miércoles, 31 de marzo de 2010

Capítulo X 1ª Parte.

El Fin de Hitler

(1945)
Dos Peligros que Conocía de Nombre.
Hasta la Última Gota de Sangre.
Hitler en su Última Batalla.
Incondicionalmente Hasta la Muerte.
Occidente Dinamita el Valladar Antibolchevique.
Desmantelamiento de Alemania.
Trato "Humanitario" a los Prisioneros.
Resurrección en Masa de Judíos.


DOS PELIGROS QUE
CONOCÍA DE NOMBRE

A los 13 años de edad Adolfo Hitler perdió a su padre; dos años después, al morir su madre, hizo, una maleta con su ropa y salió de su pueblo natal de Braunau, rumbo a Viena. "Llevaba —dice él mismo— una voluntad inquebrantable en el co¬razón, yo quería llegar a ser algo. Quería ser arquitecto". Mas esa mano invisible llamada Sino le impidió seguir esta carrera depa¬rándole cinco años de miseria. Luego el cataclismo de la primera gue¬rra acabó de rectificarle su camino. "Lo que entonces me pareciera una rudeza del destino —dijo más tarde—, lo considero hoy una sabiduría de la Providencia. En brazos de la diosa miseria y ame¬nazado más de una vez de verme obligado a claudicar, creció mi voluntad para resistir, hasta que triunfó esa voluntad. Debo a aquellos tiempos mi dura resistencia y también toda mi for¬taleza. Pero más que a todo eso, doy todavía más valor al hecho de que aquellos años me sacaron de la vacuidad de una vida cómoda para arrojarme al mundo de la miseria y de la pobreza, donde debí conocer a aquellos por los cuales lucharía después. En aquella época abrí los ojos ante dos peligros que antes apenas si conocía de nombre, y que nunca pude pensar que llegasen a tener tan espeluznante trascendencia para la vida del pueblo alemán: el marxismo y el judaísmo".

Hitler se forjó a sí mismo en el esfuerzo y el ideal. De sus apti¬tudes de observador penetrante, de simplificador de problemas, de teorizante, de místico de su credo político y de conductor de hom¬bres fundió su propio carácter. Es raro que toda? esas facultades se den en un mismo ser. En él coincidieron y ese fue el origen de su personalidad. La voluntad —núcleo o esencia personal que hace de los hombres dueños de sí mismos y de las circunstancias— tuvo en Hitler una fuerza gigantesca que coordinó sus facultades y que lo man¬tuvo inalterable y firme a través de las victorias y de las derrotas.

Otto Dietrich dijo de él: "es esto que hoy en día es tan raro encontrar: es autenticidad". El propio Hitler observó en 1941: "Es raro que un político después de 21 años, después de su primera apa¬rición en público, pueda presentarse ante sus mismos partida¬rios para repetir el contenido del mismo programa. Es rara la coincidencia de que un hombre, después de 21 años, no se haya desviado de su programa original". Y ese programa era luchar contra el marxismo judío, cuya amenaza es hoy el más grave peligro que pende sobre la civilización occidental.

En lo particular, como /todo nacionalista, Hitler anhelaba la grandeza de su Patria. Y en lo general, realizar "para Europa lo que Pericles realizó para la pequeña Grecia. Daré al Continente —decía— un nuevo siglo de Pericles".

Durante su infancia no fue un alumno distinguido. Una vez su maestro de lenguaje le .dijo que nunca sería capaz de escribir ni una carta. En una ocasión se embriagó hasta perder el sentido, y fue tal su arre¬pentimiento que no volvió a hacerlo nunca.

Los médicos que atendieron a Hitler, ya adulto, lo diagnosticaron normal. Medía 1.74 de altura. En el último año de su vida y a raíz del atentado dinamitero padeció un temblor de la mano izquierda: "parálisis agitante nerviosa". Asimismo coincidieron los médicos en que Hitler era sanguíneo con síntomas de colérico, "pero se domi¬naba tan completamente que sobre todo ante los extranjeros daba la impresión de un hombre de temperamento equilibrado".

Quienes convivieron con él en su cuartel general afirmaron que no fumaba ni bebía. Poco exigente en su ropa y en su comida, sus costumbres personales eran sencillas, pero "le encantaban las cons¬trucciones lujosas".

Como representante del pueblo, su autoseguridad y arrogancia eran avasalladoras. Actuaba entonces desenvueltamente como dictador. Ernesto Hanfstaengl, enemigo de Hitler, dijo que éste vivía por las masas y de las masas y que "sacaba de ellas y de sus aplausos su embriaguez y su fuerza demoníaca..." En cambio, como individuo aislado, Hítler parecía tener de sí mismo una opinión bastante mo¬desta. En su círculo de confianza decía: "SÍ hago donación de un edificio a un pueblo o a una ciudad, no soy yo quien da, puesto que no soy más que un pobre diablo; es el pueblo alemán por entero quien paga.

"...Encuentro muy desagradable que un coche salpique de barro a las personas que están en fila a lo largo de la acera, par¬ticularmente cuando se trata de aldeanos que visten su traje de los domingos. Si mi coche adelanta a un ciclista, sólo permito al chofer que conserve su velocidad si el viento disipa inmedia¬tamente el polvo que levantamos.

"...No pienso que un hombre debe morirse de hambre por¬que ha sido adversario mío. Si fuera un adversario innoble, en¬tonces ¡que lo lleven al campo de concentración! Pero si no se trata de un prevaricador, que lo dejen en paz". ("Pláticas en el Cuartel General").

Joaquín von Ribbentrop, que durante toda la guerra fue Ministro de Relaciones Exteriores, poco antes de ser ahorcado en Nuremberg escribió acerca de Hitler: "En su forma de ser había algo indescrip¬tible que no permitía una aproximación de carácter privado... Su autoconfianza y la fuerza de su voluntad, aparejadas con su genial y clara forma de expresión, atraían a todos a "su camino. En discursos populares yo presencié cómo la multitud se emo¬cionaba al conjuro de su palabra... Adolfo Hitler era adorado por millones de alemanes, y sin embargo, se encontraba solo. Así como yo nunca llegué a aproximarme a su intimidad, estoy seguro que nadie lo hizo. Dictaminar sobre el carácter de una figura tan excepcional y genial como Adolfo Hitler es muy difí¬cil. No se puede medir con la medida normal que emplearíamos para los demás seres... En las grandes decisiones se conducía como si obrase arrastrado por la fuerza de un destino prefijado por el Todopoderoso".

El general Heinz Guderian, penúltimo ¡efe del Estado Mayor Ge¬neral, escribió acerca de Hitler: "Nacido de clase modesta, de es¬casa instrucción escolar y de educación casera, brusco en la ex¬presión y en los modales, era ante nosotros un hombre del pue¬blo que se sentía mejor que en ninguna otra parte en el círculo de sus paisanos íntimos... Una cabeza de talento sobresaliente unida a una memoria no corriente... Sorprendía cada vez más por la retención de lo leído o lo escuchado en las conferencias: Hace seis semanas me dijo usted algo completamente distinto, era una réplica temida y acostumbrada en él, pues controlaba las contradicciones en las aseveraciones que se le habían hecho como si tuviera en su mano la nota taquigráfica de cada conver¬sación. . .Tenía el don de revestir sus pensamientos con fórmulas claras y de remachar a sus oyentes con interminables repeticio¬nes. .. Poseía por naturaleza un extraordinario don de palabra... Ante los industriales hablaba de manera distinta a como lo hacía a los soldados; frente a los entusiastas camaradas del Partido, de otro modo que a los escépticos; a los gobernadores civiles en forma diferente a como lo hacía a los modestos funcionarios administrativos.

"La cualidad sobresaliente era su fuerza de voluntad... Fuer¬za tan sugestiva que para algunos hombres era casi hipnótica... "Hombres conscientes de su valor, valientes ante el enemigo, se doblegaban ante el efecto de sus discursos y quedaban calla¬dos ante sus conclusiones lógicas difícilmente rebatibles... Así nació en Hitler, con el creciente aumento del Poder y del éxito en el exterior, la megalomanía: ¡unto a la propia persona nada ni nadie podía valer más... Aun siendo así, si Hitler hubiera sido inaccesible a la censura y al juicio crítico, hubiese al menos escuchado y discutido, pero siempre fue un autócrata. (I)

(1) El general Jodl observó que era una necesidad psicológica del Cau¬dillo negar sus equívocos, con el objeto de mantener su propia confianza en sí mismo, fuente principal de su fuerza como jefe.

"¿Cómo estaba constituido Hitler? Era vegetariano, antialco¬hólico, no fumador. Estas eran para él muy apreciables cualida¬des de las que resaltaba el testimonio de una vida ascética. Pero fatalmente repercutían en su aislamiento como ser humano. No tenía un verdadero amigo. Incluso sus más antiguos compañeros del Partido eran ciertamente gentes de su séquito, pero no ami¬gos. Por lo que yo pude ver, nadie era su íntimo. A nadie confia¬ba sus interioridades. Así como no había encontrado ningún ami¬go, también le fue negada la capacidad para amar profunda¬mente a una mujer... Todo lo que da una consagración a la vida terrena, la amistad dé los hombres honrados, el limpio amor a una mujer, el cariño a los propios hijos, todo esto le era y siguió siéndole enteramente extraño. Caminó solo por el mundo, preo¬cupado con sus gigantescos planes. Se me puede oponer su re¬lación con Eva Braun... ¡Desgraciadamente, esta mujer no tuvo influjo sobre Hitler! Al menos en el sentido de suavizarlo..." El general Neusinger, que como comandante de fuerzas blindadas lo trató de cerca, declaró que Hitler había tomado como modelo de su vida a Federico el Grande. Al principio se sentía incómodo y con cierto aire de inferioridad ante los generales de sólida preparación profesional como Von Brauchitsch, Von Kleist, Von Bock, V.on Manstein y Von Kluge; luego ese sentimiento evolucionó hasta tra¬tarlos con desprecio.

Agrega el general Neusinger que "raramente la naturaleza agrupó en un solo hombre contrastes tan grandes como en Adolfo Hitler. Por consiguiente, es en extremo difícil trazar de él un bo¬ceto verdaderamente coherente. Según la finalidad que buscaba, utilizaba una u otra de sus características: la dureza o la dul¬zura, la audacia o la circunspección, la desconfianza o la con¬fianza, la tenacidad o la prudencia, la testarudez o la flexibilidad. Resultaba imposible prever sus reacciones y, por consiguiente, el comprenderlo.

"Tenía una memoria como hay pocas —añade el general Neusinger—, y la facultad de discernir claramente lo esencial. A todo ello hay que agregar un incontestable talento oratorio. El conjunto de semejantes dotes le aseguraba tal superioridad en las discusiones, que aun generales de respuesta rápida y concisa, como Von Bock y Von Manstein, no podían enfrentarse a Hitler. "Su memoria y el talento que tenía de reducir las cosas a su más sencillo denominador le eran de gran ayuda... Cuando fra¬casaban todos los medios de persuasión, Hitler utilizaba en su calidad de Jefe de Estado y del Ejército, el recurso supremo: la orden. Pero creo que entonces no estaba satisfecho... No se po¬día 'adivinar' a Hitler: a menudo era tierno y flexible, pero por lo general llegaba a la brutalidad en la dureza y a la testarudez en la tenacidad. Era esencialmente un temperamento de artista recubierto progresivamente con una triple coraza de inflexibilidad.

"Conocía las armas y los efectos que producen, mejor que muchos generales, y gozaba de una imaginación fecunda para prever las modificaciones de las armas futuras, para las cuales hacía constantes sugestiones".

El propio general Neusinger, como otros muchos, refrenda que Hitler se opuso siempre a las retiradas. Ese pareció ser un punto débil de su concepción de la estrategia. Jamás transigió y alegaba que todo repliegue debilita la voluntad de resistencia del combatiente. "En los planes que Hitler trazó —agrega Neusinger—, la auda¬cia de las ideas estratégicas se manifiesta siempre de manera notoria; la campaña de Noruega, la de Francia y la de los Bal¬canes son ejemplos muy claros".

Según el profesor Von Hasselbach, Hitler nunca perdió el gusto por la pintura y anualmente seleccionaba cuadros para la exposición de arte alemán; repudiaba la pintura de vanguardia como "arte degenerado". En música gustaba de Beethoven, Bach y Mozart, aunque su preferido era Wagner.

El Conde Von Schwrrin Krosigk, Ministro de Finanzas, declaró que le llamaba la atención la memoria de Hitler y sus capacidades para ir al meollo de las cosas". Concebía los asuntos financieros con asombrosa sencillez y .era un escéptico de lo que ahora se tiene como in-tocable ciencia económica. "La fuerza sugestiva que emanaba de Hitler y de la cual ni yo mismo pude sustraerme —refiere Von Schwrrin— parecía surgir ante todo de la emoción, de la con¬vicción íntima que ponía en sus palabras. Poseía Hitler el peli¬groso don de la autosugestión. Cuando hablaba, el vuelo de sus palabras y de sus pensamientos llegaba a convencerlo de que era absoluta verdad cuanto decía... Hitler creía juzgar a la gente a primera vista. Su famosa intuición le inspiraba juicios de sor¬prendente exactitud o errores fantásticos'. Añade Von Schwrrin Krosigk que Hitler aunaba la bondad y la dureza y que los golpes de la vida, en vez de suavizarlo, lo galvanizaron más.

Rommel también habló ante sus oficiales de Estado Mayor de ese "poder magnético, quizá hipnótico", que poseía Hitler. Les refería que en algunas conferencias Hitler tenía la mirada casi vacía y daba la impresión de estar "ausente", pero repentinamente parecía que ' disponía de un sexto sentido, pues "de las profundidades de sí mismo" sacaba una respuesta que desconcertaba o sorprendía a sus oyentes. Según Rommel, Hitler actuaba más por intuición que por reflexión y tenía "un extraordinario don para captar los puntos esenciales y elaborar con ellos una solución". Con frecuencia casi adivinaba el modo de pensar de su interlocutor y "tenía una memoria extraordi¬naria para manejar cifras de tropas, dispositivos, tanques destruidos, etc., en forma que impresionaba aun a los mejores elementos del Es¬tado Mayor".

Por último Rommel calificaba de "sorprendente" el valor de Hitler. Tuvo oportunidad de ver que en el frente polaco siempre visitaba los puestos más avanzados y peligrosos. Asimismo refería impresio¬nado que momentos antes de entrar en Praga, donde un gran núcleo de la población era hostil, Hitler le preguntó: "Coronel: ¿qué haría usted en mi lugar?"... Rommel le repuso que entraría en automóvil descubierto, sin escolta. Y eso fue exactamente lo que Hitler hizo, con gran alarma de sus allegados. En su uniforme sólo acostumbraba llevar una condecoración: la cruz de hierro que ganó como soldado en el frente del Somme cuando en la primera guerra mundial varias veces se ofreció de voluntario para misiones difíciles.

El escritor antinazi Bullock dice que "Hitler tenía una creencia firme en su «papel histórico y en que él mismo era una criatura del destino... Poseía una férrea voluntad de afrontar los riesgos y un talento especial para simplificar los asuntos que otros hombres creerían difíciles... Mientras los peritos se ataban solos en retorcidas complicaciones, su mente tenía la facul¬tad de dirigirse hacia la médula del asunto o del problema y aun su perito financiero Schacht tuvo que admitir en varias ocasio¬nes con cierto dejo de resentimiento: "Hitler con frecuencia encuentra soluciones extremadamente sencillas para problemas que a otros hubieran parecido insolubles".

Hjalmar Schacht (que conspiró contra Hitler durante los diez años que formó parte de su Gabinete), dice que Hitler "no entendía ni una sola palabra de los problemas económicos", ni tampoco de pin¬tura. No sabía distinguir, dice, un cuadro auténtico de una reproduc¬ción. Agrega que era casi imposible conversar con él, pues monopo¬lizaba la palabra en un 95%. En la parte positiva le acredita lo si¬guiente: "No cabe la menor duda de que en cierto modo fue un hombre genial. Tenía ideas que no se le ocurrirían a nadie mes. Era psicólogo de masas, de una genialidad realmente diabólica. En tanto que yo y otros pocos —esto me lo confirmó en cierta ocasión el general Von Witzleben— jamás nos dejábamos pren¬der durante nuestras conversaciones personales con él, ejercía sobre otras personas una influencia muy extraña... Era un hom¬bre de una energía indomable, de una voluntad capaz de superar todos los obstáculos".

El investigador francés A. Zoller traza el siguiente esbozo acer¬ca de Hitler: "Ante todo fue un monstruo de voluntad... Era un prodigio de memoria. Tenía un poder extraordinario para asimi¬lar los conocimientos más diversos y extendidos... No solamen¬te estaba familiarizado con la composición de cada grupo de ejércitos hasta el escalón de división, sino que incluso las peque¬ñas unidades especializadas, como los batallones pesados de cazadores de carros, no se le escapaban... Hitler carecía del riño, de la alegría familiar y de todo lo que crea la dicha en célula natural de la sociedad, y él sufría por eso. Aquella alma insatisfecha que se prohibía la entrega a la dicha natural y sim¬ple, estaba constantemente en busca de su equilibrio... Hitler jugaba con su perrita "Blondi" como un niño, pero hacía lo posi¬ble para entregarse a esta distracción sólo cuando estaba lejos de toda mirada extraña".

Baldur von Schirach, jefe de las juventudes hitleristas, dice que Hi¬tler pasó por tres, fases psicológicas: humana hasta que subió al poder; sobrehumana eü los años de vasta organización administrativa, hasta que estalló la guerra; inhumana durante la guerra.

Hans Frank, miembro del Gabinete de Hitler, lo describió así sema¬nas antes de morir ahorcado: "El Fuehrer era más una fuerza de la Naturaleza que un hombre. Ciego frente a todo lo que se le ponía por delante, era como de hierro, fuerte y cruel". El ministro de armamento, Speer, que llegó demasiado tarde a ese puesto y que impulsó la producción a niveles jamás sospecha¬dos, declaró que Hitler ejercía un extraño magnetismo. "Permanecer algún tiempo en presencia suya me fatigaba. Mi capacidad de tra¬bajo se paralizaba".

Ramón Serrano Suner, ex Ministro de Relaciones de España, habla del convencimiento con que Hitler exponía sus ideas y sus planes; refiere que "ejercía sobre los suyos una especie de magnetismo que sólo los hombres excepcionales llegan a poseer".

"Era en verdad impresionante —dice— la masa de creación y el ritmo de puntual funcionamiento de todo el régimen que en pocos años de ocupación del poder había puesto a punto la máquina militar e industrial más grande del mundo en aquella hora, y la máquina administrativa y política más ajustada de nuestro tiempo. Los edificios o las autoestradas, los tanques y los aviones, las viviendas populares, el régimen de trabajo, el nivel medio de vida, la organización del más modesto acto po¬lítico, todo era prueba y manifestación de una obra gigantesca, de un esfuerzo de voluntad y de una capacidad organizadora sin semejanza. Por muchas que fueran las cosas desagradables en el funcionamiento de todo aquello y en su significación, había en la marcha general de aquel país mucho de grandeza y ejemplaridad que el mundo de hoy debe lamentar haber perdido. Ha¬bía, sobre todo, un estilo de orden y un gusto de perfección incomparables.
"Mucho de padre, más aún de artista, como corresponde al genio de su raza, era un hombre que se esculpe a sí mismo, pero que siempre permanece humano, tal me pareció Mussolini. Un héroe, un Mesías, un destinado, que acepta su destino, fanático servidor de él, por encima del bien y del mal, aunque con cierto fundamento de sensibilidad burguesa sentimental, eso me pa¬reció Hitler. Ambos habían sido, grandes hombres y hombres que han creído y querido grandes cosas y que han amado y as¬pirado a servir la grandeza de sus pueblos. El mundo de hoy que odia celosamente a las personalidades fuertes y que celosamente elige a los mediocres —porque es la ley de la fatiga— un día, sin duda, volverá a admirarlos."

Independientemente de bandos políticos, todo hombre que remon¬ta alturas fuera de lo común es digno de estudio. Y nadie puede ne¬gar —ni siquiera sus enemigos— que sobrepasando en esto a los más grandes capitanes de la Historia, Hitler resistió sin doblegarse a la mayor coalición política y guerrera de todos los tiempos.

Stalin se sabía amo absoluto de 200 millones de seres, apoyado por 45 millones de ingleses, por 150 millones de norteamericanos y por veintenas de millones de otros combatientes que engañados o no, militaban en el bando soviético. Winston Churchill confiaba en los inmensos recursos que Roosevelt y Stalin significaban para él. Roosevelt tenía a su vez toda la maquinaria económica que el judaísmo detenta en el mundo occidental y confiaba además en las fuerzas inmensas de la URSS y del Imperio Británico. Hitler, en cambio, estaba solo. Italia era una carga y Japón actuaba desarticuladamente atrayendo sólo fuerzas relativamente insignificantes. Fren¬te a la grandeza de los Tres Grandes, la voluntad de Hitler libró la más desproporcionada de las luchas, desde Alejandro Magno hasta César y desde César hasta Napoleón.

Asimismo tuvo el lastre de la oposición de la mayor parte de sus generales, a veces impalpablemente frustrando planes y a veces abier¬tamente manifiesta en atentados. Muchas veces Hitler entró en pug¬na con especialistas cuya atrofiada visión panorámica les impedía comprenderlo, y esa incomprensión la retocaban con fragmentarios razonamientos científicos. (I) Evidentemente el especialista es necesario. Pero la necesidad de formar especialistas ha nublado la evidencia de que también se re¬quieren generalizadores, panoramistas que coordinen, inspiren y diri¬jan las actividades de los diversos especialistas. Con frecuencia éstos son como caballos con tapaojos, capaces de distinguir las más insig¬nificantes briznas del camino sobre el cual corren, pero ignorantes de cuanto ocurre a derecha e izquierda. El especialista opaca con su transitorio auge presente la utilidad del que panoramiza. Ciertamente que cuando el panoramista carece de inteligencia y profundidad de pensamiento sólo es "aprendiz de todo, maestro de nada", mas cuando intuye los principios básicos —y tal era el caso de Hitler— llega a sorprender a los profesionales en su propio ramo.

(1) Aún ahora es lamentable ver que generales alemanes de sólida especialización en tal o cual rama militar caminen a ciegas en cuanto se aventuran en otros terrenos. Es frecuente que en su desconcierto no hallen nada positivo en el enorme sacrificio de sangre que realizó Alemania. In¬cluso llegan al absurdo de deducir que la desgracia sufrida por su patria careció de orígenes internacionales. Siguen buscando las causas de esa des¬gracia en tal o cual falla o defecto de Hitler. No van al fondo del mundial conflicto ideológico. Y así privan de legítima bandera a sus dos millones y medio de soldados muertos en el frente.

Además, numerosas editoriales que publican "Memorias" de guerra, in¬variablemente modifican toda referencia a Hitler para desfigurar e infamar los móviles ideológicos de la contienda.

Después de Moltke, Ludendorff y Hindenburg, el Alto Mando Ale¬mán se congeló en moldes de pureza técnica y se esterilizó con viejas normas y con puritanismo ético. Todo era técnico y eficaz, pero fal¬taba el toque de panorámica grandeza que sólo puede transmitir la llama del idealista y no la fría razón del especialista. El historiador británico capitán Liddell Hart dijo al general alemán Manteuffel —ex comandante de un ejército blindado— que Hitler parecía tener más originalidad, aunque menos conocimientos especializados, que su Es¬tado Mayor General, y Manteuffel estuvo de acuerdo en esto.

Manteuffel agregó que Hitler tenía más rapidez para reconocer el valor de las nuevas ideas, de las nuevas armas y de los nuevos ta¬lentos; fue él quien dio a las fuerzas blindadas su preponderancia sobre las antiguas tácticas. "Tenía —dijo— una personalidad mag¬nética, más bien hipnótica... Los que lo iban a ver empezaban a discutir sobre su propio punto de vista, pero gradualmente se encontraban sucumbiendo ante la personalidad de aquél, y al final de muchas ocasiones estaban de acuerdo, en oposición a lo que originalmente habían intentado... Había llegado a tener. un buen conocimiento de los escalones bajos de la milicia, las propiedades de las diferentes armas, el efecto del terreno y del tiempo, la mentalidad y la moral de las tropas. En particular era muy hábil para estimar lo que las tropas sentían". El coronel aviador Rudel dice acerca de una de sus entrevistas con Hitler:

"El Fuehrer me hace la impresión de una persona de sentiientos sumamente sinceros. Casi quisiera decir que aquí reina un ambiente de paternal cordialidad". Meses después fue nuevamente llamado al cuartel general y él Fuehrer le dio una preciada conde¬coración y le prohibió volver a volar, a la vez que le estrechaba la mano para felicitarlo. Rudel repuso con cierta brusquedad que de¬clinaba la condecoración con tal de seguir volando. "Su diestra toda-vía mantiene la mía y me mira firmemente en los ojos... Su mirada se vuelve sumamente seria; un leve estremecimiento re¬corre su rostro severo cuando me dice: —Bueno. ¡Vuele nomás como antes! Una sonrisa se dibuja en las comisuras de su boca... Más tarde me cuenta Von Below que tanto él como todos los presentes esperaban que les partiera un rayo cuando di mi opinión en público. Esas palpitaciones nerviosas en el rostro del Fuehrer anuncian el desencadenamiento de una tormenta y no siempre se convierten en una sonrisa".

Refiere el aviador que en esa misma ocasión Hitler habló de las características aerodinámicas del Ju-87. "En todos estos asuntos le interesa saber mi opinión. Conversa sobre los temas técnicos de armas, sobre problemas físicos y químicos, con una destreza que me asombra; y eso que yo también soy un observador muy crítico en la materia. Igualmente habla de las armas de infan¬tería y de los submarinos, siempre con la misma facilidad y ver¬sación".

El teniente coronel francés Charles De Gossi Brissac hace notar ("Alemania y su Ejército") que Hitler "demostraba tener sorprendente intuición; de ahí que escogía deliberadamente los más audaces pla¬nes". Muchos de sus generales ¡o menospreciaban porque carecía de preparación académica, y aunque luego modificaron algo su opinión al ver los grandes aciertos que Hitler tuvo en las primeras campañas, la oposición no tardaba en recrudecerse al ocurrir los primeros tro¬piezos. "El nacionalsocialismo —dice De Gossi Brissac— debió prin¬cipalmente su éxito a la asombrosa personalidad de Adolfo Hitler. Nos haremos la pregunta mucho tiempo de si fue un genio o un loco. Este hombre del pueblo, de extracción humilde, as¬cendencia dudosa, instrucción rudimentaria y salud incierta, fue un fracaso hasta qué cumplió los 27 años de edad. Sin embargo, este hombre llegó a ser en poco tiempo uno de los más grandes oradores y el ¡efe guerrero y de Estado más absoluto que Ale¬mania jamas conoció".

El escritor Curt Riess afirma que la pugna entre los generales y Hitler empezó mucho antes de la guerra, cuando el general Von Fritsch formó un bloque contra el Fuehrer. Esto lo comprueban innumerables testimonios. "Al principio —dice Riess— los generales hacían todos los planes, pero desde la ocupación de Renania comenzaron a cambiar los papeles. Con un encogimiento de hombros acce¬dieron los generales, comprendiendo al fin que había que tomar algo más en serio al cabo bohemio. Todavía no era mucho el respeto que por él sentían, pero había que confesar que el hombre entendía bastante del oficio... Los conocimientos mi¬litares de que hacía gala los dejaban asombrados y su habilidad para emplear términos castrenses y deducir de ellos conclu¬siones plenas de sentido común les seducían. Resultaba incom¬prensible aquello en un hombre que ni siquiera era oficial, sino un intruso, un profano".

El mariscal Von Manstein (Lewinski), reconocido como uno de los más competentes profesionales de la guerra, hizo de Hitler el siguien¬te balance. "Poseía unos conocimientos y una memoria francamente asombrosos, así como una fecunda imaginación en todo lo to¬cante a materias técnicas y a problemas de armamento. Des¬concertaba a todos con su capacidad para describir los efectos de las últimas armas, incluso de las del enemigo y para barajar las cifras de producción... Mi juicio, en suma, es que a Hitler le faltaba esa especial competencia militar que tiene su base en la experiencia y a la que nunca llegó a suplir su 'intuición'. El defecto capital de Hitler, así en la esfera militar como en la política, fue la falta de tacto, la carencia de mesura, que le per¬mitiese distinguir lo asequible de lo inasequible.

"La regla o apotegma de que nunca se peca por exceso de fuerza en el punto decisivo y la consiguiente necesidad de re¬nunciar a frentes secundarios para salvar situaciones críticas o de afrontar un riesgo para acentuar el poder de persecución en el momento y sitio de trascendente interés, era para él letra muerta. Y así hemos visto que en las ofensivas de los años 1942 y 1943 no acabó de sentirse capaz de jugárselo todo a una carta, que hubiera sido la del éxito.

"No podemos desconocer que para el papel de caudillo reunía Hitler algunas de las condiciones estimadas como fundamenta¬les, a saber: poderosa voluntad, nervios seguros, capaces de mantenerse hasta en las más agudas crisis, y una innegable pers¬picacia, además de apreciables facultades operativas y la de percatarse de las posibilidades reservadas a la técnica". El general Guenther Blumentritt es uno de los muy pocos que le niegan a Hitler la característica de firme voluntad. Dice que sólo se esforzaba en aparentar tal cosa, que era manifiesta su incapaci¬dad para el mando y que en realidad "tenía un carácter vacilante y se dejaba influir fácilmente', con tal que se usase con él el mé¬todo psicológico apropiado". Añade que "Hitler era un católico austriaco, un hombrecillo insignificante que en 1912 había ido de Viena a Munich... A tenor de lo que de él cuentan algunos de sus camaradas de entonces, fue un soldado raso bastante va¬liente que se ofrecía voluntario para todos los servicios de patrulla y que sentía un gran cariño por la milicia... Se le concedió la Cruz de Hierro -de primera y segunda clase y el galón de he¬rido en campaña".

En cambio, el mariscal Wilhelm Keitel declaró después de la guerra que nunca en su larga carrera de soldado había conocido a un hom¬bre que como Hitler poseyera planes de reformas militares tan amplias. "Todo soldado profesional confirmaría sin vacilaciones —de¬claró— que las dotes de mando y estrategia de Hitler causaban admiración. Muchas noches de guerra las pasábamos en su Cuar¬tel General estudiando los tratados militares de Moltlce, Schlieffen y Clausewitz, y en su asombroso conocimiento no sólo de los ejércitos sino de las armadas del mundo entero, denotaba su genio".

El general Franz Halder, ¡efe del Estado Mayor General en los pri¬meros años de guerra, quien participó en tres diversas conspiraciones para derrocar a Hitler, tiene diferente opinión acerca del Fuehrer. Al rendir declaración en Nuremberg, ante los aliados, lo calificó "como una personalidad extraordinaria, en la cual había tanto de genio como de loco, tanto de demonio como de criminal". En cuanto a sus capacidades estratégicas, 'sólo le reconoció "una extraordinaria comprensión por los detalles técnicos y una gran capacidad para las generalizaciones".

El historiador británico capitán Liddell Hart realizó investigacio¬nes e interrogatorios sobre el particular y llegó a la siguiente conclusión: "Hitler demostró más rapidez en ver el valor que tenían las nuevas ideas, las nuevas armas y los nuevos talentos. Recono¬ció la potencialidad de las fuerzas blindadas móviles más rápidamente que el Estado Mayor General, y la forma en que apo¬yaba a Guderian, el máximo exponente en Alemania de este nue¬vo instrumento, demostró ser el factor más decisivo durante las primeras victorias. Hitler tenía el discernimiento que caracteriza a los genios, aunque acompañado por el riesgo de cometer erro¬res elementales, ambos en el cálculo y en la acción... Hitler estuvo muy lejos de ser un estratega estúpido. Más bien dicho, fue un estratega muy brillante, y adoleció de las faltas naturales que siempre acompañarán a la brillantez. Tenía un profundo y sutil sentido de la sorpresa, y era un maestro en el aspecto psicológico de la estrategia. La intuición estratégica de Hitler y el cálculo estratégico del Estado Mayor General pudieron ha¬ber sido una combinación que pudo haber conquistado todo. En su lugar produjeron un cisma suicida que vino a ser la salvación de sus enemigos". (I)

(1) "Del Otro Lado de la Colina".—Capitán Liddell Hart. Gran Bretaña.

El general Heinz Guderian, penúltimo jefe del Estado Mayor Ge¬neral, opinó acerca de las capacidades estratégicas del Fuehrer:

"Hitler no fue más qué cabo durante la primera guerra mun¬dial, así es que naturalmente no poseía los conocimientos de organización y estrategia para sostener una guerra que un oficial del ejército de línea, con sus buenos 30 años de experiencia, llega a tener. Lo que Hitler sí tenía, sin embargo, era buen instructor. Fue cosa de mucha suerte que los cálculos de Hitler re¬sultaran exactos algunas veces, a pesar de las muchas dudas de sus generales. Esto fue particularmente durante la campaña de Francia... Ciertamente se necesitaba mucho de valor para ob¬jetar sus planes en presencia suya. Los más de los generales ni siquiera lo intentaban... Es muy cierto que no era muy agrada¬ble verle que se ponía frente a mí con los puños cerrados y me gritaba con toda la fuerza de su voz... Uno de los motivos por los cuales no fui juzgado en Nuremberg es que pude demostrar que no ejecuté algunas de las crueles órdenes de Hitler".

Evidentemente Hitler sentía la resistencia pasiva de sus comandan¬tes, pues en los fragmentos de su Diario Militar hay una anotación que dice: “Tengo una sola misión: dirigir la lucha, porque sé que la guerra no puede ser ganada sin mi voluntad de hierro. El pe¬simismo se ha extendido en el propio Estado Mayor... Rommel era un gran líder, pero desafortunadamente (después del des¬plome en África) también un gran pesimista a la menor dificul¬tad. .. En Italia hizo lo peor que soldado alguno pueda hacer. Dijo que el colapso era inminente. Ya no lo envié allá. Poco des¬pués los sucesos lo contradecían y yo confirmaba mi idea de dejar a Kesselring en el mando de aquella zona. Kesselring es un idealista político y un militar optimista. Y yo creo que nadie puede conducir una operación militar sin optimismo".

(En otra ocasión dijo: "Mis cabellos grises no se los debo al enemigo sino a mis generales, que me han fallado").

Este fue un punto de constante fricción entre Hitler y sus generales. Las cifras, las abstracciones del Estado Mayor General decían una cosa, daban por perdida una situación o consideraban irrealizable otra, en tanto que además de las cifras y las abstracciones, la volun-tad de Hitler colocaba valores imponderables del espíritu. Ambos puntos de vista eran irreconciliables.

El profesional de la milicia trata de reducir la guerra a normas fijas, congeladas, pragmáticas, que puedan tocarse con la mano, y se em¬peña en hacer de ella una ciencia exacta, mas olvida que la guerra ha tenido .siempre un algo inaprensible llamado "arte". En la normal anormalidad del combate surgen por doquier situaciones que requie¬ren más de la intuición instantánea que del proceso lento de los cá¬nones académicos. Hitler logró muchas veces acreditar y demostrar esto, como en la campaña de Francia, que la mayoría de los gene¬rales profesionales juzgaban punto menos que irrealizable; como el sostenimiento del frente en Rusia durante el invierno de 1941; y como el sostenimiento del frente en Italia cuando Italia traicionó la alianza con Alemania.

Pero aunque estas demostraciones calmaban de momento la hos¬tilidad de los generales, su recelo seguía acumulándose para estallar al primer tropiezo. En realidad Hitler tuvo un constante forcejeo con el Estado Mayor General, que según su propia expresión, le malgastó la mitad de sus energías. La posición de Hitler frente a varios de sus comandantes era parecida a la del hipotético Zaratustra de Nietzsche: "¡Guardaos también de los doctos, os odian porque son estériles! Tienen ojos fríos y secos, ante los cuales todo pájaro aparece desplumado. La falta de fiebre dista mucho de ser conocimiento. Yo no creo en los espíritus refrigerados... Son buenos relojes, siempre que se tenga cuidado de darles cuerda. Entonces se¬ñalan la hora sin fallar y con un ruido molesto".

La llama de optimismo con que Hitler acometía las mas difíciles empresas y su profunda convicción de que la voluntad categórica, firme y prolongada en alcanzar una meta logra a la postre milagros y triunfa de los obstáculos, constituyeron para él y para las tropas que lo seguían una fuerza psicológica por lo menos tan poderosa y como sus armas materiales. El reverso negativo de ese optimismo y de esa acerada voluntad fue que en ocasiones rayaba en la intran¬sigencia, y se empeñaba en ir siempre hacia adelante, siempre a la ofensiva, aun en los casos en que la defensiva flexible podría rendir mayores dividendos.

La naturaleza da un ejemplo de que esa máxima tensión de energía no debe prolongarse indefinidamente. Hasta en el reino vegetal la vida se oculta en las raíces, se sumerge, "retrocede" ante el invierno. Si pretendiera lo contrario, el gasto de energía sería tan grande que resultaría ruinoso. Hitler siempre luchó con la misma tensión diná¬mica y siempre quiso que el ejército permaneciera en una sola ac¬titud: la del ataque. Fue quizá en este punto en el que a veces los generales tuvieron razón y Hitler no, aunque bastante menos frecuen-temente de lo que suele suponerse. El historiador británico F. H. Hins-ley hace hincapié en que "los aliados estaban en una posición en ¡a cual hubiesen podido explotar mucho mejor una retirada de los alemanes que éstos aprovecharse de la misma...

Desde el punto de vista estrictamente militar, basándonos en la suposición de que la guerra había de ser continuada, es imposible discutir qué otra estrategia hubiese sido mucho más inteligente que la de Hi¬tler después de principios del año de J943". Otro error, frecuentemente refrendado, fue la suposición de Hitler de que los pueblos occidentales podrían eludir las trampas mentales de la propaganda y ver que el marxismo-israelita entronizado en Mos¬cú era el enemigo auténtico. Hitler subestimó la eficacia de las cama¬rillas judías en Occidente y creyó en agosto de 1939 que no lograrían arrastrar a Francia y a la Gran Bretaña a la guerra. Luego creyó que ambas naciones aceptarían su ofrecimiento de paz. Volvió a creerlo, en vísperas de Dunkerque, al dejar escapar a las tropas británicas; lo creyó de nuevo al vencer a Francia y ofrecerle la reconciliación, y una vez más en vísperas de la invasión a Rusia.

A finales ya de la guerra, el 4 de febrero de 1945, él mismo re¬conoció ese error en una conversación privada que anotó su secretario Bormann: "Yo me esforcé por obrar al principio de esta guerra como si Churchill fuera capaz de comprender esa gran política (la de una amistad germano-británica), pero desde hacía tiempo estaba ligado a los judíos... Más tarde, atacando a Rusia, escarbando el absceso comunista, tuve la esperanza de suscitar una' reacción de sentido común entre los occidentales. Yb les daba la ocasión de que, sin participar, contribuyeran a una obra de salubridad... Yo había subestimado el poderío de la dominación judía sobre los ingleses de Churchill". Y dos días después, sin embargo, renacían sus esperanzas:

"¿Y si Churchill desapareciera de repente? No, nunca existen situaciones desesperadas... Que un Churchill desaparezca re¬pentinamente y todo puede cambiar. La crema y nata inglesa se daría tal vez cuenta del abismo que se abre delante de ella, lo cual podría preocuparle. Esos ingleses, por los que hemos luchado indirectamente, serían los beneficiados de nuestra victoria".

Un tercer error grave de Hitler consistió en considerar que el pueblo ruso, sojuzgado y tiranizado por el régimen bolchevique, esta¬ba por ello "maduro" para desplomarse mediante un golpe fuerte. Consideró que no era aconsejable aprovechar el apoyo que una gran masa del pueblo ruso brindaba a los alemanes contra el régimen comunista. Esta errónea consideración la adoptó en 1923, la reiteró en 1941, la repitió en 1943 y jamás pudo librarse de ella. Aunque a primera vista parece increíble, es asombrosa la regularidad con que el hombre comete los mismos errores cuando se trata de errores fundamentales. El propio Hitler había percibido este extraño fenómeno y en 1923 escribió que un jefe que se equivoca en un punto de vista fundamental "está expuesto por una segunda vez al mismo peligro". Sin embargo, él tampoco pudo librarse de tan misterioso mecanismo psicológico. Es increíble cuan difícil resulta que alguien lo logre.

El pueblo ruso sentía y sufría la tiranía del bolchevismo. Realmente él no se había creado ese sistema de gobierno, mas su capacidad de sufrimiento es enorme y ante la alternativa de una dominación extraña y la que ya conocía, optó por rechazar la extraña. Esperaba que en el reacomodamiento de postguerra el bolchevismo se modifi¬caría favorablemente, y esta esperanza la alentó el propio régimen mediante promesas y concesiones transitorias. "Demos primero cuen¬ta del enemigo exterior y luego ajustaremos cuentas con el de casa", era el sentimiento popular, según refiere —entre otros muchos—el doctor Konstantinov, ex capitán del Ejército Rojo.

Hitler creyó que el desplome de Rusia era ya inminente en 1923, y volvió a creerlo en el otoño de 1941, y lo creyó otra vez en el verano de 1942, y en parte estos repetidos errores le costaron al Ejército Alemán las tremendas sangrías que sufrió en los dos primeros invier-nos de la campaña en Rusia.

Esos errores (hoy claramente visibles, porque a posteriori es tan fácil descubrirlos como difícil es preverlos antes de que se materialicen) son en realidad tres, aunque repetidos con asombrosa frecuen¬cia y casi en idénticas situaciones: a) exigir siempre la máxima ten¬sión; b) suponer que entre las nubes de propaganda judía, Occidente distinguiría al verdadero enemigo; c) subestimar la resistencia de las masas soviéticas y rechazar su ayuda. La propaganda le ha achacado a Hitler otros muchísimos errores, pero no resisten un examen dete¬nido y sereno.

Puede concluirse que las fallas de Hitler se vieron catastróficamente agravadas por el escepticismo, por la oposición o por la fran¬ca conspiración de numerosos generales, acerca de los cuales Goering y el propio Hitler llegaron a pensar que eran el último reducto de la masonería de Alemania.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Presentación de la Virgen Ama de los Andes

La Virgen cuida a los suyos...

Su mística cubre a los justos, pues Ella es Patrona de los hombre que dieron su vida por la VERDAD!!!



AVE VIRGEN, AQUI ESTAMOS NOSTROS, LOS DESTERRADOS HIJOS DE CAÍN DISPUESTOS A MORIR POR TÍ!!!

lunes, 28 de septiembre de 2009

Capítulo IX 4° Parte.



LOS DOS ÚLTIMOS GOLPES EN EL OESTE

En el otoño de 1944 la ofensiva de los ejércitos aliados occidentales se ha­llaba casi inmovilizada en la frontera ale­mana. Hitler había logrado improvisar 60 divisiones después de que 50 se habían consumido en la lucha de Normandía. Por cada tanque alemán había 4 de los aliados; la inferioridad en otras armas era to­davía mayor, pero la lucha volvió a ser tan reñida que el pueblo de Huertgen cambió de manos 14 veces y Vossenack 28 veces.

Los pro­gresos de las fuerzas aliadas eran lentos y de poca significación. La mortífera V-2 seguía cayendo en Inglaterra. Entonces el mariscal in­glés Montgomery trazó un plan para acelerar la marcha y penetrar a Alemania por el norte, a través de Holanda. Creía qué así se logra­ría una victoria fulgurante sobre los restos agotados del ejército ale­mán. Cuidadosamente se preparó la operación más grande de tropas aerotransportadas y el triunfo parecía asegurado. 1,515 bombarde­ros ingleses y norteamericanos arrojaron más de 4,000 toneladas de bombas sobre la región de Einhoven, Nijmegen y Arnhem; esto te­nía por objeto destruir o desquiciar las líneas alemanas. Inmediata­mente después, 1,544 transportes y 478 planeadores condujeron las divisiones aerotransportadas americanas 101 y 82; á las divisiones aerotransportadas británicas la. y 52 y a una brigada polaca. El des­censo se realizó bajo la protección de 540 cazas.

34,876 hombres, con 568 cañones y 1,927 vehículos iniciaron el 17 de septiembre (1944) el impetuoso ataque para capturar el puen­te de Arnhem y abrir a los ejércitos aliados las puertas septentrionales de Alemania atravesando territorio holandés. En un principio todo marchó bien y los primeros 48 prisioneros capturados procedían de 27 diversas unidades, hecho revelador de que el sector era guarne­cido sólo por remanentes de batallones o regimientos alemanes, entre los que destacaba el reducido batallón SS de instrucción del general Kusin. En el primer choque, muchos reclutas y el propio general Kusin fueron muertos.

Poco más tarde, sin embargo, acudieron los restos de dos divisiones alemanas que se hallaban al norte de Arnheim. Eran la 9a. SS "Hohens-taufen" y la IOa. SS "Frundsberg", y lanzaron un encarnizado contra­ataque trazado por el mariscal Walter Model (procedente del frente en Rusia) y el general Student, comandante de los paracaidistas que habían capturado la isla de Creta en 1941.

Los contingentes aliados eran cuatro divisiones completas, seleccio­nadas, como la 1a. "Airborne", llamada "los diablos rojos", reforzadas con una brigada polaca. La lucha fue particularmente violenta. Los aliados pidieron y obtuvieron 3,000 hombres de refuerzo, así como poderoso apoyo aéreo.

La 9a. división alemana SS, "Hohenstaufen", que entró al combate con menos de la mitad de sus efectivos normales, sufrió 3,300 bajas, equivalentes al 50% de los efectivos que le restaban, pero las divi­siones aliadas fueron siendo cercadas. Ambos bandos hacían esfuerzos supremos.

En esas difíciles circunstancias, con grandes bajas en ambos bandos, la 9a. SS "Hohenstaufen" le ofreció ayuda médica a su rival, la "Airborne" británica. El coronel inglés Warralc envió después una co­municación a los alemanes, que decía: "Pláceme expresarle mi más pro­fundo agradecimiento por la eficaz ayuda de los servicios sanita­rios alemanes, gracias a los cuales pudieron ser evacuados más de 2,200 heridos de la 1a. división de paracaidistas, del 24 al 26 de septiembre de 1944 en el sector de Osterbeck... Puedo atesti­guar que soldados, oficiales y suboficiales de la 9a. división SS de carros de combate trataron siempre correctamente a los heridos, a pesar del gran número de bajas que ellos mismos habían su­frido".

Después de seis días de continuos combates la resistencia de los aliados se derrumbó. Algunos contingentes lograron retirarse a través del bajo Rhin, en cuya margen abandonaron 7,000 cadáveres, además de haber perdido 8,000.prisioneros, mil planeadores y todos sus depó sitos de armas y víveres. De esta manera la operación aerotransportada de Montgomery fracasó y la invasión continuó detenida. (I)

(1) Montgomery dice en sus "Memorias" que Eisenhower no es pro­piamente un soldado, que no comprendió el plan inglés para acortar la gue­rra y que no le dio cabal apoyo. Y el general Blumentritt, jefe del Estado Mayor de los ejércitos alemanes del Oeste en aquella época, cree que Montgomery tiene razón.

El buen éxito de los alemanes para frustrar ese plan se consolidó mediante un osado ataque contra el puente de Nimega, ocupado por las vanguardias del 2o. ejército británico. Doce, soldados encabezados por el capitán Hellmer realizaron la operación, para lo'cual tuvieron que nadar 11 kilómetros por el río Wall, al amparo de la noche. Lograron pasar inadvertidos en el tramo de 7 kilómetros ocupado por los ingleses, colocar tres cargas de dinamita y volar el puente. Durante el regreso, tres de los nadadores fueron heridos.
La frustración del plan de Montgomery fue uno de los dos últimos golpes que dieron los alemanes en el frente occidental. Correspondió a las fuerzas del mermado 20o. ejército del general Blumentritt. El otro golpe fue el ataque de las Ardenas y constituyóla última carta de Hitler para pactar con Occidente o ganar tiempo que permitiera la terminación de las nuevas armas. Los aliados creían que Rundstedt era el autor de la minuciosa y exacta planeación de esa ofensiva, pero posteriormente el general Jodl y el propio Rundstedt revelaron que había sido "obra personal de Hitler".

Esto lo afirma también el teniente coronel Skorzeny, quien el 20 de octubre (1944) fue llamado por Hitler a su cuartel general de Prusia Oriental, entonces a corta distancia del frente ruso. "Tuve la clara sensación —dice Skorzeny refiriéndose al Fuehrer— de que estaba más fresco, más descansado que en nuestra última en­trevista.

"Quédese, Skorzeny. Voy a confiarle una nueva misión, quizá la más importante de su vida. Hasta ahora muy pocas personas saben que preparamos en el mayor sigilo la operación en la cual va usted a desempeñar un papel de primer orden. En diciembre, el ejército alemán lanzará una gran ofensiva cuyo resultado de-elidirá el destino de nuestra patria... No comprenden —agregó refiriéndose a los países occidentales— que Alemania se bate por Europa, que se sacrifica por Europa, con objeto de cerrar al Asia la ruta de Occidente, exclamó Hitler con amargura. En su opinión, ni el pueblo inglés ni el de los Estados Unidos querían esta guerra. Por consiguiente, si el cadáver alemán se incorpo­raba para asestar un golpe fuerte al Oeste, los aliados, bajo la presión de su opinión pública, furiosa por haber sido burlada, estarían tal vez dispuestos a concluir un armisticio con este muer­to que se portaba tan bien. Entonces podríamos volcar todas nuestras divisiones, todos nuestros ejércitos, sobre el frente del Este y liquidar en unos meses la espantosa amenaza que pesaba sobre Europa. Después de todo, Alemania llevaba casi mil años haciendo guardia contra las hordas asiáticas y no iba a faltar ahora a este deber sagrado".

En octubre la industria aeronáutica contaba con suministrar 2,000 aviones de chorro para la ofensiva de las Ardenas, pero a mediados de noviembre comunicó que por escasez de materias primas sólo tendrían listos 200. La escasez de municiones y de combustible era también desesperada y Hitler dispuso que la Organización Todt ga­rantizara el abastecimiento con camiones provistos de gasógeno. De trecho en trecho, en las carreteras, deberían construirse depósitos de madera para alimentar a los camiones. Sin embargo,' estos preparativos no pudieron terminarse oportunamente y entonces se confió en que los tanques alemanes, los paracaidistas y las tropas de infil­tración arrebataran depósitos de gasolina. Esta operación llamada "Greif" se encomendó a Skorzeny, pero fracasó porqué la víspera los aliados capturaron a un oficial alemán que llevaba los planos y se previnieron.

Rundstedt recibió el encargo de poner en ejecución el plan. "Des­cansa en vosotros —dijo a sus tropas— un sagrado deber de dar todo hasta llegar a lo sobrehumano en nombre de nuestra Patria y de nuestro Fuehrer". Bajo la vigilancia de Rundstedt, los mariscales Model y Dietrich coordinaban los ataques de los ejércitos panzer 5o. y 6o. y del 7o. de infantería.

Hitler intervino en todos los detalles y dispuso que la embestida se iniciara sin fuego de artillería y que los reflectores alumbraran las nubes a fin de que en el campo hubiera cierta claridad que permitiera a los atacantes infiltrarse entre las posiciones enemigas. Los efectivos eran insuficientes y sólo se contaba con 800 tanques y los remanen­tes de 24 divisiones. La mitad de los dos mil cañones disponibles no pudo entrar en acción por falta de petróleo para su transporte. Única­mente se disponía de una quinta parte del combustible necesario y se ordenó a las fuerzas blindadas que para su propio abastecimiento cap­turaran depósitos del enemigo.

La ofensiva se mantuvo en secreto con iln minucioso enmascara­miento: las cocinas militares usaban carbón para no producir humo, los cascos de los caballos fueron forrados de paja para no hacer ruido cerca del frente, de día algunos grupos marchaban hacia el oriente a fin de despistar al enemigo y en la noche se concentraban hacia el frente occidental. Sin embargo, el enorme agrupamiento dé tres ejércitos no pudo pasar completamente inadvertido para los aliados. El servicio secreto del primer ejército americano reportó el día 10 que los ejércitos alemanes 5o. y 6o. se estaban concentrando al oeste del Rhin y que llevaban equipo para el cruce de ríos, lo cual revelaba su intención de lanzar un ataque. Sin embargo, los comandantes alia­dos contemplaron despectivamente los aprestos alemanes, pues en vis­ta de sus escasos recursos humanos y materiales parecía risible cual­quier ofensiva.

Pero cuando el 16 de diciembre se inició el último golpe alemán en el frente occidental, el poderoso frente aliado se cimbró peligro­samente y fue perforado y hendido en más de 100 kilómetros. No el número de sus soldados, sino la llama del entusiasmo y fe que Hitler despertó en ellos fue lo que volvió posible el imposible teórico de ese avance. Los granaderos se entusiasmaban y se sobreponían al can­sancio al ver pasar a las "V-2" como cometas, hacia la retaguardia de los aliados. En los Estados Mayores angloamericanos había confusión. Tal vez a consecuencia de esto seis bombarderos B-26 de la 322a. flo­tilla americana bombardeó desde gran altura la población de Malmedy, donde todavía resistían fuertes contingentes americanos, y causaron muchas bajas a sus propios compañeros. La propaganda aliada ocultó el hecho afirmando que el grupo acorazado alemán Peiper había cap­turado a esos americanos y los había asesinado.

El avance todavía continuó varios días, pero cada vez con más difi­cultades porque aumentaba el número de tanques y cañones que iban quedándose paralizados por falta de combustible. Finalmente, la ofen­siva se atascó a cien kilómetros de profundidad, cuando ya el frente aliado se hallaba gravemente desgarrado y peligraban varios de sus grandes centros de abastecimiento, como el de Lieja, hasta cuyas cer­canías llegaron las avanzadas de la 9a. división SS "Hohenstaufen". Los aliados habían sufrido más de 70,000 bajas y perdido cerca de 700 tanques.

A ocho días de iniciada la operación, el servicio de abastecimiento de municiones agotaba su combustible y ya no podía hacer llegar pro­yectiles a la artillería alemana. Numerosos tanques, paralizados, tenían que volarse a sí mismos y sus tripulantes replegarse, para no ser cap­turados. Una gran ilusión se esfumaba... "La moral de las tropas par­ticipantes —dijo después Rundstedt— era sorprendentemente alta cuando se inició la ofensiva. Creían verdaderamente que la victoria era todavía posible, en contraste con los comandantes superiores".

Los paracaidistas americanos de la división 101, que luchó en Bas-togne, se sorprendieron de que los alemanes se aproximaban al frente cantando. "Aquel coro de voces entonando marchas guerreras era un impacto directo a nuestro estado de ánimo. No parecían sol­dados de un país que había perdido media Europa". Lo nptable es que esa fe no estaba tan rotundamente equivocada, porque 4 ejércitos aliados septentrionales (38 divisiones) estuvieron a punto de ser cortados de los tres ejércitos meridionales y eventualmente copados. A efecto de conjurar este desastre los aliados necesitaron echar mano de todos sus recursos. Un ejército inglés y dos norteamericanos fueron violentamente congregados en el área de penetración para sortear la crisis. Y Churchill le pidió a Stalin que arreciara su ofensiva para que disminuyera la presión de los alema­nes en el oeste, según dice el mariscal inglés Montgomery.

A fines dé diciembre se disipó la niebla, que había librado a los alemanes de los ataques aéreos y entpnces se conjugaron la escasez de petróleo y la lluvia de bombas para detenerlos en su avance. Los lineamientos del ataque habían sido extraordinariamente audaces y acertados, pero faltaban elementos. Liddell Hart dice que "habría sido una de esas brillantes olas de inteligencia si hubiera poseído to­davía los medios y las fuerzas". Diez divisiones más (una insignifi­cancia para Alemania en condiciones más o menos normales) o tal vez petróleo y municiones en cantidad suficiente, podían haber ocasionado un cataclismo en el frente aliado.

En vísperas del año nuevo Hitler reiteró:

"El mundo debe saber que nunca capitularemos y que a pesar de los contratiempos nunca abandonaremos el camino en que vamos... 1944 fue el año de las mayores tribulaciones en esta gigantesca lucha. Esta guerra ha sido para el pueblo alemán la más dura y funesta que jamás haya tenido que librar un pueblo. Un pueblo capaz de so­portar tales sacrificios inconmensurables no puede nunca su­cumbir".

Entretanto, las fuerzas de tierra en las Ardenas habían sufrido ya 110,000 bajas entre muertos y heridos, y en los días subsiguientes la aviación aliada estuvo machacándolas con ataques de 4,000 a 5,000 salidas diarias. El 13 de enero los bolcheviques iniciaron una ofensiva general y entonces Hitler tuvo que retirar del frente occidental todo el 6o. ejército de las SS y dos fuertes brigadas de artillería para llevar­los al frente anticomunista.

Hitler esperaba aún la- llegada de las nuevas armas. La industria hacía un esfuerzo colosal y en enero de 1945 logró que la producción de V-2 ascendiera a 1,300 por mes.- Al mismo tiempo progresaban los preparativos para producir un tipo especial de V-2 que automá­ticamente fuera atraída por los centros de calor, tales como fábricas y altos hornos. Y en medio de estos frenéticos esfuerzos, Hitler vol­vía a tropezar con la oposición de muchos generales, algunos de los cuales habían perdido totalmente la fe y rendían sus unidades en masa o retrocedían sin autorización. Muy diversas fuentes confirman que hubo brotes de desmoralización, principalmente entre unidades que por mucho tiempo habían gozado de vida agradable en Francia. En un día que llegó a haber 8,000 deserciones, Hitler exclamó amar­gado:

"¡Es una vergüenza!"... Su desconfianza llegó al máximo y personalmente quería controlar la producción de aviones, el movimiento de ejércitos, de cuerpos de ejército, de divisiones y hasta de batallones y de baterías antiaéreas. Un alud de informes y cifras lo abrumaban 19 horas diarias.

Eva Braun anotaba a fines de 1944. "El Fuehrer me dijo hoy gravemente: Sólo puedo contar con tres personas: Goebbels, Himmler y tú. Eres la más fiel y un día tendrás la recompen­sa, te lo prometo, solemnemente. Goebbels permanecerá a mi lado y caerá conmigo. Esta poseído como yo de la pasión de la lucha. Quizá me sobrepasa y toma un impulso del que yo no lo hubiera creído capaz. Himmler es cambiante. Desconfía de él... Mis generales son traidores, sentimentales que quieren cuidar de sus hombres, como si pudieran obtener los grandes triunfos de otra manera que corriendo los más grandes riesgos. Si tuviera con quien substituirlos, habría hecho fusilar a las tres cuartas partes de los generales alemanes".

"El (Hitler) sufre más que nunca de insomnio. Lo encuentro cambiado. Su silueta no es tan erguida. Es como si pesara sobre él el peso de toda Alemania. Además, sufre crisis de ceguera parcial. Las lágrimas corrieron por mis mejillas. M., que no es un sentimental, me ha reñido cariñosamente: “Vamos, valor. No podemos tolerar en el Cuartel General a jovencitas que lloran”. En efecto, debemos ser fuertes. Las nuevas armas llegarán pron­to y entonces que Dios proteja a nuestros enemigos". Pero las nuevas armas se retrasaban una y otra vez. Los enormes recursos humanos y bélicos que devoraban el frente ruso, el frente de Italia, el de los Balcanes, el de Occidente y el de la lucha en el mar, además de los bombardeos y el sabotaje, retardaban y dificul­taban la producción. Los problemas técnicos inherentes a esas nuevas armas habían sido resueltos tiempo antes, pero su producción tro­pezaba con sucesivos obstáculos. El espionaje disponía de tantos y tan sagaces .colaboradores israelitas dentro de Alemania, que fre­cuentemente los bombardeos se dirigían hacia las más secretas plan­tas bélicas, incluso aquellas que de otra manera hubieran estado al abrigo de todo ataque por el aislamiento y camuflaje de que se las había rodeado.

Los aliados conocían con exactitud el peligro de que las armas secretas en proceso de producción fueran oportunamente utilizadas. Por eso trataban a todo trance de lograr el triunfo antes de que en­traran en juego. El general Marshall, ¡efe del Estado Mayor de EE. UU., refiere que "los adelantos de la técnica alemana, tales como el desarrollo de explosivos atómicos, hacía imprescindible que ata­cásemos antes de que estas terribles armas se emplearan en con­tra, nuestra". ("La Victoria en Europa").

El 30 de Enero (1945) Hitler insistió enfáticamente en que la vic­toria llegaría si se lograba prolongar la resistencia. A los comandantes que desesperaban les hizo otro llamado categórico:
"Quiero que cada uno soporte los sacrificios que se exigen. Espero que cadaalemán físicamente apto; exponga su cuerpo y su vida en la ba­talla. Espero que toda persona indispensable, aun los achacosos y los enfermos, trabajen hasta el fin, hasta la última gota de su energía. Hago un llamado de particular confianza a la juventudalemana. Al formar tal comunidad juramentada, estamos en condiciones de mirar hacia el Todopoderoso y pedir su misericordia y su bendición, pues no hay pueblo que pueda hacer más que eso. Que cada uno que sea capaz de pelear, pelee, imbuido en un solo pensamiento: asegurar la libertad y el honor, y de esta manera, la vida futura de su nación. No obstante lo grave de la hora crítica, ella será dominada al fin por nuestra inquebrantable voluntad"... y refiriéndose a la antinatural alianza del Occidente con el bolchevismo, agregó:

"Las democracias no serán capaces de librarse de los malos espíritus invocados por ellas". En plática privada del 4 de febrero, Hitler expresó temores que no hacía públicos: "En caso de que la Providencia nos abandonara a despecho de nuestros sacrificios y convicciones, sería que es­tábamos destinados a. pruebas todavía más grandes". Y dos días más tarde trataba de infundir ánimo a sus colabora­ dores, con las siguientes palabras: "Debemos continuar la lucha con la rabia de la desesperación, sin voltear (a cara, viendo de frente siempre al adversario... Acuérdense de Leónidas y sus 300 es­partanos. Confrontamos una coalición que no constituye una realidad estable, sino que existe por la voluntad de algunos hombres".

Entretanto, el mando aliado descubría un nuevo recurso para que sus bombardeos de terror fueran aún más mortiferos. Sucedió que en esos días el oriente de Alemania comenzó a ser invadido o ame­nazado por los bolcheviques, que anhelantes de venganza celebraban su entrada en suelo alemán con violaciones, despojos y asesinatos.

Las autoridades de la zona oriental movilizaron a casi todos los hom­bres para apuntalar las defensas y ordenaron a las mujeres y a los niños que buscaran refugio en ciudades o aldeas en la parte central del Reich.

Los aliados se percataron de ese movimiento en masa de la po­blación civil y resolvieron atacar las ciudades atestadas de refugiados. Así las víctimas por bombas aumentarían considerablemente.

Contra Berlín, congestionada de emigrantes, se lanzó una ola de ataques qué culminó el 3 de febrero con la muerte de 25,000 civiles. Leipzig padeció algo-semejante. En una llamada operación "Clarión" se lanzaron durante dos días nueve mil bombarderos y cazas contra aldeas y establecimientos agrícolas sin ninguna meta militar.

El plan alcanzó su apogeo el 13 de febrero (1945), fecha en que ocurrió la mas sangrienta de las acciones bélicas que jamás naya rea­lizado una -fuerza armada contra una masa de civiles. A la ciudad de Dresden, situada a 110 kilómetros del frente soviético, habían llegado buscando refugio de 300,000 a 500,000 mujeres y niños. Dresden era ciudad abierta. Es decir, no era una fortaleza guarnecida de tropas, ni tenía fábricas de guerra, ni objetivos militares de ningún género. Los fugitivos atestaron casas, edificios públicos, jardines y hasta calles. Pues bien, la mañana del 13 de febrero varios aviones aliados de reconocimiento volaron repetidas veces sobre Dresden y con toda tranquilidad tomaron fotografías, supuesto que allí no había defensas de ningún género. Por la noche, 800 tetramotores arrojaron sobre la ciudad inerme una lluvia de bombas explosivas e incendiarias. Al amanecer del día siguiente, 1,350 bombarderos pesados descargaron también un alud de fuego. Y horas más tarde, al oscurecer, otros 1,100 tetramotores maceraron la ciudad destruida.

En total se arrojaron sobre Dresden 10,000 bombas explosivas y 650,000 incendiarias. Los incendios ardían con tal fuerza que las lla­mas arrastraban a la gente que pasaba a cien metros de distancia. En los lagos cercanos murieron muchas madres con sus hijos, qué se arrojaban al agua con las ropas ardiendo.

El escritor británico F. J. P. Véale dice: "Para dar una impresión más dramática en medio del horror general, las fieras del Parque Zoológico, frenéticas por el ruido y por la luz de las explosio­nes, se escaparon. Se cuenta que estos animales y los grupos de refugiados fueron ametrallados cuando trataban de escapar a través del Parque Grande, por aviones de vuelo rasante, y que en dicho parque fueron encontrados luego muchos cuerpos acri­billados a balazos... En el Mercado Viejo, una pira tras otra consumieron, cada una, cinco mil cuerpos o pedazos de cuerpos. La espantosa tarea se prolongó durante varias semanas. Los cálculos del número total de víctimas varían mucho de uno a otro. Algunos elevan la cifra hasta un cuarto de millón". Según el periódico suizo "Flugwehr und Technik", en los tres ra­biosos ataques lanzados en un período de 36 horas, hubo cien mil muertos. La población civil alemana que huía de los bolcheviques fue calcinada en Dresden. Así llegaron a su apogeo los bombardeos de terror, técnicamente llamados "estratégicos", que Churchill había adoptado el 11 de mayo de 1940 y que luego Roosevelt y su cama­rilla reforzaron entusiastamente.

El propio escritor inglés Véale agrega: "Para la mente secular qui­zá resulte que lo mejor que puede decirse del lanzamiento de la primera bomba atómica es que la muerte cayó literalmente del cielo azul sobre la ciudad condenada. Lo que ocurrió allí pue­de parecer menos turbador que lo que ocurrió unos meses antes en Dresden, cuando una gran masa de mujeres y niños sin ho­gar se puso en camino hacia ahí y tuvo que correr alocada por una ciudad desconocida en busca de un lugar seguro, en medio de explosiones de bombas, fósforo ardiendo y edificios que se derrumbaban.

"Durante un breve espacio de tiempo después de la incursión sobre Dresden, se hizo un intento por parte de algunos sectores de la prensa británica de presentar esto como un glorioso éxito que no debía dar motivo para la modestia ni para la reticencia.' Así, en su número 18 de febrero de 1945, nos encontramos con que Howard Cowan, corresponsal de la Associated Press en el Cuartel General Supremo de París, informaba a "The People"; "La Guerra total aérea contra Alemania se ha puesto de mani­fiesto de manera evidente con el asalto sin precedente a la capital llena de refugiados hace dos semanas, y los subsiguientes ata­ques contra otras ciudades abarrotadas de personas civiles que huyen del alud ruso en el Este".

"La incursión aérea en masa contra Dresden, el 13 de fe­brero de 1945, habrá de ocupar forzosamente —concluye Veale— un puesto entre los grandes acontecimientos de la historia “ (1).
Mr. J. M. Spaight, ex Secretario del Ministerio Británico del Aire, escribió un libro para justificar los bombardeos "estratégicos", y sin embargo, posteriormente no aprobó lo hecho en Dresden. La ciudad atestada de refugiados civiles alemanes fue atacada con 650,000 bom­bas incendiarias —según dice— y con centenares de bombas de frag­mentación hasta de 4,000 kilos. "Todas —agrega— se lanzaron sobre el centro de la ciudad en el Altstadt, la zona donde se ubicaba el famoso Museo de Zwinger, la Casa de la Opera. Todo cayó envuelto en llamas; el corazón de Dresden fue calcinado. Se des­truyeron 27,000 casas y 7,000 edificios públicos; más de 20,000 personas murieron. Las razones para la destrucción de Dresden serían convincentes si la parte industrial y los ferrocarriles hubie­ran sido el blanco de las bombas, pero no lo fueron... No hubo aterrorizadas evacuaciones de ciudades como Douhet había predicho,' aunque los ataques fueron en escala mucho mayor de lo que él podía imaginarse. La población civil soportó la prueba con sorprendente estoicismo". (2)

Otro británico, el comodoro del aire L. MacLean, censura que el Estado Mayor Aéreo inglés se hubiera alejado en la segunda guerra mundial de su antigua tradición, hasta el grado de abandonar "los últimos restos de humanidad y caballerosidad". Concluye que el "ex­perimento" terrorista fue un fracaso porque "la nación que sufrió bom­bardeos en escala nunca antes imaginada no se doblegó bajo el te­rrible castigo". (3)

(1) El Crimen de Nuremberg.-F J. P. Veal'-Londres.
2) El Fantasma de Douhet.-J. M. Spaight.-Londres:
(3) La Ofensiva de la Aviación de Bombardeo.- Comodoro L MacLean Gran Bretaña.

Parcialmente pudieron computarse en Alemania los siguientes daños causados por el terrorismo aéreo:

Civiles muertos 593,000
Civiles gravemente heridos 620,000
Viviendas arrasadas 2.250,000
Viviendas dañadas gravemente 2.500,000

A un promedio de 5 personas por familia, quedaron más de 23 millones de alemanes sin hogar. Hubo ciudades como Emden, Prüm, Wesel, Zulpich, Emmérich, Julich y otras muchas cuya área destruida oscilaba entre el 80 y el 97%.
Y mientras el terror aéreo proseguía y la situación empeoraba en todos los frentes, el 11 de marzo Hitler hizo otra excitativa: "En la historia —dijo— sólo fallan los que se muestran ineptos, y el Señor del Universo ayuda sólo a aquellos que están resueltos a ayudarse a sí mismos... El remedio es claro para todos: seguir resistiendo y atacando a nuestros enemigos hasta que finalmente se agoten".

En esos momentos Alemania era devastada por ejércitos y flotas aéreas qué convergían de los cuatro puntos cardinales. "Para el 15 / de marzo —dice el general Marshall— no había ni una sola di­visión alemana de reserva. Durante la crítica semana que ter­minó el 22 de marzo, solamente los aviones de los Estados Uni­dos efectuaron 14,430 ataques con bombarderos pesados, 7,262 con bombarderos medianos y 29,981 con aparatos de comba­te... Los alemanes ofrecieron encarnizada resistencia en algunos puntos aislados".

El 20 de marzo el general Guderian, ¡efe del Estado Mayor Gene­ral, le sugirió a Himmler que ofreciera la rendición. Al enterarse de esto, Hitler le dijo a Guderian que evidentemente se hallaba fati­gado y que se tomara una licencia de seis semanas. Guderian fue sus­tituido por el general Hans Krebs.

Una de las primeras batallas importantes que libró el avión de cho­rro Me-262, que a la vez fue la última de la guerra/ocurrió el 18 de marzo (1945) en el área de Berlín. 1,200 bombarderos y su escolta de 600 cazas fueron embestidos por una veintena de Me-262, los cuales perforaron fácilmente el cordón defensivo y lograron abatir 25 superfortalezas y 7 monomotores.

El teniente coronel Walter Nowotny, de 22 años de edad, fue uno de los primeros comandantes alemanes de caza a chorro y pereció cuando llevaba 251 aviones abatidos, la mayor parte de ellos en el frente soviético. El teniente Clostermann, de la escuadrilla de la Royal Air Forcé que abatió a Nowotny, dice acerca de ese suceso:

"Esa noche, en el casino, su nombre se introduce a menudo en la conversación. Hablamos de él sin rencor y sin odio. Cada uno de nosotros evoca los recuerdos a él asociados, con respeto, ca­si con afecto. Es la primera vez que escucho una conversación de este tono en la RAF, y también la primera vez que oigo ex­presar abiertamente esta curiosa solidaridad existente entre los aviadores de caza, por encima de todas las tragedias y de todos los prejuicios... Nuestro consuelo de hoy consiste en saludar a un enemigo valiente que acaba de morir, en proclamar que Nowotny nos pertenece, que es parte de nuestra esfera en la cual no admitimos ni ideologías, ni odios, ni fronteras. Esta ca­maradería nada tiene que ver con el patriotismo, la democracia, el nazismo o la humanidad. Todos estos muchachos lo comprenden esta noche por instinto. Y si hay quienes se encogen de hom­bros, es que no saben, no son pilotos de caza"... (I).

(1) Durante toda la guerra hubo las siguientes marcas extraordinarias de pilotos aliados: teniente coronel John C. Meyer, americano, 24 derri­bos en'Europa: teniente Fierre Clostermann, francés, 33; capitán J. E. John­son, inglés, 38; mayor Richard I. Bono, americano, 44, en el Frente contra el Japón, y coronel Alexander Pokryshkin, soviético, 67.

El capitán Barkhorn, con más de 300 victorias en el frente soviético, ¡fue otro de los que participaron en las últimas luchas, junto con el general Galland, acreditado con más de cien derribos. En varias oca­siones se había interrumpido la producción en serie de los cazas de chorro y sólo unos cuantos entraban en la lucha, pero llegaron a pro­vocar alarma. Los pilotos aliados reportaban que eran atacados por "sombras" desde gran distancia, y que sus aviones ardían en cuanto eran tocados por el proyectil-cohete R-4M que los alemanes empe­zaban a usar. El general Spaatz, comandante de los bombarderos ame­ricanos, informó que sería imposible proseguir la ofensiva durante mucho tiempo.

Entre el 22 de febrero y el 26 de marzo, las pérdidas de las avia­ciones aliadas subieron alarmantemente a 7.5 aparatos (muchos de ellos tetramotores) por cada avión alemán abatido, según la inves­tigación del profesor O. P. Fuchs, experto de la Comisión Norteame­ricana de Aeronáutica.

Pero ya era demasiado tarde para que el Me-262 cambiara el curso de la guerra. Muchas de las plantas en donde se producía estaban siendo capturadas por el avance aliado. El 4 de abril apareció tam­bién en combate el Heinkel 162 ("caza del pueblo"). En sólo 6 mi­nutos ascendía a 6,600 metros y desarrollaba 840 kilómetros por hora. Se había proyectado construir miles de estos aparatos en unas cuan­tas semanas, pero ya no iba a ser posible lograrlo. Potencialmente, la Luftwaffe seguía así a la cabeza en calidad, pero su oportunidad. había pasado por estrecho margen y la guerra tocaba a su fin.

Los aviones alemanes que aún hacían vuelos contra las fuerzas bol­cheviques se encontraban frecuentemente sujetos a dos fuegos. Re­gresaban del frente soviético y sus bases estaban siendo atacadas por bombarderos de las potencias occidentales. Las más inverosímiles batallas tuvieron lugar durante los últimos meses de la guerra, cuan­do el campo de maniobra alemán se vio comprimido entre las fuerzas numéricamente superiores que lo invadían por el oriente, por el sur y por el occidente.

Sintomático de ese espíritu de combate que animó a la Luftwaffe, fue la conducta del coronel aviador Rudel. En su hoja de servicios, tenía acreditada la destrucción de 552 tanques rusos en 2,500 ac­ciones de combate. En marzo de 1945 fue alcanzado por un obús y perdió una pierna; tres semanas después, con el muñón aún no cicatrizado del todo, participó en las últimas batallas del Oriente y. abatió 20 tanques más. Ostentaba la condecoración más alta que llegó a otorgar Hitler.

Prácticamente el frente terrestre alemán en el Oeste ya había des­aparecido en los primeros días de abril, al contrario del frente contra el bolchevismo, que seguía siendo el más organizado y el de mayores efectivos. Así ocurrió que algunos científicos alemanes se entregaran' voluntariamente a las fuerzas angloamericanas y ofrecieran al Occi­dente los secretos de sus nuevas armas, con la esperanza de lograr para Alemania mejores condiciones de paz y quizá conjurar el des­bordamiento del bolchevismo.

(1) Al parecer estos emigrantes habían mantenido secreta comunicación con el movimiento judío de resistencia que operaba en Alemania y que realizó notables actividades de sabotaje y espionaje.

Por otra parte, destacamentos especiales angloamericanos, signi­ficativamente orientados por guías israelitas que habían emigrado de Alemania antes de la guerra, (I) se dirigían certeramente a las fá­bricas y laboratorios subterráneos en busca de un botín de guerra que tenía prioridad sobre todo lo demás: armas secretas. De esta ma­nera fue posible que semanas antes de que 'cesaran las hostilidades, los secretos atómicos alemanes cayeran en poder de Estados Unidos, que a su vez hacía experimentos en Álamo Gordo, Nuevo' México. (Meses más tarde la primera bomba atómica pudo ser arrojada sobre Hiroshima para acelerar la rendición del Japón).

EL BOLCHEVISMO IRRUMPE EN ALEMANIA

A principios de 1.945 las guarnicio­nes alemanas en suelo polaco trata­ban de frenar el avance bolchevique. Unas sucumbían y otras capitulaban cuando sus comandantes creían que la orden de resistir era absurda. En la plaza de Glowno el ge­neral Matern se rindió con dos mil soldados. Los heridos esperaban con espanto la suerte que les aguardaba, conocedores de la indi­ferencia con que el Ejército Rojo veía a todo hombre, propio o extraño, que ya no servía para el combate o para el trabajo. Pero nunca imaginaron lo que iba a ocurrir: a los heridos no graves se les envió a limpiar minas y a reparar caminos en tanto que a los heridos graves se les achicharró con lanzallamas.

Y cuando el ejército bolchevique comenzó a irrumpir en suelo ale­mán, estalló una orgía apocalíptica contra la población civil. El ¡efe de la propaganda en la URSS, el judío llya Ehrenburg, realizó un no­table trabajo de emponzoñamiento mental entre las masas asiáticas e ignorantes del Ejército Rojo; con una habilidad extraordinaria les cultivó los más oscuros instintos. Durante los tres últimos años había venido machacándoles la idea de que las mujeres alemanas serían bo­tín de guerra y de que deberían matar sin complacencia a las fascistas y a sus parientes. Todos los frenos interiores qué el ser mes igno­rante lleva en el fondo de su conciencia, fueron rotos o adormecidos por esa propaganda constante que apagó los más leves escrúpulos.

Para redondear, esta tarea psicológica de envenenamiento mental se repartió abundante vodka entre las tropas bolcheviques que pisa­ban suelo alemán.

Todo poblado y toda aldea cayó en un infierno inenarrable. An­cianos asesinados a golpes porque tenían algún hijo en las SS; civiles muertos a tiros en la nuca delante de sus familiares; civiles requisa­dos como bestias para cargar abastecimientos o arrojados ante las líneas alemanas para que hicieran estallar minas al pisarlas. Niñas de 12 años y mujeres hasta de 70 ultrajadas públicamente y en masa; cria­turas que lloraban y gritaban presas de espanto al ser obligadas a presenciar aquellas torturas de sus madres; niños arrancados de sus padres y llevados al Oriente; muchachos de diez años requisados por el Ejército Rojo; saqueos de ropa y de víveres, mujeres semidesnudas abandonadas en los caminos para morir lentamente de hemorragia y de frío.

Todo lo que se temía del Oriente, monstruosamente superado por aquel infierno... Caravanas aterrorizadas de civiles comenzaron a huir hacia retaguardia. En carros y a pie recorrían caminos llenos de nieve y a veces alcanzados por tanques soviéticos que se divertían dispa­rando contra esos blancos inermes, para luego caer sobre las mu­jeres. Hubo casos en que no respetaban ni a las muertas.

En la confusión de la huida —agravada por los ataques rasantes de los aviones soviéticos—, madres que perdían a sus hijos y niños que buscaban aterrorizados a sus madres. A veces la marcha se pro­longaba tanto, por los caminos nevados, que entumecidos fugitivos perdían los pies como si fueran de cristal, al quitarse las botas. En­fermos corroídos por dolores intestinales al cundir las epidemias. Sol­ dados heridos que huían entre la población civil o que fatigados se suicidaban.

Había también caravanas de prisioneros ingleses, americanos y rusos que voluntariamente se alejaban del frente soviético. Trabajadores franceses y polacos engrosaban la huida.

Los restos de la marina alemana se dedicaron infatigablemente a evacuar civiles de Prusia Oriental, Transportaron cerca de millón y medio de desventurados, no sin padecer espantosos desastres. La flota submarina soviética del Mar Báltico, inicialmente integrado por 94 unidades, había sido mantenida a raya durante toda la guerra. En 1941-42 había hundido 24 naves alemanas, inclusive lanchones, al incosteable precio de 37 submarinos destruidos. Pero en los últimos días pudo aprovecharse del blanco fácil que ofrecían los transportes. El vapor "Wilhelm Gustloff" fue torpedeado de noche por un submarino ruso y de sus 5,000 ocupantes sólo mil pudieron ser rescatados de las frías aguas del Báltico.

El barco "General Steuben" que zarpó de Prusia el 9 de febrero con dos mil heridos y mil fugitivos, en su mayor parte niños, también fue alcanzado por un torpedo y su proa se clavó- inmediatamente en el agua. Los que viajaban en cubierta se apeñuscaban en la popa, pero al escorarse la nave y al cundir el pánico muchos niños y adul­tos resbalaban hacia el agua o caían en las hélices. Algunos hombres que llevaban pistola se suicidaron. Y los dos mil heridos trataban vanamente de salir a cubierta. Cuando se hundió de pronto lo que sobresalía del barco, "dos mil gritos de los encerrados en el interior terminaron repentinamente, sin intermedio, como cortados por un úni­co y terrible tajo". Al desaparecer la nave hizo un remolino tan ver­tiginoso que se tragó a los que nadaban a su alrededor.

El transporte "Goya" sufrió una suerte semejante con 7,000 fugi­tivos, de los cuales se salvaron sólo 170. Y cuando los aliados se dieron cuenta de estas evacuaciones sembraron de minas desde el aire las bahías de Lubeck y de Kiel, para evitar que continuaran.

Tropas alemanas que lograron arrebatar algunas aldeas a los so­viéticos, presenciaron huellas horrendas y escucharon de los supervivientes relatos que encendían inaudita desesperación. Aquello con­trastaba sarcásticamente con el respeto que el Ejército Alemán había tenido para la población, civil en las zonas ocupadas. Un respeto que se mantuvo inalterable incluso ejecutando a los esporádicos infractores. El cabo Paul Scholtis (I) decía con furor impotente: "No teníamos razón; tenía razón Hitler, tenía razón Koch, tenían razón todos los que querían aniquilar, derribar y exterminar. Si no hubiéramos dejado a uno con vida, no estarían aquí y no podrían violar, asesinar y arrasar... Frente a los bolcheviques y frente a todo el Este no cabe política alguna humanitaria; es cuestión de vida o muerte para los países civilizados- y se llevará la victoria el que primero y mejor extermine al otro. Hitler lo ha comprendido así, y nosotros, todos los que teníamos escrúpulos de conciencia y hasta hemos saboteado sus órdenes o no las hemos ejecutado, no hemos comprendido la necesidad del momento". (2)

(1) "Comenzó en el Vístula".—Jurgen Thornwald.
(2) Se refería, por ejemplo, a la "Orden de los Comisarios", de Hitler, según la cual debería ejecutarse a todo comisa

rio judío capturado.

"¿Ha visto usted los niños de pecho asesinados en Neutief? ¿Ha visto a las mujeres que apenas podían arrastrarse, ultrajadas 40 veces? ¿Y a las niñas de 12 años que se desangraban con sus cuerpos estragados?... ¡Qué terriblemente nobles se presentan esos fariseos! ¡Luchan por la humanidad y el Dere­cho! ¡Qué bien suena! Y se unen a un continente de bestias... En pocos años comprenderán su estupidez cuando les llegue hasta el cuello, cuando les llegue al propio cuello la ola de asesi­natos.

Entonces despertarán asustados... Náuseas me sobrevie­nen cuando escucho la propaganda radiada de Londres y Nueva York, como si nos quisieran enseñar- Derecho y humanidad…
Los pueblos civilizados reprobarán alguna vez su propia historia política, pero entonces será demasiado tarde... "¿Para qué hemos de seguir luchando? ¿Para Europa y para los otros que en nombre de Dios escriben nuestros pecados con letras mayúsculas y los de los rusos con minúsculas apenas legi­bles? ¡No! Para eso, perezcamos antes; arrojémonos, sencilla­mente, en los brazos del infierno que viene del Este".


UN EJÉRCITO NO VENCIDO POR NINGÚN OTRO

La disciplina se quebrantó gra­vemente en los primeros meses de 1945. Restos de los ejércitos 2o. y 3o. UN retrocedían confusamente en la zona de Prusia Oriental. Las SS intervinieron con implacable fanatismo y colgaban a los de­sertores. En Koenigsberg y en Dantzig muchos soldados acabaron sus días pendiendo de andamios o postes de alumbrado, con letreros que decían: "Cuelgo aquí porque abandoné mi unidad". "Yo soy un desertor". "Fui cobarde en el combate".

El 24 de abril (1945) terminó la penúltima gran batalla del frente germanosoviético. Remanentes de 50 divisiones alemanas, con efec­tivos correspondientes a 3 1 (470,000 hombres) lucharon de espaldas al mar durante 101 días contra 60 divisiones soviéticas, diez de las cuales eran blindadas. Tan sólo en la zona de Koenigsberg perecieron, 42,000 soldados. Para entonces los soviéticos tenían una superiori­dad de 11 a 1 en infantería y de 20 a 1 en artillería.

Casi seis años después de iniciada la contienda, los ejércitos de las potencias occidentales y el ejército bolchevique convergieron en el corazón de Alemania. Los soviéticos franquearon su cortina de hierro e hicieron su aparición en la Europa Central. Quienes los contem­plaban por primera vez quedaron sorprendidos al ver cuan alto por­centaje de masas desorganizadas, primitivas y sanguinarias, constituían las últimas reservas de los 30 millones de hombres movilizados por el bolchevismo en cuatro años de lucha.

El general Frantiseck Moravek, jefe de Inteligencia1" de Checoslo­vaquia, refirió que las divisiones soviéticas aparecieron en Praga, en Budapest y en Belgrado arrastrando primitivos convoyes de abaste­cimientos y artillería. Y es que cantidades fantásticas del equipo ruso y de las armas enviadas por Roosevelt y Churchill habían sido ya consumidas en las enormes batallas del frente oriental. "En los años de 1941 y 1942 y al comienzo de 1943—dice el general MorAvek— el ejército rojo se pudo sobreponer a varias crisis que bien pudieron haber sido fatales; y en cada ocasión logró es­capar de una derrota total por un margen milimétrico".

El teniente D. J. Goodspeed escribió en "La Guerra en el Frente Oriental" (Canadian Army Journal) que "en 1945 los jefes de la Unión Soviética estaban alarmándose por la situación de los recursos humanos.".. No hubo jefe de las potencias occidentales en 1914- 1918 que soñara en incurrir en bajas comparables a aquellas su­fridas por el Soviet en 1941-1945".

Las bajas totales, incluyendo muertos, heridos y prisioneros, sobrepasaban ya la cifra de 18 millones de hombres, y esto explica por qué Stalin 1e dijo a Roosevelt y a Churchill (conferencia de Teherán, noviembre 30 de 1943) que el ejército rojo se hallaba atenido al éxito de la invasión angloamericana en Francia y que estaba ya fa­tigado a causa de la guerra".

Y mientras los soviéticos irrumpían por el; oriente y, el sur de Alemania, por el occidente avanzaban el primer ejército canadiense, el 2o. británico, cinco ejércitos norteamericanos y un ejército francés. Un total de 90 divisiones occidentales, incluso 15 blindadas. "A pesar de que dos tercios del ejército alemán estaban comprometidos en la lucha del frente ruso —admite el general norteamericano Marshall—.nuestro país tuvo que emplear todos sus hombres idóneos a fin de hacer la parte que le tocaba... A pesar de nuestra aplastante superioridad aérea y la concentración de fuego, ésta ha sido la más costosa de todas las guerras en las que se ha visto envuelta nuestra nación.

La victoria en Europa, solamente, nos costó 722,627 bajas, inclusive 160,045 muertos". Por su parte, el ejército alemán había padecido más de seis millo­nes de bajas. Consumido —no precisamente derrotado— iba a des­aparecer en la tumba de la historia llevándose la hazaña de ser un ejército invicto. Ningún otro de sus numerosos oponentes lo había vencido por sí solo. Para aniquilarlo por consunción fue innecesaria la abrumadora amalgama de heterogéneos ejércitos movilizados de to­dos los confines del mundo por el Poder Judío Internacional.

El ejército alemán fue el fulgor centelleante de un pueblo que re­clamaba su derecho a la existencia y a la libertad. Eso le dio fuerzas para su incesante bregar de seis años en los cuales fue consu­miéndose en las frías tierras de Noruega y en los candentes desiertos de África; en los bosques de Francia y en las estepas rusas.

Ningún ejercitó en particular, ni igual ni superior en número, in­tentó por sí solo enfrentarse al ejército alemán. Ni el ejército rojo, por cuyas divisiones más de veinte millones de hombres se volcaron durante cuatro años de combate, pudo sostenerse y triunfar por sí mismo. Pese a sus vastos territorios, a sus enormes recursos materia­les y a sus imponentes reservas humanas de innegable dureza, el ejér­cito rojo se vio forzado a morder su orgullo y a implorar cada día mayor ayuda del resto del mundo.

Si se admite que entre los vencedores hubo rasgos heroicos —y naturalmente que los hubo—, y si se admite que el esfuerzo del ejér­cito rojo —apoyado por su superioridad numérica y por la ayuda moral y material de todo el mundo— es un hecho relevante en la historia de las armas, entonces también debe admitirse qué el sacrificio del ejército alemán alcanzó las más altas cumbres del esfuerzo humano.