Blanca y el Kremlin, fue también percibida por el Secretario de la Defensa de los Estados Unidos, James V. Forrestal, quien anotó en su diario el 2 de septiem­bre de 1944: "Veo que cuando cualquier norteamericano sugiere que actuemos de acuerdo con las necesidades de nuestra propia se­guridad, con frecuencia se le llama un maldito fascista o impe­rialista, en tanto que si el Tío Pepe sugiere que necesita las pro­vincias del Báltico, la mitad de Polonia, toda la Besarabia y un acceso al Mediterráneo, todo el mundo está de acuerdo en que él es un individuo excelente, franco, sincero y generalmente de­licioso".

(1) Churchill dice en sus Memorias que en octubre de 1944, en media loja de papel, le propuso a Stalin que la URSS se quedara con el 90% ie Rumania, con el 50% de Yugoslavia, con el 50% de Hungría, con el 75% de Bulgaria y con el 10% de Grecia. Stalin puso un signo de aprobación con su lápiz azul, y Churchill comenta sin sonrojos: "Todo había quedado arreglado en menos tiempo del que nos tomó sentarnos".

(2) Sin el apoyo de Rooseveit y de sus herederos sería imposible el sostenimiento de los cuadros comunistas en Latinoamérica, como imposible fue que se sostuvieran consulados y hasta simples comercios alemanes en casi todo el Continente cuando Rooseveit así lo determinó.

Actualmente el marxismo sigue ganando terreno en Iberoamérica debido al apoyo secreto que le brindan los gobiernos masónicos. A su vez, éstos son apoyados por el movimiento político israelita que tan decisivamente influye en el Gobierno de Washington. Para no provocar alarma hay un comunismo de mampara, ineficaz y risible, y otro detrás, que es el efectivo, y que trabaja con fineza y discreción.

La traición de Roosevelt al pueblo norteamericano y al mundo oc­cidental se inició en 1933 con su insidiosa fórmula de que el nacio­nalsocialismo alemán —y no el marxismo judío— era una amenaza para Occidente. Congruente con esa traición, Roosevelt protegió la propagación del comunismo en E. U. y en Latinoamérica. Luego en 1939 alentó a Polonia, Francia y la Gran Bretaña para que prefirieran la guerra antes que la amistad con Alemania, y en 1940 se esforzó por que no se realizara un armisticio germano-británico.

En 1944 Mr. George H. Earle, representante personal de Roose­velt en Turquía, fue a tratarle al Presidente la posibilidad de obtener una rendición alemana en el Occidente, si se impedía que el bolche­vismo penetrara en Europa. Roosevelt rechazó el plan. Mr. Earle insistió en que el comunismo era un peligro mundial y manifestó su propósito de denunciarlo así, pero Rooseveit se lo prohibió, lo destituyó de su cargo en Turquía y lo envió a Samoa como segundo gobernador de 16,000 nativos.

Es asimismo evidente que Roosevelt logró sus reelecciones con dinero del Erario —encauzado a través del Nuevo Trato— y mediante falsa promesa de que no llevaría al país a la guerra, pero una vez consumada su reelección lo empujó a la contienda. En 1940 era tan grande el número de cesantes en Estados Unidos que las dádivas oficiales del régimen (costeadas por el "Nuevo Trato") le aseguraban a Roosevelt los votos de una gran masa de ciudadanos. Y con esta maniobra genial, creando por un lado la crisis y por el otro una especie de beneficencia pública con dinero del contribuyente, se burló en esencia el libre juego de la democracia, aunque en la forma se la respetaba escrupulosamen­te. El régimen rooseveltista pudo así perpetuarse en el poder. En todo esto debe reconocerse el genio político de los consejeros judíos de Roosevelt.

La traición de este último tuvo otra evidencia cuando puso todos los recursos norteamericanos al servicio del bolchevismo, sin exigir ninguna garantía para la paz futura; pero esta traición se tornó todavía más monstruosa cuando en la conferencia de Teherán dio carta blanca a la URSS para que se desbordara sobre la Europa Oriental y sojuzgara.

LA INVASIÓN ALIADA DE EUROPA OCCIDENTAL

Después de la conferencia de Te­herán, en la que Stalin le dijo a Roosevelt que el ejército rojo se aliaba exhausto y que no podría sostenerse si no se abría un frente más contra Alemania, Roosevelt y Churchill activaron los preparativos le la invasión angloamericana de Francia. Esta operación se denominado "segundo frente", pero en realidad había ya seis frentes terrestres contra Alemania: el de Rusia, el de los Balcanes, el de Italia y el de guerrilleros y saboteadores en las zonas ocupadas, más los frentes aéreos y navales.

Roosevelt quería que la invasión se realizara en 1943, pero Churchill logró frenarlo porque entonces había en Francia más de 12 divisiones alemanas móviles. Se decidió que para iniciar el desembarque ¡e requería que Hitler no pudiera llevar de otro» frentes más de 15 divisiones en un plazo de dos meses. Los acontecimientos posteriores demostraron que ese cálculo era correcto. En el momento del desem­barque las fuerzas aliadas sólo podían hacer frente a un máximo de 12 divisiones alemanas de maniobra, y a no más de 27 en los meses siguientes. Churchill dice que si la operación se hubiera intentado en 1943, como Roosevelt quería, "nos habría llevado a una sangrienta derrota de primera magnitud, con incalculables reacciones sobre el re­sultado de la guerra".

Las fuerzas angloamericanas de invasión agrupaban en 1944 todo el poderío armado de que disponían las potencias occidentales con­sistente en 91 divisiones (60 norteamericanas, 14 británicas, 5 cana­dienses, I I francesas en el exilio y una polaca). Quince de las 60 di­visiones norteamericanas eran blindadas y contaban con 4,155 tanques. Las 91 divisiones aliadas disponían en total de 12,000 cañones. Y lle­vaban para su abastecimiento y transporte a través de Francia cuarenta mil vehículos, mil locomotoras nuevas y veinte mil furgones y carrostanque. Dos puertos prefabricados, con rompeolas artificiales, fueron remolcados hasta la costa francesa.

Es un hecho poco conocido que no obstante los cinco años que Ale­mania llevaba en guerra, se requirió que Roosevelt y Churchill lanzaran todos los recursos que movilizaron y que transcurrieran ocho meses de combate para anular los avances que el ejército alemán logró en 42 días durante la campaña de 1940 en el frente occidental. El es­fuerzo aliado fue tan grande que el teniente coronel Cari T. Schmidt dice que: "en Estados Unidos no quedaban tropas de reserva como tales, sólo reemplazos". (I) Y el coronel Richard E. Weber, instructor norteamericano de artillería, afirma que "al terminar la guerra mundial segunda habíamos .llegado hasta el tope en busca de recursos huma­nos". (2)

El ¡efe del Estado Mayor General norteamericano, general George C. Marshall, dice asimismo: "A pesar de que dos tercios del ejército alemán estaban comprometidos en la lucha del frente ruso, nues­tro país tuvo que emplear todos sus hombres idóneos a fin de hacer la parte que le tocaba". (3)

A primera vista puede parecer inexplicable por qué Alemania (con 80 millones de habitantes) sostenía 176 divisiones en el frente ruso y 133 en otros frentes, y en cambio Estados Unidos (con 140 millones de habitantes) agotaba su potencial bélico empleando 60 divisiones en la invasión de Europa. (4) Y la Gran Bretaña (con 40 millones de ingleses) sólo aportaba 14 divisiones para ese frente primordial. La explicación de este desproporcionado esfuerzo consiste en que los pue­blos occidentales no querían la guerra ajena a la cual se les empujaba para salvar a la URSS. Y como la oposición era latente, fue necesario hacer una selección rigurosa, garantizar un bienestar muy alto a los enrolados y sobrecargar en exceso los abastecimientos. Es natural que todo esto impidiera que el número de combatientes fuera mayor.

En la primera guerra mundial el soldado norteamericano disponía de una ración diaria de 1.9 kilogramos; en la segunda, de 3.1 kilogra­mos, En la primera guerra, por cada cien norteamericanos en el frente había 274 en los servicios de apoyo; en la segunda, por cada 100 com­batientes había 400 hombres suministrándoles equipo y confort (Es­tados Unidos movilizó un total de 12 millones trescientos mil hombres).

(1) La Proporción Divisionaria de Tropas de Apoyo en las dos Gue­rras Mundiales.—Teniente Coronel Cari T. Schmidt, instructor del Ejér­cito Norteamericano.

(2) La Economía de los Recursos Humanos.—Coronel Richard E. We­ber. del Ejército Norteamericano.

(3) La Victoria en Europa.—General George C. Marshall.

(4) En 1943 sólo operaban 4 divisiones norteamericanas contra los japo­neses, reforzadas con 6 divisiones australianas.

El Tte. Coronel Schmidt dice significativamente: "Parecíamos sentir que la lealtad no podía ganarse a no ser que el Ejército actuara paternalmente hacia ellos y pusiera su comodidad personal sobre todo lo demás".

Cuando la división SS "Das Reich" capturó unas cocinas americanas, los soldados alemanes se quedaron sorprendidos. "Ignoraban —dice uno de ellos— que pudieran existir comidas tan de ensueño para soldados en el frente".

Roosevelt otorgó 2.800,818 condecoraciones para alentar la moral de las tropas, o sea más del doble que el número de los soldados 3 participaron en acciones de guerra. Y a fin de hacer menos duras condiciones del combate, a cada división se le asignaron 700 toneladas diarias de abastecimiento, equivalentes a tres veces y medio el abastecimiento de cada división alemana en tiempos normales. En consecuencia, el esfuerzo logístico en el frente aliado de invasión ascendía a la enorme suma de 63,000 toneladas diarias. Todo esto era apoyo para la moral, pero aun así el soldado sentía estar librando a guerra innecesaria y frecuentemente ocurrió que un 25% de las fueran ocasionadas por neurosis. Los hospitales atendieron un millón de casos neurosiquiátricos.

Como jefe de las 91 divisiones aliadas se hallaba el general Dwight ivid Eisenhower, descendiente de una familia que en el siglo XVIII había emigrado de Alemania debido a la hostilidad que los judíos sufrían por parte de los nacionalistas alemanes. Jacobo Eisenhower y la pequeña Rebeca crecieron y se casaron en Estados Unidos y fueron los abuelos de Dwight David, que en el siglo XX habría de regresar a Alemania como vengador de sus antepasados.

Esas 91 divisiones contaban además con una poderosa quinta columna en Francia para facilitarles el avance. Los franceses comunistas, degaullistas y giraudistas se unificaron poco antes de la invasión y organizaron 900 grupos de saboteadores, espías y guerrilleros. Desde 1942 los aviones aliados arrojaban equipo bélico a ese movimiento de resistencia, que para 1944 ya tenía de sesenta mil a noventa mil enrolados. Recién iniciada la invasión, los alemanes capturaron el puesto 5 mando de un Cuerpo Americano y se quedaron sorprendidos al encontrar ahí un mapa en el que figuraban todos los dispositivos alemanes de defensa, con líneas de comunicaciones, cuarteles, etc. El propio general Eisenhower escribió:

"Los hombres de Francia libre ha­bían sido de valor inestimable en la campaña en toda Francia. Estuvieron particularmente activos en Bretaña; pero en cada por­ción del frente obtuvimos la ayuda de ellos en múltiples formas. Sin ella, la liberación de Francia y la derrota del enemigo en el Occi­dente de Europa habría costado muchísimo más". La noche del 5 al 6 de junio de 1944 llovieron 11,000 toneladas de bombas sobre los contingentes alemanes en la costa francesa de Normandía, en tanto que las flotas inglesa y norteamericana se aproxima­ban a la costa y con el fuego de sus cañones protegían el desembarque de los atacantes. Había un total de 4,266 naves, incluyendo las de guerra y los transportes. Los alemanes disponían en la zona de invasión de 42 pequeñas embarcaciones torpederas y de algunos submarinos que se consumieron en los primeros seis días de lucha. Contribuyeron a hundir 64 barcos aliados y a averiar 106.

Con las primeras luces de la madrugada una flota de más de mil pla­neadores y transportes condujeron hasta la retaguardia del frente ale­mán, a 20,000 soldados y paracaidistas, provistos de armas automá­ticas, cañones ligeros y unidades blindadas. La operación se realizó bajo un techo de 2,000 aviones de caza y coordinadamente miles de saboteadores franceses volaban puentes y cortaban comunicaciones entré 35 puestos alemanes de mando.

Los aliados utilizaron en la invasión un total de 12,837 aviones, 7,428 eran bombarderos y 5,409 eran cazas). La Luftwaffe disponía entonces de un total de 3,222 aparatos, pero en el sector de la invasión sólo había 100 cazas y 219 de otros tipos. Por cada avión alemán n el aire había 20 de los aliados.

Las aviaciones de Roosevelt y Churchill hicieron un derroche de fuego y concentraron ataques en masa hasta sobre pequeños contingentes enemigos; por ejemplo, en Noiy le Sec el bombardeo fue tan vasto que resultaron destruidas 3,800 viviendas y hubo 15,000 víctimas francesas, de un total de 23,000 habitantes.

De entre los bosques y las ruinas surgieron las diezmadas unidades alemanas, primero para limpiar su retaguardia de paracaidistas y saboteadores y luego para lanzarse contra los contingentes de invasión. EI centro de gravedad de las 14 divisiones británicas se descargó hacia eI empalme de Caen. Churchill anunció gozosamente que la vanguardia e sus tropas blindadas había entrado ya en la población, pero poco después fueron arrojadas hacia la costa durante una terrífica batalla que se trabó al llegar la 12a. división panzer de tropas dé asalto "Hiter Jugend", al mando del general Kurt Meyer, de 34 años de edad.

En la batalla de Caen los muchachos SS. del movimiento "Juventud Hitlerista" se lanzaban "como lobos" sobre los tanques, según dijo n comandante británico al general inglés Desmond Young. "Nos veíamos obligados a matarlos contra nuestra voluntad", confesó. Tal era el fin de esa juventud que vivía los primeros y últimos días de su existencia rodeada de enemigos porque su patria había tenido la osadía e atacar al marxismo israelita del Oriente.

Y al sur de Caen comenzaban a irrumpir las 60 divisiones norteamericanas. Sus embestidas hacia el interior de Francia también eran sangrientamente detenidas en la cabeza de playa. Veintenas de millares de jóvenes estadounidenses cambiaban su vida por palmos de terreno, todos los protagonistas de la batalla eran en realidad víctimas de un mismo drama de esfuerzo y sangre a lo largo de la costa francesa.

Entre los muchachos alemanes que perecían en Francia frenando la invasión y los muchachos norteamericanos que morían por darle impulso había un punto de contacto y un común denominador de sus destinos: unos y otros caían por culpa del movimiento político judío.

Y la diferencia sólo consistía en que mientras los alemanes sabían esto, los norteamericanos lo ignoraban y creían estar luchando por la democracia y la libertad; una libertad que Roosevelt, Stalin y Churchill ya habían convenido suprimir en Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania y toda la Europa Oriental. El único beneficiario de esa lucha contra el marxismo israelita.

El drama de los jóvenes norteamericanos que perecían en Normandía era una sarcástica paradoja. Muchos años antes el noble pueblo estadounidense había abierto los brazos de su hospitalidad a millares de hebreos; éstos habían prosperado en las ricas tierras de Norteamé­rica, pero usando de su astucia, aguzada en siglos de ejercicio, y abu­sando de la sencillez sin malicia del americano, le habían arrebatado ya el timón de su destino. Con Roosevelt en la Casa Blanca, el poder del judaísmo era tan grande que podía derramar pródigamente la san­gre de los hijos de sus benefactores. Con vidas ajenas el judaísmo político realizaba sus afanes de venganza y de hegemonía mundial.

LOS RECURSOS DE HITLER CONTRA LA INVASIÓN

Desde el norte de Alemania hasta el sur de Francia, 4,800 kilómetros de costa se hallaban amenazados de in­vasión. Los atacantes podían escoger diversos puntos para aplicar el golpe y era humanamente imposible erigir una muralla impenetrable.

De acuerdo con los principios generales de la ciencia militar se re­ quiere como mínimo una división por cada 11 kilómetros de frente amenazado; en consecuencia, una verdadera muralla fija habría requerido 436 divisiones desplegadas a lo largo de los 4,800 kilómetros de costas, lo cual era absurdo e imposible, supuesto que sólo se dis­ponía de 58 divisiones —muchas de ellas incompletas y con personal enfermo o bisoño.
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Parte de esas divisiones usaban cañones franceses, polacos, checos y rusos. La 70a. división se componía de soldados enfermos del estó­mago y de oficiales mutilados, y el 30 por ciento de la infantería del 7o. ejército estaba formado por voluntarios rusos.

La única alternativa viable era dejar grandes extensiones de costas apenas vigiladas por guarniciones y reconcentrar los mejores elementos en los puntos que se juzgaban más amenazados. Una reserva estratégica móvil de 15 divisiones podía poner en grave peligro la invasión (según cálculos de Churchill y sus peritos), pero Hitler carecía ya de tropas para formar esa reserva.

Según la ciencia militar ortodoxa, el punto más amenazado era la parte angosta del Canal de la Mancha, o sea la región de Boloña, Calais y Dunkerque. En esa zona el mariscal Rundstedt congregó 15 divisiones. Por razones logísticas estaba seguro de que allí ocurriría la invasión. Hitler creyó esto sólo temporalmente.

Desde marzo, tres meses antes del ataque, Hitler tuvo la idea de que la invasión ocurriría en Normandía, o sea exactamente donde ocurrió. Los generales Warlimont y Blumentritt, el mariscal Rundsted y varios de los ayudantes de Rommel así lo testificaron ante el historiador bri­tánico Liddell Hart. "Por todas partes —declaró el general Warli­mont— Hitler buscaba reservas para mandarlas a Normandía. Alegaba que de no rechazar la invasión inmediatamente el frente se ampliaría y sería imposible contenerlo".

Meses antes del ataque Rommel había sido nombrado comandante de las tropas del frente occidental, bajo las órdenes del mariscal Von Rundstedt, quien lo consideraba "un comandante de división muy ca­paz" pero carente de estudios de Estado Mayor. Por su parte, Rommel se sorprendió de que en los tres años anteriores sólo se hubieran sem­brado dos millones de minas, como defensas auxiliares. Haciendo un supremo esfuerzo él logró completar un total de seis millones, pero ya no tuvo tiempo de alcanzar su meta de 50 millones. Tampoco pudo clavar estacas en los campos propicios para el descenso de planeadores enemigos. De ese descuido en la defensa parece responsable Von Rundstedt, de quien el general Von Geyr Schweppenburg, coman­dante del grupo panzer de Occidente, declaró que era "un caballero sabio y diestro” pero que en 1944 ya estaba avejentado y padecía de "resignación psíquica". El general Guenther Blumentritt agrega que Von Rundstedt sustentó siempre la opinión de que la guerra es­taba perdida desde el comienzo. Todo su Estadp Mayor conocía esta manera de pensar, lo cual ciertamente no era nada favorable para la eficacia de su tarea.

Rommel se sorprendió también de que se careciera totalmente de informes acerca de los preparativos aliados de invasión. La tarea de averiguar algo acerca de esos preparativos había estado en manos del Almirante Canaris, quien al ser removido por su aparente ineficacia dejó en ese puesto clave a su cómplice el coronel de Estado Mayor George Hansen. ¡La traición seguía su curso!... (Fue hasta la víspera dé la invasión cuando se tuvo un indicio de que iba a empezar porque fue interceptado un mensaje aliado, en clave, alertando al movimiento de resistencia en Francia).

Los generales Von Geyr y Guderian querían concentrar las fuerzas móviles blindadas (que eran el núcleo de la defensa contra la inva­sión) a considerable distancia de la costa. Rommel alegaba que la aviación aliada las inmovilizaría y las quebrantaría antes de que par­ticiparan en la lucha, y quería que la costa fuera la principal línea de concentración y de combate. Hitler coincidía en esto con Rom­mel, pero Rommel no coincidía con Hitler en cuanto al punto probable de invasión. Mientras el Fuehrer veía hacia Normandía, Rommel tenía fijos los ojos bastante más al norte, en la parte angosta del Canal de la Mancha, lo mismo que Von Rundstedt, que Jodl y que el general Von Salmutch, jefe del 15o. ejército.

Von Kluge decía que Rommel era osado, pero que ante los reve­ses se volvía mentalmente inestable. El Alto Mando lo consideraba un táctico excelente, pero no un estratega. El general Geyr insistía en que los tanques no debían dispersarse en las costas, como barri­cada, sino concentrarse bastante atrás para acudir al punto peligroso, pero Hitler alegó que no quería interferir la táctica de Rommel. Y en estas circunstancias, nada satisfactorias para la defensa, ocurrió la apertura del nuevo frente. (Ya demasiado tarde Rommel reconoció que había sido un error dispersar los tanques cerca de la costa, según dice el general Geyr). Para colmo, en el momento de la invasión Rommel se hallaba celebrando un bautizo y no estaba en su puesto de mando. Esa misma noche una célula encabezada por el escritor Ernst Jünger había reunido en una velada a varios oficiales del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos "B" para seducirlos hacia un plan de conspiración contra Hitler, a la vez que el jefe del 7o. ejército y otros comandantes se transladaban a Rennes "para un ejercicio de cuadros".

Entretanto, la invasión se iniciaba. En el Cuartel General de Hitler hubo un respiro de alivio, pues al fin se había disipado la gran incóg­nita. Eva Braun refiere ese momento: "Cuando anunciaron el comienzo de la invasión yo estaba en el Cuartel General. Me sentí aterrada, pero bien pronto noté que todos parecían aliviados. El (Hitler) dijo: 'Por fin sabemos dónde se produce la operación. Hitler me man­dó inmediatamente a casa. En realidad quería que fuese a Suiza o Suecia. Quiero quedarme en Alemania, y como él está dis­puesto a mantenerse hasta el fin, ¡que suceda lo que suceda!"

En los 320 kilómetros de la costa de Normandía donde se produjo el ataque aliado, había sólo 4 divisiones fijas de defensa costera y dos divisiones móviles, de reserva, o sean las SS Panzer 2a. "Das Reich" y la la. "Leibstandarte Adolfo Hitler", que llevaron el peso del pri­mer impacto. Luego llegaron precipitadamente la 9a. "Hohenstaufen" y la 10a. "Frundsberg", que habían sido retiradas poco antes del frente ruso. La ausencia temporal de los mandos ocasionó que se per­dieran valiosísimas horas en enviar, de la región de París a la costa de invasión, a la 21a. división blindada, a la "Lehr" y a la 12a. SS de ca­rros de combate "Hitlerjugend". Hubiera sido de grandes consecuen­cias su participación en el combate, ocho horas antes, en el sector donde embestían 14 divisiones británicas y 5 canadienses.

El acierto de Hitler para prever el punto de la invasión no fue ex­plotado al máximo por sus generales. "Parecía que la tan ridiculizada intuición del Fuehrer —dice Liddell Hart— estaba más cerca de la marca que los cálculos de los hábiles soldados profesionales". Aunque Hitler había previsto que la invasión sería por Normandía, luego aceptó el punto de vista de Von Rundstedt y de Rommel, de tal manera que accedió a inmovilizar 15 divisiones de primera clase en la región más angosta del Canal de la Mancha. Cuando final­mente fueron llevadas a Normandía, ya era demasiado tarde.

Y nuevamente en horas críticas iba a surgir la vieja pugna entre Hitler —que sólo había sido cabo en la primera guerra— y muchos de los viejos generales académicos, quienes se sentían celóse? de que les diera directivas en la ciencia de la guerra —que seguía siendo tam­bién un arte cuyo secreto se escabulle de las manos del científico—.Esta escisión interior del Alto Mando fue otro factor que contribuyó incalculablemente al desplome de Alemania.

Así ocurrió la paradójica situación de que mientras Hitler acerta­ba en prever la invasión por el punto donde iba a llegar, y mientras las tropas iban a lanzarse fanáticamente contra el alud de fuego de un enemigo superior en número y en elementos de combate, muchos generales manejaban con una mano el frente y con la otra se aliaban a la vieja y vasta conspiración para derrocar al Fuehrer.

En las sombras se movían el general Ludwig Beck (conspirador desde 1933), el Almirante Canaris y el doctor Stroling, alcalde de Stuttgart, quien para ganarse a Rommel comenzó por minar la moral de su esposa: "Rommel se hallaba en posición extraordinaria —dice el general británico Young—. Por un lado era el defensor del frente occidental y por el otro creía que esa defensa era imposible, y formaba parte de una conspiración para hacer la paz. Si tenemos la bomba atómica —dijo Rommel al Almirante Ruge— creo que es nuestro deber continuar". Pero ya el escepticismo había prendido en él. En el momento de la invasión, dice el general Von Geyr, Rommel retuvo la 2a. división blindada, con vistas al derroca­miento de Hitler, y cuando se vio forzado a enviarla al frente retuvo la I 16 división acorazada.

Hitler fue invitado a visitar el frente de invasión. Para, el efecto, se trasladó a Margival, Francia. Los conspiradores contaban con que el .19 de junio llegaría a La Roche-Guyon, donde Rommel lo haría prisionero. Pero mientras tanto una bomba V-l cayó cerca de Mar­gival, después de haber desviado extrañamente su curso. Hitler re­celó, tuvo raros presentimientos y ya no fue a la ¡unta. Cuando estaba .amenazada su vida "hacía gala de un instinto realmente animal", dice Von Schramm.

(El 13 de marzo de 1943 ya había fallado otro atentado cuando el general Trechkow mandó colocar una bomba de tiempo en el avión de Hitler, durante una visita que éste hizo al frente de Smolensk. La bomba no estalló).

Por otra parte, los bombardeos, la traición de Italia en 1943, la escasez de materias primas y e! movimiento de resistencia demoraron en varias ocasiones el proceso de fabricación en serie de las diver­sas armas que ya estaban concluidas y probadas. La V-l llegó con algunas semanas de atraso al momento crítico en que podría haber rendido el máximo resultado. De 100 a 150 bombas de este tipo co­menzaron a ser lanzadas diariamente sobre Inglaterra a partir del 13 de junio, desde 607 rampas situadas en la costa de Francia y de Bél­gica, pero ya una semana antes las fuerzas aliadas habían desembar­cado en Normandía.

Como la V-l no era suficientemente precisa, no podía usarse sobre la zona de invasión; en cambio, hubiera sido de valor táctico y de enorme valor psicológico si hubiera podido lanzarse poco antes sobre las concentraciones de tropas del sur de Inglaterra. Esa oportunidad se había perdido por escasísimo margen.

Sin embargo, la V-2 (mucho más precisa, devastadora e invulnera­ble que la V-l) estaba siendo ya producida en serie, y asimismo se hallaban en vías de quedar listas otras armas que podían desquiciar el sistema de abastecimientos militares y violentar al pueblo inglés para que forzara a su gobierno a aceptar la paz. Por otra parte, una pila atómica había sido concluida en Heiderloch y se trabajaba fe­brilmente en el mecanismo de detonación. Precisamente por todo esto Hitler se empeñaba en prolongar la resistencia para dar tiempo a que esas y otras armas pudieran entrar en acción.

Entretanto, numerosos generales no compartían esas esperanzas, y la conjura años atrás iniciada estalló el 20 de julio (1944) cuando el aristócrata coronel conde Von Stauffenberg —jefe del Estado Ma­yor del Ejército del Interior— colocó una bomba debajo del escri­torio de Hitler en su Cuartel General. La explosión mató inmediata­mente al taquígrafo Berger que se hallaba sentado frente a Hitler. El general Korten (al lado de Hitler) murió poco después con las dos piernas voladas. El coronel Brandt y el general Schmund perecieron días más tarde a consecuencia de las heridas. Hitler- resultó con un brazo lesionado, que posteriormente le quedó casi paralítico, y con el tímpano derecho dañado.

Von Stauffenberg divisó saltar en pedazos la sala de conferencias, dio por muerto a Hitler y poco después fue a comunicárselo por te­léfono al Almirante Canaris. Las líneas telefónicas se hallaban ya cen­suradas y hasta entonces la Gestapo comprobó la traición que tan diestramente había desempeñado Canaris, jefe del servicio militar de contraespionaje desde antes de la guerra. En su casa se le descu­brieron documentos que comprobaban plenamente su culpabilidad y la de otros muchos cómplices, y después de 9 meses de prisión se le ejecutó. (Dos años antes se había salvado mediante el asesinato de Heydrich).

El mismo día del atentado el coronel Von Stauffenberg fue dete­nido. Por unos momentos el general Olbricht trató de seguir adelante con el plan "Valkiria" de conspiración, pero su cómplice, el general Fromm —comandante del Ejército del Interior— volvió a titubear y consideró que ya no era posible. Von Hase insistió en la conjura y ordenó al comandante Remer que con su Regimiento de Vigilancia de Berlín sitiara todos los Ministerios. Pero para entonces ya el Mi­nistro Goebbels se había percatado de la situación, dio la voz de alarma a la división SS "Leibstandarte Adolfo Hitler" y llamó a su despacho al comandante Remer. Luego puso a éste en comunicación telefónica con Hitler, para que se cerciorara de que estaba vivo. Al escuchar Remer la voz del Fuehrer le protestó su lealtad y recibió órdenes de volverse contra los conspiradores, que se quedaron sin tro­pas que los secundaran.

Entonces el general Fromm quiso cubrir su culpabilidad y mandó fusilar precipitadamente a Von Stauffenberg y a Olbricht. Al mismo tiempo le dijo al general Ludwig Beck —pretendido sucesor de Hitler— que se suicidara. Beck se vio perdido después de once años de conspiración, se hizo un disparo y erró el tiro, se hizo otro disparo y sólo se causó una herida leve; entonces el general Fromm ordenó a uno de sus ayudantes que lo rematara. A continuación el propio Fromm no pudo borrar su participación en el complot y fue ejecutado.

Otro de los conjurados, el mariscal Von Witzleben, comenzó a dar órdenes como jefe de la Wehrsmacht, pero no tardó en ser detenido y fusilado. Igual suerte corrieron los generales Paul von Hase, coman­dante de Berlín, y Helmut Stieff, jefe de la Sección de Organización del Estado Mayor del Ejército.

El general Erich Hoeppner, a quien el ex banquero Schacht había alentado a la conspiración, también fue fusilado. El general Lindémann (asimismo alentado por Schacht) se suicidó después de ser cap­turado. El propio Schacht fue detenido, pero no se encontró ninguna prueba contra él; los documentos comprometedores los había ente­rrado en el jardín de su casa. (Aún vive y tiene un banco).

La vasta trama iba descubriéndose por las declaraciones de algu­nos reos o por los documentos capturados. Los generales Wagner y Von Trechkow se suicidaron cuando iban a ser detenidos.


El general Von Stuelpnagel, comandante de la guarnición alemana de Francia detuvo a los jefes de la Gestapo y de las SS (tropas selec-. tas de Hitler) "que se hallaban en París. Luego fue a entrevistarse con «I mariscal Von Kluge, comandante del frente occidental, de quien esperaba que se uniera a la conspiración. Pero Von Kluge ya había recibido noticias de que Hitler vivía y le repuso a Von Stuelpnagel: "jConsidérese relevado de su cargo!... ¡Vístase de paisano y desapa­rezca usted!"... Sin embargo, Stuelpnagel regresó a París, estuvo va­cilante algunas horas y por fin puso en libertad a los detenidos, a quie­nes había pensado fusilar a la mañana siguiente. Más tarde fue llamado a Berlín para que informara de su extraña conducta. Durante el via­je se detuvo en los campos de Verdún, donde había combatido en la - primera guerra mundial, y se dio un tiro, pero sobrevivió, quedó cie­go y días después fue ejecutado.

En la conspiración figuraban 150 miembros del Estado Mayor Ge­neral, allegados a sus antiguos jefes, los generales Ludwig Beck y Franz Halder. Algunos de ellos, como el general Trechkow y el coronel Stauffenberg, pensaban en matar a Hitler desde los días en que la guerra parecía ganada por Alemania, al ser derrotada Francia. (I)

(1) El Estado Mayor Alemán Visto por Halder.—Por Peter Bor. El propio Halder. que llamaba "cabo" y "tamborilero" a Hitler; se carteaba con el Dr. Goerdeler, máximo coordinador de los conspiradores. Sin embargo, Halder nunca llegó a actuar directamente en la conjura porque decía que no era compatible con el honor militar.

Al parecer, el mariscal Von Kluge (comandante del frente occidental . contra la invasión) tuvo momentos de duda, pero al fin decidió no unirse a los conjurados. Confidencialmente refirió que desde 1943 lo habían visitado en Smolensk (Rusia) unos emisarios de los conspirado­res general Beck y mariscal Witzleben. "En realidad —dijo después del fallido atentado— hubiésemos debido dar parte de lo que se planeaba desde entonces. Pero ¿quién hace una cosa así?"

Quebrantado por esos acontecimientos, Von Kluge trató inútilmen­te de realizar un plan de Hitler para cortar los abastecimientos de las fuerzas aliadas de invasión. Luego recayeron sospechas sobre él y se le ordenó que entregara el mando al mariscal Model. Decepcionado, Von Kluge escribió una carta a Hitler y luego se envenenó con cianuro. "No puedo resistir —le decía— el reproche de que he sellado la suerte del Occidente a través de medidas defectuosas y no tengo medios con qué defenderme a mí mismo. Saqué una con­clusión de todo esto y me estoy despachando hacia donde ya se encuentran miles de mis carneradas. No le he tenido miedo a la muerte. La vida ya no tiene significación para mí... Deben existir medios y caminos para llegar al fin de la guerra e impe­dir sobre todo que el Reich caiga en manos de los bolcheviques...

Mi Fuehrer: yo siempre he admirado su grandeza y su actitud en esta lucha gigantesca y su férrea voluntad de afirmarse usted mismo y el nacionalsocialismo. Si los hechos son más fuertes que su voluntad y su genio, se debe esto a la fuerza del Destino. Ha luchado usted con honor en una gran batalla. Este es el certi­ficado que le extenderá la posteridad. Muéstrese usted ahora a la misma altura si es necesario poner fin a esta guerra sin espe­ranza. Parto de aquí, mi Fuehrer, como uno que conscientemente ha cumplido con su deber hasta lo humanamente posible y que le ha correspondido a usted mucho más de lo que usted tal vez haya reconocido.^-Viva mi Fuehrer.—Mariscal Von Kluge'.

Rommel —hasta quien los hilos de la conspiración habían llegado maño­samente a través de su esposa— nun­ca estuvo de acuerdo en que Hitler fuera asesinado, mas se le había in­miscuido en la conspiración y su nom­bre figuraba como uno de los pro­bables sucesores del Fuehrer, como Ministro Presidente. Cuando estos do­cumentos cayeron en poder de Himmler la culpabilidad de Rommel no tenía defensa alguna. Hitler le envió dos generales que lo pusieron a esco­ger entre ir a un tribunal a correr el riesgo del deshonor o suicidarse.

Rom­mel se decidió por esto último; instan­tes después se puso su abrigo, cogió su bastón de mariscal, refirió lo ante­rior a su hijo Manfred, de 16 años, del servicio antiaéreo, y se despidió de su esposa. "Dentro de 25 minutos estaré muerto", dijo segundos antes de partir. Horas después se le rendían honores militares a su cadáver con la Marcha Fúnebre de Sigfrido. El que varias veces resistió el embate do fuerzas superiores en el desierto; el que tres veces des­manteló al octavo ejército británico, había caído víctima de un mo­mento de debilidad en el que el doctor Stroling lo envolvió en reti­centes circunloquios de conspiración. La causa de su muerte se guardo en secreto para no desmoralizar a las tropas alemanas que fanáti­camente seguían luchando en el frente.

En momentos en que el frente reclamaba toda la atención del Alto Mando, Hitler tuvo que realizar una reorganización general,y reiteró:

"No retrocederé en la lucha... Cualesquiera que sean los golpes que nos dé el Destino, yo estaré siempre en mi lugar para mantener en alto la bandera".

Refiriéndose al atentado, dijo Hitler: "H Estado Mayor General es la última de las logias masónicas que desgraciadamente he olvi­dado disolver". Añadió que la conjura causaría muy desfavorables .repercusiones entre los aliados de Alemania. (En efecto, semanas des­pués Rumania y Finlandia rompían su alianza con Berlín). v El día del atentado Guderian fue llamado por Hitler para que se hiciera cargo del desmantelado Estado Mayor General: "Producía —dice Guderian— una impresión de agotamiento; una oreja sangraba algo; el brazo derecho había quedado casi sin movi­miento y estaba vendado. Espiritualmente estaba asombrosamen-.. te tranqgilb'TAgrega que a partir de entonces la desconfianza de Hitler hacia el Estado Mayor General se transformó en odio; ya no creía en nadie; y se volvió muy difícil tratar con él.

"Cierto que sus heridas apenas ofrecían peligro —dice el co­ronel Skorzeny—, pero un hombre abrumado por una responsa­bilidad tan aplastante, soporta peor cualquier malestar, por ligero que sea, que un individuo común y corriente. Moralmente, jamás llegó a reponerse del golpe —mes doloroso que las llagas abier­tas en su carne— que le producía la revelación siguiente: que había, en el mismo seno del ejército, oficiales —e incluso grupos-capaces de traicionar a su Caudillo y a su causa". Martín Bórmann, secretario del Partido Nazi, escribía a su muer "Imagínate: el atentado criminal contra el Fuehrer fue planeado ya en el año de 1939 por Goerdeler, Canaris, Oster, Beck y los demás. Hemos encontrado en una caja fuerte pruebas concretas sobre este hecho... Todos nuestros planes referentes al ataque en el Oeste fueron traicionados y entregados al enemigo, tal como queda ahora demostrado por las pruebas _ que tenemos en nuestras manos. ¡Parece imposible creer que exista gente tan maligna y perversa!"

En realidad, había dos clases de conspiradores: en primer lugar los que servían intereses internacionales masónico-judíos. Desde antes de la guerra comenzaron su encubierta conjura. Estaban encabezados por el Almirante Canaris, el general Ludwig Beck, el banquero Schacht, el masón Goerdeler y otros de menos categoría. Y en un segun­do lugar-figuraban los generales que por falta de conveniente prepa­ración política creían que Alemania podía hacer la paz con Occidente o con la URSS, separadamente. Llegaron a suponer que Httler era el único obstáculo, y ni la fórmula clara de "rendición incondicional", acu­ñada por Roosevelt, los persuadía de esa ficción.

Estos generales no podían comprender (porque era una idea nueva, y por tanto extraña) que los gobernantes de Oriente y Occidente eran la misma cosa, aunque sus pueblos fueran muy distintos. No po­dían creer que tanto el bolchevismo salvaje del Oriente como la "rendición incondicional" de Roosevelt eran tenazas del judaísmo político. Muchos de ellos soñaban que Alemania podía hacer la paz con Occidente y continuar la lucha contra el comunismo oriental, que al fin y al cabo también era enemigo de los pueblos occidentales. .Pero estaban redondamente equivocados porque no tomaban en cuenta que Roosevelt, Baruch, Morgenthau y los demás judíos de Occi­dente jamás permitirían que el marxismo israelita fuera derrotado. , Para ayudarlo habían empujado a la guerra a los pueblos occidentales mediante el engaño de la propaganda y mediante maniobras tan fan­tásticas como la de Pearl Harbor.

Y así, mientras el frente occidental alemán se conmocionaba, y mientras la mayoría de los generales conspiraban, eran ejecutados o se ocultaban, los soldados seguían combatiendo con una disciplina y una lealtad que algunos mariscales no alcanzaron jamás. Una de las... desgracias de Hitler fue que (contando con el pueblo) en los altos mandos había profundas lagunas; sus generales eran maestros en el oficio, pero muchos carecían de la llama del ideal que es tan difícil encender y contagiar. Pertenecían a esa clase de la que Nietzsche dijo:

"..Guardaos también de los doctos; os odian porque son estériles! Tienen ojos fríos y secos, ante los cuales todo pájaro apa­rece desplumado. La falta de fiebre dista mucho de ser conoci­miento. Yo no creo en los espíritus refrigerados". A esos espíritus refrigerados no había llegado la llama del nacio­nalsocialismo; Hitler logró prenderla en el pueblo, particularmente en las juventudes que llevaron su nombre, mas no pudo transmitirla a un grupo de conservadores ni a viejos y aristócratas generales. De ha­ber tenido en el alto comando militar a hombres de su propio ardor, la resistencia podría haberse prolongado hasta la llegada de las nue­vas armas.

En la tropa había materia prima para realizar ese milagro, mas los generales no creían en milagros, pese a que muchos de éstos (en pequeña escala) se daban diariamente a lo largo de todo el frente. Por ejemplo, el 18 de julio los británicos lanzaron en Saint Lo un ata­que concentrado de 1,950 bombarderos, en tal forma que una co­lumna de aviones iba abriendo brecha en la ruta del avance y otras dos columnas laterales iban sembrando de explosivos un amplio mar­gen para liquidar las armas antitanques alemanas. El éxito parecía seguro y todo cálculo científico así lo comprobaba, mas los supervi­vientes del terrorífico bombardeo se mantuvieron firmes entre sus compañeros muertos, dieron cuenta de 200 .tanques británicos y frustraron gran parte de la embestida. Cuando intervienen factores psicológicos hay imponderables reacciones que la ciencia no logra aquilatar. El 25 de julio 2,446 bombarderos repitieron el ataque y un 70% de las tropas de ese angosto sector quedó fuera de combate. Pero no cesó la resistencia, contra lo que el mando aliado esperaba.

El general Elfeldt, comandante del 84o. Cuerpo del Ejército, vio cómo sus hombres disminuían 'hasta quedar 200, con dos tanques, y seguían combatiendo con igual ardor. No era nazi (al igual que casi todos los generales) y sin embargo reconoció que la moral de los soldados fue mucho más alta en la guerra mundial segunda: "el nacional­ socialismo —dijo— fortificó la moral de las tropas; las hacía fa­náticas y mejoraron las relaciones con los oficíales; los soldados demostraron más iniciativa y usaron mejor la cabeza, especialmente cuando se encontraban combatiendo aislados". Agregó que le "asombraban tales reacciones" y las atribuyó a la juventud hitlerista. El historiador Liddell Hart afirma que el criterio de los co­mandantes británicos coincide con el del, general Elfeldt y que los genérales Rohritch, Bechtolsheim y otros muchos lo refrendaron también.

Debido a esa resuelta resistencia, el desembarque en Normandía progresaba muy lentamente y con costosas bajas. El 15 de -agosto los alia­dos empeñaron todas las reservas que les quedaban lanzando otra invasión por el Mediterráneo, sobre la costa sur de Francia. En ese punto utilizaron 14 divisiones (210,000 hombres) contra una fuerza ale­mana de 77,500.

Ya para entonces los recursos alemanes se hallaban tan menguados que el 11 de agosto Hitler ordenó más drásticas economías de gaso­lina, al grado de que la Luftwaffe sólo quedó autorizada para realizar aislados vuelos defensivos. A fin de contrarrestar en parte esta debili­dad se inició apresuradamente el lanzamiento de la V-2 el 8 de sep­tiembre, mas ya para este día se había perdido la oportunidad primordial de destruir los trampolines de la invasión, y asimismo la opor­tunidad secundaria de atacar las congestionadas cabezas de puente.

Los ejércitos aliados se desplegaban hacia el norte de Francia, habíancapturado muchas de las posiciones de lanzamiento y en consecuencia la V-2 sólo pudo ser dirigida contra la zona de Londres. Cerca de mil V-2 estaban siendo construidas mensualmente, en un esfuerzo de téc­nica y de mano de obra, pero ¡nuevamente era demasiado tarde por un estrecho margen de semanas!... Otros modelos más terribles de V-2 se hallaban en vías de producción, como uno que era atraído por las fuentes de calor (altos hornos, fábricas, etc.), y otro que era atraído por los centros luminosos.

De 8,000 bombas V-1 lanzadas contra Inglaterra, 2,000 llegaron a la zona del blanco. Y de 1,027 V-2 lanzadas desde La Haya 600 fueron efectivas.

La marcha de los ejércitos aliados a través de Francia fue lenta y di­fícil. Los generales alemanes no se explicaban a veces por qué Eisenhower no explotaba la abrumadora superioridad de sus fuerzas. El 7o. ejército alemán, al mando del general Von Gersdorff, estuvo a punto de ser copado y destruido totalmente en Falaise por los efectivos de dos y medio ejércitos aliados, pero al costo de diez mil muertos y 40,000 desaparecidos logró escapar, auxiliado por la 9a. división SS "Hohenstaufen".

El 5o. ejército alemán retrocedió combatiendo y evitó que el 15o. fuera copado. Seis meses tardaron los ocho ejércitos aliados en alcanzar la frontera alemana y esto revela en parte la índole de la resis­tencia, pues igual distancia había sido recorrida en 42 días por las tropas alemanas en 1940, cuando los defensores de ese terreno no eran contingentes agotados, sino los ejércitos intactos de Inglaterra, Francia y Bélgica.

El argumento de que Hitler no movió el 15o. ejército de la zona de Calais y que esto impidió a Alemania frustrar la invasión es un simple sofisma. Si alguien atinó en prever que el desembarque aliado se efec­tuaría por Normandía, fue Hitler, en tanto que sus generales creían que se realizaría por Calais, conforme a las reglas militares de Academia. Ahora bien, si a última hora Hitler accedió a que Rundstedt conservara en Calais el 15o. ejército, eso se debía a la necesidad de " proteger la zona contra un posible segundo desembarco (antes de que todos los contingentes aliados se empeñaran en Normandía). Además, cerca de Calais se hallaban las bases desde las cuales iban a lanzarse la V-l, la V-2 y la V-3. Proteger el punto era una necesidad indiscutible. El historiador inglés Liddell Hart reconoce que abandonar las bases de la V-l y la V-2 podía haber evitado descalabros a los alemanes en Normandía, pero eso hubiera significado abandonar toda posibilidad de victoria y simplemente buscar un final más ordenado conforme a los principios clásicos de la estrategia. "El colapso final de los alemanes —concluye— aparece menos sorprendente que el hecho de que se haya podido detener a los invasores por tanto tiempo".

Cuando los jirones del frente alemán se replegaron desde Norman­día hacia el noreste de París, sus bajas en este solo sector, en menos de tres meses, ascendían a 400,000 hombres, 30,000 vehículos, 3,500 aviones, 2,300 cañones y 1,300 tanques.

(Por cierto que con motivo de la recaptura de París se escribió una' novela, según la cual Hitler ordenó que toda la ciudad fuera incen­diada antes de evacuarla, y luego habló por teléfono preguntando: "¿Arde París?" Últimamente se hizo una película con el mismo tema, retocado como "historia". El general Walter Warlimont, subjefe del Estado Mayor General alemán en 1944 dice que Hitler jamás ordenó incendiar París y que esto puede comprobarse en los archivos capturados por los aliados. Sus directivas se referían sólo a la destrucción de puentes de uso militar, cosa que no configuraba ningún acto te­rrorista).

miércoles, 6 de mayo de 2009

¿Holocausto?


Esto si que es importante. A todos los Kamaradas... la V-irgen esta en el V-aticano... Todavía. Debemos coadyuvar al resurgimiento del verdadero catolisismo.

Hacia el Infinito y más Allá!!!


viernes, 1 de mayo de 2009

Capítulo IX 1ª Parte

CAPITULO IX

Las más Altas Cumbres del Esfuerzo Humano
(1944)

La Cualidad más Preciosa del Hombre.
Forjando las Armas de Venganza.
Abren lasPuertaslasdelMundoalBolchevismo. I

InvasióAliadadeEuropaOccidental. Los Recursos de Hitler Contra la Invasión.
Transformación de la Flota Submarina.
Supremo esfuerzo de Soviéticos yAlemanes.
Más fuerte que Nunca, la Luftwaffe Agoniza.
LosdosÚltimosGolpesenelOeste.
El BolchevismoIrrumpeen Alemania.
Un Ejército no Vencido por Ningún Otro.

LA CUALIDAD MAS PRECIOSA DEL HOMBRE

Varios filósofos —Schopenhauer en particular— afirman que la volun­tad es la espina dorsal, del espíritu, la "cosa en sí" de cada ser. El mariscal Hindenburg decía que todo es posible con voluntad y que "esta cualidad es la más preciosa que puede poseer el hombre". Comentando esa afirmación Gustavo Le Bon agregó que "las fuerzas materiales nos asombran por su grandor y no son, sin embargo, más que manifestaciones exteriores de las fuerzas morales que dirigen nuestro destino". Al entrar en el quinto año de guerra contra la coalición bélica más grande de la historia, el pueblo alemán luchaba en 1944 con extraor­dinaria voluntad. Tal era el secreto de su fuerza que durante seis años hizo frente a recursos materiales de abrumadora mayoría. Hitler exhortaba a los suyos a proseguir la guerra con la misma firmeza del primer día: "De esta lucha —decía el 30 de enero— no puede salir más que un vencedor, y éste habrá de ser, bien Alemania o bien la Rusia Soviética...

Este proceso gigantesco que agita al mundo se realiza con sufrimiento y con dolor cumpliéndose así las leyes de la Providencia que establecen que no solamente todo lo gran­de se crea mediante la lucha, sino que fijan que hasta individual­mente el ser humano venga a este mundo por medio del dolor. Pero por mucho que la tormenta se desencadene y aúlle alrededor de nuestra fortaleza, se apaciguará algún día, como todas las tem­pestades, y de entre las nubes brillará nuevamente el sol para aquellos que con firme e inquebrantable fe cumplieron con su deber... Así pues, cuanto mayores sean hoy nuestras penas, tanto más magnánimamente pesará, juzgará y considerará el Todopo­deroso las hazañas de aquellos que ante un mundo de enemigos, empuñaron la bandera con manos leales y la llevaron hacia adelante sin desesperar".

El periodista Ismael Herráiz presenció la forma en que la voluntad leí pueblo alemán sostenía el peso de la guerra, y hace el siguiente elato en "Europa a Oscuras": "En Alemania ningún ciudadano dis­ponía de más alimentos que otro. En 1943 se despoblaron los talleres de alta costura, las oficinas, las antiguas industrias y la suntuosa Viena, y todo pasó a engrosar el servicio del trabajo. Las primeras fases de la movilización, en septiembre de 1939, afectaron a un porcentaje muy reducido de la población. El avi­tuallamiento tuvo siempre una solidez y una energía ejemplares. Organización y erzatz a todo pasto. Caseína en polvo en vez de carne. Los dos más notables triunfos de la química nacional-socia­lista eran la gasolina y el caucho sintéticos. Para producir un tan­que de gasolina se empleaban cinco o siete de hulla y un catalizador. El ingenio alemán agudizó su inventiva prodigiosa: carro­cerías y hasta cojinetes, con una resistencia superior a la del acero, surgieron de la hulla. Cada año los inviernos fueron con menos esperanza y con menos carbón.

"El alemán, cuyo excelso sacrificio es una inmarcesible estrofa de la historia, renunció a las exigencias más elementales de su hogar para que la industria guerrera se nutriera sin pausas. Pe­queñas delincuencias que en tiempos de paz no pasaban de ser raterías, se castigaban con la ejecución. Hasta un propietario de una fábrica de armamentos fue fusilado por comprar a uno de sus obreros los bonos de carne; dos carteros por abrir unos paquetes con víveres, etc."

Los cupones para adquirir artículos textiles ya no fueron válidos para toda la población; únicamente para los que habían perdido sus bienes durante los bombardeos. La disposición era tan estricta que has­ta la mujer de Martín Bormann (Se­cretario del Partido Nacionalsocia­lista y Secretario personal de Hitler), escribía el primero de noviembre: "Me tengo que pasar muchas horas zurciendo y remendando, aprovechando todo lo viejo y usado. Este año Hartmut ha he­redado todo lo de Gerda, y Volker lo de Hartmut". Antes de la guerra se consumía un promedio de 3,000 calorías por persona; en 1944 el racionamiento tuvo que hacerse más estricta y el promedio bajó a 1,671 calorías. Casi comía la mitad de lo normal. Pero mediante estas restricciones y la movilización más drástica de 1943 (que por cierto se implantaba inexplicablemente tarde), en Í944 la producción alcanzó un máximo increíble. En las peores condiciones desde que se había empezado'la guerra, debido a los devastadores bombardeos y a las. bajas padecidas, el ministro Speer hizo milagros y en algunos ramos sextuplicó la producción. En 1944 se produjo ma­terial suficiente para equipar 130 divisiones nuevas, como jamás se había logrado antes. El siguiente cuadro da una idea del esfuerzo realizado:

Producción 1942 1943 1944

Tanques 9,300 12,700 27,000
Piezas de artillería 11,800 17,800 40,000
Aviones 14,800 25,000 38,000
Municiones (Tons.) 1.270,000 1.650,000 3.350,000

La moral, sin embargo, descendió más entre numerosos funciona­rios que fueron fácil presa de los conspiradores natos, o sea de los que conspiraban por razones ideológicas desde antes de iniciarse la guerra. Una lejana ramificación de este grupo fue descubierta por la Gestapo y nuevamente estuvo en grave peligro el Almirante Canaris. A esto siguió una reorganización del Servicio Secreto y a Canaris se le dio la Jefatura del Departamento de Guerra Económica. No obstante, logró dejar cómplices suyos en el Servicio Secreto.

Los conspiradores integraron nominalmente un gobierno para sustituir a Hitler luego que fuera asesinado: presidente, el general Ludwig Bekc, ex jefe del Estado Mayor General; Canciller, doctor Goerdeler; ministro de Guerra, general Olbricht; jefe del Ejército, mariscal Von Witzleben. Según el historiador antinazi Walter Goerlitz, a traves del banquero sueco Wallenberg se hicieron conexiones con los amigos de Alemania, y Churchill dio su agreement a ese proyecto de Gobierno.

El desánimo de muchos generales era percibido por Hitler y sus legados. Martín Bormann le escribía a su mujer el 15 de julio: "Resulta sorprendente que esta guerra revele de un modo más claro cada día que pasa, que es el Fuehrer y los miembros más destacados del Partido quienes están imbuidos de la salvaje decisión de con­tinuar la lucha y la resistencia, y no los militares, los cuales cuanto más elevado es su rango, tanta más pasión deberían demostrar por esta lucha".

Hjalmar Schacht (el antiguo banquero y ex miembro del Gabinete e Hitler) salvó al conspirador Goerdeler de ser descubierto por la Gestapo. Para esto se valió de sus amigos judíos de Londres, quienes advertidos del peligro le escribieron una carta a Goerdeler, concebida en tales términos que la Gestapo se despistó. Por otra parte, Schacht premiaba a los generales descontentos a que actuaran en contra e Hitler. En estas maquinaciones distraía de sus deberes al general Lindemann, encargado del suministro de materiales de artillería a las ropas del frente antisoviético. Entretanto, un hijo de Schacht moría prisionero de los rusos.

También en el campo de la diplomacia había otro personaje que ultivaba buenas relaciones con el judaísmo. Era el embajador Von Papen, a quien eminentes israelitas le pidieron ayuda para evitar que miles de hebreos del sur de Francia fueran trasladados a lugares que Himmler consideraba menos expuestos para Alemania. Entonces Von Papen, embajador alemán en Turquía, logró que el Gobierno turco hiciera presión contra Alemania para suspender ese traslado, invocando que muchos de los afectados eran descendientes de judíos-turcos. El traslado no se efectuó. (1)
(1) "Memorias".—Franz Von Papen, antiguo rival de Hitler en la Cancillería.

Mientras esas disensiones internas cundían, los bombardeos de terror siguieron destruyendo zonas residenciales alemanas y dañando industrias. Esto ocasionó que Hitler le reprochara al mariscal Goering su "pereza" en la restauración de la Luftwaffe. El general Guderian presenció la escena y dice que el mariscal "no encontró palabras para responder", pues en efecto había descuidado su tarea.

El 23 de enero el general Eisenhower comunicó al general Arnold que existía grave peligro de que Alemania terminara diversas armas secretas antes de que se iniciara la invasión aliada de Europa occi­dental, y que esas armas podían frustrarla. En consecuencia, se redo­blaron los esfuerzos para desquiciar la industria bélica alemana. En esta tarea se empleó un número creciente de tetramotores, escoltados por miles de cazas, que ya entonces superaban en varios aspectos a los alemanes. El Thunderboldt, el Lightning y el Mustang tenían más radio de acción y mayor concentración de fuego.


P-51 Mustang
P 38 Ligthning








P-47 Tunderbolt



La semana del 17 al 24 de febrero las aviaciones de Roosevelt y de Churchill hicieron un supremo esfuerzo para aniquilar a la Luftwaffe, tanto en gigantescos combates aéreos como bombardeándole sus prin­cipales fábricas de aviones. En esos ocho días, que se llamó "la gran semana", hubo 6,155 salidas de bombarderos angloamericanos y 3,673 salidas de cazas. 383 tetramotores aliados fueron abatidos. La embes­tida culminó la noche del día 24 con un poderoso ataque contra las plantas de Regensburgo, donde cayeron 64 superfortalezas, que equi­valían al 20% de las atacantes. Los norteamericanos no podían so­portar una perdida tal, que sólo daba a sus tripulantes una vida de cinco incursiones, y la ofensiva amainó.

El 31 de marzo la aviación británica volvió a la carga y perdió 95 tetramotores. La Luftwaffe, gravemente herida, se batía desespera­damente. Para el mes de abril, por cada avión alemán en el aire había 6 u 8 de los aliados. En lo que iba del año habían perecido más de mil pilotos alemanes de caza diurna. Tan sólo el mes de abril 1,300 aviones fueron averiados o destruidos.

Las principales fábricas alemanas de aviones sufrieron daños consi­derables (el 50% de su rendimiento) y el Ministro Speer se apresuró a dispersarlas en bosques, túneles, aldeas y minas abandonadas. Inició así una gigantesca movilización para llevar a un millón de obreros y sus industrias a sitios más seguros. Y pese a tan grandes trastornos, la industria de guerra curaba sus heridas y seguía aumentando.

Los bombardeos aliados de terror, menos costosos que los ataques contra las industrias, volvieron a reanudarse. El 70% de las viviendas en la región minera del Ruhr fue arrasado, el 74% de Hamburgo fue dañado y se calculó que tan sólo la labor de limpiar los escombros tardaría cinco años. La ciudad de Colonia quedó también paralizada.

Berlín, Essen, Dusseldorf, Stutgart, Duisburgo, Francfort, Gelsen-Kirschen, Dortmund, Mannheim, Kiel y Hannover, sufrieron grandes destrozos con más de 10,000 toneladas de bombas cada una. Eva Braun escribía en 1944: "Pronto no habrá en Alemania nadie que no haya perdido a un ser querido y toda su fortuna... Esser me ha dicho; Poco importa vencer o no sobre el campo de batalla. De todas maneras, moralmente hemos ganado la guerra. Nadie se atreverá a sostener después del tremendo esfuerzo del pueblo alemán, que no hemos sido los más valerosos y los más tenaces, los que asestaron los mejores golpes y los que los soportaron con mayor coraje... Creo que el pueblo alemán está terriblemente agotado".

A mediados de 1944 era tan considerable la inferioridad numérica la Luftwaffe frente a sus contendientes de casi todo el mundo, que resuelta resistencia sobre el cielo de Europa parecía una locura sin esperanzas de victoria. En semejante situación se hallaban en tierra infantería y las divisiones blindadas, lo mismo que los submarinos el mar. Las masas bolcheviques abastecidas por su industria y por del extranjero avanzaban por el Oriente; tres ejércitos aliados empujaban desde el sur de Italia; el sabotaje cundía en casi toda Europa alimentado por hábiles agentes del servicio de inteligencia británico.

Además, grandes fuerzas aliadas se concentraban en el sur de Inglaterra para iniciar la invasión que abriría un frente más a los maltrechos alemanes.

¿Por qué el Alto Mando seguía resistiendo y por qué el pueblo mismo apoyaba esa resistencia? Para muchos estrategas aliados esto era inexplicable. Ahora es posible saber que la razón principal de esa resistencia era la certidumbre de que poderosas armas secretas estaban a punto de ser lanzadas a la lucha. Y el poderío de esas armas era tan grande que podría súbitamente ocasionar un cambio decisivo la suerte de la guerra.

Mientras miles de civiles perecían no­che a noche en los bombardeos, mien­tras miles de soldados se inmolaban a diario manteniendo el frente, los técnicos alemanes luchaban frenéticamente con el tiempo para suministrar las armas de venganza. No trataba de fantásticos o ilusorios proyectos, sino de realidades que habían sido sometidas a las pruebas más duras. Las armas ya existen. Pero el proceso para montar máquinas que las produjeran en serie requería tiempo. Era la lucha desesperada que silenciosamente libraba en las nuevas plantas subterráneas.

El proyectil controlado por radio —invento del Dr. Kremer—, la bomba voladora V-l y el cohete estratosférico V-2 habían pasado a la fase experimental y su producción en serie se iniciaba precisame­nte en 1944. Cerca de Calais se construía febrilmente una enorme relación subterránea a 110 metros de profundidad con amplias galerías, elevadores, plantas eléctricas y alojamientos para personal, con objeto de lanzar desde ahí una lluvia de proyectiles alados sobre concentraciones de tropas al sur de Inglaterra. Era ésta la V-3. consistía en unos enormes cañones que mediante cargas explosivas repartidas a lo largo del tubo imprimían a las granadas una velocidad supersónica de 1,500 metros por segundo. Ningún refugio resistiría el impacto. Podrían lanzarse aproximadamente diez mil bombas diarias.

La V-l, la V-2 y la V-3 estaban destinadas a frustrar los prepara­tivos aliados de invasión. Y sin invasión, la URSS se hallaba perdida. No solamente sería un golpe demoledor para la moral bolchevique contemplar que sus aliados no podían abrir el tan implorado segundo frente (que en realidad era el séptimo), sino que entonces grandes fuerzas alemanas inmovilizadas en la Europa Occidental podrían lan­zarse libremente sobre los soviéticos.

El ejército rojo se hallaba tan minado, por las fantásticas bajas su­fridas, que toda la suerte de la guerra giraba en 1944 alrededor de la apertura del nuevo frente.

Durante varios meses la 200a. Escuadrilla de Combate de la Luft­waffe estuvo haciendo planes sobre operaciones suicidas estilo japo­nés, pero Hitler las prohibió diciendo que al soldado debían dársele aunque fueran mínimas, posibilidades de salir con vida. En vez del suicidio deberían procurarse nuevas armas, Y en efecto, además de los proyectiles "V", Alemania estaba a punto de montar una revolu­cionaria aviación de guerra que reconquistaría casi de un solo golpe el dominio del aire. También en este ramo las nuevas máquinas ha­bían pasado ya la fase de experimentación e iba a iniciarse su pro­ducción en serie.

El Messerschmitt 262 era el primer avión de chorro en el mundo; desarrollaba 950 kilómetros por hora, según se había demostrado ya en una prueba práctica y se le iba a complementar con un nuevo invento, el proyectil-cohete R-4M, calibre 5.5 centíme­tros. Este proyectil llevaba 400 gramos de altos explosivos y un solo impacto bastaba para abatir una superfortaleza. Con el R-4M se po­día hacer fuego de precisión a 800 metros del blanco, fuera del al­cance de las armas defensivas del enemigo. Cada caza alemán llevaría 24 cohetes y se inició luego la ampliación de fábricas para producir el R-4M a razón de 25,000 por mes. La construcción en serie del avión de chorro Me-262 y del proyectil R-4M pondría fin a los bom­bardeos aliados de terror.
Messereschmitt 262 “Schwalbe”(Golondrina), armado con 4 cañones MK 108 de 30mm en el morro.

Esa posibilidad, de hacer fuego contra los bombarderos desde con­siderable distancia, había sido señalada por Hitler, quien puso a los peritos aeronáuticos el ejemplo de los tanques: al principiar la guerra su tiro efectivo era de 800 metros, en tanto que en 1943 alcanzaba tres kilómetros. Una cosa semejante quería en la aviación. La industria aérea había tratado de conseguirlo instalando cañones más grandes en los cazas, pero no logró nada práctico hasta que los proyectiles-cohete fueron mejorados. En el Me-262 se conjugaba la terrible velo­cidad de 950 kilómetros por hora con la tremenda capacidad de fuego de sus proyectiles R-4M.

Asimismo existía el "Natter", un pequeño avión caza que ascen­día a 13,000 metros de altura en tres minutos; durante la ascensión era dirigido por un piloto radioeléctrico accionado desde tierra, luego el piloto humano tomaba los controles, hacía fuego con 24 proyectiles-cohete y descendía en picada hasta una altura de 3,000 metros, en ese momento saltaba en paracaídas y automáticamente otro paracaídas más grande se abría para llevar el aparato a tierra. El "Natter" o necesitaba aeródromos y podía elevarse desde cualquier sitio en donde se hiciera una rápida instalación de los aparatos que lo guiaban en su vertiginosa ascensión. Al lado de este invento figuraba también el proyectil C-2 que mediante un sistema electrónico era dirigido contra los bombarderos atacantes.

El avión-cohete Bachem Ba 349 “Natter” (Víbora), armado con 24 cohetes de 73mm.

La última fase de la construcción en serie de todas estas armas se hallaba en marcha.

Por otra parte, los principales problemas de la bomba atómica es­taban resueltos, pero se requería un dispositivo para hacerla estallar n el aire, mediante una descarga eléctrica que debería operarse precisamente sobre el objetivo seleccionado. (Su estallido no era posible por percusión, al chocar en el suelo, como ocurre con las bombas ordinarias). Y asimismo se requería tener el dominio del espacio. Ahora bien, la Luftwaffe esperaba reconquistar el aire mediante los nuevos vienes de propulsión de chorro, probados ya satisfactoriamente y una producción en serie se hallaba en vías de iniciarse en las nuevas fabricas subterráneas.

Otra solución alternativa para utilizar la bomba atómica consistía en adaptarla al cohete estratosférico V:2, lo cual era factible, pero requería algunos meses de estudio. Hitler reveló algo de esto al entonces mayor Hans Ulrich Rudel al entregarle en Berchtesgaden la condecoración de brillantes de la Cruz de Hierro. EI acto se efectuó a fines de marzo de 1944 y el propio Rudel refiere que Hitler trató ampliamente de las armas "V" y manifestó que más adelante llevarán otra carga explosiva diferente a la conocida actualmente. Según sus palabras, se trata de un explosivo tan potente que gracias a éste, quizá podremos decidir la suerte de la guerra a favor nuestro. Ya estamos notablemente adelantados en este sentido y dentro de poco tiempo podremos contar con una producción satisfactoria". (I)


(1) "Piloto de Stukas".—Hans Ulrich Rudel.





Bombardero Turboreactor Arado Ar 234, armado con 2 cañones Mg 151 de 20mm y capacidad para 1.500 Kg de bombas.


















Caza Cohete Messerschmitt Me 163 “Komet”,
armado con 2 cañones Mk 108 de 30mm
Gotta Go








Heinkel He 280

Lo anterior coincide plenamente con la versión que el general Tomás Sánchez Hernández da en su "Historia del Armamento":

"Para Alemania, en 1944-45, se imponía desde luego, si quería utilizar esta nueva arma, proteger su territorio contra las incur­siones aéreas de los aliados; en seguida violar el del enemigo por medio de bombas-cohete (V-2) cargadas con bombas atómicas. Precisamente en la nariz cónica de la V-2 los alemanes habían estudiado alojar este terrible ingenio. En estas condiciones, sin ningún medio de defensa concebible, Londres y todo el sur de Inglaterra hubieran quedado bajo el fuego de las bombas atómi­cas. En efecto, ninguna aviación de caza, ninguna defensa contra aeronaves habría podido impedir que la bomba atómica caye­ra sobre Inglaterra. Por otra parte ninguna aviación de bombar­deo hubiera podido destruir los lugares de lanzamiento de la V-2, sencillamente porque es prácticamente imposible... En todo ca­so es un hecho que los alemanes construyeron una pila atómica en Helderloch, cerca de Sigmaringen".

En consecuencia, Hitler tenía cartas decisivas para cambiar el curso a guerra. La V-2, o la atómica, cada una por sí sola, eran suficientemente poderosas para frustrar la invasión aliada, siempre que se pudiera utilizar antes de que el golpe enemigo se descargara, ahora bien, la producción de todas esas armas, y de los nuevos aviones de propulsión de chorro, progresaba simultáneamente. Era una desesperada carrera contra el tiempo.

A fines de 1943 y principios de 1944 se creía que en el mes de Marzo habría suficientes V-l y V-2, para iniciar un fuego devasta contra el sur de la Gran Bretaña, donde los aliados estaban con­gregando fuerzas para el desembarque en Francia. Pero los bombarderos enemigos, la emergencia creada por la rendición de Italia y el esfuerzo gigantesco para sostener los vastos frentes de guerra ocasionaron una decisiva demora. Al finalizar marzo apenas principiaba producción en serie. Inmediatamente Rommel pidió a Hitler que la bomba voladora fuera lanzada sobre las concentraciones aliadas del de Inglaterra, pero Hitler repuso que aún no había suficientes ni V-2 para sostener, el ataque. Con un estrecho margen de semanas las fuerzas aliadas de invasión estaban salvándose de esas nuevas armas que podían trastornarles toda su operación, v este respecto el general Eisenhower escribió en "Cruzada en Europa":

"Parece muy probable que si Alemania hubiera logrado per­feccionar y usar estas nuevas armas seis meses antes de lo que lo hizo, nuestra invasión de Europa hubiera resultado excesiva­mente' difícil, quizá imposible. Estoy seguro de que si hubiera podido utilizar tales proyectiles por un período de seis meses, y particularmente si hubiera hecho de la zona Portsmouth-Southampton uno de sus principales blancos, la operación Overlord (la invasión de Europa) hubiera sido eliminada". Y naturalmente eliminada la invasión, la URSS estaba perdida. Todavía en 1944 la victoria seguía oscilando entre la .producción serie de las nuevas armas alemanas y los ataques abrumadores de la más grande coalición de la historia.

viernes, 10 de abril de 2009

Capítulo VIII 3ª Parte

LOS AMIGOS DE ROOSEVELT

En 1933 circularon versiones de que Roose­velt era descendiente en séptima genera­ción del israelita holandés Claes Martensen (después Van Rosenfelt, emigrado de España a Holanda en 1620). Es­te dato fue ratificado al morir la madre del Presidente, Sarah Delano. En una carta al general Smut el propio Roosevelt aludió a sus antepa­sados "holandeses", pero nada dijo respecto a la versión de que ade­más fueran israelitas. Lo que sí está fuera de toda discusión es que Roosevelt .compartió el mando con numerosos judíos y que siempre distinguió a éstos con los puestos de mayor confianza.

Esa predilección pareció extraña en Estados Unidos porque había muchos norteamericanos auténticos de innegable valía, pero natural­mente gozó del silencio y hasta del apoyo de los magnates israelitas que dominan la mayor parte del cine, de la radio y de la prensa esta­dounidense. Pocas protestas lograron abrirse paso hasta la opinión pública y ninguna alcanzó resonancia nacional.

Por ejemplo, algunos diarios independientes aislados .criticaron a Hopkins debido a que por .una parte exhortaba al pueblo, norteame­ricano al ayuno y por la otra el 16 de diciembre (1943) se reunía con Baruch y otros judíos a banquetearse en el hotel Garitón con los más exóticos manjares.

El representante Dewey Short, de Missouri, atacó en la Cámara a los "imitadores de Rasputín en la Casa Blanca. Hay muchos—decía— capaces de usar esta guerra como una cortina de humo para, a favor de ella, someter .a Norteamérica a un tipo de gobierno y a una clase de economía enteramente ajenos y contrarios a los que hemos conocido hasta ahora".

El "Cheyenne Tribune" hablaba indignado de la "Viscosa mano de Hopkins", y en la Cámara de Representantes se le acusó de contar con el apoyo de una "camarilla siniestra" integrada por los judíos Fé­lix Frankfurter, magistrado; Henry Morgenthau, Secretario del Teso­ro; Samuel I. tesenman y David K. Niles, (I) que trataban de "con­vertir el Departamento de la Guerra en una organización política de vasto alcance". Francamente se tildó de "traidores a la patria" a los que favorecían ese plan. Pero... ¿traidores a qué patria, sí los judíos siguen siendo judíos aunque nazcan, crezcan y prosperen en los más diversos países del mundo?

(l) Roosevelt y Hopkings= Robert E . Sherwood.

Las críticas eran tan esporádicas que no lograron suministrar ca­bal información al pueblo norteamericano acerca del poder tan vasto que la comunidad israelita tenía dentro del régimen, al grado que las más importantes decisiones de la vida interior y exterior del país pa­saban por sus manos.

Así, por ejemplo, el presidente cultivó más las relaciones con Sta­lin a través de judíos sin cargo oficial por los cauces normales del servicio diplomático norteamericano. Los mensajes más confidencia­les y trascendentales, tanto para Stalin como para Churchill, fueron llevados siempre por incondicionales de los judíos, como Hopkins, o por el judío Baruch. El 20 de febrero de 1943 Roosevelt escribió a su amigo M. Zabrousky, ex presidente del Consejo Nacional de Israel:
"Estoy profundamente impresionado por el hecho de que el Con­sejo Nacional de la joven Israel se ha ofrecido de intermediario entre mí y nuestro común amigo Stalin, en un momento tan de­licado. Usted puede asegurar a Stalin, mi querido señor Za­brousky, que la URSS tendrá asiento en el Directorio de estos Consejos (de Europa y Asia) sobre un mismo pie de igualdad y también de votos con los Estados Unidos e Inglaterra... Esta si­tuación elevada en la Tetrarquía del Universo debe satisfacer a Stalin".(l)

(1) De las Memorias de José Doussinage, antiguo Director Político del Ministerio de Relaciones Exteriores de España.

Iguales conceptos había expresado Roosevelt a su amigo el rabino Weiss, eminente personalidad de las organizaciones israelitas. Ade­más en la Junta de Producción de Guerra colocó al judío Baruch, que encauzó la ayuda armada hacia la URSS. Siempre que requería de un emisario personal para que fuera al Kremlin en misión urgente se va­lía de Hopkins —discípulo del judío Dr. Steiner—, a quien desde 1940 había llevado a vivir a la Casa Blanca.

Por otra parte, el inocultable procomunismo de Roosevelt tuvo en 1943 una manifestación más al ordenar a su Ministro de Relaciones que hiciera presión sobre los países de Latinoamérica para que rea­nudaran relaciones con la URSS, pese a qué esto abría las puertas de América a la penetración bolchevique. Asimismo el 21 de octubre el Embajador americano en Madrid, Mr. Hayes, transmitió al Ministro Jordana el descontento de Roosevelt porque España se resistía a con­siderar a la URSS como una nación democrática/y concretamente le pidió que la prensa española publicara propaganda soviética y que cesaran los ataques contra el bolchevismo.

"Atacando sistemáticamente a Rusia —decía Roosevelt por medio de su embajador—, España hace cada vez más delicada, a las democracias la tarea de continuar aportándole la ayuda que ellas querrían poder seguir suministrándole'", como si para man- tener buenas relaciones con los pueblos occidentales fuera requisito imprescindible tratar cordialmente al marxismo.

Ocho días después España contestó que "independientemente de la suerte de las armas, existe en el mundo un problema moral bien anterior a la guerra y de una importancia extraordinaria. Este problema ha sido provocado por la actitud revolucionaria de las masas ateas... Si la guerra es un estado pasajero, el espíritu re­volucionario de las masas es, por el contrario, el problema esencial de la época actual. Su grito de combate “ Proletarios de todos los países, uníos”, constituye el emblema de la rebelión... Sobre esto no cabe la menor duda. La URSS preconiza la dictadura del proletariado, que es necesario imponer por medio de la revolu­ción".

Esa renuencia de España iba a costarle muy cara porque estaba enemistándose con el movimiento israelita, el cual prohijaba la pro­pagación del comunismo tanto en Europa como en Asia y en América.

Aún hoy las actividades marxistas en el Nuevo Continente serían imposibles si no contaran con ese poderoso patrocinio del poder secreto israelita y de su tentáculo masónico; ambos toleran que se hable de anticomunismo y hasta sugieren que se haga así para adormecer a los pueblos, pero no permiten que en realidad se obre eficazmente contra la infiltración marxista. Todo régimen auténticamente refractario a este veneno es tildado de fascista y se le combate en mil formas de boicot internacional.

España fue sometida a tremenda presión diplomática por parte de Roosevelt y Churchill y se vio luego forzada a retirar su "División Azul", que al lado de los alemanes luchaba contra el bolchevismo en Rusia. Stalin había dicho a Hopkins que para él no contaban como enemigos los rumanos, ni los italianos, ni los españoles, sino únicamente los alemanes. Sin duda se expresó así de los españoles porque su nú­mero era muy reducido, pues en cuanto a sus cualidades, Hitler dijo al general Sepp Dietrich: "Para ellos el rifle es un instrumento que no debe limpiarse bajo ningún pretexto. Entre los españoles, los cen­tinelas no existen mas que en teoría. No ocupan sus puestos, pero si los ocupan es durmiendo. Cuando llegan los rusos son los indígenas los que tienen que despertarlos. Pero los españoles no han cedido nunca una pulgada de terreno. No tengo idea de seres más impávidos. Apenas se protegen. Desafían a la muerte. Lo que sé es que los nuestros están siempre contentos de tener a los españoles como vecinos de sector. Si se leen los escritos de Goebens sobre los españoles, se advierte que no han cambiado desde hace cien años. Extraordinariamente valientes, duros para las pri­vaciones, pero ferozmente indisciplinados".

ITALIA CAE AL PRIMER SOPLO DE LA GUERRA

El desastre de Italia no fue simplemente una rendición sin combatir, sino además una traición para un leal ami­go en el combate, como había sido el soldado alemán. Con mucho acierto Bismarck dijo el siglo pasado que "es inútil hacer cuentas con Italia, porque" ni sabe ser amiga ni enemiga".

Pero Hitler confió en Mussolini, a quien hizo su amigo, y a través de él confió en Italia y la ayudó más allá de lo que toda alianza puede obligar a un país en desesperada lucha. Cuando el ejército italiano salió huyendo de Sidi Barraní, Egipto, al primer golpe de exploración de los ingleses, Hitler envió a Rommel con tres divisiones alemanas y se restableció la situación. Cuando más tarde la colonia italiana de Libia fue prensada entre las dos tenazas de los ejércitos inglés y nor­teamericano, Hitler volvió a acudir en auxilio de los italianos y restán­dole reservas al frente ruso envió a Túnez 200,000 soldados y más de mil aviones.

En esta ocasión Hitler pidió una vez más a Mussolini un esfuerzo decidido para abastecer a esas tropas a través del Mediterráneo, pero la flota italiana seguía escondida en sus bases. "La resolución de este problema —le decía en otra carta del 14 de marzo de 1943— es de tanta importancia que de él depende la suerte de las po­sesiones africanas y el final victorioso de esta guerra. Si no se encuentra remedio a esta dificultad aun cuando los soldados ale­manes sabrán combatir hasta lo último y si necesario fuere mo­rir con honra, la situación no podrá salvarse. Por esto le he enviado al mejor oficial naval que jamás ha tenido la flota alemana, el gran almirante Doenitz, quien le llevará proposiciones que le ruego examine desde el punto de vista de la necesidad absoluta de uti­lizar todos los medios disponibles para salir avante". (I)

(1) Los aliados luchaban ventajosamente bajo un mando único, pese a que muchas veces parecía antidemocrático. Y paradójicamente, Hitler respetaba la voluntad de Mussolini en el teatro italiano de la guerra, sin la menor sombra de totalitarismo.

La flota italiana en manos alemanas hubiera abierto rutas de abaste­cimiento entre Sicilia y Túnez, por lo menos durante algún tiempo, pero Mussolini se negó. Un malentendido orgullo le impedía admitir el asesoramiento de los marinos alemanes y prefería que la flota italiana continuara haciendo el ridículo. Ese mismo día Hitler ordenó que sa­lieran a ayudar a Italia la división blindada "Hermán Goering" y la séptima división de paracaidistas, tal vez la más selecta de que Alemania puede disponer. Tiene un poder de resistencia realmente extraordinario, siempre que se le proporcionen suficientes refuer­zos y pertrechos, y no podría ser derrotada ni siquiera por unafuerza británica o norteamericana de superioridad numérica abru­madora" como más tarde iba a demostrarlo en Cassino. Y a los 1,012 aviones que operaban ya en el frente del Mediterráneo, Hitler agregó 754 más, restándoselos al frente ruso, y luego otros -669, paracubrir las bajas. La base aliada de Malta fue sometida a más de tres mil ataques aéreos y se arrojaron sobre ella 12,000 toneladas de ex­plosivos a fin de hacer posible su invasión por los italianos, pero Mus­solini se arredró. El Mariscal Kesselring, comandante alemán en el frente del Mediterráneo, dice que tal cosa fue un gravísimo error.

Considera que Malta hubiera decidido la lucha de África a favor del Eje, lo cual habría modificado todo el curso de la guerra.

Mes y medio más tarde Mussolini le comunicaba a Hitler que no había podido asegurar el abastecimiento de las tropas germanoitalianas en Túnez; sus desplantes de Caudillo carecían de la autoridad su­ficiente para .lanzar la flota a la batalla. "Hoy —escribía el 30 de abril de 1943— se perdieron tres destructores; dos de ellos lle­vaban tropas alemanas y el otro municiones". Y como era natural, la resistencia en Túnez se desplomó y el 9 de mayo cesó la batalla en ese frente. "Muchos soldados italianos —dice el español Ismael Herráiz— deseaban que los alemanes se perdieran en Túnez, y que se perdieran también los italianos que los acompañaban, con tal que aquéllos no se salvaran. Era el despe­cho de un pigmeo ante el gigante que ofende con su sola pre­sencia".

Después de Túnez los aliados brincaron a la isla de Pantellería. La guarnición italiana de 15,000 hombres disponía de poderosos cañones subterráneos pero rindió, su fortaleza sin combatir. Churchill refiere que sólo hubo una baja, de un soldado americano mordido por una muía. "Durante los dos días siguientes —agrega— cayeron las islas de Lampedusa y Linosa. La primera ante un piloto de aviación que se había visto obligado a aterrizar por falta de combustible".

Sin resistencia a la vista, los ejércitos angloamericanos se lanzaron a la invasión de Sicilia, que es la más grande isla italiana; se hallaba defendida por 9 divisiones italianas y 4 alemanas. La operación aero­transportada de los aliados fue defectuosamente' realizada y numero­sos planeadores cayeron al mar. El mayor O. J. Jackson dice en "Tra­zado para el Asalto Sobre Sicilia", que sólo el 9% de los planeadores llegó con precisión a sus objetivos. Una flotilla de transportes de tro­pas voló sobre la flota angloamericana, que acababa de ser atacada por aviones alemanes, y los artilleros abrieron nerviosamente el fuego sin advertir que eran sus propios aviones.

Esto causó una grave con­fusión y varios transportes de tropas cayeron al mar y otros se desvia­ron y arrojaron a sus paracaidistas antes de tiempo. Pero los italianos desaprovecharon esa circunstancia favorable debido a que desaten­dieron el consejo de los alemanes y se empeñaron en situar su artille­ría costera muy atrás de las playas, con objeto de quedar lo más lejos posible del fuego de los barcos aliados. Esto 'dio por resultado que los atacantes afianzaran sus cabezas de puente sin ninguna interfe­rencia. El combate en Sicilia comenzó propiamente cuando las 6 divi­siones norteamericanas del 7o. ejército y las 7 divisiones inglesas del 8o. ejército (195,000 hombres) chocaron con las 4 divisiones alemanas (60,000 combatientes) que habían ido a reforzar a los italianos.

Las 9 divisiones italianas "volaban sus cañones y arrojaban sus mu­niciones al mar"; los británicos dieron por capturada a Augusta sin mo­lestarse en ocuparla. "A fines de julio —dice el general Eisenhower en Cruzada en Europa— los italianos habían cesado de batirse, pero a lo largo del gran risco dentado del cual el monte Etna es el centro, la guarnición alemana se batía salvaje y diestramente. Cada posición conquistada se ganaba sólo con la destrucción completa de los alemanes", que luchaban contra una superioridad numérica de 4 a I.

"Ahí ocurrió —agrega el general Eisenhower— el incidente Patton, cuando insultó a dos soldados y abofeteó a uno de ellos que tenía neurosis de combate". Los casos de desajuste psíquico entre las tropas norteamericanas aumentaron alarmantemente, en parte por la resuelta resistencia de las tropas alemanas y más que nada por la oposición latente de los propios estadounidenses a participar en una guerra ajena. En esa contienda nada tenían que defender ni ganar, como no fuera la subsistencia de la maquinación marxista mundial pro­tegida resueltamente por Roosevelt, a costa del esfuerzo del pueblo norteamericano.

Mientras en Sicilia las cuatro divisiones alemanas se sacrificaban de­fendiendo el territorio italiano que los propios italianos no se preo­cupaban por defender, en Italia se formaban diversos grupos políticos y cada cual por su lado se apresuraba a fraguar la rendición. En Tur­quía, en Lisboa, en Madrid, surgían diplomáticos italianos ofreciendo a los aliados el concurso de Italia para combatir contra Alemania. "Los aliados —dice Churchill— le pidieron al general Cavallero que su­ministrara secretos sobre las bases alemanas, para bombardear­las. El general italiano desplegó un mapa sobre las disposiciones de las fuerzas tanto alemanas como italianas en Italia.

Cavallero regresó a Italia con un aparato de radio y las claves aliadas para mantener el contacto con las fuerzas angloamericanas en Argel". Poco más tarde se presentó en Lisboa, ante los diplomáticos alia­dos, el general Zaussi, del Estado Mayor Italiano, a "apremiar —dice Churchill— para que se hiciera un desembarque al norte de Ro­ma. Los italianos querían tener la seguridad de que tal desem­barco se haría con fuerzas suficientes".

El 3 de septiembre se firmó la rendición y ese mismo día se inició la invasión aliada de Italia. Nunca nación alguna se ha desmoronado con tanto regocijo de sus propios hijos. El caso de Italia es único en la historia. Ahí se hizo el panegírico del deshonor; se ensalzó a los deser­tores y se aplaudió como héroes a quienes más velozmente se entrega­ban al invasor. Nunca los valores habían sido subvertidos en igual forma. Un gigantesco teatro fue Italia entera.

No es lo censurable el hecho de ser derrotado, y en muchos casos ni siquiera el hecho psicológico de declararse vencido antes de lu­char; lo inaudito es hablar bombásticamente de heroísmo donde no hay ni la más leve sombra de él. A fines de julio, cuando las 9 divi­siones italianas fortificadas en Sicilia deponían las armas sin luchar, el Gran Consejo Fascista que derrocaba a Mussolini dedicó "un re­cuerdo, ante todo, a los heroicos combatientes de todas las ar­mas, que codo con codo con la población valerosa de Sicilia, que ha dado lustre extraordinario a la fe unánime del pueblo italiano, renovaron las nobles tradiciones de valor temerario y de indómito espíritu de sacrificio". (¿? ...)

Quienes alentaron la traición de Italia contaron con terreno propi­cio. Los judíos y los masones habían gozado de grandes libertades para minar la resistencia ya de por sí débil y conservaban puestos hasta en el ejército. Ya un año antes Berlín se había quejado de estas complacencias peligrosas, pero Mussolini creía que se trataba de te­mores exagerados. El periodista español Herráiz refiere el estado de ánimo de los italianos en aquellos días: "La población soñaba en la mantequilla centrífuga, el tabaco de Virginia, los bizcochos vi­taminados; las muchachas, en Clark Gabíe en cada esquina de Roma...

Entretanto, seguían haciéndose chistes a costa del ene­migo. .. Un ¡oven italiano, algo enfermo del hígado, llegó a co­merse 20 huevos al día para ponerse peor y no ir al servicio militar... Pues entonces en un mes pueden estar en Roma, co­mentó despreocupadamente un oficial italiano al enterarse de que habían desembarcado los aliados en el sur de Italia!.. El primer bombardeo que sufrió Roma fue una escena de desorganización. Sólo las baterías antiaéreas alemanas actuaron con serenidad... Roma sufrió su primer bombardeo (de 200 aviones) con un terror cerval, terror indescriptible, frenético e histérico... Al enterarse de lo sucedido, los más ardientes partidarios de Mussolini se aprestaron a hacer declaraciones antifascistas, monarquistas, badoglistas, liberalistas, socialistas, comunistas, etc. Y al sucesor de Mus­solini, el masón mariscal Badoglio, se le llama glorioso. Los comu­nistas iniciaron inmediatamente huelgas en las fábricas bélicas de Turín.

Al ocurrir la invasión aliada de Italia, el ejército alemán sostenía sobre el plano de Europa una guerra disforme, heroica y costosísima y no podía hacer más que ordenar a sus divisiones que lucharan hasta el último instante. Mientras, más de cinco mi-llones de italianos movilizados se paseaban por la Península, in­diferentes a sus deberes y al llamamiento de su patria. Los bares seguían con su clientela habitual. Los soldados decían que la re­taguardia no los apoyaba, y la retaguardia decía que los soldados no se batían denodadamente... El príncipe Humberto declaró a los periodistas norteamericanos: Buenos sustos me ha hecho pa­sar en Sicilia la aviación de ustedes".

Badoglio dice ("Italia en la Segunda Guerra Mundial") que apenas llegó al poder hizo "llamar a algunos hebreos notables y les comunicó . que si bien, por el momento, no podía abolir radicalmente las leyes existentes, daría por lo menos órdenes para que no se apli­caran en ningún caso". El judío Sforza fue llevado a los altos círcu­los oficiales y el comunista Togliatti pudo regresar de Moscú, donde había pasado IO años.

La capitulación de Italia se consumó, en secreto y los italianos en­tregaron a los aliados los dispositivos confidenciales de las 8 divisiones alemanas que habían ido a ayudarlos en la defensa de su Patria. Seis de esas divisiones se encontraban en el sur de la Península. Aliados e italianos trazaron entonces planes secretos para coparlas y aniquilarlas. La capitulación se mantuvo en absoluta reserva para dar tiempo a que la maniobra de cerco se iniciara.

(Los servicios secretos que había organizado el extinto Heydrich tuvieron barruntos de la traición italiana y entonces el almirante Canaris jefe del contraespionaje militar alemán— se empeñó en desa­creditar esos informes y en adormecer al Alto Mando. Posteriormente se supo que Canaris, a través de dos invertidos, trabajaba en compli­cidad con el traidor general Amé, ¡efe de los servicios secretos ita­lianos).

El 7 de septiembre el ministro de la Marina Italiana almirante Conde de Courten, informó al mariscal Kesselring, comandante de las tropas alemanas en Italia, que su flota iba a zarpar para buscar a la flota inglesa. "La flota italiana triunfará o perecerá", dijo hasta "con lágri­mas en los ojos", según refiere el historiador Liddell Hart, quien in­terrogó a diversos testigos. En realidad, la flota italiana iba a zarpar por primera vez en masa, pero no para combatir, sino para entre­garse.

Cuando la radio de Nueva York anunció la capitulación de Italia, el general italiano Roatta aseguró a los alemanes que se trataba de "una burda maniobra de propaganda". Sin embargo, ya entonces los hechos eran evidentes por sí mismos. Algunos aviones alemanes lo­graron dar alcance a la flota italiana que navegaba a toda máquina para ir a rendirse, y utilizando una bomba deslizante de nuevo invento, hundieron el acorazado "Roma", barco insignia de la flota, en el que viajaba súper protegido el comandante en jefe, almirante Bergamini. También hundieron otros dos cruceros pesados' y dañaron diversas naves. El arma utilizada era una bomba planeadora Heinlcel, contro­lada desde el avión mediante ondas de distintas longitudes. Poste­riormente una bomba similar puso fuera de combate el acorazado inglés "Warspite". La tremenda eficacia de este invento estaba fuera de discusión, pero aún no se iniciaba la producción en masa.

Mientras la flota italiana pasaba ese trago amargo cuando corría presurosa a rendirse, 5 divisiones italianas y parte de dos más, al mando del general Garboni, fueron concentradas en los puntos estra­tégicos de Roma para cercar, en combinación''con los ejércitos an­gloamericanos, a las 6 divisiones alemanas que sostenían el frente en el sur de Italia.

La situación parecía absolutamente perdida para los alemanes. Una vez más la voluntad de Hitler fue factor decisivo para evitar el desastre; la inquebrantable resolución de salir adelante removió obstáculos que parecían invencibles. El Ministro Goebbels anotó en su Diario el 10 de septiembre: "Hitler preveía la traición de Italia... Y sin embargo, le trastornó bastante.

Siempre se advierte que en épocas de crisis. Hitler se eleva por sobre sí mismo en lo físico y en lo espiritual.

Apenas había dormido como dos horas, pero tenía el aspecto de quien acaba de regresar de unas vacaciones". Y el Almirante Doenitz (comandante de los submarinos) comentó cinco días después:

”La enorme potencia que irradia el Fuehrer, su inquebrantable confianza, su amplia visión de la situación de Italia, me han hecho comprender que todos nosotros somos insignificantes comparándonos con él".

En ese desconcertante momento en que todo el frente de Italia se hundía, Hitler dio una orden que parecía imposible: ocupar Roma y desarmar a todo el ejército italiano. El mariscal Kesselring consideró que eso estaba "fuera de 18 capacidad de sus limitadas fuerzas", pero una vez hecha la decisión silenció las dudas y se dedicó resueltamente a la tarea. Kesselring era de los relativamente pocos generales capaces de hacer eso y lo evidenció desde que dirigía en Rusia a la 2ª Flota Aérea. (1)

(1) Hitler comentó posteriormente: "Rommel era un gran líder, pero desafortunadamente también un gran pesimista... En Italia hiro lo peor que soldado alguno puede hacer. Dijo que el colapso era inminente. Ya no le envié allá. Poco después los sucesos lo contradecían y yo confirmaba mi idea de dejar a Kesselring en el mando de aquella zona. Kesselring es un idea­lista político y un militar optimista. Y yo creo que nadie puede conducir una operación militar sin optimismo".

El general Student (que había dirigido la invasión de" Creta) in­tentó capturar con paracaidistas el cuartel general 'italiano, pero sus antiguos aliados eran demasiado veloces para huir y aunque el ataque se realizó casi por sorpresa, el rey Víctor Manuel, el mariscal Bado-glio y otros muchos ya habían escapado horas antes. En ese golpe cayeron prisioneros 30 generales y 50 oficíales italianos.

Kesselring sólo disponía de la 2a. división de paracaidistas y de la 3a. división acorazada cerca de Roma (30,000 nombres) para desar­mar a 5 divisiones italianas (75,000 hombres) que se' hallaban parapetadas en la capital, pero dirigió resueltamente la operación. El pe­riodista español Ismael Herráiz presenció el hecho y lo refiere de la siguiente manera:
"El ejército italiano, muy superior en número a los alemanes que habían ido a reforzarlo, estaba en posesión de los puntos estratégicos. No ocurrió la catástrofe porque todos los soldados alemanes actuaron con una serenidad ejemplar. Cuando se sepa los que éramos se le enrojecerá a usted hasta la raíz de los ca­bellos, dijo un oficial alemán al general de una división italiana desarmada. Se lanzó una convocatoria (italiana) para que todos los romanos acudieran a la Plaza Polonia "para aclamar a nues­tro glorioso ejército que se bate contra los alemanes". Los que entraron fueron los alemanes, pues los italianos habían sido des­armados. Sobre este punto, cuanto se diga resultará increíble. Un soldado alemán solo marchaba en una moto con sidecar.

Veía venir a un piquete de soldados italianos; paraba el vehícu­lo. Descendía, empuñando la pistola, y sin aspavientos amenazadores solicitaba todas las armas. Los soldados depositaban sus fusiles, bombas de mano y fusilería y se marchaban a sus casas contentos y felices... La zona entre el parque de Rimembranza y Villa Saboya ofrecía un espectáculo vergonzoso al día siguiente de la rendición. Todo el campo estaba sembrado de uniformes de oficiales y soldados, cartucheras, rifles y cañones de ametra­lladoras, insignias y galones... Por su parte, la disciplina y severa organización militar de las divisiones alemanas pudieron permi­tir el lujo de una generosidad sin precedentes. Soldados y pue­blo fueron tratados por las tropas alemanas sin descortesía y hasta con un ademán afable... Me gustaría saber qué ejército hubiera hecho otro tanto en unas circunstancias tan disculpables para que desatara su ira. Gracias al respeto que inspiraban, pudieron desarmar a un ejército mil veces superior en número, con orden de atacarlos por la espalda".

El mariscal Badoglio refrenda lo anterior al afirmar ("Italia en la Segunda Guerra Mundial") que las tropas alemanas en Italia "habían mantenido siempre un comportamiento ejemplar, muy poca confra­ternización, perfecta disciplina y absoluto respeto a las personas y a los bienes". Después de la traición italiana "su continente era provo­cativo, despectivo, pero no violento".
Una vez consumado el desarme del grueso del ejército italiano en la zona de Roma y en el norte de Italia, que hasta el 13 de septiem­bre ascendía a 500,000 soldados, los alemanes restablecieron la co­municación con sus 6 divisiones que se hallaban en el sur de la Penín­sula. Estas 6 divisiones hacían frente a los ejércitos angloamericanos, cuyos efectivos eran de 13 divisiones y de una gran superioridad de pertrechos. Badoglio logró luego reforzar a los aliados .con 326,270 italianos, para servicios de retaguardia, 5,000 para el frente de com­bate, 16,000 para artillería antiaérea, aproximadamente 300 aviones y la flota de 140 barcos, incluyendo 5 acorazados y 9 cruceros. Además, formó 26 grupos de saboteadores para operar a retaguardia del frente alemán en Italia. (I)

(1) No obstante los Tratados de La Haya, el mando aliado fomentó esa lucha ilegal de sabotaje, que hasta agosto de 1944 ocasionó 5,000 muer­tos y 30,000 heridos entre alemanes, italianos, fascistas y civiles adictos a Mussolini.

Al lado de los contingentes ingleses y norteamericanos, que for­maban el grueso de las fuerzas aliadas, en el sur de Italia operaban canadienses, franceses, neozelandeses, sudafricanos, polacos, hindúes, brasileños, italianos, griegos, marroquíes, árabes, goums, senegaleses y una brigada de judíos. La ayuda del Canadá a Tas fuerzas inglesas fue enorme, pues además de contingentes humanos les suministró 500 barcos, 8,000 aviones, 25,000 carros blindados y medio millón de vehículos, durante los primeros cuatro años de guerra.

Aunque la maniobra italiana para apuñalar por la espalda a las 6 divisiones alemanas, había fracasado, la situación de éstas seguía siendo precaria. Sus menguados efectivos se hallaban en inferioridad de I a 3 frente a los aliados. Además, tenían racionados el combus­tible y los proyectiles, y era frecuente que sólo pudieran contestar con un quinto o un décimo de potencia el fuego del enemigo. Por último, los contingentes alemanes tenían amenazados su flanco y su retaguardia, debido a la posibilidad de que los aliados realizaran desembarcos en cualquier punto del extenso litoral italiano.

Precisamente esa oportunidad la aprovechó el 5o ejército ameri­cano al desembarcar en Salermo. La operación estuvo a punto de con­vertirse en un desastre debido a que los alemanes reaccionaron impe­tuosamente, contra lo que se esperaba en vista de sus escasos re­cursos. El 5o. ejército fue empujado hacia la playa y tuvo que pedir refuerzos a fin de sostenerse.

Después de encarnizadas batallas el frente alemán fue lentamente desplazándose al norte de Salermo, y entonces el general Montgomery lanzó una ofensiva en el extremo oriental, sobre el río Sangro. Esto ocurría en noviembre de 1943 y la situación era tan ventajosa para las fuerzas aliadas que el sereno Montgomery expidió una proclama anunciando la victoria: "Es hora —decía-— de hacer retroceder a los alemanes hacia el norte de Roma... de hecho los alemanes se' halla­ban exactamente en las condiciones en que nosotros lo' queríamos. Ahora ocasionaremos a los alemanes un golpe colosal". Sin embargo, no fue así. La 65 división alemana de infantería fue inmolada en esa batalla; para cubrir su hueco acudió la 26 división panzer y el ataqué quedó dominado. Una vez más el frente se salvaba de milagro.

En los meses siguientes de ese año los numéricamente muy supe­riores contingentes aliados siguieron atacando, pero las ganancias se contaban por metros después de rudas batallas. Gran parte de los contingentes de Roosevelt y Churchill reforzados por docenas de paí­ses aliados, pudo concentrarse sobre el frente italiano, que para Ale­mania no era sino uno de los muchos frentes en que se dispersaban sus recursos armados.

El mariscal Badoglio, entonces jefe del gobierno italiano antiale­mán, refiere que la concentración de pertrechos aliados fue tan grande en Italia que todo el mundo esperaba ahí un súbito desmoronamiento de los alemanes. Agrega que al menor obstáculo que interrumpía el paso de las tropas aliadas "empezaba a funcionar una numerosa ar­tillería con una cantidad fantástica de municiones; y así hora tras hora seguían martilleando Con fuego acelerado, aunque no quizá demasiado preciso, los centros habitados y aun los accidentes del terreno, y no interrumpían el fuego ni siquiera cuando nues­tros campesinos procedentes de la zona batida por la artillería les aseguraban que ya no había ni la sombra de un enemigo y se ofrecían a acompañar a las tropas en su avance... La desilu­sión y el desaliento —añade— sucedieron al entusiasmo que pro­dujo la impresionante cantidad de armas y de elementos de com­bate que se habían desembarcado y que dieron a todo el mundo la certidumbre de que la resistencia alemana quedaría pulveriza­da muy en breve".

El lento y costoso avance por el extenso sur de Italia llegó hasta Cassino —donde iban a librarse cuatro de las más notables batallas de la guerra mundial— y quedó detenido ante los paracaidistas ale­manes. "Tras un fuego infernal de artillería que duró varias horas —di­ce Badoglio— se inició el ataque de infantería. Pero ésta se vio detenida inmediatamente por el certero fuego enemigo, de modo que los progresos apenas fueron dignos de mención. Y como es natural, a la euforia de los primeros días sucedió la desilusión y desaliento". La invasión de Italia, iniciada el 3 de septiembre, se hallaba atascada frente a Cassino cuatro meses después.

A principios de enero de 1944 ocurrió una de las traiciones más in­concebibles y nuevamente estuvo a punto de venirse abajo todo el frente alemán en Italia. El mariscal Kesselring, comandante alemán de ese frente, tenía en la región de Roma a las divisiones Panzer 29 y 90, como reserva estratégica para rechazar una nueva invasión aliada en Italia, detrás de las líneas alemanas. El general Von Vietinghoff, comandante del décimo ejército que operaba muy al oriente de Cassi­no y que detenía a los ingleses y a los neozelandeses, pidió a Kessel­ring el 18 de enero que le enviara temporalmente dichas divisiones (la 29 y la 30). Kesselring se negó porque preveía que los aliados in­tentarían un desembarco cerca de Roma, pero en ese momento llegó el almirante Canaris, Jefe del Servicio Secreto Alemán, y le dio se­guridades de que tal desembarque no se intentaría. Afirmó que en Napóles —base naval de los aliados en Italia— no había los menores preparativos.

Canaris estaba mintiendo, Kesselring lo ignoraba entonces y acce­dió a enviar sus reservas al sur de la Península; toda la zona de Roma quedó desguarnecida. Apenas se habían alejado las divisiones 39 y 30, una gran flota aliada atracó en Anzio, a 48 kilómetros de Roma, y desembarcó un poderoso cuerpo de ejército. En esa región no que­daban entonces más que dos batallones alemanes y hasta el cuartel general de Kesselring se hallaba a merced de los atacantes. Un ca­taclismo en todo el frente pudo haber ocurrido en esos días, pero por un lado se conjugaron la decisión y el optimismo de Kesselring, y por el otro la excesiva prudencia de los atacantes, de tal manara que el frente volvió a salvarse de milagro.

La crisis quedó dominada 72 horas después, el 25 de enero, cuan­do Kesselring pudo, precipitadamente, agrupar alrededor de Anzio tropas bisoñas y sin tanques del 14o. ejército en formación, al mando de general Von Mackensen. El jefe de los atacantes aliados era el general Lucas, quien disponía de 21,940 vehículos, 380 tanques y 70,000 hombres. Sin embargo, Churchill dice en sus Memorias que "todo esto fue una gran decepción en Inglaterra y en EE. U U. Lucas no embistió. Creíamos que íbamos a lanzar un gato feroz a la plaza y resultó una ballena casi paralizada".

Sin embargo, ese nuevo frente inmo­vilizó 5 divisiones alemanas. Al facilitar con su traición el desembarque de An­zio, Canaris impidió que Hitler enviara esas 5 divisiones a la costa occidental de Francia, dónde esperaba la invasión angloamericana.

CAIDA Y RESCATE DE MUSSOLINI

Benito Mus­solini —lla­mado Beni­to en memoria de Juárez—, al igual que Hitler, fue soldado en la primera guerra mundial, cayó herido y se le as­cendió a cabo. Pero al contrario de Hi­tler, Mussolini nunca llegó a ser el hom­bre que anhelaba ser. Siempre hubo en él una amplia oscilación: de la dureza del auténtico hombre de Estado, a la ternura estéril fuera de lugar; de la lealtad del amigo al doblez del diplo­mático; del frío observador de los acontecimientos al soñador sin contac­to con la tierra.

Hitler era autenticidad; leal como amigo, implacable como enemigo. Mus­solini, en cambio, era una imagen fuera de foco, de contornos difusos en que alternativamente se mezclaban la grandeza que anhelaba y la peque­nez que lo seguía como una sombra. Lo que Mussolini.fue, resultó bas­tante diferente de lo que Mussolini quería ser. Gran parte de esa frus­tración es achacable al pueblo porque los más grandes hombres re­quieren siempre un pedestal de grandeza popular; no brotan como hongos.

A raíz de que terminó la primera guerra mundial, el anarquismo y el bolchevismo cundían aparatosamente en Italia. Había una especie de competencia a ver quién era más radical. La monarquía y la de­mocracia eran vistas con indiferencia. Entonces apareció Mussolini con una nueva dirección política; en vez de dictadura del proletariado co­mo fin, dictadura de los más aptos como medio; en vez de lucha de clases, subordinación de clases al Estado, para la grandeza nacional; en vez de persecución religiosa vinculación amistosa con la iglesia; en vez de sustitución de ricos "reaccionarios" por ricos "revolucionarios", responsabilización del rico como administrador de riqueza pública. Es­to era su doctrina; esto era el fascismo.

"Todos, es el adjetivo de la democracia: la palabra que ha llenado el siglo XIX. Es tiempo de decir: pocos y elegidos. La vida vuelve al individuo". Con este lema Mussolini agrupó a sus "camisas negras", que ciertamente no eran mayorías, pero sí una minoría resuelta a actuar y a imponerse sobre mayorías amorfas. Y en esa forma Mussolini emergió del anonimato y en octubre de 1922 realizó su marcha sobre Roma.

En ese momento fue ya manifiesto que la naciente doctrina de Mus­solini había derrotado al bolchevismo italiano, y precisamente en ese momento de triunfo Mussolini cometió su primer grave error, que 21 años después iba a costarle su posición política y casi la vida. En vez de apoderarse del Poder Público, que tambaleante sé inclinaba hacia él, aceptó la alianza desfalleciente de la Monarquía y toleró que el grotesco rey Víctor Manuel siguiera siendo el símbolo más alto del gobierno italiano. El primer paso de Mussolini como dictador de Ita­lia se dio en falso. El rey siguió siendo rey.

El Duce trató de educar al pueblo y de tonificar su reblandeci­miento moral. Habiéndole francamente le dijo: "Cuarenta millones de italianos, indisciplinados, apretujados, individualistas, tienen que sujetarse de algún modo a reglas de sala y dormitorio. No más libertad, sino por el contrario, orden, jerarquía y disciplina". Soñaba en formar generaciones de especialistas para crear "un mo­vimiento de relojería que funcione con rígida perfección".

"Si todo ha salido bien —decía— dentro de treinta años ten­dré acaso un busto para las citas de amas y doncellas en algún jardín. Detrás del busto de Mussolini, a las ocho, dirán los ena­morados. ¡Una hermosura!" (I)

(1) Dux.—Por Margherita G. Sarfatti.

Con ese impetuoso vaivén de emociones que caracteriza al latino y que es uno de sus peores defectos, el pueblo italiano pasó del bol­chevismo agudo al fascismo delirante. "A raíz de su triunfo (de Mus­solini) el pueblo exageró su admiración por él. Se decía que es­crituras etruscas indescifrables ya iban a poder ser aclaradas gracias a Mussolini. Las mujeres querían abrazarlo. En Sicilia un alcalde le pidió un único favor, consistente en que pisara aquella tierra; hasta se hablaba de apariciones de muertos que recomendaban a sus deudos dar gracias a Mussolini por haber salvadoa Italia". ("Dux").

Más detrás de todo este alborozo alharaquiento no había nada. El italiano seguía siendo valiente en lo individual, pero carente en absoluto de valor colectivo. Si era necesario reñir por un interés per­sonal, lo hacía encarnizadamente, mas la lucha por la grandeza de Italia y por el futuro de sus generaciones le parecía algo tan remoto e incierto que no lo movía a ningún esfuerzo ni a ningún sacrificio. El italiano podía dar mucho de sí mismo en su vida de relación de persona a persona, pero nada podía dar cuando se trataba de la na­cionalidad, de la colectividad toda. Y es que unos son los vínculos que unen a las personas entre sí y otros muy diferentes los vínculos que unen a las personas con la impalpable y vasta existencia de la Patria. En Italia no había estos últimos.

El alemán se lanza resuelto a la muerte por contribuir a la gran­deza de un futuro que él no verá. El italiano se mantiene estrecha­mente asido al presente; todo lo que no vea y no abarque, no tiene existencia para el. Consecuentemente, ante sus ojos carece de "por qué" la lucha que se orienta hacia el futuro y que tiende a beneficiar a todos, pero a ninguno en particular. El italiano es con frecuencia enemigo temerario, porque la enemistad personal se halla dentro de su campo emocional, mas como soldado no encuentra estímulos en qué apoyarse para afrontar la muerte.

Mussolin! percibió esa realidad y pese a que en declaraciones pú­blicas sostenía que el italiano era magnífico soldado, el 21 de junio de 1940 comentó delante de su yerno Gano: "Lo que me hace falta es material. Miguel Ángel necesitaba de mármol para hacer es­tatuas. Con barro no pueden hacerse más que cazuelas". El 29 de enero le había dicho también a Ciano: "La raza italiana es una raza de borregos. 18 años no son suficientes para cambiarla. Se necesitarían 180 y quizá 180 siglos". Y entonces aún no ocu­rrían las derrotas italianas en Libia y Grecia...

Mussolini mismo no podía escapar a las debilidades de su pueblo. Cuando Alemania y Polonia comenzaron a combatir y 72 horas des­pués Francia y la Gran Bretaña le declararon la guerra al Reich, Mus­solini recibió una carta en que Hitler lo relevaba de todo compromiso militar y sólo le pedía "que siga concediéndonos su benevolencia". El Duce se sintió postergado, se encolerizó y ordenó a Badoglio que fortificara la frontera con Alemania: en su mente cruzó la idea de cambiarse al bando contrario.

Más tarde, el 26 de diciembre de 1939, Mussolini dio instrucciones a su Ministro Ciano para que revelara a los anglofranceses los lineamientos de la ofensiva alemana que se preparaba contra el frente occidental. Y es que entonces el triunfo de Alemania en Francia pa­recía casi imposible y el Duce creía conveniente jugar con dos barajas.

Pero en julio de 1940, una vez derrotados el ejército francés y el britá­nico, Mussoíini se apresuró a hacer efectiva su alianza con Alemania y declaró la guerra a Francia.

Meses después Mussolini rechazó el ofrecimiento del Mariscal Keitel, Jefe del Alto Mando Alemán, de enviar a Libia dos divisiones blin­dadas. En vez de eso quería que los alemanes sólo dieran tanques —y así se lo dijo a Badoglio—; tenía celos de compartir un probable triunfo con su aliado. Sin embargo, el aliado acudió seis meses más tarde a rescatarlo del desastre en Libia.

Celoso por los éxitos alemanes en el Oeste, Mussolini atacó a Gre­cia pese al consejo de Hitler, quien después tuvo que ir a salvar la situación con grave perjuicio para la ofensiva que preparaba contra Rusia. Por último, al iniciarse la lucha germano-soviética Mussolini de­seaba que las bajas alemanas fueran muy elevadas, a fin de que así se compensara la debilidad de Italia, (l)

(1) Diario Secreto de Galea:zo Ciano. Ministro de Relaciones de Italia.

La amistad de Mussolini hacia Hitler tuvo reservas y sombras. La amistad de Hitler hacia Mussolini fue siempre categórica y leal. En todo momento de apuro acudió en su ayuda. Ante sus íntimos, Hitler dijo: "Siento una amistad profunda por este hombre extraordinario". En tres años de guerra Alemania envió a Italia 40 millones de tonela­das de carbón, dos y medio millones de toneladas de metal, 22 mi­llones de toneladas de caucho, mil cañones antiaéreos, miles de avio­nes, cuando menos 36 submarinos y casi todos los recursos humanos y materiales que sostuvieron dos años el frente en África, donde que­daron sepultados 25,000 soldados alemanes.

En la madrugada del 25 de Julio de 1943 el Gran Consejo Fascista acordó que Mussolini dejara el poder en manos del Rey. Ante ese burocrático derrocamiento —durante el cual Mussolini mismo estuvo presente—, el Duce no tuvo la menor reacción, aunque aún disponía de suficientes recursos para disolver el Consejo y afianzar su mando. Su estado psicológico era de capitulación y ni siquiera tomó precaucio­nes para asegurar en lo más mínimo su situación. En sus "Confesiones" refiere lo ocurrido al día siguiente:

"A las 9 de la mañana, como de costumbre en los últimos 20 años, Mussolini fue a su trabajo. Por la tarde fue a ver al Rey. Mussolini pensaba que el rey le re­tiraría el mando de las fuerzas armadas, que de todas formas pensaba poner a disposición del monarca. Entró en la Villa Ada a las 5 de la tarde, en un estado de espíritu que los historiadores considerarán de extraña candidez. Se dio cuenta de que la guar­dia de los carabineros del rey estaba reforzada, pero no con­cedió a esto mayor importancia. El rey le informó que iba a rele­varlo y a continuación Mussolini quedó en calidad de prisionero.

“En una corbeta fue llevado a Ponza —sigue escribiendo en tercera persona—. Luego fue trasladado a la Maddalena, en la isla de Cerdeña; ahí recibió un regalo de Hitler. Después pasó un avión alemán muy bajo, lo que motivó que lo trasladaran al lago Bracciano, cerca de Roma, y finalmente fue llevado a la cima del Gran Sasso, a 2,000 metros de altura". Cuando Mussolini cayó, no contó con un solo amigo italiano. Hitler dio luego instrucciones al mariscal Kesselring para que tratara de entrevistarse con Mussolini; después le envió una colección de libros de Nietzsche, con una afectuosa dedicatoria y por todos los medios trató de averiguar su paradero. "Su caída y los vergonzosos insultos a que se le ha sometido —dijo Hitler en un discurso—, produ­cirán grandísimo bochorno a las futuras generaciones del pueblo italiano. . . Me hallo embargado por un comprensible sentimiento de pesar al ver la injusticia cometida con Mussolini, grande y leal amigo".

Entretanto, Roosevelt le decía a Churchill que "la entrega del Dia­blo Jefe (Müssolini) debe ser considerada como un objetivo eminen­te... Habrá quienes prefieran una pronta ejecución"... Hitler com­prendía el riesgo de vejaciones y muerte que corría el Duce y pidió a su Estado Mayor que le seleccionara a un grupo de oficiales distin­guidos. En su mente bullía la idea de un rescate desesperado, aun cuando ni siquiera tenía la menor pista del Duce.

Entre los oficiales seleccionados figuraba el teniente coronel de las SS (tropas selectas), Otto Skorzeny. "Ya han resumido los otros, oficiales su historial en algunas frases concisas. Ahora —dice Skor­zeny (I)— Adolfo Hitler está delante de mí. Como me tiende la mano, me concentro en una sola idea: por encima de todo, nada de reverencias exageradas. Pese a mi emoción, consigo hacer una inclinación casi correcta desde el punto de vista mi­litar, es decir, breve y seca". Después de algunas preguntas y respuestas, Hitler lo escruta larga y pensativamente. "Tengo para usted una misión de la más alta importancia. Mussolini, mi amigo, nuestro fiel compañero de lucha, ha sido traicionado ayer por su rey y detenido por sus propios compatriotas. Yo no quiero, yo no puedo abandonar en el momento del peligro al más grande de todos los italianos.

“Para mí, el Duce representa la personifi­cación del último César romano. Italia, mejor dicho, su nuevo gobierno, se pasará sin ninguna duda al campo enemigo. Pero yo no faltaré a mi palabra; es preciso que Mussolini sea salvado rápidamente, porque si no intervenimos, lo entregarán a los alia­dos. Así pues, le encargo esta misión, cuyo feliz desenlace tendrá una repercusión incalculable en el desarrollo de las futuras ope­raciones militares. Si como yo se lo pido, no retrocede usted ante ningún esfuerzo, ante ningún riesgo para conseguir su objeto, en­tonces usted triunfará"... "Se interrumpe —añade Skorzeny— como para dominar la emoción que vibra en su voz... Cuanto más hablaba el Fuehrer, más sentía yo que se afirmaba su im­perio sobre mí, sus palabras me parecían tan persuasivas que, de momento, no dudaba del éxito de la empresa. Al mismo tiem­po vibraban con su acento tan cálido y tan emocionado, sobre todo cuando evocaba su fidelidad inquebrantable a su amigo italiano, que me quedé completamente turbado". Heinz Linge, valet de Hitler, refiere que raras veces lo había visto en tal estado de excitación y furor como cuando llegó la noticia de que Mussolini había sido encarcelado. "Se levantó de un salto y me ordenó que buscara a Himmler lo más pronto posible...

Después de que Skorzeny salió para libertar a Mussolini, Hitler estaba co­mo un león enjaulado, caminaba de arriba abajo, constantemen- te pendiente del teléfono". Y el investigador francés A. Zoller afirma que después del hundimiento de Italia la simpatía de Hitler para el Duce no se quebrantó. "Creo —añade— que tan sólo se ma­tizó de un sentimiento de compasión y de piedad. Entonces tra­taba a Mussolini como a un hermano ¡oven". Entretanto, después de lentas y difíciles pesquisas, el grupo de Skorzeny (al mando del general Student) logra averiguar con exacti­tud que el Duce se halla en la isla de Ponzá. Por su parte, el Almirante Canaris (Jefe del Servicio Secreto Alemán) le informa a Hitler que Müssolini se encuentra en un islote próximo a la isla de Elba. Esto era completamente falso y Canaris estaba cometiendo otra de sus infa­mes traiciones, pero Hitler dio más crédito a Skorzeny y la operación no se desvió.

Sin embargo, los italianos parecen estar avisados de que el Duce es buscado por los alemanes y lo cambian frecuentemente de prisión. Apenas se le localiza la pista, vuelve a desaparecer sin dejar rastro... Por último, Skorzeny logra saber que Mussolini está internado en una prisión de las Montañas del Gran Sasso, a 2,300 metros de altura, y minuciosa pero apresuradamente planea la operación de rescate. Se preparan 12 planeadores, que llevan 108 soldados; la guarnición italiana se compone de 250 hombres. Dos expertos en aeronáutica juzgan imposible el aterrizaje de los planeadores en la enrarecida at­mósfera de la montaña, pero Skorzeny se empeña en correr este ries­go mortal y la operación se inicia a la una de la tarde del 12 de sep­tiembre (1943).

Dos planeadores se accidentan en el despegue debido a los cráteres abiertos en la pista por un bombardeo aliado ocurrido media hora antes. Otros dos planeadores se extravían de la forma­ción al hacer, altura. Los 8 que quedan siguen adelante y todo está a punto de fracasar en los últimos momentos. Resulta que la ladera escogida para el aterrizaje es más escarpada de lo que se suponía. El piloto del planeador-guía lo comprende así, e interroga a Skorzeny con la mirada; éste sufre instantes aflictivos y se decide por un arries­gado descenso en picada ante el propio edificio de la prisión. El apa­rato desciende vertiginosamente, choca con pedruscos que casi lo destrozan, pero todos los tripulantes salen ilesos. Uno de los planea­dores que vuela detrás es cogido por un torbellino y se estrella.

"Cerca de una pequeña eminencia, precisamente en la esqui­na del hotel, estaba e! primer carabinero —dice Skorzeny—. Pa­ralizado de asombro, ni se movió; sin duda trataba de compren­der cómo habíamos podido caer del cielo...'Me lancé hacia el edificio... A mi lado sentía el jadeo de mis hombres; sabía que me seguían y que podía contar con ellos. Pasamos como una tromba ante el soldado pasmado lanzándole sólo un ¡Maní in alto! y llegamos al hotel.

“Nos colamos por una puerta abierta. Al tras­poner el umbral vi una estación emisora y a un soldado italiano ocupado en transmitir mensajes. De una fuerte patada hice bai­lar su silla, al mismo tiempo que destrozaba la estación con la culata de mí fusil ametralladora... Rodeamos, corriendo, el edi­ficio, doblamos la esquina y llegamos ante una terraza de unos tres metros de altura. Uno de mis suboficiales me alzó sobre sus hombros y saltando desde ellos salvé la balaustrada. Los demás me siguieron... En una ventana del primer piso advertí una enor­me cabeza característica: el Duce. Le grité que se echase atrás; luego nos precipitarnos hacia la entrada principal. Allí chocamos con carabineros que intentaban salir. Habían montado dos ametralladoras; las tumbamos patas arriba. Me abrí camino a cula­tazos a través de la masa compacta de italianos, mientras mis hombres gritaban sin parar: ¡Mani in alto! Entré en el vestíbulo. A la derecha había una escalera cuyos peldaños subí de tres en tres; llegando al primer piso, penetré a lo largo de un pasillo, abrí una puerta al azar. ¡Era la buena! En la habitación estaba Benito Mussolini con dos oficiales italianos, que puse contra la pared.

“Entretanto, mi bravo teniente Schwerdt se reunió con­migo, haciéndose cargo inmediatamente de la situación, sacó de allí a los dos oficiales, que estaban demasiado sorprendidos para pensar en resistir... Al menos por el momento, el Duce estaba en nuestras manos. Desde nuestro aterrizaje sólo habían pasado tres o, a lo sumo, cuatro minutos... En la lejanía sonaron algunos disparos aislados, hechos sin duda por los puestos italianos dise­minados por la meseta. Salí al pasillo y llamé, a gritos, al coman­dante de la prisión. Este, un coronel, llegó en seguida. Le ex­pliqué que toda resistencia era inútil y exigí la rendición inme­diata. Me pidió un breve plazo para reflexionar; le concedí un minuto. Radl había logrado ya franquear la entrada, pero yo tenía la impresión de que los italianos aún impedían el paso, por­que yo no había recibido más refuerzos.

“El coronel italiano regresó. Traía con las dos manos una copa de cristal llena de vino tinto, que me tendió con una breve inclinación. 'Para el vencedor', dijo. Una sábana colgada de la ventana sustituyó a la bandera blanca. Les grité aún algunas órdenes a mis hombres, apeloto­nados ante el edificio; después tuve tiempo por fin de volverme a Mussolin!, que protegido por la gran corpulencia del teniente Schwerdt, estaba en un rincón. Me presenté: Duce, el Fuehrer me ha enviado para liberaros. Visiblemente emocionado me dio un abrazo. Sabía —dijo— que mi amigo Adolfo Hitler no me abandonaría".

(1) Misiones Secretas.—Por Otto Skorzeny.

Para salir de la montaña se utilizó un pequeño avión Cigüeña pilo­teado por el capitán Gerlach. Se improvisó una reducidísima pista y hubo momentos de gran tensión mientras el aparato lograba hacer altura a las orillas del abismo. Mussolin! previo el peligro y hasta tuvo momentos de titubeo antes de abordar el avión. Luego manifestó:

"Nunca tuve la más leve esperanza de que los italianos, inclusive los fascistas, me libertarían. Desde el principio contaba con la ayuda de Hitler".

El Duce fue llevado al aeródromo de Roma, luego a Viena y al día siguiente a Munich, "donde el Caudillo lo recibió cómo si se hubiera tratado de un hermano", dice en tercera persona el propio Mussolíni refiriéndose a la bienvenida que le dio Hitler. De todos los rincones de Alemania le llegaron al Duce cartas y mensajes de felicitación.

Entretanto, al saberse en Italia que Mussolini estaba nuevamente libre, "aparecieron letreros insultantes para el rey, a quien el día del armisticio habían ido a vitorear a su palacio", según refiere Herráiz. Hitler estaba tan contento por el rescate que a medianoche des­pertó a su Ministro Goebbels para comunicarle la noticia. Eva Braun tuvo oportunidad en esos días de conocer a Mussolini.

"Uno tiene la impresión de hallarse —escribió en su diario— ante un hombre que ha muerto ya una vez y que por esta razón ya sabe lo que pasa en el otro mundo. Ciertamente él no es un superhombre, como Hitler. Por el contrarió, tiene algo de terriblemente huma­no. Se ha prendado dé una condesa de Salzburgo... Pero pa­rece que todo aquel amor no ha dado nada. Por lo visto, le arrancó el vestido a la condesa, pero la cosa no pasó de ahí".

Dos meses más tarde Edda Mussolini le escribió una amenazante carta a su padre, pidiéndole que la llevara a Italia, o de lo contrario le mezclaría "en un escándalo gigantesco a tal punto, que ante todo el mundo caerá sobre su cabeza un chaparrón de deshonra y maldi­ciones". Fue hasta entonces cuando Hitler comenzó a sospechar que Mussolini no había estado íntegramente con él y le dijo a Goebbels (I) "que aunque no tenía pruebas, pensaba muy posible que en una oca­sión el Duce hubiese tenido intenciones dé abandonarnos".

(1) Diario de Goebbels.—Ministro del Reich.

Hitler le mostró a Goebbels copia de esa carta y le dijo que quería ejercer presión sobre el Duce para que pusiera el orden, por lo menos en su propia familia. Edda era esposa de Ciano y éste seguía conspirando contra Mussolini, después de que había votado para que se le derro­cara. Posteriormente Ciano fue capturado por los alemanes y ejecu­tado ¡unto con el mariscal De Bono, el ex Ministro Pareschi y el ex líder fascista Gottardi, todos los cuales eran'traidores. Años antes Hitler había dicho que Ciano era un hipócrita y un bufón y que eso en una guerra conducía al cadalso. Esta ejecución afectó mucho a Mussolini, quien le dijo a Ivanhoe Fossani:

"Cuando mis nietos miren el retrato de su padre alguien les dirá que fue su abuelo quien... ¡Oh, no, no! Rechacé este asesinato. No fui yo el autor. Fueron los alemanes quienes lo ma­taron". Detrás del fotogénico dictador estaba sólo el tierno y sentimental hombre de todos los días.

CINCO MESES ANTE CASSINO

Mientras Mussolini era rescatado, mientras en Rusia se libraba una gigantesca batalla defen­siva, mientras en los Balcanes 22 divisiones ale­manas eran restadas de otros frentes y en Francia y en Bélgica se esperaba la invasión angloamericana, las diezmadas fuerzas de Kes-selring seguían sosteniendo el frente en Italia, ante un ejército inglés, y uno americano, reforzados por hindúes, neozelandeses, judíos, po­lacos, brasileños, sudaneses e italianos. Cuatro mil aviones aliados do­minaban el espacio frente a 300 aviones alemanes; la artillería anti­aérea de los generales Jahn y Kruse hicieron lo indecible .para que el frente no fuera destrozado desde el aire, labor que el mariscal inglés Alexander calificó de "formidable".

Durante cuatro meses los paracaidistas alemanes acantonados en Cassino detuvieron esa oleada de fuerzas rivales y frustraron tres ofen­sivas de contingentes superiores. Contra lo que entonces se creía, el monasterio de Cassino no se hallaba ocupado por los alemanes. El historiador británico Liddell Hart así lo aclaró posteriormente. El mariscal Kesselring hasta había puesto centinelas a la entrada del monasterio para que ningún soldado se refugiara en él. Tanto el Abad como el Papa fueron informados de esto y se encargaron de comu­nicarlo así a los aliados. Sin embargo, las fuerzas atacantes tuvieron desconfianza y barrieron con el monasterio.

La primera embestida aliada sobre Cassino se inició el 18 de enero de 1944 y fracasó, la segunda, el 15 de febrero; entonces el monas­terio fue destrozado por el bombardeo, pero las oleadas de asaltan­tes tuvieron que replegarse ante la obstinada resistencia de los de­fensores.

A continuación se organizó minuciosamente una ofensiva más po­derosa, a cargo del 8o. ejército inglés y del 5o. ejército norteameri­cano. Se creyó que mediante una concentración sin precedente de ataques aéreos y del fuego de artillería podría exterminarse a gran parte de los paracaidistas alemanes y dejar el resto fuera de com­bate. Para el efecto, se movieron I I grupos pesados de la Fuerza Aérea Estratégica Aliada del Mediterráneo y se concentró gran parte de la artillería de dos ejércitos. Durante varias semanas se hizo acopio de bombas y de proyectiles, de todos los calibres y de las más diversas características.

El bombardeo aéreo sobre Cassino se inició a las 8.30 del 15 de marzo (1944) y durante tres horas y media 500 aviones pesados lan­zaron 1,100 toneladas de poderosos explosivos. Apenas terminado el bombardeo aéreo, 890 cañones y obuses tendieron una terrible cortina de fuego, disparando durante cuatro horas consecutivas 195,969 proyectiles, con un total de 4,230 toneladas. Toda el área de Cassino, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, fue un in­fierno de explosiones y de llamas. El mando aliado tuvo entonces la certeza de que los paracaidistas alemanas habían sido abrumados y que los supervivientes habrían quedado psíquicamente incapacitados para combatir. Minutos después se lanzó la primera ola de infantería apoyada por bombarderos ligeros y cazas, que todavía arrojaron otros 54,000 kilos de bombas sobre los defensores.

Entonces ocurrió algo desconcertante para las tropas aliadas. Aun­que las bajas alemanas habían sido sensibles, la moral seguía siendo alta y los supervivientes se lanzaron furiosamente al contraataque en­tonando cantos de guerra. La infantería aliada se vio comprometida en una violenta batalla con la que no contaba y algunos grupos hasta fueron copados y premiosamente tuvieron que solicitar refuerzos. Va­rias oleadas de contingentes aliados estuvieron siendo lanzadas a la carga, en la creencia de que la resistencia alemana se desplomaría de un momento a otro, pero continuó combatiéndose durante horas y du­rante días, -hasta qué dos semanas después se suspendió el ataque. Todo el asalto había fracasado.

El mayor James W. Walters, del ejército norteamericano, refiere ("Apoyo Aéreo y de Artillería") que "un sobreviviente (alemán) creía, que menos de 10, de 60 soldados originalmente en su organiza­ción, escaparon con vida. Otro prisionero expresó que él era el único sobreviviente de un grupo de 15 a 20 hombres... Un informe especial psiquiátrico sobre cinco prisioneros capturados en Cassino, indicó que el bombardeo había ocasionado muy poco efecto mental en los alemanes... Los neozelandeses capturaron la colina 193; la 4a. división indostánica ocupó algunos puntos en una ladera, pero luego fue aislada y tuvo que recibir abas­tecimientos desde el aire para poder retirarse. Cuando finalmente se suspendió el ataque, después de 15 días de lucha, las ganan­cias eran relativamente pequeñas y muy pocas de las posiciones capturadas se pudieron retener". .

En esos días, dice el general Eisenhower en "Cruzada en Europa", fue cuando "las neurosis provocadas por la continua exposición al fuego crecieron de manera alarmante según aumentaba la intensidad de nuestras ofensivas". Y el general Williard S. Paul, del Cuerpo de Estado Mayor, reveló posteriormente ("La administración de Perso­nal"), que "por cada caso de psiconeurosis admitido en los hospitales, había tres casos adicionales recibiendo tratamiento en clínicas, sin hospitalización... Hubo 224,000 licénciamientos médicos de­bido a la psiconeurosis...

Aproximadamente del 15 al 25 por ciento de las bajas en combate eran casos neuropsiquiátricos". Esa exacerbada sensibilidad era una prueba más de que el pueblo norteamericano no sentía como suya la guerra que Roosevelt y su camarilla judía le impusieron para beneficiar intereses inconfesables. Los hombres marchaban al frente, porque no podían evitarlo, pero llevaban dentro de sí el conflicto de quien es empujado a una situa­ción que no tiene necesidad de afrontar, pero que tampoco puede rehuir.

Una cuarta ofensiva aliada se inició en mayo (1944), pero entonces el centro de gravedad se ejerció muy al poniente de Cassino, cerca de la costa, donde "las dos divisiones alemanas que en ese flanco habían tenido que resistir el ataque de las seis divisiones del 5o. ejér­cito americano, habían sufrido pérdidas enormes", según dice Churchill en sus Memorias.

Superados los defensores en proporción de 4 a I, se replegaron hasta el norte de Roma para la resistencia postrera de 1945. Cien mil alemanes quedaron sepultados en suelo italiano. Lo increíble había sido hecho ya; veinte meses se mantuvo el frente alemán en Italia, después de que en septiembre de 1943 parecía que irremisiblemente iba a derrumbarse en veinte minutos.